La memoria democrática nos hace más conscientes de los límites que nunca más deben cruzarse.

Pino Sosa y el ministro Ángel Víctor Torres, ayer. / José Carlos Guerra
Durante demasiado tiempo, la búsqueda de los desaparecidos del franquismo y el estudio de los fueron tratados como asuntos secundarios, casi incómodos, relegados a la solitaria perseverancia de los familiares y a la vocación de unos pocos especialistas. Hoy, en cambio, confluyen política pública, ciencia y sociedad civil. Esa triple alianza marca un cambio de época.
La historia personal de Pino Sosa, una hija que crece sin padre, asesinado en 1937, se transformó en motor de una enorme actuación colectiva"
La trayectoria de lo simboliza con nitidez. Su historia personal —una hija que crece sin padre, asesinado en 1937— se transformó en motor de una enorme actuación colectiva. Lo que comenzó como una búsqueda digamos que íntima derivó en organización, documentación, presión social y, finalmente, identificación científica. Que décadas después los restos de su padre pudieran ser recuperados y nombrados no es solo un acto de reparación familiar: es una enmienda a la totalidad del silencio histórico. Su figura representa a cuando el Estado aún no lo hacía.
Junto a esa dimensión humana, el trabajo de historiadores como aporta estructura y contexto. La represión no fue un episodio difuso de violencia, sino un sistema con expedientes, tribunales y sanciones diseñadas para castigar, arruinar y excluir. Investigar los procesos de responsabilidades políticas o la represión en las islas no es reabrir heridas: es explicar cómo se configuró el miedo, el poder y la desigualdad en la sociedad canaria contemporánea.
La ciencia, por su parte, ha cambiado las reglas del juego. La labor genética del doctor muestra que la memoria no es solo relato, sino evidencia. El ADN convierte la hipótesis en identidad, el indicio en nombre y la fosa, el pozo, la cuneta el barranco o la sima en historia personal restituida. Del mismo modo, la arqueología que impulsa en espacios como la de la mano del transforma los lugares donde acaeció el horror en espacios de conocimiento, donde cada objeto y cada resto óseo hablan con el lenguaje de la prueba.
Si algo evidencian estos 50 años de libertad es que la democracia también se construye mirando de frente a sus sombras"
Memoria, en este sentido, no es pasado: es un derecho presente. Nombrar, identificar y explicar no divide a una sociedad democrática; la hace más consciente de su propia fragilidad y de los límites que nunca deben volver a cruzarse. Si algo evidencian estos 50 años de libertad es que la democracia también se construye mirando de frente a sus sombras.

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