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Escritor. Autor de 'Quercus', 'Enjambre' y 'Valhondo'.
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De la guerra ya no se podía hablar porque ahora era el tiempo de la paz. La guerra quedaba lejos, pero no los odios y los miedos viejos. Las venganzas mucho menos. ¡Pchssssss! Silencio. Ocho años de paz y ya todo está bueno. Muy bueno. Enderezado. Corregido. En la senda de la prosperidad. De la guerra ya nada. A callar. Silencio. Chitón. De eso no se habla. Ese tema no se toca. ¡Que te calles he dicho, coño! Si vuelves a mentar la guerra, te llevarán preso. Y si te llevan preso, quizás ya no volvamos a verte. O te veremos muerto… en el muro del cementerio.
A la entrada del pueblo, a un kilómetro, había doce chozos envueltos en humo maloliente donde vivían unos cabreros. Los desheredados. El poblado del desamparo. Una neblina estanca, apestosa, por algo indescifrable que se requemaba en la lumbre. Unas míseras cabañas, de forma cónica, con la estructura de palos de fresno que habían ido forrando y atando a muchas capas con juncos del río y en las que vivían varias familias: pastores, carboneros, corcheros, rebuscadores y mieleros. Oficios declarados por los enseres y colgajos que se veían por allí. Gentes muy pobres. Miserables. Reunidos en una especie de aquelarre de la pobreza. Un perro famélico, con ronchones de sarna, que ladraba sin parar, un cerdo en una enramada y un par de gallinas picoteando en el estercolero. En la puerta de una de ellas había una mujer vestida de harapos negros, el pelo enmarañado y desdentada, escuálida, que atizaba esa lumbre y afanaba con unos pucheros, gritando a unos chiquillos que no dejaban de llorar. Se llamaba Paula. Paula la Verraca. Del puchero grande asomaba un pico tieso de piel de cabra que cocían para hacer sopa. Pues, según decían, atacaba el raquitismo de los niños.
Antes de que don Victoriano cercara la finca para la caza mayor – esa cerca de dos metros de piedra que tardó dos años en construir, cerrando las 8.000 hectáreas de Valdeniebla –, las bellotas y los frutos de la sierra se podían coger sin pedir permiso. Eran suyos. Del pueblo. Los habitantes de estos chozos que vivían junto al río, con sus niños descalzos y desnutridos, daban buena cuenta de ello, pues su alimento básico eran las bellotas cocidas y asadas, los madroños, las achicorias, los cardillos y verdulajos, los peces y los cangrejos, las ratas de río, pues no tenían otra cosa que llevarse a la boca.
Cerrada la cerca, allí dentro ya no pudo entrar ni Dios. Se acabó la leña, se acabó la corcha, se acabó el carbón y el picón. Igual que se acabó la comida del monte para las cabras, que fueron quedándose famélicas. Les entraba una cagueta verde o unas toses hondas, con espasmos, que eran su perdición. Sin poder quedarse preñadas porque la naturaleza es sabia y no habiendo condumio cómo vas a procrear. Por muy largas que tengas las ubres y las arrastres por el suelo por esos pedregales sin una brizna de hierba. Mientras dentro de la cerca, los venaos, los gamos y los jabalíes estaban gordos como toneles. Hartos de comer la alfalfa que les sembraban los dueños en las vegas y en las rañas.
Cipriano el Sapo, así llamado porque tenía los ojos saltones como sacados de sus órbitas, parecía el retrato despiadado de la desidia. Un buen ejemplo de aquellos tiempos de prosperidad. El prototipo de la España nueva. Grande y libre para unos pocos, agusanada y podrida de miseria para el resto. Con sus pantalones de pana – con el calor que hacía – remendados por veinte sitios, desgastados y llenos de agujeros como si los hubieran roído los ratones. Con tantos añadidos y remiendos que ya nadie podía adivinar su color ni su textura primigenia. Una camisola que un día fue de color caqui, heredada del ejército o robada a algún soldado muerto en alguna cuneta, atada con un nudo a la barriga, sin cuello ni puños porque de tanto desgaste estaban mordisqueados y desaparecidos. Igual que el zurcido de la espalda que había reventado y dejaba ver su carne peluda, cabruna. Al vientre, para sujetar los pantalones, una cuerda. En la cabeza una boina, tan mustia y descolorida, que tenía un tono grisáceo y ceniciento, obra de la metamorfosis de un tiempo infinito. A los pies unas albarcas de suela de piel de jabalí, fabricadas probablemente por él mismo, con unas tiras de cuero cárdeno y viejo que se ataban a sus pantorrillas, por encima de una especie de trapos o paños que hacían de calcetines de un color descatalogado e impreciso, que le decían peales. Al cuello un pañuelo retorcido, se entiende que para sujetar y embeber el sudor de la mucha faena. Por lo que estaba mojado y con unas manchas tan añejas que más que tela parecía el collar de un perro atado a su gordo pescuezo. Tan incomprensiblemente gordo, dada su escasa alimentación, que lindaba en el bocio; a causa, con toda probabilidad, de la falta de alguna vitamina o de yodo. El rostro, aunque no pasara de los treinta años, abrasado por el sol y las penurias. Con la barba de tres semanas, lleno de arrugas prematuras, cicatrices y manchas que un día fueron costras de antiguas heridas, seguramente de alguna sarna que carcome la piel o viruela.
Para no morirse de hambre, ni él ni las criaturas de los chozos, Cipriano ponía en estos tiempos buenos de la paz más de cien ballestas para cazar pájaros. Alondras, tordos, lavanderas, currucas y gurriatos. En invierno también avefrías, que son de carne muy fina. Lo primero era recolectar el cebo: lombrices, gusanos y, a falta de estos, granos en remojo de cebada o avena loca. Se pasaba las horas rajando con la navaja cañas y tallos para conseguir gusanos y bichejos que vivían dentro. Los metía en un bote y con paciencia y delicadeza los ataba con un hilo a la ballesta. Mejor vivos, para que se movieran. Cuando las tenía todas cebadas, las iba colocando por el campo, donde no estuvieran muy a la vista para que no se las robaran. Siempre antes de que amaneciera. A la espalda, como un rebuscador de tesoros, el quincallero del alba, llevaba su saco lleno de ballestas. Al poner la última, dejaba pasar un par de horas y, ya con la mañana bien entrada, las recogía todas, de la primera a la postrera. Las trampas al saco, el pájaro cazado al zurrón.
Hubo días de fortuna, mañanas de gloria, en las que cazó ochenta pájaros. Después los ensartaba por el pico en un palillo, agrupados por docenas y medias docenas, unos pelados, otros con pluma, y salía corriendo para el pueblo para vendérselos a sus clientes, a los señoritos, ofertándolos de puerta en puerta. Con la ganancia, comían varios días en los chozos.
El año anterior al cierre definitivo de la cerca, don Victoriano, el amo, llamó al alcalde para trazar un plan que sirviera para aleccionar a la gente y se fueran acostumbrando, amansando, para no volver a entrar en su finca. Mostrar su autoridad para que los vecinos entendieran que ya no podían hacer lo que les viniera en gana, tal y como habían hecho ellos y sus ancestros a lo largo de la historia. Estas tierras, antes comunales, ahora estaban acotadas, porque, de pronto, eran propiedad privada. Con el paso prohibido, cerrado a cal y canto, y bien escrituradas. ¿Cómo? No se sabe.
Para escarmentarlos, el señor alcalde tuvo que mandar un día aviso a la Guardia Civil. Avisar a la Guardia Civil era echarse a temblar. Se trataba de esa mujer de los chozos, la viuda, de carácter tan altivo y orgulloso, que cortaba leña y hacía picón cuando – según decía ella y el alcalde relató literalmente a los guardias – “le salía del coño”. Sin permiso verbal, sin autorización escrita y sin su consentimiento. Porque Paula la Verraca, era tan rebelde y soberbia, a pesar de su pobreza, que si no le daban un buen escarmiento, no cejaría en su empeño de no reconocer la autoridad del tío Rogelio. Alcalde nuevo, un aprovechao, afecto al régimen, recién puesto.
Cuando la Guardia Civil se presentó en su chozo, tras descabalgar de los caballos con sus largas capas que cubrían las ancas y los fusiles al hombro, Paula la Verraca, que era alta y huesuda como un tarangallo, de piel ajada y renegrida, se asomó a la puerta alzando una especie de cortina hecha tiras. Con dos muchachos sucios y desnudos, llenos de mocos y mataduras, colgados de sus brazos, que competían por intentar mamar de los pechos secos y marchitos de la madre. Después los dejó en el suelo, llorando y pataleando rabiosos, y tras escuchar a los guardias, puesta en jarras, dijo: – Los olivos y los frutales tienen dueño porque los plantaron los hombres, pero las encinas y los alcornoques los plantó Dios y no tienen propietario. Por eso cojo la leña y las bellotas sin permiso. Que ya se me han muerto cinco hijos y no quiero que se me muera el resto.
Entonces los guardias se abalanzaron sobre ella, se liaron a patadas y puñetazos, a golpes con las culatas, en la cabeza y en la boca, le pusieron las esposas y se la llevaron presa.
Dos años tardó en regresar a su choza, con la cabeza gacha, rapada, la espalda encorvada y bien suavita. Domesticada. Educada para los tiempos de paz. Dicen que le pegaron tanto y tan fuerte, a diario, que perdió el juicio y se quedó tonta. Cuando había pasado un año y no la traían de vuelta, Cipriano el Sapo, que era su primo, se acercó al cuartel a preguntar por ella, con más miedo que vergüenza. Como única respuesta le requisaron las cien ballestas, por furtivo. Ese fue el resultado por preguntón: ni la Verraca ni las ballestas. Y los pájaros… a tomar por culo.
A los meses de su regreso, como Paula la Verraca no asuntaba ni se ocupaba de las criaturas que le quedaban vivas, que eran cuatro, porque no hacía otra cosa que mirar fijamente al cielo con la boca abierta soltando una baba larga y espesa, las autoridades le requisaron a los chicos. Lo hicieron por su bien. Por el suyo y por el de los muchachos. Se los llevaron lejos, para aporhijarlos dijeron. Y nunca más volvieron a verlos.
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