LUZES
Las notas manuscritas escondidas en la pared de una vieja casa de Paradela donde se escondió un republicano perseguido por los fascistas desvelan la crueldad de sus sanguinarias cacerías tras el golpe.

Xosé Manuel Pereiro / Luzes
-Actualizado a
"Maldito diario: En estos días tenemos a la vista la triste noticia del asesinato también en Castro de Rei del compañero Dositeo Pérez Fernández… fue alcanzado por un proyectil que le atravesó el cráneo dejándolo muerto instantáneamente. Una vez reconocido el cadáver resultó ser un antiguo amigo del mismo que lo mató, diciéndoles a los demás allí mismo que había matado a un amigo, y muy contento, pues decía este criminal: '¡Que se joda!'. 'Para nosotros matar es un honor'. Pues este criminal es el conocido malgastador Amieira de Villaesteba (Saviñao). Pertenecía a la Banda Negra de Monforte. Le dijo uno de estos días a un vecino hablando de los crímenes que hacía todos los días: 'Mira, tu suegro es gordo, pero seis más gordos aún los dejamos tirados como seis cerdos en la carretera, y además tenían bastante dinero, que éramos cuatro y nos tocaron a veintitrés pesos y una peseta y tres reales, y algunos botones de oro'".
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Este es uno de los relatos de los tiempos y los usos de la represión en la citada zona del sur de Lugo durante los primeros días del golpe de Estado fascista de 1936. Lo escribió uno de los perseguidos desde el escondite en el que logró refugiarse, en la casa de unos parientes lejanos, de filiación monárquica. Allí, a lo largo de algo más de un mes, fue anotando lo que había visto y lo que le contaban que estaba ocurriendo. Pasado ese tiempo, logró escapar, pero el manuscrito quedó en la casa, en la aldea de Estrumil, parroquia de Sobreda, municipio de O Saviñao. No se descubrió hasta 2006, al realizar obras de reforma en el edificio.
"Los papeles los encontró un constructor que había contratado mi madre para arreglar un muro de la casa. Fue junto a ella con los papeles y le dijo: 'Acabo de encontrar el tesoro de Sierra Madre'", dice Miguel Rodríguez, el miembro de la familia propietaria de la casa de Estrumil que se encargó de conservar el diario. El escondido se llamaba Manuel y era vecino de Vilachá, una aldea de Castro de Rei de Lemos, una parroquia del ayuntamiento de Paradela. Miguel Rodríguez aventura que pudo haber sido incluso miembro de la corporación republicana de Paradela (un municipio atravesado por el Camino de Santiago, cuyo censo no alcanza ahora los dos mil habitantes y en 1930 apenas superaba los cinco mil), porque usó papeletas del censo electoral para escribir la crónica con la que conjuró el horror. Veinte hojas de 21,5 × 16 cm que encabezó con el título El terrorismo faccioso en Castro de Rey (Paradela) desde el día 18 de julio de 1936, día en que estalló el movimiento revolucionario faccioso, cuyo contenido fue transcrito en su mayor parte en el número 38 de la revista Luzes.
Narrativa de cuento de invierno
Su valor, más allá de la aportación histórica, radica en las circunstancias y en la perspectiva de su escritura. La del testigo de los hechos que quiere dejar constancia de ellos, y los describe con la narrativa popular de un cuento de invierno, aunque el uso del papel y del idioma oficiales le contagien a veces alguna expresión burocrática.
Esa voluntad de crónica se refleja en el título y en que comience contando el histórico intento, el 20 de julio, por parte de contingentes republicanos —ferroviarios de Monforte, artesanos y labradores de otras poblaciones del sur de Lugo— de ocupar la capital y restaurar el orden legal. Allí se encontraron con una emboscada de fuerzas del ejército y la Guardia Civil, que se desplegaron siguiendo en teoría órdenes del gobernador civil, que ya había sido hecho prisionero. "Al hacer la retirada varios ya fueron asesinados por las hordas facciosas y de la Guardia Civil, no pudiendo hacer uso la mayoría de estos de los coches que antes los habían llevado, siendo tiroteados varios coches que les tocaba pasar por sitios donde había Guardia Civil… Otros muchos al salir de Lugo tuvieron que cruzar el río Miño a nado".
El manual del perfecto golpista indica que hay que descabezar a las autoridades civiles. En 1936, lo de descabezar no era figurado. "[El alcalde de Sarria, Antonio Páramo] se encontraba en su casa de O Lázaro en compañía del presidente del Comité de Castro de Rei, don Xullo López González, y algunos otros compañeros, dos guardias municipales en la puerta para evitar atentados, cuando se presentaron otros dos municipales requiriendo al señor alcalde que los acompañase a un asunto que le convenía, y desde luego muy cerca. Estos guardias eran de los que había ingresado el señor Páramo durante su gestión, creía tener toda su confianza. Y este ya se disponía a acompañarlos cuando el presidente del Comité de Castro de Rei se dio perfecta cuenta de que el alcalde de Sarria iba a ser víctima de aquellos dos miserables y dijo: 'Antoñito no salgas que te quieren matar', pues en efecto no salió gracias al camarada de Castro de Rei y al momento comprobaron que era verdad que lo querían asesinar y entonces estos dos municipalillos con otros del fascio se situaron delante de su casa subidos a árboles de espeso ramaje para poder asesinarlo, pero compañeros leales vigilaron la marcha de los pistoleros antes citados, y entonces el alcalde se tiró por una ventana, por la parte opuesta de su casa que daba a una huerta". Los golpistas pondrían precio a la cabeza de ambos: 3.000 pesetas por la del alcalde, mil por la del presidente del Comité. Acabarían cobrando las dos.
Depuración sistemática
La persecución no solo alcanzaba a los cargos políticos. En una sociedad rural, la mayoritaria entonces en Galicia, donde prácticamente todos se conocían, no hubo guerra civil, sino una depuración sistemática. A veces selectiva y, en ocasiones, generalizada. "Muy cerca se oían fuertes descargas que al momento vimos en lo alto de la Pena Ventureira y sus cumbres inmediatas que estaban llenas de revolucionarios con armas de guerra, desplegaban guerrilla haciendo descargas cerradas de fusil sobre las matas que encontraban; al mismo tiempo que vemos esto, aparece la nutrida caravana de camiones que venían a su servicio en los que portaban cañones y ametralladoras, pues según informes estas fuerzas procedían, las de Artillería, de Ferrol, y las de Infantería de Lugo y Coruña y nutridas Centurias de Falange. Estas fuerzas siguieron hasta [el campo de] A Feira, dividiéndose grupos de fascistas por los pueblos en sus vastas diligencias de saqueo y maltrato a las gentes humildes".
"Al pasar por el pueblo de O Pereiro, allí entraron en la casa de don Julio G. Teijeiro que, después de llevarse todo lo que les dio la gana, procedieron al destrozo de casa y muebles y vajilla y batería de cocina, convirtiendo la casa del citado señor y doctor en un cuadro de ruinas, y desprecios incluso hacia sus caseros, yendo a unirse con la otra partida de insurrectos al Campo da Feira, pues allí entonces en la casa del alcalde de Paradela, don José López Armesto, industrial en el citado Campo da Feira… que también saquearon el comercio y todo lo que tenía, entre otros artículos: botellas de licores, conservas, galletas, cafés, azúcares, vinos tostados y rancios, bacalaos y panecillos y el vino que tenía en bocoyes, y después de beber lo que les dio la gana se pusieron a tiros con los envases y los vertieron por el suelo. También tenía este señor para el arreglo de su casa una decena de gallinas más o menos y se las mataron guisándolas allí mismo, y luego salieron casi todos borrachos, pues para mejor hincharse y llevar para sus casas estuvieron por las casas del pueblo robando lacones y chorizos como hicieron en todos los pueblos por donde pasaban… Fue grande cosa la conducta del derrotado candidato señor Saco Rivera y su criado asesino 'O Carrozas', con rabia porque este pueblo consciente de sus deberes los derrotó en todo el municipio en las últimas elecciones, pues creía que teníamos obligación de darle el voto, pero fue todo lo contrario, por eso vino enfurecido a comerse las gallinas del alcalde… Así fue la conducta del exdiputado Saco y sus colegas, tal fue la borrachera que allí mismo asesinaron a un compañero de la Falange, al que le hicieron un disparo en la garganta y otro en el pecho, que quisieron ocultar pero las mujeres de Mosteiro Vello lo vieron claro y los niños".
"Mira, tu suegro es gordo, pero seis más gordos aún los dejamos tirados como seis cerdos en la carretera, y además tenían bastante dinero, que éramos cuatro y nos tocaron a veintitrés pesos y una peseta y tres reales, y algunos botones de oro"
Lo que describe Manuel de Vilachá no son precisamente unas tropas militares que conquistaban territorios, o un nuevo orden impuesto por la fuerza que se deshacía de sus rivales con simulacros de juicios. Eran bandas de facinerosos (alguno con pasado republicano), en gran parte sin mucha más carga ideológica que el odio al rival político y el amor a sus propios intereses, despertados y espoleados por saberse imbuidos de un poder absoluto. "[quitaban] a las gentes obligadas y amedrentadas lo que bien necesitaban en sus pobres hogares, la mayoría de ellos, unos con huevos, otros carnes, dinero y corderos, que tenían allí un rebaño de unos doscientos y todos los días se comían uno o dos y lo mismo lacones, chorizos y mantecas; allí se hinchaban ellos y sus agregados, que todos los días era un festín, que algunos ya no comían nada en sus casas, pues allí había para todos, para comer y dinero; solo hacían grandes pilas de sacos con centeno, patatas, judías y otras cosas que lo que no podían comer lo vendían y lo guardaban para ellos, de esto buena parte también iba para los jefazos de Sarria que de acuerdo con ellos se llenaban los bolsillos, así que ellos los recogían como donativos para el frente y el frente eran ellos, pues algunos bien de cerca tenían en su casa deuda por valor de más de mil pesetas, esto según persona bien informada… prestó réditos e hizo beneficios a cuenta de robar republicanos".
Pero el latrocinio no ocultaba las tragedias. El sur de Lugo fue, según la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, la zona más castigada por la represión en los primeros días del golpe. Entre los asesinatos que narra el diario está el del presidente del comité republicano de Castro de Rei, "al que según lo llevaban delante le hicieron varios disparos por la espalda. Fueron grandes los lamentos de aquel hombre para que lo dejasen en libertad, y ellos se reían los miserables: que en medio del monte lo dejaron sin vida, echando sangre a borbotones, y, después de cometer esto, se marcharon muy contentos que a preguntas de sus jefes si lo habían detenido contestaron muy orgullosos: 'Sí, lo prendimos, pero al poco de venir con nosotros tropezó y no se levantó, y entonces nosotros lo dejamos; que lo levante su familia si quiere'… Del mismo modo procedieron con el médico del vecino ayuntamiento de O Incio, conocido por 'O Pequeniño', hombre noble, honrado y republicano, muy apreciado por el público, por sus buenos sentimientos y como médico muy listo y compasivo con el pobre, siendo una gran pérdida general tanto por su persona como por sus dotes científicos". [Manuel Díaz, O Pequeniño, que había sido informante de Gregorio Marañón, fue sin embargo arrastrado cinco kilómetros de la cola de un caballo antes de ser rematado].
Los últimos hechos apuntados en el diario escondido son siempre asesinatos: "…y una vez que tal hecho consumaron estos criminales llegan muy contentos al cuartel de Pacios, o sea, de Paradela, contándolo a sus jefecillos y entonces le dicen al cocinero: 'Un lacón más al pote que ya hay otro cerdo muerto'. Y que bromas ellos no se gastaron por aquel muerto y otros más, contando los matadores cómo clamaba y gemía. En fin, que mucho más tenía que detallar este hecho pero me da pena describirlo y lo mismo otros nuevos detalles que en verdad debieran figurar en este memorial, pero otros habrá que lo harán". Así finalizó su relato el cronista oculto, porque no pudo o no quiso contar ya más desmanes, o porque logró acabar con su encierro. Porque Manuel de Vilachá logró salir de allí y sobrevivir. Quizá para que, cuarenta años después, la vida diera un punto de giro.
Manuel Díaz, 'O Pequeniño', que había sido informante de Gregorio Marañón, fue sin embargo arrastrado cinco kilómetros de la cola de un caballo antes de ser rematado
Manuel sobrevivió en A Coruña, entonces un lugar mucho más alejado de Paradela que los 150 kilómetros de distancia física que hay entre ambos lugares. No tenía denuncia alguna sobre sí, y se sabe que trabajó en el bar de la estación de ferrocarril, y que tuvo dos hijos. Como la mayoría de los vencidos, no debió hablar mucho de su pasado, ni de su ideología. Los dos hijos ingresaron en la entonces Policía Armada.
Los descendientes de la casa de Estrumil que habían dado cobijo a Manuel aquel verano de 1936 también crecieron, y no precisamente en la devoción monárquica familiar. En el verano de 1975, poco antes de la muerte de Franco, los dos policías intervinieron en la detención de dos hermanos de Miguel Rodríguez, Xan en Monforte y Anxos en Santiago, acusados de pertenecer al Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP). "Los dos hijos de Manuel nunca supieron que habían detenido a miembros de la familia que ocultó a su padre", comenta Miguel Rodríguez. "Cuando murió Manuel, les perdimos la pista, y él nunca lo supo o no debió decírselo a ellos". El tiempo pasa, el miedo no.




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