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La noche del 2 de septiembre de 1936, Sadí de Buen y nueve personas más fueron fusiladas en Córdoba, frente a las tapias del cementerio de San Rafael. Junto al epidemiólogo, había dos albañiles, un pintor, dos jornaleros... Eran, según el término del periodista Manuel Chaves Nogales, “la España fusilable”. Cuando fue detenido, el 22 de julio, el entonces inspector general de Sanidad del Gobierno de la República se encontraba en la provincia en viaje oficial. No hubo juicio ni proceso, pero se sabía bien quién era, qué familia tenía y sus antecedentes republicanos e izquierdistas.
Sadí de Buen Lozano fue uno de los artífices de la campaña sanitaria más importante que se llevó a cabo en España en la primera mitad del siglo XX: la lucha contra la malaria. Un reducido grupo de personas, con la idea clara de la medicina científica y social, fueron capaces, entre 1920 y 1936, de llegar casi hasta la erradicación de la plaga, que el tajo brutal de la Guerra Civil revitalizó durante 30 años más.
Las campañas se llevaron a cabo con ayuda internacional porque “antes de la Guerra Civil, la lucha antipalúdica fue la única iniciativa de la Sanidad central bien vista por la Fundación Rockefeller, interpretando esta opinión como una evaluación externa del sistema sanitario español”, escribe el historiador de la medicina Esteban Rodríguez Ocaña.
Sadí (Barcelona, 1893) fue el tercero de los seis hijos del catedrático Odón de Buen, quien en 1914 fundó el Instituto Español de Oceanografía. Se crio en un ambiente liberal, en la Escuela Moderna de Ferrer i Guardia, bajo la tutela de su madre, Rafaela Lozano Rey. Sus padres se habían casado civilmente en 1889 y no bautizaron a ninguno de sus hijos.
Cuatro de sus hermanos —el mayor, jurista; los dos oceanógrafos y el quinto, también epidemiólogo que pasó una temporada en la cárcel y no pudo salir de España hasta 1951— y su padre murieron en el exilio mexicano. Odón de Buen da actualmente nombre al mayor barco oceanográfico de la flota española.
Sadí de Buen estudió medicina y pronto se especializó, junto al catedrático y médico italoespañol Gustavo Pittaluga, en paludismo. Pittaluga, que también tuvo que exiliarse y murió en La Habana en 1956, fue el gran agitador de la sanidad pública española y el inspirador de las campañas antipalúdicas, ejecutadas por De Buen y otros.
En 1920, ―recién casado, también por lo civil― Sadí de Buen comenzó a trabajar contra la malaria —probablemente la enfermedad que más personas ha matado en la historia de la humanidad— en Talayuela, Cáceres, la zona más azotada por la infección. No en vano se dice que la trompa del mosquito es responsable de más muertes que todos los ejércitos de la historia. Las campañas estaban basadas en el control epidemiológico estricto, la administración gratuita de quinina y la información a los afectados, además de una red de dispensarios instalados en todas las zonas palúdicas.
El paludismo era, históricamente, una plaga con un coste tremendo en vidas humanas y con un impacto terrible en las economías locales, porque hacía perder muchas jornadas laborales debilitando la salud de los afectados. Transmitida por mosquitos del género Anopheles, el parásito entra en la sangre tras la picadura y, de acuerdo a su ciclo reproductivo, produce fiebres cada tres o cuatro días, según la especie de parásito. Además, provoca gran malestar, dolores de cabeza e hinchazón del bazo.
A principios del siglo XX, la tasa nacional de mortalidad estaba en unos 10 fallecidos por cada 100.000 habitantes, pero comenzó a bajar de manera sostenida a partir de 1920. En 1936, se situaba ya en 0,67 fallecidos por cada 100.000 habitantes. Para 1943, la contienda bélica había vuelto a disparar este indicador hasta 6,77 casos por cada 100.000 personas. Ese año, el número absoluto de fallecidos registrados por causa palúdica fue diez veces superior al de 1926 y solo a partir de 1949 se estableció por debajo de la cifra de 1936.
Las gentes del campo observan más que leen; por eso la mejor propaganda son los hechos, especialmente las campañas en pleno campo
El éxito de la campaña fue posible gracias a una organización liderada por Sadí de Buen, que priorizaba conocimiento y confianza, ciencia y conversación. Se dieron las circunstancias para aunar el apoyo público con la dedicación inteligente de un grupo de personas comprometidas que trabajaban directamente junto a los enfermos. Obtuvieron primero respaldo legal y después fueron capaces de convencer a los afectados, en su mayor parte jornaleros muy pobres del campo extremeño, de la bondad de los tratamientos si se hacían de manera rigurosa y constante.
“Las gentes del campo observan más que leen; por eso la mejor propaganda son los hechos, especialmente las campañas en pleno campo”, dejó escrito el epidemiólogo. Los hechos convencieron a los enfermos y Sadí de Buen se convirtió en una figura muy popular a la que hacían hijo adoptivo de los pueblos “salvados del paludismo” y a la que dedicaban calles. Ese grupo de profesionales fue capaz de convertir cada centro antipalúdico en un centro de profilaxis rural, donde, además de hacer los análisis de sangre y administrarles la quinina, la enseñanza de las medidas de control de mosquitos contribuían a consolidar y ampliar los buenos resultados.
Pero, además de los trabajos en el campo, este grupo supo tener una gran presencia internacional gracias a la cual no solo estaban al tanto de las últimas novedades internacionales, sino que participaban de las corrientes decisorias. En aquellos años de la que fue bautizada por 'la Edad de Plata de la Ciencia', esos trabajos de la sanidad española formaban parte de la corriente europea más moderna en la que estaban insertos. Tanto Pittaluga como Sadí de Buen participaban en las reuniones que en Ginebra, bajo el paraguas del Comité de Higiene de la Liga de las Naciones, decidían qué hacer y cómo experimentar con los nuevos medicamentos, con procedimientos y regulaciones sobre esta plaga internacional.
En aquella lucha sin cuartel por salvar vidas, esos peces, aclimatados en Talayuela por los De Buen por recomendación de la Cruz Roja internacional, fueron después exportados a todos los países de Europa que sufrían paludismo y hacia el este, hasta Australia.
Tras la guerra civil la organización antipalúdica se deshizo, con muchos de sus miembros encarcelados o depurados. La familia De Buen es una de las que la que más miembros aporta a las depuraciones del CSIC, recientemente publicadas en línea. Su fusilamiento, que ha llegado hasta nuestros días gracias al relato del médico Carlos Zurita González-Vidarte, testigo presencial, es un ejemplo de entereza estremecedora, el de la dignidad del fusilado y de la indignidad de los fusiladores. En noviembre de 2024, sus restos fueron traslados de Córdoba a Zuera, el pueblo de su padre.


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