diumenge, 29 de novembre de 2015

Durante la Guerra Civil, en las poblaciones de Cádiz y San Fernando se han contabilizado un millar de asesinatos


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ALICIA DOMÍNGUEZ. HISTORIADORA Y ESCRITORA

"No hay nada en la ciudad que recuerde la tragedia y eso dice mucho y mal"


Durante la Guerra Civil, en las poblaciones de Cádiz y San Fernando, zonas de retaguardia desde el inicio y en manos de los golpistas, se han contabilizado un millar de asesinatos
T.R. CÁDIZ | ACTUALIZADO 29.11.2015 - 11:50
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Alicia Domínguez, ayer junto a los fosos de las Puertas de Tierra, lugar de fusilamientos.
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Autora de El verano que trajo un largo invierno, el relato con nombres y apellidos de la gran matanza que siguió en Cádiz al golpe de julio de 1936 contra la República, la ocultada historia de una ciudad dominada y convertida en un patíbulo, Alicia Domínguez ha trasladado en su reciente novela un mensaje distinto de memoria, esperanza y reparación, un mensaje que no era posible en aquel trabajo.

-No lo era. Y seguimos igual. Por eso es doblemente duro que a pesar del tiempo pasado sigamos sin rendir... no digo ya homenaje, sino sin hacer justicia a la memoria.

-Considera usted que no se ha hecho justicia.

-No se ha hecho, en absoluto. Si todavía hoy cuando se intenta hablar de estos temas, poner encima de la mesa lo que sucedió, seguimos oyendo: pero para qué reabrir heridas, si eso está ya pasado. Cuando publiqué el libro, al año siguiente fui a Berlín y me sorprendió cómo allí a cada paso se seguía viviendo la tragedia del Holocausto. En cada plaza un memorial, una placa, un recuerdo... Te recordaban en cada sitio que allí sucedió algo muy grave. Pero aquí, en cuanto intentas simplemente decir: señores, vamos a hablar con claridad de lo que sucedió; sin culpar a nadie; sencillamente, vamos a hablar de lo que sucedió... Qué va, qué va. No es posible todavía. Lamentablemente, no es posible.

-Ha contado usted que sufrió investigando y escribiendo El verano... Pero supongo que luego hubo un disfrute al comprobar que el libro ayudaba a tantos.

-Hombre, por supuesto. Eso fue lo más positivo y lo que más agradezco. Y sobre todo, la principal recompensa a tantos años de investigación. Ver que ese libro le sirvió a la gente para recuperar a sus muertos fue una gran satisfacción. Mucha gente encontró ahí a sus familiares, sobre los que desconocía que habían sido represaliados o que estaban estigmatizados por el franquismo. Hay quien no sabía dónde habían matado a su familiar o qué había sido de él y lo supo con el libro. Muchísima gente durante mucho tiempo después me transmitió su agradecimiento. Las muestras de gratitud fueron lo mejor de ese libro, sin lugar a dudas. Fue muy gratificante, una experiencia muy bonita. También muy dura porque cada persona que te venía a agradecer que su familiar estuviera allí te contaba su historia y eso era muy doloroso... Fueron unos meses muy intensos. Muy intensos.

-Hubo quien conocía su tragedia familiar y con el libro pudo ubicarla o ponerle fechas. Pero también hubo quien ignoraba que en su familia había una tragedia silenciada y el libro se la desveló.

-Sí, totalmente. De hecho, entre los represaliados por el franquismo también había gente que no era sospechosa de ser de izquierdas o radicales, en absoluto. Tengo un amigo de ideas conservadoras que encontró en el libro a su tía, una maestra que era también conservadora pero moderna, que vestía con las faldas un poco más cortas que lo dictado por la moral de la época, con ideas sociales avanzadas, y fue sometida a un proceso de depuración en el Magisterio. Había familiares que no lo sabían. Otra amiga encontró en el libro a su abuelo y supo entonces que no se había suicidado, como había contado siempre su abuela, sino que fue fusilado. La abuela lo había ocultado por miedo. El padre de mi amiga agradeció muchísimo haber conocido la verdad tantos años después porque eso le permitió reconciliarse con él, porque lo culpaba de haberse desentendido de un niño al quitarse la vida. Había un hombre que me seguía a todas las presentaciones del libro. Cuando se atrevió a abordarme, me enseñó una fotografía de su comunión. A las pocas semanas de que matasen a su padre, a él le obligaron a hacer la comunión vestido de falangista. Esa foto la conservaba como lo más humillante y lo más triste que había vivido. Me venían con una historia y otra y otra...

-Aún no hay nada en la ciudad que recuerde la tragedia que usted relató en El verano...


-Lamentablemente, no hay nada. Y eso ya dice mucho y mal. Porque no es cuestión de revancha, no nos dejemos manipular por esa idea de que esto es revanchismo. No es eso. En todo pueblo que se precie y que sea capaz de honrar a sus muertos ha habido un proceso de revisión de su historia. En Chile, en Argentina, en Sudáfrica... En España, no. ¿Y los muertos del bando nacional?, dicen. Esos muertos ya tuvieron su Causa General, que les rindió todos los honores. Los muertos del otro bando no han tenido absolutamente nada. Una timorata Ley de la Memoria Histórica que nos ha situado donde estábamos más o menos. Si no somos capaces de conocer lo que pasó, difícilmente seremos consecuentes con nuestro presente para construir un futuro en armonía y respeto. Ese es el problema. Mientras no desempolvemos la Historia, la convivencia democrática no será plena. Muchas historias siguen tirando de nosotros. Si fuéramos demócratas de verdad, reconoceríamos lo bueno y lo malo de nuestra Historia. Y no lo hacemos.