https://conversacionsobrehistoria.info/2026/04/14/las-elecciones-que-trajeron-la-segunda-republica/
Francisco Sánchez Pérez
Universidad Carlos III de Madrid
El presente texto reproduce secciones del libro titulado: El Germinal español. Las elecciones que trajeron la Segunda República escrito por Francisco Sánchez Pérez con prólogo de Ángel Viñas.
El significado del 12 de abril
Germinal es el mes del calendario revolucionario francés que se impuso en Francia en 1793, y que ligaba el principio del tiempo mensurable a un año I, que coincidía con el advenimiento de la Primera República francesa, a partir de septiembre de 1792. Mes primaveral, germen y semilla, mes del despertar de la naturaleza, del renacer de la vida, del dejar atrás el invierno del descontento. Vendría a abarcar aproximadamente las fechas del 20/21 de marzo al 19/20 de abril del actual calendario gregoriano. Es decir, que el 12 de abril vendría a coincidir con el día 22 de Germinal. Y lo que ocurrió ese día y en particular los siguientes con la proclamación de la Segunda República, cuando millares de personas celebraron con todo tipo de festejos que ya había comenzado el “renacer” o “despertar” de la nación, reafirman esta singular coincidencia histórica. La gente cantaba, entre otras cosas, La Marsellesa, la más conocida por grandes y chicos, un himno republicano adoptado oficialmente en Francia en 1795 pero compuesto hacia 1792. Las cintas, bandas y banderas tricolores que las personas lucían en la ropa y las solapas o que se izaron de inmediato en lo alto de los edificios más emblemáticos entroncaban con la misma tradición revolucionaria (aunque la tricolor se adoptó ya antes de la república en Francia en 1789, cuando todavía se consideraba que el rey colaboraría con la nation). Las jóvenes en particular se tocaban con gorros frigios hechos de tela o papel a la imagen de la “Mariana”, en la imagen sublime del cuadro de La liberté guidant le peuple de Delacroix. O en la menos sublime que usara Galdós, en sus Episodios Nacionales, muy leídos ya por entonces entre las clases medias, a la hora de hablar de la musa de la historia (Doña Mariana o Mariclío). Figura que irrumpe de gala durante la Primera República (que ya Galdós llama así), pero que decide abandonar el país de inmediato cuando regresan los Borbones en 1875, “los tiempos bobos, los tiempos de mi ociosidad y de vuestra laxitud enfermiza (…), años y lustros de atonía, de lenta parálisis, que os llevará a la consunción y a la muerte”[1]. Ahora los Borbones se marchaban y Doña Mariana podía regresar. El día de la toma de la Bastilla (en 1789) y fiesta nacional francesa, el 14 de julio, sería también precisamente el día en que se inaugurarían solemnemente las Cortes constituyentes republicanas de 1931.
Este Germinal, que tanto eco aparente se hacía de la Revolución francesa, fue pronto bautizado desde el propio Gobierno provisional en sus mismos documentos oficiales: “alzamiento nacional contra la tiranía”[2] (Niceto Alcalá-Zamora), “revolución de abril”[3] (Manuel Azaña), o “revolución del 14 de abril”[4] (Santiago Casares Quiroga). En una obra se le ha llamado “revolución elegante” [5]. No corresponde aquí dilucidar si lo que pasó entre el 12 y el 14 de abril fue una revolución o no, debate inacabable e inacabado. Sí es cierto que fue un cambio político con el suficiente calado como para tener implicaciones revolucionarias, y así fueron vistas por los contemporáneos, tanto por los que festejaban como por los que no, tanto por los que consideraban que sólo era un primer paso hacia otra revolución más ambiciosa, como los que ya habían tenido más que suficiente y querían que se volviese a la situación anterior. Este cambio se produjo de una forma bastante brusca e incluso inesperada, sin lo que podríamos llamar una “transición pactada”. Un “comité revolucionario” que estaba al frente de la oposición política (y del que buena parte había pasado hacía poco más de un mes por prisión y por los juzgados), pasó a ser el Gobierno mismo del país en el espacio de unas horas, poco menos que tomando posesión del ministerio de Gobernación (lo que hoy sería Interior) en la Puerta del Sol sin haber sido invitados[6]. La llegada de la democracia al país, tras siete años de dictadura y otro de “dictablanda” (como se motejó al Gobierno Berenguer de enero de 1930 a febrero de 1931[7]), con una constitución suspendida pero no sustituida por otra, venía acompañada de un programa reformista bastante ambicioso, lo que ya era un hecho bastante revolucionario para la España de la época. Pero su característico advenimiento vino de la mano de unas prosaicas e incruentas elecciones municipales, en lugar de las de una violenta insurrección armada, que es lo que entonces (y aún para muchas personas ahora) se consideraba una “revolución”[8]. Algo que de alguna forma ya se había intentado hacía unos meses con escaso éxito.

Téngase en cuenta que las elecciones municipales en España eran consideradas hasta entonces un tipo de comicios básicamente administrativos, porque ni siquiera eran determinantes para cambiar a los alcaldes de las grandes ciudades, función que recaía en los gobernadores civiles, reemplazados a su vez constantemente por el Gobierno de turno. A los de Madrid y Barcelona se les llamaba alcaldes de Real Orden por este motivo. Sólo en los 31 años anteriores a la llegada de la República hubo 36 alcaldes diferentes en Madrid, por poner un ejemplo que conozco bien. Hubo más alcaldes que elecciones. Esto es aún más sangrante si se tiene en cuenta que las últimas elecciones municipales en España habían sido en 1922 para la renovación (y sólo parcial, es decir de parte) de los ayuntamientos. Es decir, que entre 1922 y 1931 había habido nueve años sin elecciones municipales. Esto ya dará al lector una pista sobre su trascendencia como consulta. Los gobernadores civiles sustituían a los alcaldes de cualquier localidad con total discrecionalidad. De este vicio, si se quiere centralista, o peor aún partidista, no se libraría la Segunda República, ni mucho menos. No se borra casi un siglo de historia de un plumazo[9]. En las pequeñas localidades (y algunas no tan pequeñas), por el contrario, podía una misma persona, familia o clientela local eternizarse al frente del ayuntamiento, porque ni siquiera había necesidad de elecciones para determinar el equipo municipal, y con él el alcalde, merced a la peculiar ley electoral de la época, que se remontaba a 1907 (y antes a 1878). Este vicio sí lo hizo desaparecer la República, pero sólo en parte, porque por distintas razones, que aquí no vienen al caso, incluida la propia brevedad del régimen, finalmente no hubo elecciones municipales en toda España desde el 12 de abril de 1931 hasta 1979. Sólo las hubo en algunas localidades y territorios y por razones muy específicas (ayuntamientos donde se consideró que había que repetir las elecciones del 12 de abril o donde directamente no había habido elecciones el 12 de abril; municipales catalanas). La España de la época no pasó con éxito la prueba de la auténtica democracia local, en el sentido de desvincular el ayuntamiento de la gobernación del Estado.
Esto indica sin embargo que el control del poder municipal sí era muy importante, no sólo para los notables locales y sus intereses locales, sino también para el control del territorio y la gobernabilidad del Estado, evidentemente, y esto luego se reflejaba en la manipulación desde los grupos parlamentarios de las elecciones a Cortes, o así había sido mientras las había habido (hasta 1923). Y esto era decisivo para que el gobierno (que era un apéndice de la soberanía regia) controlase al parlamento (la soberanía nacional), y no a la inversa, obsesión de todos los ejecutivos desde hacía décadas.
Con más motivo, y en el contexto que hemos señalado, puede resultar extraño que una dinastía que llevaba más de doscientos años en el trono (aunque con discontinuidades e importantes sobresaltos) dejase de reinar por el resultado de unas elecciones de este tipo. Casi todos los cambios de régimen en la Europa de entreguerras (es decir desde la Primera Guerra Mundial) no habían tenido mucho que ver con elecciones, por no hablar de elecciones locales. De hecho, algunos de estos cambios de régimen lo que habían procedido es a anular las elecciones libres a la mayor rapidez posible. Tampoco habían sido procesos incruentos; en absoluto. Desde 1917 había habido revoluciones en los territorios que habían ocupado los antiguos imperios austrohúngaro, alemán, ruso y otomano, que se habían derrumbado, y a continuación de dichas rebeliones, se habían sucedido las militaradas, nuevas revueltas o golpes de estado, con mayor o menor éxito (con la honorable excepción de Checoslovaquia, que prácticamente se mantuvo impertérrita hasta que se la repartieron sus vecinos en vísperas de la Segunda Guerra Mundial). También había habido este tipo de golpes de estado o similares, fuera de estos cuatro imperios, en Portugal, Italia, Yugoslavia, Grecia, Rumania y Finlandia. A la altura de 1931 a las democracias alemana y austríaca les quedaba sólo un par de años de vida; poco después llegó también otra dictadura a Grecia, más dura que las anteriores que ya había tenido el país. España no era una excepción, pues precisamente en 1930-1931 estaba saliendo de una dictadura de siete años, desde que el general Miguel Primo de Rivera se hiciese con el poder en septiembre de 1923; luego vendría otra dictadura, mucho más larga, la del general Franco, que empezó en octubre de 1936 (no en 1939, como muchos alumnos del Bachillerato persisten en afirmar). La República, vista en la larga y ventajista perspectiva que tenemos las personas de hoy, parece por consiguiente sólo un breve paréntesis democrático, en un contexto internacional básicamente hostil. Esto tuvo mucho que ver después también con el desenlace de la Guerra Civil, sobre el que tanto se ha debatido. Los problemas de España eran muy compartidos por los países de nuestro entorno, en absoluto atávicos o endémicos de los habitantes de la piel de toro; algo que no por mucho repetido hay que seguir reiterando[10].
¿Entonces cómo es posible que unas rutinarias y poco decisivas elecciones municipales, procesos cuasi administrativos que nunca son siquiera mencionados en esas tan vendidas “breves historias de la España contemporánea”, pudieran provocar semejante tsunami, semejante fiesta “revolucionaria”? ¿Qué mariposa aleteó en Guadalajara, en Toledo o en Palencia, ciudades de las que se desconocía siquiera que tuvieran ningún tipo de movilización política propia, por no hablar de Calahorra, Antequera o Tomelloso, y provocó semejante ciclón que se llevó al rey por delante?
Si se me ha seguido el razonamiento hasta estos renglones, ya he ido dejando algunas pistas. Quedémonos de momento en lo básico: hacía mucho tiempo que no había elecciones en España, precisamente porque se salía de una dictadura bastante larga. Dictadura que se había configurado y desarrollado bajo los auspicios del monarca, que, coincidiese en todo o sólo en parte con los objetivos de Miguel Primo de Rivera, es absolutamente irrefutable le había otorgado poderes prácticamente absolutos, vulnerando primero y suspendiendo después la Constitución de 1876, que es en la que descansaba su legitimidad y la de su dinastía, en un sistema liberal y parlamentario como el español. Desde 1923 y hasta 1931 la sociedad española había cambiado mucho. Ya explicaremos en qué dirección. Algunos alegan y han alegado (en particular en defensa del rey) que el dictador no tuvo mucha oposición cuando llegó; eso se escapa de nuestros objetivos ahora, pero es evidente que la situación no era la misma cuando se fue. Se trata de una tautología: de haber tenido muchos apoyos no se habría ido, o le habría reemplazado alguien con las mismas pretensiones. El régimen (y el monarca) se encontraba en una encrucijada en 1930 entre volver a la casilla de salida, continuar la obra de Primo de Rivera (que no dejaba de tener sus poderosos partidarios) o cambiar completamente el sistema y avanzar hacia una democracia de masas, es decir, lo que no se había hecho entre 1917 y 1923. Esta encrucijada, o si se prefiere indefinición hamletiana, se prolongó más de la cuenta, como veremos aquí. De ella no se había salido ni mucho menos cuando se optó por convocar unas elecciones municipales, en lugar de unas generales, para que sirvieran de consulta nacional en toda regla; también contaremos por qué. La incertidumbre, dado el tiempo pasado desde los últimos comicios, era grande, pero al fin y al cabo se trataba sólo de unas elecciones municipales…

[…]
A modo de conclusión. El triunfo de las ciudades
En mi opinión después de todo lo expuesto, es difícilmente sostenible afirmar que no se sabe quién ganó las elecciones del 12 de abril, como a veces aparece en los medios de comunicación. Cualquier partido político hoy en día que se hubiese impuesto en la larga lista de ayuntamientos que aquí he ido desgranando, y en los que triunfaron republicanos y socialistas con porcentajes quiméricos de más del 60 e incluso del 70 y 80% del voto sería considerado un absoluto vencedor de unas elecciones municipales. Me parece del todo innecesario contar toneladas de concejales, adictos en muchos casos, más que monárquicos propiamente hablando, que nadie ha votado y otro número importante conseguido sin una campaña electoral digna de ese nombre, sin oposición republicana conocida y sin que la gente pudiera optar. Si no puedes votar o sólo puedes votar una cosa, es normal ganar. El plebiscito es imposible. Es una ruleta trucada en la que siempre toca. Lo extraño sería que sucediese otra cosa. Así era gran parte del país. Así había sido desde hacía varias décadas. Pero el mundo moderno y la democracia de masas eran otra cosa. Y eso sólo lo podían traer las ciudades.
Lo cierto es que hubo dos elecciones distintas, convocadas el mismo día, pero muy diferentes: unas elecciones municipales básicamente administrativas, que ya estaban ganadas de antemano por los monárquicos con la ausencia de candidatos republicanos en la mayoría de los municipios y por la aplicación del artículo 29, y un plebiscito, de resultado incierto, pero que solo se dio allí donde hubo oposición republicana, campaña electoral, información suficiente y posibilidades reales de optar por monarquía o república. Los monárquicos hicieron una campaña electoral de una gran intensidad, extremadamente apocalíptica, a todo o nada, pero para las ciudades, no nos engañemos, para el plebiscito, donde había competencia real. Las administrativas ni siquiera les interesaban demasiado. De hecho, tuvieron un interés muy limitado para la prensa escrita, que era el principal medio de comunicación e información de la época, hasta extremos inconcebibles hoy. Se limitaron al medio rural y en ciertas zonas, muy desmovilizadas, muy incomunicadas, muy conservadoras o una combinación de todas esas cosas, sobre todo en algunas islas y en la España interior, llegó a reptar hasta ciudades ya de un tamaño apreciable, rondando los 10.000 habitantes, aunque no mucho más lejos. Es evidente quién las ganó. Las candidaturas monárquicas ganaron las elecciones municipales entendidas como elecciones administrativas, con su artículo 29, sus concejalías repartidas o encasilladas, limitadas en una disputa entre familias que apoyaban al régimen o llegando a acuerdos con la oposición para repartir mayorías y minorías, siguiendo la rutina de décadas. El número de concejales ganados para la causa y en su inmensa mayoría conseguidos de esa manera lo atestiguan.
Pero lo que sí que suscitó un inusitado interés fue el plebiscito, no sólo en todos los medios nacionales y extranjeros, sino entre los que se presentaron a él y entre los votantes que pudieron optar, probablemente por primera vez en sus vidas y cambiar su destino. Un interés desmedido, más que ninguna elección realizada hasta entonces. El resultado fue vivido en las ciudades como una auténtica liberación colectiva, una explosión de júbilo casi irracional, con una masiva ocupación de la ciudad. La gente ocupó físicamente su ciudad, sus calles y sus plazas. Las circunstancias históricas, probablemente únicas, son las que condujeron a que el plebiscito se presentase envuelto en unas elecciones aparentemente de segundo orden. El plebiscito se dio en el medio urbano, donde la oposición republicana y socialista pudo organizarse y presentarse, hacer una campaña moderna jamás vista, movilizar hasta la última persona, con un importante protagonismo de las mujeres y los menores de 25 años, que no podían votar, pero que esperaban alguna recompensa de todo esto, y pudo controlar y vigilar con ella el proceso electoral y su resultado con alguna garantía de éxito. En las zonas de mayor densidad de población, mejores comunicaciones y mayor desarrollo urbano penetró hasta las ciudades medianas, en el resto se limitó a la capital y a algunas cabezas de partido, allí donde podía llegar el eco de la modernidad y las terminales de la civilización aún podían transmitir información. Con ser importante, no se trataba sólo de una cuestión de alfabetización académica, pues había muchos analfabetos también en las ciudades, particularmente en esos barrios populares y obreros tan entusiastas con la república, sino, como dijera Bartolomé Cossío, se trataba de la cultura difusa, del conocimiento de las realidades del siglo XX y de los logros de la civilización, que sí llegaba a todas partes en las ciudades, independientemente del nivel de instrucción, del conocimiento y de la percepción de ese mundo soñado que se puede aspirar a alcanzar.

Los monárquicos también aceptaron que en estos ámbitos citados era un plebiscito. Es completamente falso que no lo asumieran. Se unieron haciendo piña allí donde pudieron, haciendo de tripas corazón al ir juntos carlistas, autoritarios, católicos integristas y liberales laicos, los detractores de la Dictadura con sus partidarios y cómplices, todo con tal de que triunfase la monarquía. Es obvio que los liberales con bastante menos entusiasmo. Se embarcaron en una campaña electoral incomparable con las del pasado, aunque palideciera mucho ante la de sus oponentes. Y canalizaron su campaña hacia el todo o nada, en términos superlativos: si se perdía, no sólo se perdía la monarquía, era el fin de la civilización cristiana occidental y la llegada del comunismo, más pronto o más tarde. La Iglesia católica organizada empujó todo lo que pudo, convirtiendo el voto monárquico en una cuestión de conciencia. Todo esto en las ciudades, que es donde todo el mundo sabía que se jugaba la partida. A las personas de las microciudades, a los campesinos, salvo que viviesen en una agrociudad de cierto tamaño, les llegó el eco de todo esto, como las sombras en la caverna de Platón, pues sólo se podía votar una cosa, o simplemente no se podía votar. Algo no demasiado negativo, porque incluso podía ser menos arriesgado. Que se enteraran de lo que ocurría no quiere decir que pudieran hacer algo al respecto. La República intentará llegar al mundo rural, que como es sabido comenzó a agitarse de manera acelerada en los años siguientes. Pero no en Germinal.

Es evidente quién ganó el plebiscito. Los republicanos y socialistas ganaron el plebiscito. En aquellos núcleos de población donde se pudo elegir entre monarquía y república, aquellos donde hubo campaña, movilización, información, y en particular candidatos que representaban suficientemente las dos opciones en juego, sumados sus votos y más aún el porcentaje de población al que representaban, la República fue la triunfadora.
Lo supieron los ministros en pocas horas, al igual que el monarca, la gente que se arremolinaba delante de las pizarras esa misma noche, y buena parte del pueblo español que salió a festejarlo en las ciudades, así como la prensa extranjera y nacional de todos los colores y sabores, la que salió en la tarde del 13 y la que tuvo que esperarse a la mañana del 14. Unos obviamente con miedo e inquietud, otros con esperanza y júbilo. Se trataba de 44 capitales de provincia (más Ceuta y Melilla) rebeldes a los designios del Gobierno, que desde tiempo inmemorial es quién preparaba las elecciones, invariablemente ganándolas, y rebeldes al Trono, símbolo secular del país. Son siempre tan mencionadas porque en la época eran el elemento fundamental en la cadena de mando, a través de las cuales se ejercía el poder y la autoridad desde Madrid y se extendían por todo el territorio, a través de los gobernadores civiles, los alcaldes de Real Orden, las audiencias, los gobernadores militares y capitanes generales y las diputaciones provinciales. Eran los centros de la prensa, de las organizaciones políticas, de las Cámaras de Propiedad, de Comercio e Industria; sin ellas controlar la provincia se antojaba muy complicado. Por eso cada Gobierno cambiaba los gobernadores civiles, y por eso los ayuntamientos y en particular las alcaldías eran sustituidas por los gobiernos civiles. Por eso siguió haciéndose constantemente lo mismo, con tirios y troyanos, durante la República a la mínima oportunidad. Con un poder manifiestamente hostil en tantas capitales la gobernabilidad del país era poco menos que una quimera. Pero no sólo en ellas perdió la monarquía: aun excluyéndolas, nos encontramos además con otros 120 municipios mayores de 10.000 habitantes, muchos de ellos cabezas de partido judicial, en los que ganaron los republicanos y socialistas. Son las Cartagena, Vigo, Gijón, Lorca, Linares, Vallecas, Mieres, Sabadell, Elche, Santiago, pero también las más modestas en esa categoría, las Tudela, Estepona, Talavera, Calahorra, Torrelavega o Alcalá de Henares. Ganaron en Orense y Cuenca, en Almansa y en Menorca. No se trata de que las ciudades fuesen mejores que los pueblos, ni más cultas ni más preparadas ni más informadas, ni si eran el futuro, con sus estudiantes y catedráticos: es que en ellas es donde había competencia electoral real y libertad de decisión, la oportunidad de aprobar algo o desdeñarlo. Es donde hubo plebiscito, que es la posibilidad de decir sí o de decir no. Por eso lo que ellas dijeron resultó tan determinante para el país. En la mayoría del campo español el derecho a decidir no había llegado todavía. Eso era cosa de otro mundo. Del mundo moderno.
La victoria sorprende por lo profunda: en la mayoría de las localidades no es que ganara la república es que arrasó, con porcentajes que rondan los dos tercios de media, incluidas palizas descomunales. Al mediodía en algunos lugares ya había votado todo el mundo. Y sorprende por lo extensa, no sólo territorialmente por el conjunto del país, sino sobre todo dentro de la misma ciudad, por todo tipo de barrios y distritos, los altos y los bajos, los céntricos y los extremos, los cultos y los ágrafos, las clases medias, los profesionales y los trabajadores humildes. Rara vez algo en España ha suscitado tal nivel de unanimidad política como ese día, el 22 de Germinal.
La Historia nunca está totalmente determinada. Lo que ocurrió en los dos días siguientes bien pudo haber sucedido de otro modo. Mejor, con una abdicación formal y un traspaso de poderes ordenado y en el que los perdedores admitieran su derrota en lugar de ausentarse y dar la espantada, y mucho peor, con otro golpe de Estado, una huelga general revolucionaria o una guerra civil cinco años antes de la que vendría después. Aunque lo cierto es, a fuer de ser justos, que lo primero estuvo muy, muy cerca, y lo segundo muy, muy lejos. Pero finalmente los gobernantes tuvieron la suficiente sensatez, en mi opinión, para no encastillarse, o si se prefiere ser menos piadoso, no tuvieron otra opción, dadas las circunstancias. El mero hecho de que la mayoría del Gobierno reconociese que al rey no le quedaba otra salida que salir del país demuestra que estarían desunidos, pero no habían perdido totalmente el juicio.

A la hora de explicar la venida de la República se ha puesto el foco excesivamente en el campo de la confrontación, la movilización y las protestas, por no hablar de las víctimas, que es obvio que las hubo y aquí las hemos visto, con el propósito poco oculto en ocasiones de deslegitimar el proceso de su advenimiento. Por contra, se ha dejado en sombra que el régimen no lo impuso la gente en la calle, hubo procesos políticos aceptados por los dos bandos, un plebiscito allí donde pudo celebrarse, y que perdió el Gobierno claramente, algo que no había sucedido en prácticamente un siglo, y una negociación de última hora entre gobernantes y oposición que tenía por fin último someterse a la voluntad del país y que demuestra el talante liberal y no autoritario de la mayoría de los protagonistas. En mi modesta opinión, se ha solido hacer lo contrario al acercarse a la transición de 1976-1978: hubo consensos y pactos, es innegable, pero también gente en la calle, y víctimas, bastantes víctimas. Y como historiador creo que hay que ponderar más las cosas. Es nuestro trabajo.
La República la trajo la modernidad urbana mediante un amplio movimiento liberal interclasista liderado por las élites culturales del país. No fue sólo el movimiento obrero, ni los intelectuales, ni las universidades, ni la prensa, ni los jóvenes, ni las mujeres, ni las clases medias, con ser todos importantes. Y muy particularmente no fueron las izquierdas ni las derechas. Fueron las ciudades. Eligieron el régimen que pensaban que les abría la puerta de una nueva era, que iban a dirigir ellas. Que el ariete que usaron tuviera por cabeza a republicanos y socialistas, movimientos históricamente identificados con las izquierdas en España, fue algo meramente circunstancial, como se vería en los convulsos años posteriores. Con sólo las izquierdas no se ganan elecciones por el 60, el 65, el 70 o el 75%. En condiciones normales, no. Los increíbles resultados del plebiscito del 12 de abril y la fiesta colectiva casi paroxística que generaron, fenómenos sociales probablemente irrepetibles, no fueron patrimonio de nadie, sino una espectacular explosión de las ciudades, anhelantes de una democracia moderna tras ocho años de un autoritarismo que consideraban una fórmula obsoleta y acabada. La República fue la forma que tomó esa ilusión colectiva. Luego por supuesto llegaron los problemas, que eran muchos y variados, empezando porque toda España no era urbana ni mucho menos. Gran parte de ella ni siquiera pudo votar en el plebiscito por distintos motivos. Sí es cierto el viejo adagio de las dos Españas, pero eran la España urbana y la España rural. De la sutura entre esos dos mundos iba a depender la suerte del nuevo régimen. Pero esto estaba todavía muy lejos de aquella mágica primavera, la del 22 de Germinal.

Notas
[1] PÉREZ GALDÓS, Benito, Cánovas, Cap. XXVIII, p. 4750, en Episodios nacionales, Madrid, Urbión-Hernando, 1979, tomo X. Este personaje aparece con distintas apariencias, de acuerdo a lo que está pasando en ese momento en España, en sus cuatro últimos Episodios Nacionales escritos en 1910-1912, Amadeo I, La Primera República, De Cartago a Sagunto y Cánovas. En 1910 se había proclamado la República en Portugal.
[2] Decreto de Presidencia de 27-iv-1931, Gaceta de Madrid (en adelante GM), 28-iv-1931, p. 359.
[3] Decreto del Ministerio de Guerra de 22-iv-1931, GM, 23-iv-1931, p. 280.
[4] Decreto del Ministerio de Marina de 23-iv-1931, GM, 24-iv-1931, p. 298.
[5] CRUZ MARTÍNEZ, Rafael, Una revolución elegante. España, 1931, Madrid, Alianza, 2014.
[6] “Ya están aquí esos señores”, le contestó por teléfono un empleado del ministerio al marqués de Hoyos, último ministro de Gobernación de Alfonso XIII, cuando pasadas las siete de la tarde del 14 de abril, llamó al ministerio desde palacio, donde se encontraba arreglando la salida del rey. “Y al preguntarle yo a quién se refería, me contestó: “El Comité revolucionario””. Su opinión es que les dejó entrar en el edificio la propia Guardia Civil. HOYOS Y VINENT, José María, Mi testimonio, Madrid, Afrodisio Aguado, 1962, p. 168.
[7] Independientemente de quién acuñara realmente el término, su difusión por la puerta grande la escenificó Luis Bagaría en una de sus viñetas satíricas, “Dicta”, en El Sol, 12-iii-1930, p.1. Un microperiodista le pregunta a un imponente generalote: “Mira, señor militar: unos dicen que antes era dictadura y ahora dictablanda… Dicta: ¿qué les debo contestar?”.
[8] Como ejemplo, al intento de golpe de estado de Sanjurjo en 1932 (la Sanjurjada) se le llama “revolución” hasta siete veces en la sentencia que lo juzgó, en INFANTE MIGUEL-MOTTA, Javier, “Sobre silencios y olvidos: la jurisprudencia del Tribunal Supremo con motivo de la Sanjurjada”, Anuario de Historia del Derecho Español, 74, 2004, pp. 500, 502, 535, 536 y 538.
[9] Sobre el irregular funcionamiento de los gobiernos civiles, SERRALLONGA i URQUIDI, Joan, “El aparato provincial durante la Segunda República. Los gobernadores civiles, 1931-1939”, Hispania Nova. Revista de Historia Contemporánea, 7, 2007 [http://hispanianova.rediris.es/7/articulos/7a008.pdf].
[10] Sobre el panorama internacional de los años treinta, remito a lo que escribí en “El panorama político en su contexto europeo”, en GONZÁLEZ CALLEJA, Eduardo, COBO ROMERO, Francisco, MARTÍNEZ RUS, Ana y SÁNCHEZ PÉREZ, Francisco, La Segunda República española, Barcelona, Pasado & Presente, 2015, pp. 357-370.

El Germinal español. Las elecciones que trajeron la Segunda República
de Francisco Sánchez Pérez (Escritor), Ángel Viñas (Prologuista)
Índice de la obra
La democracia de masas irrumpe en España, por Ángel Viñas
Agradecimientos
El significado del 12 de abril: el 22 de Germinal
1. De la Gran Vía al bocio endémico: la España de los años veinte
Los felices años veinte y sus límites – Cada vez más gente: crecimiento y desequilibrios – La promesa de una vida mejor – Las vanguardias del cambio: educadas y educados – Las libertades (limitadas) y las ciudades: los intelectuales, los medios de comunicación y el ocio – La España abisal y las débiles terminales de la civilización – Dos mundos… y un diálogo por hacer
2. El coro de adioses al marqués de Estella
Los monárquicos colaboracionistas y el ruido de sables – Los monárquicos preteridos, los resentidos y los traicionados – La rebelión de las universidades – El frente de los letrados – Patronos y obreros: de la tibieza a la agitación – Y tan desunidos como siempre… los republicanos
3. Vuelva usted mañana: un cambio a cámara lenta
El deshielo Berenguer – La palabra como palanca del cambio (I): prensa y ateneos – La palabra como palanca del cambio (II): el retorno de Unamuno – La palabra como palanca del cambio (y III): académicos y juristas – El (re)descubrimiento de Cataluña
4. Un frente político
Un veraneo donostiarra sumamente productivo – Anciano pero heroico: l’Avi en el exilio – Dos mítines, dos visiones de España – Concretando la unidad: el debate socialista
5. La protesta de las ciudades
Los remolinos económicos y laborales – Huelgas hasta en Lugo: los patrones urbanos de la protesta – «España se toma siempre tiempo, el suyo»: cuatro días de noviembre en Madrid
6. De la decembrina al asedio de San Carlos
Dos mártires en Jaca – Todas las ciudades en huelga… salvo Madrid – El camino del estrellato: de la cárcel a la calle – Las «Guerras Médicas»: la batalla de Atocha y el asedio de San Carlos
7. Las elecciones que nunca fueron: la caída de Berenguer
El plan electoral: el problema de los ayuntamientos – El despliegue del plan: el problema del censo – El fracaso del plan: el problema de la oposición
8. Una campaña plebiscitaria destinada a las ciudades
El nuevo Gobierno de Romanones… perdón, de Aznar – Una campaña circunscrita a las ciudades – El plebiscito monárquico: civilización o barbarie – El plebiscito monárquico: mucha prensa y pocos mítines – El plebiscito republicano: mítines contra la vieja España – Los demás: comunistas, PNV y el caso catalán
9. La victoria republicana (que casi todo el mundo asumió)
10. Los resultados: país dual, elecciones duales
Concejales frente a votos. El artículo 29 real y el técnico frente al plebiscito – La victoria de las ciudades en el plebiscito… con votación y con oposición – El campo: el triunfo de los adictos… sin votación y sin oposición
11. Panorámica de toda España
Madrid – Cataluña – País Valenciano – Andalucía – Murcia – Aragón – Extremadura – Castilla-La Mancha – Castilla y León – La Rioja – Navarra – País Vasco – Cantabria – Asturias – Galicia – Baleares – Canarias – Ceuta y Melilla
12. Un epílogo de 48 horas: la proclamación de la República
El día 13. La primera fue Vigo – El día 14. Visitando a un doctor – Una despedida y una gran fiesta
A modo de conclusión. El triunfo de las ciudades
Fuente: Sánchez Pérez, Francisco: El Germinal español. Las elecciones que trajeron la Segunda República. Madrid, Akal, 2023. 496 pp.
Portada: 14 de abril de 1931 en Valencia (La Voz de la República)
Ilustraciones: Conversación sobre la historia


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