Quince días de campamento en el valle de Ordesa se convirtieron en once meses incomunicados de sus familias e inmersos en una travesía que los llevó de Barcelona a Lourdes hasta lograr volver a casa.

Lucía Pérez Oroz
El día que los scouts de la Agrupación Zaragoza se fueron de campamento, Heraldo de Aragón anunciaba en sus páginas el estreno de una obra que había triunfado en Barcelona y que debutaría ese fin de semana en el Gran Teatro Iris de la capital aragonesa: "Son… ¡Naranjas de la China!".
Era jueves, 16 de julio de 1936 y, en torno a las cuatro y media de la mañana, la céntrica plaza de La Seo de Zaragoza empezó a llenarse de chavales. Había sesenta y cuatro de ellos. El más pequeño tenía ocho años y el mayor acababa de cumplir veinte. Llegaban acompañados de sus familias, cargaban mochilas a la espalda e iban uniformados con camisa beige, bermudas, botas de montaña y una pañoleta al cuello.
El máximo responsable del grupo era Herman A. Timmerman, un químico holandés de cuarenta y seis años que se había mudado a Zaragoza por trabajo y al que los scouts llamaban cariñosamente "el señor Tim". Mientras él repasaba los últimos detalles con el resto de instructores, algunos padres aprovecharon para comprobar por última vez que sus hijos llevaran todo. "Mi madre me había llenado la mochila de porsiacasos, y aun así hubo un escenario que la pobre no contempló", contaría décadas después Rafael Ezpeleta, el más pequeño de la expedición.
Dieron las cinco y Timmerman ordenó ponerse en marcha. Los chavales apilaron las mochilas en el maletero del autobús y se despidieron de sus familias. Puede que ese adiós hubiera durado un poco más de haber llegado siquiera a sospechar que su campamento se vería interrumpido por un golpe de Estado y la posterior guerra, y que aquellos 15 días de aventuras en el Valle de Ordesa se convertirían en una odisea de once meses intentando regresar a la plaza que entonces abandonaban sin mirar atrás.
Ordesa
A la una del mediodía llegaron a Ordesa. Descargaron el material, se lo repartieron y caminaron tras los pasos del señor Tim hasta el que sería su lugar de asentamiento, un prado abierto en mitad del bosque, a pocos metros de la orilla del río Arazas y rodeado por las paredes del majestuoso cañón de Ordesa. Se dividieron en grupos, repartieron la campa, cavaron las letrinas que les servirían de baño, levantaron la zona de cocina y el mástil, y plantaron las tiendas canadienses. Construyeron de cero un hogar temporal.
El segundo día de campamento, muy pronto por la mañana, algunos de los muchachos mayores se acercaron caminando a la misa del pueblo más cercano (Torla) junto al señor Tim y otros instructores. Allí aparecieron las primeras pistas de que algo no iba bien. Durante la homilía, el cura pidió "por la paz de España" y las señoras de los primeros bancos susurraban de manera acelerada. Al salir de la iglesia, en la plaza, una vecina desayunaba con la ventana abierta y la radio encendida. Entonces lo oyeron:
"Una parte del Ejército que representa a España en Marruecos se ha levantado en armas contra la República"
El señor Tim se acercó a hablar con el párroco en busca de más información. Parecía algo puntual, pero nadie tenía nada claro. Uno de los exploradores –Germán Bernabéu, de diecisiete años– bromeó: "¡Ha estallado la revolución!" y el resto de los muchachos se arrancaron con un cántico burlesco al que uno de sus instructores –Francisco Gálligo– puso fin de un grito: "¡Silencio! ¡Sois unos insensatos!". Tenían la edad justa para entender lo que suponía la sublevación y también para sentirse inmunes a ella.
Entre todos acordaron ocultar a los pequeños las noticias que traían de Torla y continuar con la programación del campamento. Terminó aquel 18 de julio en que la fecha ascendió a efeméride y los instructores de la Agrupación Zaragoza centraron sus esfuerzos en mantener a los exploradores alejados de una guerra que, poco a poco, fue colándose en el campamento. Las noches empezaron a ensuciarse del ruido de fusilería que llegaba desde el Puente de los Navarros, la comida era cada vez más escasa y el señor Tim se pasaba los días entrando y saliendo en su cochecito de intendencia.
A los pocos días, uno de los muchachos pequeños, Fernando Bernardó, de once años, quiso hacer uso del buzón del campamento para enviar una carta que había escrito a su familia. Era muy típico –y lo sigue siendo en los campamentos scouts de hoy– enviar cartas a casa. Al acercarse al buzón, Bellido –uno de los instructores– le sugirió que llevara la carta a Timmerman para que él pudiera mandarla. Fernando siguió las indicaciones y entregó su carta al señor Tim. Éste se ciñó a la coartada, fingió que podría hacer algo con su correspondencia y lo mandó de vuelta a su tienda.
Al poco rato, arrepentido del engaño, llamó al pequeño, lo sentó en una silla y, titubeante, le explicó: "Ocurre que las cartas no pueden llegar a su destino porque ha estallado una revuelta política. Puede que esto a ti no te aclare nada, pero la circunstancia es que nosotros nos encontramos en un lado de la contienda y Zaragoza está en el otro. Mientras sea así el asunto, no podemos ni enviar correo ni tampoco volver a casa". En Zaragoza había triunfado el golpe y estaba controlada por el bando sublevado, mientras que el Pirineo oscense seguía bajo el mando de la República.
Fernando entendió la situación y trató de contener los nervios. Sentía una responsabilidad especial por la confianza que el señor Tim había depositado en él al contarle el secreto de los mayores, pero le inquietaba profundamente saberse incomunicado de sus padres.
Mientras tanto, en Zaragoza, las familias esperaban nerviosas cualquier noticia de los chavales. La primera información llegó el día 26 de julio, con una nota en la prensa titulada Los exploradores de Ordesa: "Algunos viajeros llegados del Valle de Ordesa traen noticias de los exploradores. Los muchachos disfrutan de tranquilidad y excelente salud, realizan sus excursiones y desarrollan normalmente el plan de actividades del campamento".
El día 31 de julio –fecha en la que estaba programada inicialmente su vuelta– el señor Tim seguía tratando de negociar con los milicianos el regreso a Zaragoza sin éxito. La relación con ellos no era especialmente cordial. Un grupo de chicos uniformados, católicos y que venían de Zaragoza (donde el golpe había triunfado de inmediato) no despertaba demasiada simpatía en los anarquistas.
Bernardó describía a estos hombres como desaliñados, barbudos. "Algunos calzaban botas y otros alpargatas. Iban uniformados, pero de colores dispares". Eran de la Federación Anarquista Ibérica y se hacían llamar "aguiluchos". Patricio Borobio, de doce años, contaba con terror en sus memorias el día en que uno de ellos arrastró del brazo a su compañero Joaquín Mateo (de diecisiete años) bosque adentro. Recordaba el ruido de los disparos, la eternidad de los minutos en los que lo creyeron muerto y el alivio al verlo aparecer de nuevo entre los árboles. El miliciano lo dejó en libertad y se justificó ante sus compañeros: "Es un mierda de crío. No merece la pena". Le habían encontrado en la mochila propaganda de los balilla, una organización juvenil fascista de Italia. Mateo volvió con el rostro blanco, el cuerpo tembloroso e incapaz de pronunciar palabra.
Timmerman dedicó cada día de aquel agosto a buscar la manera de, al menos, sacarlos de Ordesa. La mala relación con los milicianos, la falta de suministros y la adversidad del clima en esa zona de la montaña hacían su estancia cada vez más insoportable.
Aínsa
Los jefes del Comité Revolucionario de Broto permitieron trasladar el campamento de la Agrupación Zaragoza a Aínsa. Llegaron el 1 de septiembre de 1936. Seguían atrapados en la comarca del Sobrarbe, pero habían descendido 500 metros y dejado atrás las montañas. Allí el clima sería más agradable. Se instalaron en un terreno junto al río Cinca, en el que apenas había cuatro árboles y un pajar. En cuanto vieron el primer caza sobrevolar por encima de sus cabezas, identificaron la que sería la principal diferencia entre aquel lugar y sus días en Ordesa: estaban mucho más cerca de la guerra.
Los pequeños veían las horas pasar en aquel asentamiento del que se les había prohibido salir. A los mayores se los llevaban cada día a realizar trabajos en el pueblo para el Comité Revolucionario. Se dedicaban sobre todo a hacer inventario de los suministros requisados por los anarquistas en una tienda de ultramarinos situada en el centro de Aínsa. Y así pasaron los días en esa extraña monotonía bélica de la que el señor Tim seguía tratando de sacarles.
La mañana del 26 de septiembre, una patrulla de milicianos armados irrumpió con cierta urgencia en el asentamiento de los exploradores. Entregaron un papel a Timmerman y detuvieron a dos instructores (Godofredo Sánchez y Luis Arrizabalaga, de 21 años) y a tres de los chavales mayores (Antonio Oliver, Germán Bernabéu y José Luis Rodríguez, todos de 18 años). Los trasladaron al hotel Tres Sorores de Aínsa (reconvertido en el Cuartel General Republicano) y los juzgaron, acusados de ser burgueses y católicos. A Rodríguez lo interrogaron acerca de su participación en un mitin de José Antonio Primo de Rivera. Al día siguiente, fueron liberados, pero aquel susto aceleró la prisa del señor Tim por salir de Huesca. Gracias a sus negociaciones con los jefes de las milicias en Jaca, logró que les dejaran trasladarse a Barcelona. Permanecerían en zona republicana, pero pasarían más desapercibidos y contarían con otros interlocutores para gestionar un posible regreso a Zaragoza.
El 1 de octubre abandonaron su asentamiento en Aínsa, dejando atrás sus tiendas de campaña y el material del campamento. Un grupo de milicianos les escoltó hasta Barbastro, sin quitarles el ojo de encima. Pasaron la noche allí, repartidos en casas particulares, y al día siguiente cogieron un tren a Barcelona.
Barcelona
"Llegan a Barcelona 72 boy scouts a quienes sorprendió la rebelión fascista en el Valle de Ordesa", anunció en su cuarta página el diario Ahora en la edición del 3 de octubre de 1936.
Un hombre del que los chavales sólo recordaban que era "tan grande como el señor Tim" les recibió en una sala de la estación con bocadillos de jamón, chocolate, bizcochos y tortas de almendra. Acto seguido, dos autocares de las Guardias de Asalto les recogieron y pasearon por las calles de Barcelona. La gente aplaudía, vitoreaba y alzaba el puño a su paso. Ellos, desde la más absoluta incomprensión, disfrutaron alegres de aquel rato de fama inesperada, estrecharon la mano a todo el que pudieron y ondearon las banderas rojas con la hoz y el martillo. Su llegada había sido anunciada en la radio por error como la de unos "fugados" en lugar de "refugiados" del fascismo de Zaragoza.
Cayó la tarde y su particular cabalgata terminó a las puertas del Hotel Ritz –actual Palace de Barcelona–, que había sido incautado por sindicatos anarquistas y reconvertido en un lugar de servicio. Sus lujosos salones se utilizaban de comedor social y sus sótanos de refugio antiaéreo. Los exploradores cenaron allí junto a unos indigentes y, al acabar, caminaron hasta el lugar que el Ayuntamiento de Barcelona y Cruz Roja Internacional les había asignado para dormir: un asilo situado junto al Parque de la Ciutadella. Pasaron allí un par de noches antes de que los reubicaran en un convento vacío situado en el número 11 de la calle Lledó, en el barrio Gótico.
Estuvieron tres semanas en la ciudad condal haciendo servicios y visitando cada rincón en compañía de los scouts de Catalunya. Durante la II República, los scouts habían ganado cierta fama en Catalunya por sus labores sociales y, aunque con la revuelta política fueron vistos con malos ojos por parte de algunos sectores del bando republicano, a los pocos días de estallar la guerra, el 22 de julio de 1936, el presidente de la Generalitat, Lluís Companys –que era también presidente de honor de los scouts de Catalunya– los declaró institución de utilidad pública. Durante la contienda, los exploradores de Catalunya estuvieron a cargo de diferentes servicios para la Consejería de Sanidad de Guerra. Entre ellos, acoger bajo su tutela a los scouts de Zaragoza.
El Gobierno de la Generalitat y la Cruz Roja Internacional llegaron a un acuerdo para exiliar a los exploradores de Zaragoza menores de dieciocho años a Marsella en barco, acompañados de su responsable extranjero, Herman A. Timmerman. Los mayores de edad tendrían que quedarse en Barcelona junto al resto de instructores, por estar en edad militar. Esto no sólo suponía la ruptura del grupo, sino también la separación de algunos hermanos.
El 22 de octubre de 1936, en el puerto de Barcelona, la Agrupación Zaragoza quedó reducida a cuarenta y dos muchachos y el señor Tim. "La despedida fue rápida pero intensa. Ellos se esforzaron en sonreír", recordaba Patricio Borobio, que aquel día vio quedarse en tierra a su tío, el instructor José Borobio. Los mayores consolaron a los pequeños y forzaron la alegría al despedirles, agarrándose con fuerza a la octava enmienda de la ley scout: el scout es animoso ante peligros y dificultades.
Lourdes
El día que el señor Tim cumplía cuarenta y siete años, los exploradores llegaron a Lourdes en un ferrocarril que habían cogido la noche anterior desde Marsella. Era el 25 de octubre de 1936, y en la estación les esperaba el jefe local de los Scouts de la France, el señor Lacour, y un representante del obispo de Lourdes, el señor Merice. Los alojaron en el Accueil Marie Saint-Frai, un lugar de hospedaje para peregrinos –sobre todo enfermos y discapacitados– que sigue existiendo hoy. Allí se quedaron con las monjas de la congregación Hijas de Nuestra Señora de los Dolores.
En Lourdes no sólo estaban fuera de peligro, sino que además podían contactar por fin con sus familias. Llevaban tres meses sin saber nada de ellos y lo primero que hicieron fue mandarles cartas y fotografías de su viaje. A los pocos días, llegaron las respuestas. El buzón del asilo se llenó de correspondencia: "Qué guapos estáis", "Debéis volver sabiendo francés", "Estamos todos bien, deseando veros", "Haced caso al señor Tim", son algunas de las frases que rescató Patricio Borobio de esas cartas que su familia aún conserva.
Estuvieron muy bien cuidados. Las monjas los alimentaban en abundancia y les daban clases. Ezpeleta contaba: "Todas las noches, después de cenar, una de las monjas me cogía del brazo y me llevaba a la cocina a que comiera otro tazón de arroz con leche porque estaba muy delgado". Algunas tardes iban al gimnasio del pueblo a hacer deporte. Allí pasaron la Navidad, celebraron varios de sus cumpleaños y, dos de los pequeños, hasta hicieron la primera comunión.
Mientras tanto, hasta el mismo Lord Baden-Powell (fundador del Movimiento scout) se había pronunciado sobre la situación de los exploradores zaragozanos a través de una carta enviada desde la oficina internacional de los scouts en la Buckingham Palace Road de Londres (la dirección es todo lo que sugerente que parece; el movimiento scout ha mentido desde sus inicios sobre sus fuertes vínculos con la familia real británica).
Entre las gestiones de los padres, el señor Tim, el Consejo de Exploradores, las autoridades del bando sublevado y republicano, los scouts de Francia, Catalunya y Londres, el obispo de Lourdes y Cruz Roja, la repatriación de los scouts a Zaragoza se había convertido en todo un asunto de relaciones internacionales.
La vuelta a casa
Después de Navidad, un alto cargo de Correos filtró una información confidencial que dejó todavía más intranquilos a los padres. Al parecer, se estaba barajando la posibilidad de mandar a los muchachos a la URSS. En 1937, el gobierno de la República llevó a cabo un plan de evacuación de menores para mantener a los niños alejados de las consecuencias físicas y psicológicas de la guerra. Contaron con la participaron de varios "países amigos". La Unión Soviética fue uno de ellos y recibió a casi 3.000 niños españoles.
Uno de los padres (Regino Borobio) viajó a Burgos junto al vicepresidente del Consejo de Exploradores de Zaragoza en busca de respuestas. Allí, Silverio Ramírez –alto funcionario de Cruz Roja Internacional– confirmó los rumores. Había fuertes presiones para trasladar a los muchachos de Lourdes a la URSS. De hecho, esa decisión se había tomado en el mes de octubre, cuando aún estaban en Barcelona, y aunque las autoridades cambiaron el destino por Lourdes en el último momento, la intención inicial seguía persistente.
En su regreso a Zaragoza y con todas las alarmas disparadas, los padres se reunieron con el Consejo de exploradores para buscar nuevas opciones. Miguel López de Gera (alcalde de Zaragoza y antiguo explorador) les contó que había una compañía teatral de Barcelona en la misma circunstancia que sus hijos. Habían estrenado una obra pocos días antes de que estallara la guerra y llevaban desde entonces atrapados en la capital aragonesa. La compañía se llamaba Naranjas de la China.
El plan sería intentar llegar a un acuerdo de canje para intercambiar a los exploradores que se habían quedado en Barcelona por la compañía teatral atrapada en Zaragoza. Era una opción muy complicada, primero porque debían ponerse de acuerdo el bando nacional –es decir, los sublevados– y la Generalitat, pero sobre todo porque este tipo de intercambios se daban entre personas concretas y de características similares, no entre grupos grandes de gente tan diversa. La propuesta era cambiar a veinte exploradores varones y en edad militar por treinta y dos profesionales del teatro (quince mujeres y diecisiete hombres).
La repatriación de los pequeños que estaban en Lourdes parecía más sencilla. Técnicamente, podían entrar a España por zona nacional y llegar hasta Zaragoza sin pisar un solo rincón republicano. Sin embargo, hacerlo suponía romper el acuerdo al que habían llegado en octubre con Cruz Roja Internacional y la Generalitat. La condición para dejarlos marchar al exilio había sido que no volvieran a zona nacional. Traicionar lo acordado con la Generalitat no era la mejor idea si necesitaban que aprobasen el canje de los mayores. Los padres decidieron no traer a los pequeños hasta que no estuviera solucionada la vuelta de los mayores.
El 1 de marzo de 1937, el bando nacional aprobó el canje entre los exploradores de Zaragoza y la compañía teatral de Barcelona. El documento llegó desde Salamanca firmado por un tal Francisco Franco Bahamonde, "Jefe del Estado". Un mes después, a principios de abril, la Generalitat firmó también su parte del acuerdo. Habría intercambio entre los exploradores de la Agrupación Zaragoza atrapados en Barcelona y la compañía teatral atrapada en Zaragoza. "Un día nos sorprendieron agradablemente al anunciarnos que podíamos regresar a Barcelona, se nos canjeaba por unos boy scouts de Zaragoza", contó Carlos Garriga, el actor protagonista de Naranjas de la China, tiempo después en una entrevista. Teniendo acuerdo para los mayores, había también luz verde para que regresaran los pequeños.
La tarde del 20 de abril de 1937 llegaron a la Plaza Paraíso de Zaragoza los cuarenta y tres exploradores menores de edad que se encontraban exiliados en Lourdes. Lo hicieron repartidos en dos autocares y junto al señor Tim. Sus padres los esperaban con toda el ansia que se acumula en doscientos setenta y ocho días de guerra sin ver a un hijo. Los muchachos saltaron de los autobuses y corrieron a los brazos de sus padres como se abraza a una madre cuando pensaste que no la volverías a ver. "Lo que recuerdo con más intensidad de todo lo que vivimos aquellos meses es el abrazo de mi madre al llegar a Zaragoza", contó en 2018 Rafael Ezpeleta, que ochenta y un años después todavía lloraba al recordar ese momento.
El 3 de junio de 1937, los exploradores atrapados en Barcelona partieron rumbo a Marsella a bordo del Iméréthie II. Una vez en Francia, viajaron a San Juan de Luz. El día 7 de junio por la mañana, en el puente internacional de Irún, se produjo al canje entre la compañía de teatro Naranjas de la China y los scouts de la Agrupación Zaragoza mayores de edad. Las autoridades colocaron a cada grupo a un lado de la carretera y procedieron a su identificación, recuento e intercambio. Todos los rehenes pudieron mirar a los ojos al puñado de extraños por quienes se les cambiaba como a cromos y reconocer en sus caras un billete de regreso a casa.
Al terminar la guerra, fueron oficialmente suspendidas todas las actividades del movimiento scout en España, que no volvieron a reanudarse hasta finales de los años cincuenta. Los exploradores de la Agrupación Zaragoza quedaron hermanados para siempre por una guerra sobre la que opinaban diferente, e instauraron la tradición de reunirse cada Día de San Jorge para celebrar los valores que los mantuvo unidos en el campamento más largo de sus vidas.







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