El bando nacional explotó laboralmente a los prisioneros capturados durante la guerra civil.

Madrid--Actualizado a
"¡Rancho, rancho, rancho!", se atrevían a gritar algunos presos republicanos en los campos de trabajo, donde la obligación era extender el brazo, cantar el Cara al sol y vitorear a "¡Franco, Franco, Franco!". Había que adoctrinar ideológicamente a los soldados apresados en el frente y redimirlos cristianamente a base de pico y pala. Por si no bastase la privación de libertad, durante la guerra civil también eran objeto de explotación laboral.
"Los republicanos temían con razón que los fascistas los obligarían a trabajar como esclavos o, cuando menos, como mano de obra forzada", explica el historiador Michael Seidman. "Si sobrevivían al politicidio, los presos (españoles o extranjeros, y por muy rojos que fueran) permanecían sometidos a un régimen de trabajo forzado organizado por los nacionales ya desde 1937 en el que tuvieron a decenas de miles de cautivos bajo su yugo".
En enero de 1939, había 67.900 presos asignados a los batallones de trabajadores, que se afanaban sobre todo en obras de infraestructuras. Seidman calcula que suponían un 30% de los prisioneros, aunque había tantos campos de trabajo que el bando franquista tenía problemas para encontrar a suficientes guardias que los disciplinaran, sostiene el historiador estadounidense en Esclavos en la Europa del siglo XX (1914-1945) (Espasa).
Pese a que debía haber un guardia por cada cinco presos, apenas había tres por cada veinte, por lo que la falta de vigilantes provocó motines y fugas como la del castillo pamplonica de San Cristóbal. De allí, en mayo de 1938, lograron huir 795 republicanos, aunque militares, carlistas, falangistas, vecinos y perros dieron caza a dos tercios de los escapados y mataron a medio centenar.
Esta y otras revueltas agravaron las represalias y castigos contra los alborotadores, provocaron el aumento de guardias y forzaron, según Michael Seidman, "una mejora general de las condiciones en las prisiones, sobre todo en lo referente a la cantidad y la calidad de la dieta, la atención médica y las torturas infligidas". El hacinamiento, el hambre y la enfermedad eran frecuentes, si bien las condiciones variaban según el lugar y los mandos.
"Contra lo que se estipulaba en los decretos de los propios franquistas, sus cautivos recibían poca comida, jabón, ropa de cama y de vestir, calzado, o paga. Los que no recibían suficiente ayuda de sus familias se vieron condenados a llevar la misma ropa durante años", explica el autor de Esclavos en la Europa del siglo XX, donde denuncia cómo una sociedad puede retroceder en un momento convulso hasta el punto de reinstaurar la esclavitud.
Un decreto de 1937 estipulaba que los presos republicanos que trabajaban en los batallones de trabajo nacionales debían cobrar el sueldo de un peón no cualificado más un suplemento familiar por cónyuge y por cada hijo o hija menor que tuvieran residiendo en zona nacional. Cuando se respetaba la jornada laboral remunerada de ocho horas, con horas extras y primas por productividad, "encajaban más en la categoría de trabajadores forzosos que en la de esclavos", matiza Michael Seidman, quien deja claro que no podían pedir bajas ni permisos.
Además, había un médico para 2.600 prisioneros y los suministros sanitarios escaseaban, al igual que los alimentos. "Las comidas consistían generalmente en arroz, algarrobas y un poco de carne de burro", apunta el historiador de Filadelfia, quien recuerda que la mala calidad de los alimentos provocó huelgas de internos, algunos de los cuales carecían hasta de zapatos.
Michael Seidman asegura que la "muerte social" a la que se sometía a los internos era más intensa en la Unión Soviética y, sobre todo, en la Alemania nazi que en los campos de trabajo franquistas, donde los presos republicanos en ocasiones recibían ayuda de los vecinos, eran visitados por familiares que se habían instalado en pueblos cercanos —sobre todo tras el fin de la guerra civil— y "tendía a dárseles digna sepultura".
"Bastantes historiadores españoles han defendido que los presos eran esclavos, pero las posibilidades de supervivencia de aquellos reclusos y la frecuencia de las transiciones desde la condición de esclavo hacia la de trabajador forzado fueron mucho mayores que las de los armenios y los judíos cautivos, los prisioneros de guerra soviéticos e italianos, o los internos del gulag, durante sus calvarios respectivos en el periodo de las guerras mundiales", añade el historiador.
Al margen de las comparaciones, "a los presos se los mantenía a menudo al borde de la inanición, en unas instalaciones atestadas y sin calefacción, obligados a compartir latas pequeñas de sardinas o de atún con sus compañeros de reclusión", denuncia el historiador. "No es de extrañar, pues, que un importante número de ellos enfermaran de tuberculosis. Otros fueron golpeados o torturados, o se suicidaron".
Así, los prisioneros españoles "estuvieron expuestos a las mismas experiencias de esclavitud y trabajo forzado que sufrieron sus homólogos en otras partes de Europa; solo se libraron del asesinato masivo industrial que pusieron en marcha los nazis". Tras la victoria en abril de 1939, concluye Michael Seidman, los franquistas siguieron ideando estructuras organizativas para explotar a los republicanos: batallones disciplinarios, talleres en prisiones, destacamentos penales y colonias penales militarizadas.


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