dimarts, 1 de desembre de 2015

HITLER, FRANCO, PÍO XI Y BLUM. Ángel Viñas.


http://www.angelvinas.es/?p=552


1 DICIEMBRE, 2015 AT 8:30 AM
¿Qué puede unir estos cuatro nombres y precisamente por el orden del título, se preguntará el lector? No constituyen un grupo evidente por sí mismo. Sí lo es cuando nos aproximamos a él desde la perspectiva adoptada por el distinguido académico de la Historia profesor Luis Suárez Fernández. Durante mi reciente tournée por España he tenido tiempo para leer una buena parte del libro, todo calentito, al que me he referido en el anterior post. Confieso que he terminado desechándolo. Me imaginé que lo haría al leer las dos primeras páginas de texto. No obstante, las impresiones iniciales suelen engañar. No es este el caso.
Franco/HitlerAl comienzo del tercer párrafo del texto de tan magna obra –y no más tarde– el lector puede llevarse un susto mayúsculo. Nuestro autor advierte coincidencias y disensiones entre Franco y Hitler. No podría estar más de acuerdo pero ¿cuáles son? La respuesta se da a dos niveles. El primero es absolutamente banal. Uno murió en la cama. El otro se suicidó en Berlín. Nadie podría objetar nada a tales afirmaciones, totalmente de cajón.
Es en el segundo nivel en donde empiezan las bromas. Escribe tan eximio autor: “La más importante de las divergencias, según la documentación fehaciente, se halla relacionada con la religión. Hitler era un materialista dialéctico, derivado hacia el racismo, pero el Holocausto tenía también derivaciones religiosas”.
Se impone un STOP en mayúsculas y en rojo. ¿Habré leído bien? ¿Dónde se encuentra esa “documentación fehaciente” que he puesto en itálicas y que demuestre el materialismo dialéctico de Hitler?. Ya se me han olvidado muchas lecturas de mis años mozos cuando, alevín de economista, quería especializarme en las economías de dirección centralizada. Todavía recuerdo que el DIAMAT (según el acrónimo habitual) constituía la base filosófica fundamental de la interpretación oficial del marxismo en el Estado soviético. Uno puede detectar similitudes técnicas y operativas entre las dos dictaduras pero ¿también en el plano de las ideas esenciales? Naturalmente no cabe pedir al profesor Suárez que salte de la filosofía predominante en la época medieval a la marxista pero un mínimo de conocimientos se supone para ingresar en la Real Academia de la Historia. Por si acaso podría darse una vuelta por la biblioteca de la Escuela Diplomática o enviar a alguien. En ella se encuentran numerosos volúmenes, en tres o cuatro idiomas y entre ellos lógicamente en alemán, que regalé en materia de filosofía, historia, política y economía de la URSS y de los entonces llamados países del Este. Más prosaicamente, y con toda facilidad, podría ojear también la entrada “materialismo dialéctico” en Wikipedia, versión española o inglesa.
Me llena de perplejidad, estupor, desazón y asombro que nuestro eminente autor afirme con toda seriedad que Hitler “derivaba hacia el racismo”. Servidor trató de leer Mein Kampf cuando preparaba mi tesis doctoral allá por los primeros años setenta del pasado siglo (tras obtener el correspondiente permiso de la biblioteca de la Universidad de Bonn). Recuerdo perfectamente que a su autor no le subyacía una tendencia hacia el racismo. Era racismo puro y duro. Existen, por cierto, numerosas ediciones completas de Mein Kampf en varios idiomas que pueden obtenerse fácilmente por Internet. He manejado con frecuencia la versión en inglés a la espera de que el año que viene se publique la edición comentada por el Instituto de Historia Contemporánea de Munich. Para numerosos autores, de los que nuestro ilustre académico no cita uno solo, es casi imposible explicar coherentemente mucho de la política interior y exterior de la dictadura nacionalsocialista si no se hace referencia a tal orientación fundamental. No olvido, por lo demás, que eminentes autores, confrontados con el mal absoluto que fue la Shoah, han desarrollado enfoques teológicos para explicar lo inexplicable: ¿cómo permitiría el Señor que tamaña atrocidad ocurriese?
Ahora llegamos a Franco. Afirma nuestro ilustre historiador que el dictador español se sometía “a la obediencia del Vaticano” y aduce que el Vaticano fue el “primero en condenar doctrinalmente el nazismo” en la encíclica de Pío XI Con ardiente angustia (Mit brennender Sorge). Ergo, Franco también lo condenaría (lo cual está por ver).
Sin embargo la afirmación principal bien merece una diminuta acotación. Si Franco, católico practicante (no en vano se autotituló “por la Gracia de Dios”), se sometió a tal obediencia, ¿habría que trasladar al Estado vaticano una parte de responsabilidad por la brutal, desatada y mortífera represión que practicaron Franco y su dictadura durante tantos años? ¿O quizá debiéramos concluir que el Vaticano no pudo, no quiso o no supo domesticar a su amado hijo?
La segunda afirmación también merece una acotación algo menos especulativa. No en vano el profesor Suárez tiene una cierta tendencia a planear sobre los hechos y a no penetrar en lo que hubo detrás. De haber leído algo de la génesis de la famosa encíclica quizá hubiese podido informar a sus lectores que salió a la luz un pelín tarde (no se leyó en los púlpitos alemanes hasta el 21 de marzo de 1937), que diluyó considerablemente todos los trabajos preparatorios llevados a cabo en el Vaticano en unos textos muchísimo más duros, que incomodó grandemente al secretario de Estado cardenal Pacelli (el posterior Pío XII no quería antagonizar a Hitler) y que Pío XI, quizá un tanto asustado, procuró evitar que al menos los periódicos italianos no interpretaran la encíclica como una denuncia del nazismo sino como un alegato en defensa del concordato que Pacelli había negociado cuando era nuncio en Alemania.
Me permito, pues, sugerir a nuestro alabado autor que eche un vistazo al libro de David I. Kertzer,The Pope and Mussolini, donde podrá encontrar un trabajo bien hecho, con referencias archivales adecuadas y una metodología investigadora que él no sigue. Trata de las relaciones entre el Vaticano y las dictaduras fascistas en los años anteriores a la guerra europea. Con ello podría quizá ponerse en ambiente.
Comprendo que estas pequeñas acotaciones puedan parecer exageradas pero en la página tercera de su texto el profesor Suárez afirma que “son los hechos los que cuentan”. Pues bien, solo mencionaré uno que llevaría al suspenso inmediato del alumno que lo hubiese escrito en el caso de haberse examinado con servidor.
En un intento de explicar el proceso de internacionalización inicial de la sublevación (plagado de errores más o menos gordos), el profesor Suárez ha hecho un descubrimiento por el que merecería que se le aumentara su, sin duda, numerosa colección de “chapitas”. A la luz de tal hallazgo, uno podría temer que gran parte de lo que se ha escrito sobre el tema debiera revisarse.
En contexto: al explicar las intenciones que movieron a Mussolini a ayudar a Franco, el profesor Suárez, apegado a los “hechos”, no siente la necesidad de especular acerca de las razones que pudieron llevar al Duce a autorizar la venta, el 1º de julio de 1936, de moderno material aéreo para quienes iban a sublevarse.
El ha encontrado un matiz (¿no especulativo?) que aclara con estas palabras que transcribo en itálicas: “El Duce esperaba obtener (…), junto al prestigio de sus divisiones vencedoras en la guerra, la anulación del acuerdo entre Léon Blum y el gobierno de la República que autorizaba a Francia a usar suelo español en caso de guerra con Italia” (p. 47).
¡Plaf! Se me cae el cielo encima. ¿Qué es ese acuerdo? No lo cita nadie. ¿Quién lo firmó? ¿Pasó por Cortes? ¿Dónde está la referencia? ¿En qué contexto pudo hacerse? ¿Antes de la sublevación de julio de 1936? Son preguntas pertinentes que no se le ocurren a nuestro estimado autor. No hay que subrayar demasiado que un acuerdo de tal tipo habría sido difícil porque el Gobierno Blum llevaba actuando solo mes y medio y las políticas francesa y española en el plano interior y exterior han sido investigadas pormenorizadamente. ¿Se firmó tal vez más tarde, tras la sublevación militar? Decenas de historiadores franceses, ingleses, españoles, norteamericanos, alemanes, italianos, etc. han estudiado con lupa las relaciones hispano-galas durante el Gobierno Blum y no han encontrado nada de tal suerte. Por cierto, ya que presuntamente el profesor Suárez ha trabajado en archivos italianos, ¿podría decirnos dónde ha encontrado documentadas las motivaciones del Duce?
Concluyo, salvo prueba en contrario nuestro distinguido autor puede aportar en cualquier momento, que su afirmación es una broma. De naturaleza generalizable.
Había albergado la intención de destacar algunos otros ejemplos señeros. Son demasiados. Renuncio a dar un repaso en profundidad a los errores fácticos y conceptuales que salpican su obra. Solo convencerá a los convencidos y, más particularmente, a quienes tanto siguen admirando, como él ha dicho, el genio inmarcesible del Caudillo. De todas formas, si los lectores están interesados, puedo volver a la carga.
¡Ah! Espero que no vean en estas líneas crítica “ideológica” alguna. Yo sí me atengo a los hechos. A otros hechos.

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Entradas recientes

  • PENSANDO, AMABLEMENTE, EN LA ÚLTIMA OBRA DE UN ACADÉMICO DE LA HISTORIA
  • 24 NOVIEMBRE, 2015 AT 8:30 AM
    Unas cuantas consideraciones sobre fuentes y metodología
    Imaginar que en cuarenta años de intensa dedicación al tema “Franco y su tiempo” el profesor Luis Suárez Fernández, miembro eminente de la RAH, no haya dicho nada válido es, naturalmente, absurdo. Separar el trigo de la paja en su abundante y prolija obra tampoco es tarea para investigadores de escasa energía (“faint-hearted“). Ignoro si ya se le habrá dedicado alguna tesis doctoral. La merece. La suya es una obra reveladora en numerosos aspectos. Más que sobre él, que también, lo es sobre su generación, sobre la dictadura y sobre la cultura oficial de la España en que desarrolló su carrera política. Está basada en una metodología extraña: en la creencia de que basta con compilar (ciertos) hechos sin, supuestamente, la menor interferencia opiniática para llegar a conclusiones válidas intemporalmente. Una auténtica proeza en el plano hermeneútico que, de ser correcta, habría de permitir a nuestro ilustre autor ascender a los altares de la más gloriosa historiografía patria.
    ARCHIVO guerra civilSu obra última, publicada a la provecta y envidiable edad de 91 años (¿llegará a verlos quien estas líneas escribe?), ha sido valorada, desinteresadamente sin duda, por la editorial como “un alarde de independencia (sic) [que] rompe con las líneas predominantes en nuestra historiografía, de uno y otro lado (sic), para presentar una visión meditada y casi ‘revolucionaria’ que a todos sus lectores va a sorprender”.
    Esta valoración conjuga elementos ciertos y otros, en mi entender, menos ciertos. Entre los primeros he de destacar el de la sorpresa. Me he quedado literalmente helado leyendo numerosas cosas. Son tan “revolucionarias” como “revolucionario” fue el GAN. (Para quienes no se muevan bien en el terreno de los acrónimos se trata del “glorioso alzamiento nacional”). No me parecen ciertas las afirmaciones de que se trata de un “alarde”, tampoco que sea “independiente”, que “rompa” y que la visión sea “meditada”.
    Desbrocemos unos cuantos detalles de poca monta.
    El libro tiene 568 páginas de texto y una notabilísima característica. Está totalmente desprovisto de notas y de referencias. El autor afirma que se basa en obras anteriores. Las relevantes son dos: una referida a la guerra civil que data de 1999 y otra a la segunda guerra mundial de 1997. Son a su vez reelaboraciones de otras anteriores, que tengo en mi casa pero que no suelo ya consultar pensando que todo autor mejora en sus obras posteriores las precedentes.
    Bien. En los últimos quince o veinte años la historiografía ha registrado avances muy considerables. Sin embargo, la bibliografía que menciona el profesor Suárez es extremadamente parca. Tiene solo 50 títulos, casi todos de autores españoles. De ellos unos 20 son posteriores a 1999. Se mencionan tres archivos públicos (el militar de Ávila, el del MAEC y el de la FNFF) y cuatro privados (de Muñoz Grandes, Varela, Vega Latapié y Yagüe). El autor no se ha molestado en consultar absolutamente ningún archivo extranjero y tampoco pone en su lista ninguna obra que no sea en castellano. Dado que trata un tema con más que evidentes conexiones internacionales sorprende un pelín que no parezca estar al día de lo que en los últimos años se ha publicado en francés, inglés, alemán o italiano. Puede deberse a varios factores: ombliguismo, desconfianza en autores extranjeros (solo menciona siete, entre ellos a Payne), monolinguismo o, simplemente, algún “ligero” sesgo personal.
    De todas maneras, dado que la obra carece, insisto, de toda referencia es imposible saber lo que hay en ella de la propia cosecha o de la de otros autores. Tampoco cabe identificar si los utiliza bien o mal o, ¡cielos!, no los utiliza. Estos interrogantes son permisibles porque, como ya he mostrado en alguno de mis artículos y más recientemente en La otra cara del Caudillo, el profesor Suárez no es demasiado fiable en cuanto al uso de las fuentes que dice haber utilizado.
    El autor se escuda (p. 17) en que las fuentes ya las dio en sus obras previas. Es una mala argumentación. ¿Quién va a comparar las fuentes indicadas en ambas con lo que escribe en su último producto literario? Hay que saber, además, que las escasas referencias a fuentes primarias que figuran en aquellas obras son muy escasas en la que versa sobre la guerra civil y que las signaturas han cambiado en las que utilizó para la segunda guerra mundial y que corresponden, exclusivamente, a los fondos de la FNFF. ¿Cómo es posible, se preguntará el lector? ¿No ha utilizado el archivo militar de Avila, el del MAEC o los privados?
    Para responder a estas preguntas he tenido la santa paciencia de recorrer las notas y referencias de las obras de nuestro preclaro autor de 1997 y 1999. Salvo que mis ojos y mis entendederas no sean ya lo que fueron, ¿se creerá ese lector incrédulo que he encontrado una sola referencia a los archivos privados, militar de Ávila o del MAEC? La respuesta es no. No las hay. Punto. Las únicas indicadas son los fondos de la FNFF. Quienes quieran descender por el pozo de conocimientos del profesor Suárez tendrán que ir a la misma, cotejar las referencias que él dio con las actuales, leer los documentos y comprobar si algo de lo que dice no será, ¡oh, cielos!, alguna tergiversación.
    Es más, sospecho (por las pocas calas que hasta ahora he efectuado en esta magna obra última) que el autor, siguiendo el imperecedero ejemplo del profesor Payne, practica con entusiasmo el bien probado método del copiar y pegar, pero en esta ocasión sin referencia alguna a fuentes.
    En mi modesta opinión (y siguiendo la no menos imperecedera máxima de que antes se coge a alguien que tergiversa que a un cojo) es preciso abordar Franco y el III Reich con ciertas prevenciones en cuanto atañe a fuentes, metodología, análisis y contextualización.
    Si escribo así es porque en estos momentos estoy, por fin, aproximándome al final del libro que seguirá a La otra cara del Caudillo y que para tratar de uno de los temas centrales que también aborda el opus del distinguido académico de la Historia he rastreado documentos por una decena de archivos españoles y extranjeros y porque mi bibliografía, en seis idiomas, supera ya los 200 títulos. Ni que decir tiene que todos ellos los he consultado y que los referencio debidamente allí donde los utilizo. Cualquier lector podrá seguir mi argumentación sin muchas dificultades.
    Admito que nada de lo que antecede garantiza calidad. Fuentes, primarias o secundarias; las referencias apropiadas; el análisis crítico de las mismas (los documentos no hablan); su contextualización y una metodología apropiada son lo que permite, quizá, mejorar la comprensión de lo que ocurrió en un segmento del pasado, por definición incognoscible en todas sus vetas.
    En el caso que aquí nos ocupa nuestro insigne académico pide a sus lectores:
    – Que le crean en virtud de su mera palabra.
    – Que acepten la proposición de que con innominadas e innominables fuentes ha podido explicar “unos hechos tal y como sucedieron en la realidad”.
    – Que ha rehuído, al hacerlo, “cualquier clase de juicio de valor”
    – Que él no ha pretendido juzgar “sino explicar” para informar al lector de que “así fueron las cosas”.
    Bien, habrá que tomarle la palabra. En los próximos posts haré unas cuantas consideraciones ligeras sobre algunos de los aspectos que más me han llamado la atención de la obra del profesor Suárez desde el comienzo de la guerra civil hasta el comienzo de la europea. Solo pretendaré poner de relieve los más fundamentales, es decir, los que permitirán a terceras personas apreciar la calidad del gigantesco esfuerzo que ha llevado a cabo nuestro eminente autor.
    (Este post está cerrado el 7 de noviembre ya que tres días más tarde me habré ido de viaje).
  • CORRIGIENDO A UN ACADÉMICO DE LA HISTORIA

  • 17 NOVIEMBRE, 2015 AT 8:30 AM
    El lema de este blog es “con mitos no se construye la historia”. Es lo que lo justifica o, para mí, justifica la inversión en tiempo que reclama. Y, como es sabido, el tiempo es un bien precioso. Pasa y no se recupera nunca. ¿Es necesario deshacer mitos? En la medida en que el mito es una manipulación o adaptación manipuladora del pasado, la respuesta para mi es afirmativa. Cabe vivir de mitos pero yo todavía no estoy convencido de que en el siglo XXI algunos de los postulados de la Ilustración o de las Luces hayan perdido relevancia. Dejar atrás el mito es dar un paso hacia adelante en la toma de conciencia de nuestra cualidad como seres humanos pensantes y racionales.
    Captura de pantalla 2015-11-06 a las 16.18.38En general no utilizo este blog, del que soy único responsable, para criticar sin motivo a otros colegas. Lo he hecho, sí, en el caso del profesor Payne en su tratamiento del tema de Gernika. Me ratifico en ello. Ahora ha surgido una de esas situaciones con las que sueña todo “desmitógrafo”. La confrontación entre verdad y no verdad. La contrastación documental contra el mito. La manipulación contra la no manipulación. Lo blanco contra lo negro.
    En una notable entrevista publicada el pasado 6 en el periódico EL MUNDO consultada en internet el mismo día, y bajo la presentación “El historiador que más ha trabajado los archivos personales del dictador (autor de su muy criticado retrato en el Diccionario biográfico) entrega su último libro,Franco y el Reich, afirmó ante la pregunta siguiente:
    “¿Vio el libro de Ángel Viñas de este año? Dice que Franco se hizo millonario en la guerra?” Es una pregunta correcta, clara, que responde a una realidad constatable.
    ¿Cuál fue la respuesta que reproduzco en itálicas y en negrita?
    Eso es absurdo. Yo he visto las cuentas de Franco. Tenía algún dinero ahorrado, pero lo de millonario no tiene fundamento“.
    Se podrá estar de acuerdo o no con lo que afirma el profesor Suárez en otros aspectos en dicha entrevista. En lo que al tema de los millones de Franco resulta obvio que su respuesta es clara nítida… pero, desgraciadamente para él, es falsa con total falsedad.
    Es absurdo: no lo es en modo alguno. Franco entró en guerra sin un duro y salió de ella con muchos millones de pesetas.
    Yo he visto las cuentas de Franco: no las que yo sí he visto.
    Tenía algún dinero ahorrado: depende de lo que se entienda por “algún”. Para mi el tener en cuentas, el 31 de agosto de 1940, 34, 3 millones de pesetas no es el proverbial chocolate del loro.
    Lo de millonario no tiene fundamento: ¿no ha estudiado los documentos que constan bajo la signatura 24577 en los archivos de la Fundación Nacional Francisco Franco?
    De estas sencillas contraposiciones cabe extraer ciertas conclusiones.
    1ª El interrogado afirma una cosa que es falsable por referencia a los documentos de época
    2ª La afirmación de haber visto los documentos de Franco se queda corta. Hay centenares de documentos de Franco que el profesor Suárez ni ha visto ni, a lo que parece, se le ha pasado por la mente ver.
    3ª No ha visto, por ejemplo, en relación con la fortuna de Franco, los que se han conservado (después de varias quemas) en lo que queda de los archivos de la Casa Civil de Su Excelencia el Jefe del Estado (SEJE).
    4ª No ha tenido la menor curiosidad por acercarse a los archivos históricos del Banco de España que, aunque no muy reveladores, sí contienen datos de interés.
    5ª Evidentemente no ha leído mi libro porque, de haberlo hecho, podría haberse enterado que el documento con la signatura 24577 está en él reproducido fotográficamente.
    6ª Tampoco se habrá dado cuenta de que dicho documento se encuentra digitalizado en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca.
    7ª Se pasa por la pernera de los pantalones el dato, constatable, de que una parte de dicho documento se reprodujo en la revista Tiempo el 11 de junio de 2010.
    8ª Al negar la mayor, el tan ilustre académico de la Historia se comporta de forma perfectamente adjetivable. El adjetivo correspondiente se lo pueden imaginar mis amables lectores.
    Con lo que antecede es obvio que ya no se puede pedir al tan alabado profesor Suárez que indague en los procedimientos por los cuales Franco se hizo con dicha fortuna. Dos están documentados y uno de ellos contiene el expediente bastante completo.
    Como el interrogado se empeña en no ver, no leer ¿cuál es su respuesta a la siguiente pregunta, también correcta y clara?
    “¿Diría que el franquismo nació corrupto?”
    La respuesta, que reproduzco en itálicas y negrita, es de una simpleza sobrecogedora:
    Si no había dinero, mucha corrupción no podía haber… En todo caso, había mercado negro“.
    Una respuesta en dos partes. No hay dinero, ergo no hay corrupción. No llego a aprehender la lógica. Circulaban pesetas. La masa monetaria era cuantificable. Cualquiera que fuese el estado de la economía, los españoles no se habían dedicado al trueque. Mis padres tenían una tiendecita y, aunque a veces tenían que dar crédito, recibían dinero en efectivo.
    ¿El mercado negro no generaba corrupción? Lo más que puede decirse es que no está demostrado, documentalmente, que SEJE acudiera a él en su insospechada, insólita y sorprendente condición devendedor de café (que habría que añadir a sus numerosos cargos). Cuando recibió 600 toneladas del mejor café del Brasil (regalo del dictador Getúlio Vargas), lo traspasó a la CAT (Comisaría de Abastecimientos y Transportes) al correspondiente precio de tasa (inferior al del mercado negro) para que lo vendiese.
    El producto de la venta, 7,5 millones de pesetas de la época, se transfirió a las cuentas personales del Caudillo en el Banco de España. Todos contentos. SEJE porque no había trapicheado. Los funcionarios de la CAT porque, como organismo corrupto hasta la médula, probablemente encontraron la posibilidad de evacuar algunos kilitos al mercado paralelo.
    Pregunta: ¿Por qué el profesor Suárez niega la evidencia?
    Se me ocurren las siguientes razones:
    1. Ha perdido la capacidad de leer, agotado tras el bodrio de su Franco y el Tercer Reich1.
    2. La evidencia no le encaja con su imagen de Franco. Y entre la realidad y el mito, nuestro eminente autor prefiere el mito. Como en El hombre que mató a Liberty Valance.
    3. La imagen de un Franco forrándose el riñón mientras sus soldados luchaban y morían en los frentes es absolutamente inaceptable. ¡Adónde vamos a parar!
    4. Si, como se demuestra en alguna documentación de la Casa Civil, uno de los canales por los cuales Franco acumuló una fortuna fue a través de “desvíos” de entregas a las diversas suscripciones patrióticas que se abrieron durante la guerra hoy algunos podrían pensar que SEJE se comportó, sencillamente, como un mero “chorizo”.
    Otras razones las dejo a la mejor especulación de los amables lectores.
    El libro del profesor Suárez da para más posts. Escribiré algunos y así tendremos, quizá, varias ocasiones de reírnos un poquito. Lo pasaremos, quizá, mejor que los asistentes a la presentación formal de su “obra magna” el pasado 12 de noviembre en el Casino de Madrid.

    1 El calificativo utilizado se demostrará ampliamente en otro lugar, con el debido aparato documental y de forma académica, que a nuestro estimado autor parece le es ajena.