- Entrevista con Emilio Silva Barrera, nieto del primer republicano desaparecido por la represión franquista identificado genéticamente en España. La novela se titula Nébeda.

Emilio Silva publica Nébeda, ediciones Alkibla (www.alkibla.net/nebeda [2]), la novela que le llevó a conocer el lugar en el que estaba enterrado su abuelo paterno en una fosa común. Durante su escritura promovió la primera exhumación científica de desaparecidos por la represión franquista. Ahora, después de más de dos décadas, ve la luz la historia ficcionada de la vida de esa parte de su familia a partir de julio de 1936.
”LAS ÉLITES ESPAÑOLAS HAN FOMENTADO RELATOS SOBRE LA GUERRA PORQUE NO LES INTERESA QUE SE CUENTE LA DICTADURA”
¿De dónde viene ese proyecto que ha tardado tantos años en ver la luz?
En el año 1999 dejé mi trabajo en una multinacional de revistas por una crisis personal y con la idea de escribir un libro empecé a viajar al Bierzo de donde era mi familia. Más que la historia de mi abuelo, que algo ya sabía, me interesaban hechos que tenían que ver con la guerrilla antifranquista que en el Bierzo fue muy activa hasta los años 50.
Iba los domingos muy temprano, hacía tres o cuatro entrevistas, y regresaba por la noche. Así llevaba varias semanas cuando sucedió algo trascendental. El 5 de marzo de 2000, una semana antes de que Aznar ganara las elecciones con mayoría absoluta, había quedado con Arsenio Marcos. Era un amigo de la infancia de mi padre, militante comunista, que había sido detenido por la policía franquista y encarcelado en 1962, acusado de crear células del partido en la térmica de Ponferrada.
Fue muy impresionante para mí leer años después el sumario de su juicio porque este hombre, detenido ilegalmente en una comisaría, asumió todas sus culpas. Reconoció que había intentado crear células en la empresa, que cada vez que veía a un trabajador descontento, se acercaba para ver si podía captarlo, pero que nunca consiguió captar a nadie.
Ese 5 de marzo de 2000 habíamos quedado por la tarde con otro hombre, pero llamó al mediodía para decir que por un problema familiar no podía venir. Y como se me había despejado la tarde continué hablando con Arsenio y la historia de mi abuelo apareció en la conversación hasta que afirmó que conocía el sitio en el que estaba la fosa común.
Era cerca de Ponferrada, en un pueblo que se llama Priaranza del Bierzo, y al llegar allí un vecino nos señaló el lugar exacto.
¿Y por qué has tardado tantos años en acabar o en publicar esta novela?
La novela lleva escrita más de veinte años. Cuando la registré en el Ministerio de Cultura le puse otro título _El recuerdo y la piedra_. Tenía que ver con el motivo por el que dos de los protagonistas
regresan de su exilio en Argentina siendo ancianos; quieren dinamitar el Valle de los Caídos. Lo quieren hacer por su descontento con el modo en el que la recuperada democracia, tras la dictadura franquista, ha abandonado a las víctimas de la represión franquista.
Ese arranque de la trama tiene que ver con la vida de mi abuela, Modesta Santín, que pasó más de veinte años, tras la muerte de Franco, escuchando a políticos de todo signo ideológico decir en el Congreso de los Diputados que este país se había reconciliado. Nadie le preguntó a mi abuela, que murió en 1997, si hubiera querido ver juzgar a los asesinos de su marido, que le hubieran devuelto todo lo que los pistoleros falangistas les robaron a punta de pistola o haber encontrado el cuerpo de su marido para darle una sepultura digna.

Entonces ¿es una novela que trata de ajustar cuentas con la impunidad de la dictadura franquista?
Podría ser más bien es un ajuste de cuentos, aunque se trata de una historia que parte de un relato con elementos de ficción y poco a poco se va despojando de la ficción hasta adentrarse en la realidad de mi historia familiar. Es como si hubiera conseguido taladrar el muro de la casa de mis abuelos y hubiera podido escuchar lo que vivieron a partir del golpe de Estado de julio de 1936. Pero no se trata sólo de mi familia sino de miles de familias que fueron violentadas, pisoteadas y marginadas y cuando regresó la democracia fueron consideradas un estorbo y las élites trabajaron para que las víctimas del franquismo siguieran calladas. Así que este libro es un grito contra ese silencio y contra la soledad política, académica y cultural que han padecido esas familias republicanas durante décadas.
Has mencionado el primer título que le pusiste a la novela pero no has explicado el cambio y el significado de la palabra Nébeda.
Cuando terminé la novela y la registré con el título _El recuerdo y la piedra_ la imprimí y durante años la llevé en un canutillo de tapas color burdeos y anilla metálica verde. Esa copia siempre estuvo en las bolsas de los ordenadores portátiles que he tenido, como una especie de fantasía de que algún día sería escritor, que es lo que soñaba de pequeño. Y cuando recuperé la idea de publicarla y la releí la palabra Nébeda me pareció un buen título, más íntimo, más familiar. Mucha gente no conoce esa palabra y me ha preguntado por qué no he puesto un título más evidente, algo que llevase por ejemplo la palabra memoria. La nébeda es la planta que se utiliza en el Bierzo para cocer las castañas. Cuando a mi familia le arrasan la existencia con el asesinato de mi abuelo en el otoño las castañas eran la base se dieta. Y en la historia funciona como una puerta. Además, como dijo el escritor Manuel Rivas en la presentación de la novela, es una planta que crece en las cunetas.
Has escrito un extenso prólogo para contextualizar la historia. ¿Tanta explicación necesita la novela o has querido combinar ensayo y ficción?
La decisión de escribir el prólogo la tomé poco antes de que comenzase la maquetación del libro. Sentí la necesidad de explicar la biografía de la novela y sus años de silencio editorial. La historia de mi familia estaba escrita desde hacía décadas pero había una instrucción familiar para no contarla. En mi forma de ser y de vivir ha sido determinante el hecho de tener que ocultar ese pasado de mi abuelo.
Y eso se puede extrapolar; la sociedad española es muy ruidosa para lo superficial y muy silenciosa para lo trascendental. Así que decidí escribir esas páginas para relatar el devenir de ese silencio y
redactar su esquela. Una novela puede nacer de muchas maneras, desde una buena idea, un acontecimiento histórico o una experiencia. En mi caso ha sido una necesidad de dejar de esconder. Hace años publiqué la historia de mi abuelo en un libro de no ficción_: Las fosas de franco:
crónica de un desagravio_ (Temas de hoy, 2005). Pero en una novela hay una radiografía de mis emociones y los hechos históricos, especialmente los traumáticos, marcan emocionalmente a varias generaciones. En mi caso soy nieto de un desaparecido e hijo del niño huérfano que dejó el colegio con diez años después de que un grupo de pistoleros falangistas asesinaron a su padre. Eso significa que soy una secuela, que en el mundo literario es como la segunda parte de otra novela y en mi caso es la consecuencia de esa historia, de mi propia historia.
Al abrir el libro, en el interior de la cubierta, hay una fotografía antigua que pertenece a tu archivo familiar, en la que se ve una manifestación cruzando un puente. ¿Tiene algo que ver con la novela?
Esa fotografía se hizo en 1936, en un acto electoral en Villafranca del Bierzo, donde estuvo de visita Manuel Azaña. Durante cuarenta y cinco años estuvo escondida en una rendija en un muro de la casa de mi abuela. Conservarla fue un acto de resistencia. Y además del momento que retrata la fotografía hay algo muy importante; las grietas con forma de cruz de la imagen que explican el miedo, la clandestinidad, el silencio de una imagen escondida. La decisión de incluirla de ese modo fue de la editorial Alkibla y me parece una genialidad.
El autor de la fotografía se llamaba Álvaro de la Parra y tenía un estudio en Villafranca del Bierzo. Cuando los golpistas tomaron por la fuerza el poder empezaron a utilizar su archivo para identificar
”rojos” que eran detenidos ilegalmente y en algunos casos asesinados como mi abuelo. Así que mi abuela la conservó porque en ella aparece mi padre, con una pancarta que dice ”Queremos un grupo escolar». ¡VIVA AZAÑA!, y la escondió para proteger a muchas personas que se estaban significando políticamente. Podría decir que _Nébeda_ es una novela escrita desde esas grietas, desde el escondite donde estuvo durante décadas ese retrato de un tiempo de esperanza y lucha política, un tiempo en que la palabra república iluminó el presente.
Llevas muchos años en la pelea por la memoria histórica. ¿Cómo ves el tratamiento cultural que se ha dado al pasado reciente?
Hay muchos intereses en que desde el presente se mire la guerra y no la dictadura. Las élites españolas se sienten más cómodas cuando pueden hablar de dos ejércitos enfrentados que cuando hay que relatar la
violencia de los golpistas de 1936, que es la esencia y el cimiento de la larga y terrible dictadura franquista. Nunca sabremos cuántos libros o guiones cinematográficos se han quedado en los márgenes durante décadas pero lo que sí sabemos es que los discursos culturales que toman partido para denunciar la represión franquista suelen tener menos recorrido. No hay cine que imagine el juicio a los franquistas, que nos cuenten la enorme operación para hacer desaparecer a miles de civiles republicanos.
Esa tendencia a que se ponga el foco en la guerra beneficia a los herederos patrimoniales e ideológicos de la dictadura, que no siempre coinciden. Han potenciado reproducir el discurso de la guerra entre
hermanos, de lo terrible de ese enfrentamiento fratricida y lo que se ha hecho muchas veces es una elipsis para esconder los crímenes del franquismo y generar un relato que habla del colapso de la República, de la guerra como una necesidad de poner orden y lo más rápido posible se salta a la transición escondiendo de paso que lo que ocurrió tras la muerte de Franco fue la recuperación de una democracia por la que ya había transitado la sociedad española en los años treinta. Eso quiere
decir que la guerra es una coartada para quienes utilizaron un golpe de Estado para establecer una larga y penosa dictadura.

Por último, ¿cómo ves las políticas de memoria que se están llevando a cabo en España y las conmemoraciones del 50 aniversario de la muerte del dictador?
Las élites franquistas, con hijos en todos los partidos de todas las ideologías del arco parlamentario, conquistaron la impunidad en la transición con la Ley de Amnistía de 1977 y el Golpe de Estado de
1981. Las políticas que se ponen en marcha a principios de este siglo, cuando empezamos a buscar científicamente a los desaparecidos, ponemos las primeras denuncias judiciales y acudimos a la ONU, son sucedáneos de la justicia. Se habla de justicia pero no se deroga nuestra ley de punto final, y eso significa que el Estado no pretende juzgar a nadie.
Se habla de verdad pero el Gobierno ha puesto en marcha un censo de víctimas pero no uno de verdugos. Y se habla de reparación pero no se va a indemnizar a las familias de los desaparecidos, como se ha hecho por ejemplo en Argentina, pero sí se repara a los partidos políticos.
La estrategia en la transición fue imponer la idea de reconciliación, sin que hubiera una reflexión crítica sobre lo que significaba eso. Cuando comenzamos a exhumar científicamente las fosas, pusimos
denuncias y algunos juzgados, como el de Villablino en 2002 abrieron diligencias, el poder reacciona para derivar esas cuestiones que son fundamentalmente penales hacia otros poderes del Estado. Ante las
imágenes de las fosas y la aparición de los familiares de los desaparecidos ya no se puede vender la palabra reconciliación y buscando un nuevo mito, con el aniversario de la muerte del dictador, se lleva el discurso a otro lugar para decir que la dictadura murió en la calle. Pero nos deberíamos preguntar si se puede matar una dictadura en la calle sin entrar en los cuarteles, las universidades, el poder judicial o los centros de poder mediáticos o empresariales. Lo cierto es que seguimos teniendo a Franco enterrado en un lugar que pagamos con dinero público y el Gobierno exhuma a miles de desaparecidos a los que no identifica porque no busca activamente a las familias con todos sus recursos. En la calle pudo morir el miedo a salir a la calle, pero matar a una dictadura tan larga y ramificada es otra cosa. Y eso no quita un ápice de agradecimiento a todas las personas que se sacrificaron y lucharon contra el franquismo que deben ser referentes democráticos.
Links:
——
[1] http://www.alkibla.net
[2] http://www.alkibla.net/nebeda
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