diumenge, 6 de setembre del 2026

“Soy Manuel Lluesma, ejecutado el 29 del 12 de 1942. Dejo hijos”

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El arqueólogo Alfredo González Ruibal recopila casi dos décadas de investigación sobre el franquismo y revela el hallazgo de un oscuro pasado familiar


Mosaico con los nombres de algunos de los fusilados y enterrados en las fosas comunes de Paterna.CARLES FRANCESC


“Llegan a tu casa. Se llevan a tu marido. Vuelven a tu casa. Esta vez vienen a por ti. Te llevan a prisión. Te acompaña tu hija, que no tiene con quién quedarse. Fusilan a tu marido. Te informan las monjas. Te preguntas qué será de ti, embarazada, con una niña. Pasas hambre. Tu hija pasa hambre. Estás a punto de dar a luz. Llega la condena: 20 años por apoyo a la rebelión. Tu hijo nace. Tu hijo muere. Se lo llevan. No sabes dónde. No podrás llevarle flores. Tampoco a tu marido. Tu hija pasa hambre. Enferma de tos ferina, tifus. No hay medicinas. Tu hija muere. Se la llevan. No sabes adónde. No podrás llevarle flores. Málaga, 1937″.

Es un extracto de País en ruinas, historias enterradas de la España franquista (1939-1975), de la editorial Crítica. Su autor, el arqueólogo Alfredo González Ruibal, premio Nacional de Ensayo 2024, recopila casi dos décadas de excavaciones en fosas comunes, trincheras, campos de concentración y chabolas, es decir, conversaciones con cientos de objetos que, 70 u 80 años después, seguían hablando de sus dueños: de quiénes eran, de cómo vivieron y de cómo murieron. Durante la preparación del volumen, de casi 400 páginas, descubrió un oscuro pasado familiar que tiene mucho que ver en la inusual dedicatoria del libro: “A mi suegra, María Mayorgas”.

“Es imposible entender el franquismo”, explica González Ruibal, “sin tener en cuenta dos cortes sobre el terreno: las trincheras y las fosas comunes. El primero es la épica de la guerra que actuaría como fuente de legitimidad para el régimen durante 40 años. El segundo, la huella del exterminio que neutralizó la oposición a Franco y le permitió reinar sobre la paz de los cementerios”.

El arqueólogo se sumerge en los grandes enterramientos clandestinos, como el de Málaga, donde había hasta seis niveles de cadáveres —“la profundidad de las fosas revela que las autoridades franquistas tenían muy claro que pensaban asesinar a mucha gente y durante mucho tiempo”— y donde muchos años después fueron rescatados los restos de 322 menores de 10 años, hijos de presas. “En una de las fosas aparecieron 16 neonatos, criaturas que murieron al nacer o poco después. Nada sorprendente teniendo en cuenta la salud deshecha de sus madres y la insalubridad de la prisión. Los cuerpos de los niños se colocaban en los perfiles de las fosas comunes, que se rellenaban con los cadáveres de fusilados. Los difuntos pequeños venían muy bien para cubrir huecos”, recuerda el autor, citando la investigación del historiador Francisco Espinosa. En Paterna (Valencia) fueron enterradas más de 2.200 personas y hay fosas tan profundas que perforaron la capa freática y la humedad permanente del fondo hizo que los cadáveres se saponificasen, es decir, que la grasa corporal se transformase en una sustancia parecida al jabón y se conservase la ropa que llevaban las víctimas: camisas manchadas de sangre, vendajes por palizas, ligaduras de esparto en las muñecas. En algunas de esas exhumaciones fueron hallados, junto a los restos humanos, botellas que incluían en su interior un papelito con el nombre del represaliado: “Soy Manuel Lluesma Masià (Moncada). Ejecutado el día 29-12-1942 a las 7.30 de la madrugada. Dejo hijos”. El enterrador, Leoncio Badía, las colocaba junto a los cuerpos pensando que las familias podrían recuperarlos en el futuro, aunque seguramente ese futuro llegó mucho más tarde de lo que él imaginaba. En 2019, Badía recibió, a título póstumo, la Alta Distinción de la Generalitat Valenciana. Hoy tiene una estatua en su honor en el cementerio de Paterna.

El libro visita también enterramientos individuales, como el de Villaverde del Ducado (Guadalajara), “excepcional en muchos sentidos”, explica González Ruibal, arqueólogo en el Instituto de Ciencias del Patrimonio del CSIC. La hija de una vecina de la localidad contactó en 2019 con el arqueólogo para explicarle que el pueblo deseaba enterrar dignamente a una víctima desconocida que había sido inhumada fuera del cementerio, junto a la tapia, durante la guerra. Nadie sabía quién era. Los vecinos contaban que lo habían enterrado en una zanja muy superficial y que, al poco tiempo, “un pie o una bota del muerto acabó sobresaliendo o fue desenterrada por los perros” y un pastor que solía pasar por allí mandó a su hijo “colocar unas piedras para evitar que los animales extrajeran los restos”. Desde 1937, mujeres del pueblo habían depositado flores en la tumba anónima, cuidando del fallecido sin nombre. La exhumación constató que la víctima era muy joven, en torno a 21 años. Junto a los restos aparecieron medallas religiosas que alguien había deslizado en el enterramiento. “No solo documentamos un crimen de guerra”, explica González Ruibal, “sino un acto de humanidad: el del pueblo que cuidó 80 años de aquel muerto desconocido como si fuera un familiar”.

Un frasco de perfume en una trinchera

González Ruibal también excavó la última trinchera de la Guerra Civil, en la ciudad universitaria de Madrid. “A través de la basura que dejaron los soldados conocemos cómo vivían, cómo morían y cómo mataban”. Ochenta años después, el trabajo arqueológico permitió hacerse una idea del menú de los combatientes y constatar, por ejemplo, que el bando sublevado se alimentaba mucho mejor -“2.627 huesos animales muestran una dieta variada y rica en proteínas”- que el republicano -“los restos de animales son prácticamente inexistentes. La hambruna fue decisiva para hundir la moral de la tropa”-. “Granadas, balas y tinteros son elementos omnipresentes”. Armas para defenderse o atacar y plumillas para informar a los suyos que seguían vivos. Una fábrica de tinta de la época se anunciaba precisamente así: “Samas siempre vence”. En la excavación de una trinchera en Guadalajara apareció un objeto inusual: un frasco de perfume femenino. “Tiene un diseño antiguo, art decó, y al abrirlo, todavía olía”, recuerda González Ruibal. “Seguramente, la mujer o novia de algún soldado se lo entregó como recuerdo para que se lo llevara al frente de batalla”.

Madrigueras humanas

El trabajo arqueológico también ha permitido documentar las condiciones de vida tras la guerra, retratar el ensañamiento franquista con el bando perdedor y desmontar algunos mitos. González Ruibal recuerda en el libro que en los años cuarenta, el cementerio de San Martín, en Madrid, que llevaba décadas abandonado, fue ocupado por gente que no tenía donde vivir y se acomodó en los nichos.

El arqueólogo describe algunos de los antiguos campos de concentración que ha excavado como “madrigueras humanas” donde los reclusos dormían hacinados en espacios donde ni siquiera se podían poner de pie y envolvían sus pies con sacos porque carecían de zapatos. En muchos de los cadáveres recuperados en esos campos se aprecian las huellas de la tuberculosis y la caquexia, una desnutrición extrema. “El abuelo paterno de mi mujer recordaba con rabia que tuvo que cambiar el reloj que le había regalado su padre por una hogaza de pan”. En la excavación en los destacamentos penales del Valle de los Caídos, hoy denominado de Cuelgamuros, fueron halladas trampas para cazar pájaros o conejos, signo del hambre que pasaban los presos que trabajaron en su construcción, así como calzado hecho con caucho de neumático. “En un contexto de máxima penuria”, explica, “despojados de todo por el Régimen, su libertad, medios económicos... los presos y sus familias se vieron obligados a crear un mundo con el desecho: inventaron desde calzado a utensilios de cocina”.

El exceso de fallecimientos por inanición o epidemias se sitúa entre 1939 y 1942, recuerda el investigador, en un mínimo de 200.000. También fuera de las prisiones había hambre y así quedó grabado en las ruinas del franquismo, entre los escombros de las chabolas de 10 por 12 metros útiles levantadas en una sola noche para albergar a abuelos, padres e hijos bajo el mismo techo de uralita. Durante los sesenta, 400.000 familias, recuerda el autor, residían en infraviviendas de autoconstrucción en las periferias de las grandes ciudades, como la que se ve en la película El 47. En la excavación de esas antiguas urbanizaciones de la miseria aparecían, junto a huesos de ratas, canicas y yo-yos. “La violencia política es más conocida, pero no tanto el sufrimiento social, esa pobreza abyecta en la que vivió tanta gente. Todas esas señoras mayores que miden 1,50 y nos parecen entrañables, miden 1,50 porque sufrieron malnutrición de niñas”.

El rastro de una fotografía

María Mayorgas, la suegra de González Ruibal, hija del bando de los vencidos, no pudo cepillarse los dientes hasta que llegó a Madrid. El arqueólogo quiso que ella fuera la primera en leer su libro. Cuando empezó a escribirlo, sabía que su abuelo paterno se había enriquecido tras la guerra levantando puertos y aeropuertos. El materno había fallecido en 1951, a los 39 años, dejando cuatro huérfanos. “Lo que nunca se me ocurrió pensar es que mi propio abuelo pudiera haber colaborado a dejar a otros huérfanos en el mundo. Tuve que esperar 40 años para descubrirlo”.

Fue una foto la que le hizo tirar del hilo, buscar el resto de fragmentos de aquella historia enterrada en el silencio. El novio, su abuelo, posa con los padrinos de su boda: el gobernador militar de Segovia y el de León, Carlos Arias Navarro, quien sería el último tapón en la transición de la dictadura a la democracia. “Mi abuelo murió antes de que naciera mi madre, así que no había habido transmisión de la memoria familiar”, explica. Buscando en los archivos, descubrió que su abuelo materno había trabajado por voluntad propia —se lo pidió al general de la VIII Región Militar— como fiscal “en el periodo más salvaje de la violencia golpista, cuando la fiscalía solicitaba, el juez concedía y los piquetes ejecutaban penas de muerte”. “Pensé que ya nunca podría pronunciar mi apellido sin pensar en sus crímenes”, relata, pero ese pasado le dio “un sentido de responsabilidad” a la hora de revelar y documentar la barbarie. “La arqueología sobre el franquismo”, subraya en el libro, no deja de ser “un acto de rebelión contra el silencio que impuso la dictadura”.