dissabte, 28 de febrer del 2026

Vitoria, 3 de marzo 1976. 50 años de memoria y dignidad obreras.

 https://www.eldiario.es/euskadi/50-anos-memoria-dignidad-obreras_129_13020519.html

Retratos de dos de las víctimas del 3 de marzo de 1976

No ha sido un camino fácil, durante años partidos mayoritarios e instituciones intentaron pasar página y silenciar la lucha y la matanza de Vitoria en 1976 porque contradecían su relato de una Transición que ni fue modélica ni pacífica. Hoy hay consenso en considerar que esa lucha, y la solidaridad que generó, fue determinante para hacer fracasar los intentos de reformar el franquismo e impulsó de forma decisiva las libertades. Sin embargo, los dirigentes obreros renunciaron a la ruptura democrática propiciando una Transición que mantuvo intactos resortes del poder franquista y legitimó la injusticia y la impunidad con las víctimas. 

Cien mil personas participamos en el funeral de los tres primeros asesinados aquel aciago día, la mayor manifestación contra la dictadura fascista que se resistía a morir matando. Durante el recorrido, miles de brazos se alzaban haciendo el signo de victoria. La brutal intervención policial no pudo empañar el éxito de una huelga general que consiguió el apoyo de todo el pueblo de Vitoria con una clase trabajadora que durante dos meses demostró su capacidad de lucha y sacrificio enfrentándose a una patronal intransigente enriquecida bajo la dictadura gracias a leyes criminales y una represión sistemática del movimiento obrero.

Pagamos un precio muy alto, pero los asesinatos de Pedro María, Francisco, Romualdo, José y Bienvenido, acribillados a quemarropa al disolver la Policía una asamblea obrera, concitaron la solidaridad de medio millón de personas en la huelga general más importante de Euskal Herria, y amplia contestación en el Estado y en el mundo, con dos nuevos asesinatos en Basauri y Tarragona.

Los asesinatos de Vitoria fueron terrorismo de Estado y no una “respuesta policial abusiva”, como ha declarado recientemente una dirigente del partido socialista. Esa sutil diferencia impide que se consideren delitos de lesa humanidad, que ni prescriben ni pueden ser amnistiados, y establece víctimas de primera y de segunda categoría. Sin órdenes o autorización del Gobierno franquista, el gobernador civil no hubiera violado el concordato de 1953 con la Santa Sede, que prohibía entrar en las iglesias, ni la Policía hubiera intervenido tan fría y premeditadamente.

Además, las instrucciones de “no os importe matar”, dadas cuando Manuel Fraga y Rodolfo Martin Villa eran ministros de Interior, avalan que fueron crímenes de Estado. No fueron los únicos. Hubo más de cien asesinatos de trabajadores y personas de izquierdas, como el de los Sanfermines de 1978, desde la muerte de Franco hasta que se aprobó la Constitución. Por eso, es necesario que el Gobierno de España reconozca, pública y políticamente, que existió violencia de Estado. 

Defendiendo lo más básico; poder elegir a nuestros representantes, un sueldo decente, y una jornada laboral digna, conquistamos las libertades ejerciéndolas, y nos enfrentamos al poder económico que tenía a su servicio el sindicato vertical, las instituciones, las leyes, los medios de comunicación y la Policía. Nos golpearon, nos despidieron, nos detuvieron, nos torturaron, nos balearon, nos asesinaron. Pero no pudieron doblegarnos.

No nos regalaron nada, todo hubo que conquistarlo. Conseguimos romper los topes salariales, mejoras laborales, reconocimiento de asambleas y Comisiones Representativas, readmisión de despedidos, garantizar el puesto de trabajo a los detenidos, que se potenciarán las asociaciones de vecinos y se pusiera en pie un movimiento propio de las mujeres, pero después hubo que seguir luchando porque bajo el capitalismo ninguna mejora es estable ni permanente. 

Hoy sobran razones para seguir peleando. El constante incremento de los ritmos de trabajo aumenta las bajas laborales por trastornos mentales, la subida de los precios adelgaza los salarios en favor de los beneficios del capital. Interminables cadenas de subcontrataciones recaen en las empresas con empleos más precarios, las mujeres ganan un 30% menos que los hombres, la jornada aumenta porque se obliga a meter horas extras que en muchos casos no se pagan, los precios de la vivienda están por las nubes debido a la especulación, la sanidad, la educación o la dependencia se deterioran y se privatizan, el fraude y la elusión fiscal de las grandes empresas son endémicos, y la desigualdad es creciente. 

La crisis del capitalismo y la disputa por la hegemonía imperialista incrementan el militarismo y la agresividad, las migraciones masivas, el negacionismo climático de la extrema derecha, la dictadura de las plataformas digitales, la degradación del planeta, o los planes para hacer negocios con los genocidios y el sufrimiento de millones de personas, mientras se aplican leyes, como la ley mordaza, que criminalizan la protesta y atacan de raíz derechos que han costado sangre, sudor, y lágrimas conseguir. Sin embargo, la clase trabajadora seguimos ocupando la centralidad social y económica, y la historia enseña que podemos ocupar también la centralidad política, impulsando cambios profundos en la sociedad.

Ahora mismo, en Euskadi, más de 50 empresas o sectores afectando a miles de trabajadores están en huelga. El movimiento pensionista lucha para mejorar las pensiones de miseria de miles de mujeres que no cotizaron lo suficiente por dedicarse a tareas de cuidados, de menores y personas dependientes, porque el PSE-EE y PNV ni siquiera permiten que se debata en el Parlamento Vasco, a pesar de haber recogido más de 145.000 firmas de apoyo.

El próximo día 17 de marzo hay una convocatoria de huelga general en Euskal Herria en favor de un salario mínimo de 1.500 euros, lo que beneficiará a mujeres, personas migradas y jóvenes, y reducirá la pobreza y la precariedad. Buen momento para recuperar lecciones del 3 de marzo. La organización, la solidaridad, la unidad de acción o la extensión y coordinación de las luchas, mientras seguimos defendiendo la verdad, la justicia, la reparación y un Memorial del 3 de marzo que contribuya a conseguir esos objetivos.

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Los sucesos del 3 de marzo de 1976 en Vitoria-Gasteiz fueron una trágica jornada de la Transición española, donde la policía desalojó violentamente una asamblea de trabajadores en la iglesia de San Francisco de Asís. El ataque con gases y disparos resultó en la muerte de cinco personas y más de cien heridos, convirtiéndose en un símbolo de lucha obrera.
  • El contexto: Miles de trabajadores estaban en huelga en Vitoria exigiendo mejoras laborales y sociales.
  • La represión: La policía lanzó gases lacrimógenos para desalojar la iglesia, que estaba abarrotada, y disparó a los trabajadores que intentaban salir.
  • Las víctimas: Cinco personas murieron debido a los disparos (Pedro María Martínez Ocio, Francisco Aznar Clemente, Romualdo Barroso Chapinal, José Castillo García y Bienvenido Pereda Moral) y hubo más de cien heridos.
  • Significado: Este hecho se considera un hito de la represión durante la Transición y un símbolo de la lucha por la justicia, la dignidad y los derechos obreros.

Para más información, puedes visitar esta página de la Escuela Julián Besteiro o consultar detalles sobre la iglesia de San Francisco de Asís en el sitio de Memoria






Vitoria 1976, cuando el franquismo mató después de muerto y dejó a la Transición manchada de sangre

 https://www.lasexta.com/programas/sexta-columna/vitoria-1976-cuando-franquismo-mato-despues-muerto-dejo-transicion-manchada-sangre_2026022769a1a1732f00a046882b96fe.html


El contexto 

El 3 de marzo de ese año, pocas semanas después de la muerte del dictador Francisco Franco, la Policía bajo el mandato de Manuel Fraga se lio a tiros con trabajadores que se reunían en la iglesia de San Francisco de la capital vasca. Como resultado, cinco muertos y cientos de heridos en un crimen que nunca se juzgó.

Vitoria 1976, cuando el franquismo mató después de muerto y dejó a la Transición manchada de sangre

Es uno de los episodios de la historia de España que sigue en la sombra de los secretos oficiales. Vitoria, 1976Francisco Franco acaba de morir pero su aparato de represión y control sigue activo. La capital vasca se ha convertido en una referencia de la lucha de la clase obrera, ya que aglutina gran parte de las fábricas de toda la zona norte. Allí los trabajadores quieren hablar, reivindicar y se celebran varias huelgas generales.

En plena Transición, pocos meses después de la muerte del dictador, al amanecer del 3 de marzo de ese año pasa a la historia conocido como 'los sucesos de Vitoria' o también 'la matanza de Vitoria'. Miles de trabajadores reunidos en un asamblea en la iglesia de San Francisco del barrio de Zaramaga y una orden clara de Manuel Fraga, entonces ministro responsable de las fuerzas del orden: había que sacarlos del templo como fuera, incluso tirando a matar.

La sangre cubrió las calles. Cinco trabajadores murieron y más de un centenar resultaron heridos. El franquismo seguía matando después de muerto. "En aquel momento tenía 20 años y trabajaba en la empresa Cegasa, donde se hacían las pilas", cuenta Andoni Txasko, portavoz de Martxoak 3 Elkartea - Asociación 3 de marzo desde el lugar donde sucedió todo, ahora convertido en historia viva de la nunca debió pasar. "Estaban pidiendo solidaridad y expresando la necesidad de colaborar para mantener la huelga de sus compañeros", explica.

"La represión que se estaba dando en Euskal Herria era muy grande. Había asesinatos, torturas, muertes en controles de Policía... solíamos salir también en manifestaciones. Al igual que lo hacíamos por motivos laborales, también lo hacíamos por motivos políticos porque estábamos viviendo que, aunque ya no estaba Franco, el franquismo seguía imperando", agrega.

El falso reformismo de Fraga

Los trabajadores reunidos en asamblea pretendían llegar al centro para manifestarse, pero la Policía, enviada por Fraga, tomó la zona. "Bajaban de los Jeeps y donde veían un grupo de 3 ó 4 personas, pues iban a disolverlos. La Policía (conocidos entonces como los grises) empezó a disparar, botes de humo, pelotas...", cuenta Iñaki Martín, representante sindical en aquel fatídico momento. Los tiros comenzaron y con ellos los heridos. Iñaki pudo ver cómo uno de sus compañeros recibía un disparo en la aorta. Se salvó por los pelos.

De aquello se ha estudiado hasta en las universidades. Los movimientos de un Fraga que se había vendido como clave del reformismo y que no cumplía expectativas llamaron la atención de muchos. "Fraga es un hombre contradictorio porque en un momento dado ha sido la gran esperanza blanca del reformismo dentro del propio régimen franquista, pero cuando tiene la oportunidad no cumple con esa expectativa porque es un hombre de talante muy violento", relata Antonio Rivera, catedrático de Historia Contemporánea de UPV/EHU.

"Siempre le había acompañado esa frase de 'la calle es mí' o, en el caso concreto de Vitoria, el definir la situación como un ensayo para la declaración de un soviet. Se corresponde poco con lo que podría ser una mentalidad de aperturista o liberal, como así se decía", asevera. "Fraga tiene un reconocimiento como padre de la democracia y de la Constitución y debería pasar a la historia como un azote de las libertades y de los derechos humanos, y toda expresión de reconocimiento se le debería retirar automáticamente", concreta, además, Andoni.

Él vivió de primera mano lo que pasaría a la historia como una auténtica batalla. "La represión que se produjo fue brutal desde las primeras horas de la mañana. Me tuve que refugiar en una iglesia. Entramos unas 25 ó 30 personas y la Policía entró con todo el armamento de antidisturbios, todo el armamento de guerra y nos instó a salir", recuerda. "Menos mal que el párroco de la iglesia nos sacó por una puerta falsa que daba al comedor social y pudimos escapar", sentencia.

El papel de la Iglesia durante la Transición también fue clave, eran muchos los párrocos que actuaban en favor de los trabajadores. Entonces de poco sirvió. testigos como Andoni cuentan cómo la Policía entró en el templo para desalojarlo directamente disparando y lanzando gas. Según afirman miembros de los sindicatos de entonces, como Iñaki, las protestas de trabajadores no solo se daban en Euskadi, en los polígonos de Madrid también salían.

"Pensaban que nos íbamos a cansar, que estaríamos unos dos o tres días de huelga, pero que volveríamos con las orejas gachas y tal. A medida que esto avanzaba, que pasaba un mes y no se arreglaba, empezaron a preocuparse un poco más. Y fue cuando de alguna manera empezaron también a exigir al Gobierno civil y a los Policías...", apunta.

Y de ahí a la matanza en Vitoria, los disparos, el gas... y una iglesia con una única salida. "Se sembró el pánico porque la gente no podía respirar. Se rompieron algunas ventanas para poder respirar de alguna forma y empezaron a salir. Lo que ocurría era que fuera de la iglesia estaba la Policía con armas de fuego y de hecho yo les vi disparando con fuego raso, por tanto, a la masa", dice Iñaki.

"Aún tiene que hacerse justicia"

"Tratamos de tirarles piedras y ladrillos o lo que podíamos porque había una hilera de policías y, según salían, estaban moliendo a palos y no solamente eso, sino que además empezaron a disparar", añade el sindicalista. Fraga envió allí 200 policías, muchos de ellos quedaron atrapados por su propio operativo. Al día siguiente de la masacre volvieron a salir a las calles a condenar todo lo sucedido. Nada pudo callar al pueblo amedrentado por un franquismo que no terminaba de irse.

Nerea Martínez, sobrina del asesinado Pedro María Martínez Ociovio, cuenta lo vivido por su tío. "Vio cómo la policía dejó entrar a los trabajadores a la iglesia, vio cómo la cercaban, vio cómo lanzaban los botes de humo y, cuando la gente estaba intentando salir porque no podía respirar y los estaban moliendo a palos y a tiros, él dijo: 'Tengo que bajar, tengo que ayudar, mis hermanos están dentro". Lo asesinaron allí mismo.

Años más tardes, la ley de amnistía hizo que estos crímenes prescribieran pese a que Pedro maría y otros tantos murieron a manos de un franquismo supuestamente ya desaparecido. Cincuenta años después los que lo vivieron y sus familiares no olvida. "Creo que aún se debe hacer justicia. Es importante que todos los crímenes de lesa humanidad, tal como ampara la legislación internacional, tengan la justicia, la reparación, las garantías de no repetición y estos crímenes no pueden ser amnistiados y nunca prescriben", sentencia Nerea.

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Enjuiciamientos 'post mortem' y persecuciones: la represión franquista contra los masones en Lanzarote

 https://www.lavozdelanzarote.com/actualidad/sociedad/enjuiciamientos-post-mortem-persecuciones-represion-franquista-contra-masones-en-lanzarote_241568_102.html


Muchos masones se vieron obligados a abandonar la isla y a sus familias para exiliarse a otros países ante la persecución del régimen por defender valores como la democracia, el libre pensamiento, el laicismo y la libertad de enseñanza

28 de febrero de 2026 (08:18 WET)
Actualizado el 28 de febrero de 2026 (17:44 WET)

Iglesia de San Ginés durante la visita del dictador a Lanzarote (Foto: Familia Hernánde Cabrera) y Francisco Franco.

La dictadura franquista trató de llevar a juicio al lanzaroteño Aquilino Fernández después de muerto. Fernández fue alcalde de Arrecife (1920-1922), empresario y miembro de la masonería. Falleció en 1934, durante la Segunda República Española, a causa de un derrame cerebral tras sufrir un accidente de tráfico en Teguise. Durante la Guerra Civil (1936-1939), el régimen de Francisco Franco descubrió que había sido masón y trató de quedarse judicialmente con sus propiedades, para ello abrió un procedimiento judicial en su contra, aunque ya estaba muerto.

En una entrevista con La Voz, su nieto, Antonio Márquez cuenta cómo la masonería fue el secreto mejor guardado de su abuelo para evitar ser juzgado y condenado por el franquismo, algo que casi consiguen post mortem. Precisamente este origen secreto de la masonería y su clara postura gnóstica ha hecho que a su alrededor crezcan como la pólvora la especulación y las teorías conspirativas.

Pero, ¿qué es realmente la masonería? Es una asociación nacida en Francia y extendida por todo el planeta, cuyos miembros se dividen jerárquicamente en logias y practican la filantropía, defendiendo el pensamiento de la filosofía racionalista y los valores de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Entre sus ideales, promueven una postura abiertamente laica.

Las organizaciones masónicas llegaron a Lanzarote a finales del siglo XIX de la mano de las clases burguesas desde el norte de África, influenciadas por las corrientes francesas asentadas en Fez (Marruecos). Antes de llegar a Lanzarote las organizaciones masónicas ya se habían introducido en islas como Tenerife y La Palma.

Sus logias se convirtieron en el lugar donde convergían personajes históricos de Lanzarote que por su posición económica podían permitirse dedicar tiempo a pensar en una época donde la isla estaba sumida en la pobreza. Entre ellos, Blas Cabrera y Felipe, el prestigioso científico arrecifeño y el filántrolo de San Bartolomé Luis Ramírez González (1884-1950) pertenecieron a la masonería. Así lo narra Silvano Corujo, presidente de la asociación Majadas de Mina, que ha luchado por preservar el legado de ambos en la isla. 
 

Los correíllos, uno de los puntos donde se iniciaban en la masonería

Antes de la creación de la primera logia de Lanzarote Atlántida 92, en los correíllos (barcos que navegaban entre las islas) se solían introducir muchas personas en esta organización. “Los oficiales de estos barcos solían ser masones y como iban de isla en isla iniciaban a la gente en la masonería, formaban un taller dentro de algún camarote o de donde fuera”, cuenta Márquez. De hecho, su abuelo Aquilino Fernández se adentró de esta forma en 1920 por el capitán de un correíllo.

A finales del siglo XIX, la primera logia en fundarse en Lanzarote fue la Atlántida 92, que llegó a tener, al menos, una treintena de componentes. Desde su irrupción, la Iglesia católica había mostrado abiertamente su oposición a la masonería por su postura laica. Por ejemplo, en Lanzarote, durante los primeros años del pasado siglo los curas se negaban a enterrar en los cementerios públicos de la isla a los masones u obligaban a renunciar abiertamente a la masonería para poder contraer matrimonio. 

"El principio básico de los masones es deus sive natura, del latín dios es la naturaleza", expone Silvano Corujo, que explica que los masones rechazan el control que ejercía el clero y los sacramentos tradicionales y defienden que "conocer la naturaleza es conocer a Dios". La masonería se convirtió en uno de los enemigos a batir de la Iglesia católica porque si extendía su pensamiento disminuiría el poder del Vaticano. "El laico no tiene que darle cuentas a nadie. No hay pecado ni sacramentos, elimina el papel del párroco", continúa Corujo.

Agustín Cruz Villalba, Tesorero de la Logia
Agustín Cruz Villalba, Tesorero de la Logia

 

En este contexto de enemistad con el catolicismo, a principios del siglo XX, varios masones emigraron desde Lanzarote hasta Venezuela. Entre ellos, los vecinos de Haría Andrés Cruz Villalba y Agustín Cruz Villalba, y el hijo de este último Andrés Cruz Villalba Lasso. En su caso fundaron una logia en el país latinoamericano y alcanzaron una alta posición en ella. Atrás dejó Agustín Cruz a sus dos hijas, quienes permanecieron en Lanzarote, donde crearon una familia. 

"Vivió con el desgarro de no haber podido regresar a Haría y de ver a su hermana", narra uno de los familiares de Andrés Cruz Villalba Lasso en una entrevista con La Voz. Su padre Agustín Cruz sí retornó a Haría, donde fundó una jabonería en los años cuarenta y donde vivió junto a su mujer Juliana Lasso Rodríguez.

Andrés Cruz Villalba 

 

Mientras tanto, el lanzaroteño Andrés Cruz Villalba creó en Venezuela una jabonería y murió sin volver a su tierra. Desde el país caribeño, su nieto Vladimir Villalba recuerda que su abuelo no volvió a Lanzarote por miedo a ser apresado por masón por el régimen de Franco y su familia sospecha que sus hijos no heredaron el apellido Cruz para que no cayeran represalias sobre ellos.

 

La masonería: un "enemigo" para la Iglesia católica y el franquismo

Desde septiembre de 1936, el recién instaurado régimen franquista, con una postura nacional-catolicista, comenzó una caza de brujas contra los masones, a quienes consideraba rebeldes. Antes de esta legislación, muchos masones ya habían sido fusilados, sobre todo en el verano en el que arrancó la guerra. Desde los primeros meses de la dictadura se permitió el saqueo y la expropiación de las propiedades de los masones.

En 1940, el régimen franquista aprobó la Ley de Represión de la Masonería y el Comunismo. Tal era el odio del régimen franquista (1936-1975) contra los masones, que el propio caudillo Francisco Franco publicó un libro bajo el seudónimo Jakim Boor que recopilaba cientos de artículos que él mismo había ido publicado en la prensa contra esta asociación. "Los masones en España significan esto: la traición a la patria y la amenaza de la religión", advertía en el prólogo de la obra Masonería (1952), publicada por el dictador.

El dictador acusó a los masones de ser, junto a los comunistas, el origen de "todas las desdichas" de España y de ser "el mayor enemigo de los principios democráticos". En esta obra, aseguró que los masones eran los "patrocinadores de todas las traiciones" y quienes "habían abierto las puertas de la Patria a la invasión comunista". Durante los cuarenta años de dictadura, la masonería fue perseguida por defender valores como la democracia, el libre pensamiento, el laicismo y la libertad de enseñanza, algo que el régimen condenó con cárcel o, incluso, con pena de muerte. El caudillo llevó su batalla personal contra la masonería hasta su último discurso público.

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Primera logia de Lanzarote Atlántida 92. Foto: Cedida por Antonio Márquez

 

Luis Ramírez González, el filántropo

Silvano Corujo explica que durante el régimen franquista los masones de la isla tuvieron tres caminos: emigrar hacia otras islas canarias, el exilio o esconder sus ideales. Quienes, como el filántropo lanzaroteño Luis Ramírez González, abogaron por quedarse en la isla tuvieron que resguardarse de ser señalados por el régimen.

Ramírez entró en la masonería por su familia. Nacido en San Bartolomé, quedó huérfano muy joven y tuvo que ser criado por sus abuelos. "Fueron ellos, que tenían conexiones con el mundo gnóstico y masónico de Italia, quienes lo enviaron a estudiar con los salesianos a dicho país", narra Corujo, que fue beneficiario de una de las becas de Luis Ramírez González. Criado en La Florida, Ramírez fue alcalde de San Bartolomé (1930-1931), pero luego sustituido por un párroco católico.

"Al clero de Lanzarote no le gusta Luis Ramírez por sus orígenes masónicos", añade Silvano Corujo, quien expone que Ramírez fue apartado de la vida política por su vinculación a esta organización. A raíz de las leyes franquistas contra la masonería, el filántropo se dedicó a relacionarse con cooperadores salesianos, asistía a misa y hacía regalos a los párrocos, pero retiraba esas ofrendas cuando le ofendían. 

 

Blas Cabrera y Felipe, perseguido y exiliado

El lanzaroteño Blas Cabrera y Felipe (1878-1945), considerado el padre de la física española y también masón, aportó grandes avances a la ciencia, como por ejemplo en el estudio de las propiedades magnéticas de la materia o en el diseño. Durante su vida, se rodeó de grandes científicos como Albert Einstein, Erwin Schrödinger o Santiago Ramón y Cajal. Este último fue "como un padre, le orientó en lo que debía estudiar y se veían muchas tardes en el Café Suizo, un café de tertulia muy histórico en Madrid", cuenta Corujo.

Tras el estallido de la Guerra Civil española, Blas Cabrera tuvo que exiliarse de España por la situación política y marchó a la ciudad de París. Sin embargo, la invasión de los nazis en 1940 a la capital francesa hizo que el físico tuviera que huir de nuevo. "Cuando los alemanes invadieron Francia, Franco consiguió que le quitaran el trabajo", apunta. Tras verse sin empleo y perseguido, el lanzaroteño se exilió nuevamente a México con el apoyo del científico y también amigo Erwin Schrödinger. En el país centroamericano vivió el resto de su vida hasta su muerte. 

La persecución del franquismo fue tal que en 1939, el régimen le despojó de su cátedra y de sus cargos académicos en España y fue expulsado de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Además, el Centro de Química y Física de España, que llevaba su nombre, fue cambiado por el de Rocasolano por el dictador. No fue hasta 2022 cuando se le devolvió el nombre de Blas Cabrera y Felipe al Centro de Química y Física de España. Asimismo, en el año 2023 se le reconoció de nuevo como catedrático y rector.

 

Los masones lanzaroteños inhabilitados

Frente a casos como el de Blas Cabrera, que murió en el exilio, aquellos que se quedaron en el país y eran descubiertos, se enfrentaban entonces a la represión franquista. Así fue en el caso del arrecifeño Manuel Miranda Benítez, capitán de la marina mercante y nacido en Arrecife, que fue vicesecretario de Izquierda Republicana y masón.

Miranda Benítez alcanzó uno de los altos grados dentro de la logia y fue inhabilitado durante diez años por el Tribunal de Represión a la Masonería y el Comunismo en 1945 y declarado como firme por el Consejo de Ministros franquista, según las comunicaciones entre el Gobierno Civil de Las Palmas y el Tribunal contra la Masonería y el Comunismo a las que ha podido acceder este medio.

El lanzaroteño fue condenado por el artículo ocho de masonería que resaltaba que quienes no se retractasen de su implicación en la masonería serían separados "definitivamente" e inhabilitados de forma "perpetua". Sin embargo, pudo cancelar su pena en 1949 y volver a trabajar al puerto porque se le había acusado falsamente de participar en el asalto en La Isleta, en Gran Canaria, en 1936.

La maquinaria franquista utilizó las listas de afiliados a las logias masónicas de la isla para perseguir a sus integrantes. Masones lanzaroteños como Antonio Medina Mesa, conocido como Trosky, o José María Rocha Topham, bajo el apodo de Prim, fueron entonces inhabilitados. El primero fue apartado de su profesión de capitán de un correíllo y el segundo alejado de su labor como portuario. 

La dictadura juzgaba y condenaba de forma más grave a los masones dependiendo de los rangos que tuvieran dentro de la organización. “En la masonería hay varios ritos, el más usado es el Rito Escocés Antiguo y Aceptado y va del grado 1 al 33. En función del grado que tuvieses te ponían una pena mayor”, cuenta Antonio Márquez.

El miedo a ser señalado y apresado por el régimen aumentó el secretismo que había en la época sobre la masonería y muchos masones optaron por vivir su ideología de forma íntima. Incluso había miembros de una misma familia que eran masones, pero no lo comentaban entre ellos.

Durante siglos la masonería fue el secreto mejor guardado de Lanzarote. Como se ha podido constatar en la documentación a la que ha accedido La Voz, decenas de masones emigraron a otras islas o se exiliaron en América huyendo de la represión de la Iglesia católica y luego de los cuarenta años de dictadura franquista. Frente a ello, quienes se quedaron tuvieron que vivir de espalda a sus ideales para no ser arrestados y expropiados, haciendo que sus familias hicieran un pacto de silencio inquebrantable para salvarles la vida a sus hijos, hermanos, nietos o sobrinos.