dimarts, 5 de maig del 2026

Desmontando el mito de que con Franco se vivía mejor

 

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La frase reaparece cíclicamente, como si el tiempo la limpiara de significado: “con Franco se vivía mejor”. 

No es una opinión inocente ni un simple desliz de la memoria, sino un relato político que simplifica el pasado hasta hacerlo irreconocible y, ya de paso, normalizar lo que nunca debería normalizarse.

La historia no es un decorado que pueda adaptarse a la conveniencia del presente. Y la dictadura no fue un mal menor

De entrada, convendría empezar por lo básico, hacer memoria y recordar que durante la dictadura no hubo elecciones libres, ni libertad de prensa, ni de expresión, ni de asociación. La censura era estructural y la represión, sistemática. Miles de personas fueron encarceladas, ejecutadas o empujadas al exilio.

Defender que durante la dictadura se vivía mejor exige, como mínimo, aceptar que vivir sin derechos fundamentales puede ser compatible con el bienestar, una premisa difícil de sostener en cualquier democracia.

Tampoco el argumento económico resiste demasiado análisis, pues la España que salió de la Guerra Civil quedó devastada y el régimen franquista apostó durante años por una autarquía que generó escasez, racionamiento y hambre. Esa realidad —incómoda, pero decisiva— suele desaparecer del relato nostálgico de quienes añoran el franquismo, pues estos nostálgicos lo sustituyen por una imagen edulcorada de los años sesenta, cuando el país empezaba a crecer.

Pero, que nadie nos lleve a engaño, pues ese crecimiento no fue consecuencia natural del sistema, sino de sus rectificaciones cuando el régimen se vio obligado a abrir la economía, atraer turismo y aceptar la emigración masiva como válvula de escape, todo ello mientras los salarios seguían siendo muy bajos, las desigualdades amplias y los derechos laborales inexistentes.

Hay otro aspecto que el mito omite y es la absoluta ignorancia de quiénes quedaban fuera de ese supuesto bienestar. Basta observar con algo de detalle la vida cotidiana durante los casi cuarenta años de dictadura —no solo en la posguerra— para entender que ese “vivir mejor” era, un privilegio limitado a unos pocos y una quimera de ficción para el resto.

Las mujeres vivían bajo una legislación que las subordinaba al varón en ámbitos esenciales. Necesitaban autorización del marido para trabajar, abrir una cuenta bancaria o firmar contratos. Su educación estaba orientada a la obediencia y al hogar, y cualquier desviación de ese modelo implicaba estigmatización social o incluso consecuencias legales. La autonomía personal inherente al sexo femenino no solo era reducida sino estaba directamente restringida por el ordenamiento jurídico.

Para los sectores más humildes, la presunta estabilidad que algunos evocan era, en realidad, una forma de resignación impuesta

Más allá de los años de racionamiento, persistieron los salarios bajos, escasa movilidad social y una ausencia casi total de mecanismos de defensa frente a abusos laborales por la inexistencia de sindicatos libres y de derechos efectivos, motivo por el que muchos trabajadores solo encontraban salida en la emigración, ya fuera desde el mundo rural a las grandes ciudades o bien también yendo a trabajar al extranjero.

Quienes defendían ideas democráticas o simplemente discrepaban del pensamiento oficial vivían bajo una amenaza constante y censura penalizaba a libros, prensa, cine y teatro. La vigilancia alcanzaba a una cotidianeidad en la que expresar determinadas opiniones podía costar el empleo, la libertad o el exilio. 

La supuesta “tranquilidad” de la época franquista no era sino el resultado de un silencio impuesto.

Especialmente dura fue la situación de los homosexuales, ciudadanos de derecho perseguidos por la hipocresía franquista como sujetos peligrosos. Tanto es así que la legislación vigente permitía su detención, internamiento o “reeducación”, lo que los empujaba a ocultar su orientación sexual en la clandestinidad, bajo el peso del miedo y la humillación institucionalizada. Tan dura fue la persecución que la mera identidad podía convertirlos en delincuentes.

¿Por qué, entonces, persiste la idea de que con Franco se vivía mejor?

Tal vez en parte sea por un mecanismo comprensible según el cual la memoria individual tiende a asociar el pasado con la juventud, con vínculos familiares más estrechos o con expectativas más simples, una experiencia subjetiva que no debería confundirse con un diagnóstico social, pues convertirla en argumento político implica ignorar deliberadamente los datos. Y los datos son claros.

La España actual —con todas sus carencias— ha ido evolucionando a mejores indicadores de salud, educación, renta y esperanza de vida, pero, sobre todo, ofrece algo inexistente en el franquismo: los derechos humanos, la posibilidad de elegir, de criticar, de organizarse, de participar… y en suma de vivir como ciudadanos y no como súbditos.

¿Por qué pues aumenta progresivamente la añoranza de la dictadura franquista como un referente de sociedad idílica?

El problema de la nostalgia no es mirar al pasado con indulgencia, sino utilizarla como coartada para falsear la historia, porque al afirmar que “con Franco se vivía mejor” no solo se falsea la historia sino se sugiere que las libertades pueden ser prescindibles si a cambio se promete un supuesto orden o estabilidad.

Desmontar ese relato no es un ejercicio académico ni una cuestión de matiz sino una exigencia democrática, pues  hay épocas que pueden analizarse, discutirse o reinterpretarse, pero de ningún modo blanquearse. Y la dictadura de Franco es una de ellas.

El problema de la nostalgia no es que mire al pasado con indulgencia, sino que lo utilice como coartada para legitimar un modelo. Porque al afirmar que “se vivía mejor” no solo se falsea la historia sino se legitima implícitamente un modelo en el que las libertades, la igualdad y la dignidad humana pasan a ser negociables.

No es una cuestión retórica ni un simple debate de opiniones sino más bien una línea roja democrática. Porque aceptar ese relato supone trivializar la represión, minimizar el sufrimiento de quienes la padecieron y abrir la puerta a que el autoritarismo vuelva a presentarse como una opción razonable.

La historia no es un decorado que pueda adaptarse a la conveniencia del presente. Y la dictadura no fue un mal menor ni una etapa “con sus luces y sombras”: sino un sistema construido sobre la negación sistemática de derechos y la imposición del silencio.

Por eso, frente a la tentación de la nostalgia, conviene ser claros y afirmar rotundamente que en el franquismo no se vivía mejor que en democracia, y también que en la dictadura se vivía con miedo, con menos derechos, con menos oportunidades y, para millones de personas, con menos dignidad. Y recordar esto no es reabrir heridas sino impedir que se vuelvan a cerrar en falso.