dimarts, 14 de març de 2017

A 70 años del desembarco del Sinaia en Veracruz Palabras de un nieto del exilio

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Llegada del Sinaia a Veracruz
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Llegada del Sinaia a Veracruz
Foto: cortesía de Manuel Polgar Salcedo.
Niños republicanos españoles en los años '30
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A MEDIA NOCHE, EL FARO DE VERACRUZ:
A medio día nos hallábamos a 20° de Latitud N.E. 94° Longitud Oeste. Cielo nuboso y viento del Este, suave. Mar un poco agitada. Temperatura 34°. HACIA MEDIANOCHE SE VERÁN LAS LUCES DEL FARO DE VERACRUZ. EN LAS PRIMERASHORAS DE MAÑANA LLEGAREMOS AL PUERTO.
SINAIA, DIARIO DE A BORDO, 12 DE JUNIO DE 1939.
A Ovidio, mi abuelo, siempre y en cada bocanada de aire porteño…
Manuel Polgar Salcedo (Veracruz, junio de 2009)
Hay quien afirma que la historia es cíclica, y si así lo fuera, entonces es premonitoria, de alguna forma, de lo que vendrá después. De esta manera parece actuar en lo que a los lazos contradictorios entre una nación y otra se crean de ida y vuelta, amarrándose en complicidades que no se sueltan nunca.
La mar y la gente de Veracruz, testigos de la llegada de aquellos españoles colonialistas, que buscaron terminar con las culturas milenarias mesoamericanas para abrir un nuevo proceso histórico, y que después, en 1823 vieran también su último reducto en San Juan de Ulúa, antes de ser expulsados en forma definitiva, serían, de nueva cuenta y un día como hoy pero de 1939, los que abrirían paso por sus corazones para recibir a los otros españoles, aquellos a los que entonces, México les regresaba, y quién lo dijera, su dignidad de hombres libres en el momento en el que tocaron este mismo Puerto. Y es que cíclica fue la historia, por ejemplo, para el siempre admirado León Felipe, quien había vivido en Veracruz trabajando como bibliotecario en 1923 y que probablemente nunca imaginó regresar 15 años después para aquí quedarse, huyendo de un régimen que sin duda lo hubiera fusilado y que nos hubiera negado a todos el goce de su impresionante palabra. Cíclica fue también para los exiliados que volvían cada año a sus calles, a su mar, al encuentro con los amigos, mexicanos y españoles, al Mocambo y a Los Portales; lo fue para los que aquí se asentaron, atrapados por este, el rincón más hermoso de Andalucía, y quienes caminaban diariamente por el Malecón para esperar, entre sueños, el barco que los llevaría de vuelta a su querida y entonces desencajada España. Premonitoria historia que se sigue empeñando con algunos nietos de aquel exilio, quienes, como yo, y seguramente buscando entre la memoria las palabras siempre emotivas y llenas de vivos recuerdos de nuestros abuelos al referirse a Veracruz, hemos llegado aquí, esta vez por tierra, para situarnos en el punto más cercano a aquella digna España y para no dejar nunca al México profundo tan querido, patria nuestra, acaso buscando ahora una identidad que nos enorgullece y que nos brota por los poros; la de ser mexicanos y al mismo tiempo, seguir siendo siempre, republicanos españoles.
“No puedo volver a Veracruz sin llorar”, decía Ofelia Guilmain cuando le preguntaban sobre sus recuerdos acerca del Puerto; a mí me pasa lo mismo ahora que lo camino a diario, imaginando los lugares que, seguramente, miró mi abuelo cuando bajó de aquel barco que lo trajo desde Casa Blanca, oliendo la abundancia del trópico y los perfumes porteños al salir por la tarde a la plaza; yo lloro y me emociono hacia dentro, volteo a todos los balcones y quisiera hablarle a cada jarocho de los que se reúnen en La Parroquia o en el Callejón de La Campana a jugar al dominó, para ver si guardan algún recuerdo de aquella emotiva bienvenida que brindaron a los exiliados, con el puño en alto, y que marcó el corazón de nuestros transterrados, como se llamó a sí mismo, y a todos ellos, José Gaos.
¿Qué tenían, qué tienen aquellos viejos que, 70 años después de su lucha, se nos siguen moviendo las entrañas cuando los recordamos y cuando platicamos con los que nos quedan vivos?, ¿qué derrota tan victoriosa nos clavaron en el alma, ahora a los nietos, que nos negamos a dejar morir sus ideales, que nos sentimos como en casa solidaria y en familia cuando nos encontramos con otros hijos y nietos del exilio? Y es que si la dictadura Franquista buscó por todos los medios borrar la memoria entre los españoles, sembrando de terror y de muerte los campos y las ciudades ibéricas, creyendo que con eso enterraría la historia, olvidó que el exilio echaría raíces pero que además se fortalecería con la herencia y con la razón que da el tiempo. Muchos, así, reclamamos causas parecidas, ahora con el ejemplo y la enseñanza de la vía pacífica pero decidida, en nuestro México, país que duele por la desigualdad tan brutal que hoy vive, pero al mismo tiempo nos sentimos pendientes de lo que sucede en España y nos reafirmamos en la honestidad de los tiempos de La República, allá, mientras añoramos las políticas comprometidas de personajes como Lázaro Cárdenas e Isidro Fabela, acá. La historia vuelve a repetirse y las causas del gobierno republicano y las de la verdadera Revolución Mexicana se nos presentan más actuales que nunca, suenan igual de vivas cuando citamos los estatutos de 1931: una constitución republicana, política, social y culturalmente incluyente, reforma agraria, mejoras laborales, soberanía popular (República de Trabajadores de todas clases), reforma militar que renuncie a la guerra como instrumento de política nacional, legislación educativa, extensa declaración de derechos y libertades, derecho a la educación, poder judicial totalmente independiente, separación de la iglesia y el estado, derecho a la aprobación de estatutos de autonomía, reconocimiento de los derechos de los distintos pueblos y que preserve sus idiomas y cultura propia, desaparición de presupuesto de culto y clero, y libertad de conciencia y cultos, entre otras. Estas fueron las demandas, hechas ley con la República, por las que un puñado de militares encabezados por Francisco Franco, la derecha más retrógrada con el apoyo de varios sectores de la iglesia y de la Alemania de Hitler y la Italia de Musolini, se levantaron en contra del pueblo y del joven régimen votado democráticamente por mayoría absoluta. Empezaba la Guerra Civil Española, una de las más tristes e injustas del siglo pasado y la cual, después de tres años de una desigualdad tremenda en lo que a lo militar se refiere, dejaría una España en la ruina y a un dictador fascista que gobernó 40 años bajo la complicidad de las “democracias” de occidente.
Para México, país en reconstrucción después de varias intervenciones extranjeras y de una revolución de más de 10 años, la solidaria ayuda y el firme compromiso de Lázaro Cárdenas al ofrecer asilo a todos los exiliados españoles, significó una oleada de ideas progresistas, de compromiso férreo de trabajo y de ideales humanistas que dejaban, al mismo tiempo, una España muda. Juntos entonces, en estos paisajes, se pusieron en marcha sus conocimientos y los nuestros, su tan defendida libertad de cátedra, de trabajo, de expresión y de educación se hizo realidad en México, y se respetó en un constante diálogo con lo que aquí se buscaba y que venía de la mano con lo suyo; pocos son, hoy en día, los que tienen algo que cuestionar sobre aquel gesto de Lázaro Cárdenas y sobre su gran acierto; casualmente, y por algunos olvidado, es la misma derecha la que entonces se encargó de crear una campaña de críticas absurdas la que hoy nos gobierna bajo las mismas siglas.
Con el paso del tiempo, los refugiados fueron haciendo familia en México, arraigándose a esta tierra de la que, profundamente agradecidos, se hicieron también compatriotas y a la que nunca dejaron, ni siquiera cuando murió el dictador y tuvieron la oportunidad de regresar a España; varios de ellos decidieron ser enterrados o ser puestos en nuestros mares, sellando una historia que acaba por conmovernos. A sus hijos les enseñaron a quererla y a seguir nutriendo sus aulas, sus hospitales, su tierra, y a sus nietos nos platicaron, con inmenso cariño, sus historias, nos impulsaron a ser libres y nos dejaron sobretodo, un legado moral inmenso, el cual asumimos con todo lo que conlleva pero siendo sabedores también, de que pocos de nosotros conseguiremos, al final del camino, ser hombres tan cabales como ellos lo fueron.
Pero existen también, y los tenemos bien presentes, quienes no pudieron salir de aquella España, aquellos que lograron salvar la vida pero no la libertad, esos que tuvieron el valor de seguir peleando e incluso el valor, de igual forma, de callar esperando, de reconstruirse desde adentro y que, al momento de la transición y hasta hoy, han vuelto a alzar la voz para hacerse escuchar; con ellos, con sus hijos y sus nietos, de igual manera nos sentimos comprometidos y por eso sacamos banderas republicanas, porque ellos lo siguen haciendo allá. ¿Tenemos derecho los nietos del exilio a opinar, a no dejar que se entierren los símbolos de nuestra vieja República, pretendiendo “unificarnos” bajo una sola bandera? Convencido estoy de que sí, de que además, nos lo reconocieron al ofrecernos la nacionalidad española sin condiciones, sabiendo que para nosotros “España”, es aquella con la que crecimos desde México, y otorgándonos, entre otras cosas, el derecho a divergir sobre el presente y a opinar, de manera cabal, sobre el futuro; no hacerlo sería de nuestra parte, no aceptar en toda su extensión los derechos y obligaciones que genera el portar un pasaporte. Llegaron nuestros abuelos, hoy hace 70 años, respaldados bajo los símbolos republicanos que nunca abandonaron, mas que entonces para hacerse mexicanos, y bajo esa responsabilidad se condujeron siempre, con esos nos criaron y quienes, como yo, fuimos a escuelas del exilio, crecimos cantando el Himno de Riego y haciendo honores a las banderas mexicana y republicana; así se hace hoy en día y esos seguirán siendo nuestros ideales sobre España, sobre nuestra España: antifranquista, antimonárquica y plena en libertades.
Somos entonces, los nietos del exilio, la tercera generación, un amasijo de derrotas que se convirtieron en victorias, un suspiro por una tierra lejana y el arraigo y la sangre de la que nos dio libertad, las manos de un pueblo y de otro, tan distintos y tan iguales; somos un tablao flamenco y una tarima de fandango campesino; una exclamación desde lo profundo de la historia porque no olvidamos y porque nuestros hijos no olvidarán, un doble compromiso y una nostalgia, un anhelo permanente buscando justicia. Esperamos en puerto pero tenemos un pie en la mar, y eso, a 70 años, se lo debemos, y gracias entrañables, a todos ustedes, mexicanos y republicanos españoles que tanto queremos y de quienes tan orgullosos estamos.
¡Salud y República, siempre!