dilluns, 29 de setembre del 2025

Fosas del olvido en Alicante

 https://www.levante-emv.com/opinion/2025/09/17/fosas-olvido-alicante-121660871.html



Opinión


“¡Que eso pasaba, que no eran milongas, joder! que pasaba y todavía los familiares seguimos aquí”, comenta Encina, recordando a su abuela represaliada.

“Las historias de los olvidados, tantas veces negadas durante la dictadura, pero silenciadas también durante la democracia”, siguen enfrentándose al modus operandi de trasmisión intergeneracional hecho a medida del franquismo donde el silencio y orillar la verdad ha sido – y es- sumo precepto a cumplir por el bipartidismo español y dogma para pretendientes monotemáticos que anhelan tocar gobierno, -o sacar tajada offshore (operaciones fuera del país para beneficiarse)-.

“Queremos contribuir a despertar el interés por la recuperación de aquellas historias, de aquellas vidas, de los silenciados, los vencidos”, dice el docente universitario Wilson Ferrús Peris.

“Los torturadores más conocidos de la época franquista no pagaron por lo que hicieron y, además, se les permitió seguir en la policía y, en algunos casos promovidos a los cargos más altos. Los periodistas que se aprovecharon lindamente de su colaboración con el régimen de Franco han continuado con sus carreras; pero no sólo eso: algunos resurgieron como comentaristas respetables”, cuenta John Hooper experimentado periodista británico.

Medios de difusión pervertidos, programas educativos maleados y libros de texto adulterados continúan bajo el patrón inamovible del “atado y bien atado” –discurso navideño de Franco en mil novecientos sesenta y nueve-, trasmitiendo una historia alucinante a la medida de la desfachatez de los ganadores.

“Quinientas ochenta y tres personas”, entre abril del año mil novecientos treinta y nueve y diciembre del cuarenta y seis fueron fusiladas en los muros del campamento militar de Rabasa y en el cementerio municipal de Alicante. “De estas víctimas cuatrocientas veintitrés fueron condenadas también a lo que llamamos el subtierro (ocultadas), depositadas y abandonadas en fosas comunes, sin nombre, desaparecidas, borradas absolutamente de la memoria colectiva durante muchos años, condenadas al olvido social”.

Posteriormente, del citado campamento de Rabasa, en tiempos de la mili obligatoria, ya se decía que era “el famoso matadero de reclutas”, “un campo de concentración donde se era como un esclavo al albur de los mandos”. ¿Justicia cósmica, karma?

Las víctimas “fueron enterradas en el mismo recinto cementerial -infralocus (lugar inferior)-” robándoles, en la hora suprema, la singularidad de su existencia, sepultándolas en “un lugar, no solamente de localización, sino también de instrumentalización de las prácticas de infrahumanización ligadas a la muerte”, declara Ferrús. “Muchas de ellas, todavía, hoy en día, no se han encontrado ni localizado”.

De las cuatrocientas veintitrés víctimas que fueron ejecutadas en Alicante, “y sus cadáveres abandonados en las fosas comunes”, trescientas veintiséis víctimas estaban vinculadas de alguna manera con la República y la lucha antifascista. “¡Muchas siguen sin identificar!” refiere Ferrús. “¡Una forma extrema de exilio interior, -bajo tierra-, en el contexto de una política de exterminio del adversario!”, incide.

Cada víctima del franquismo que vivió y murió en Alicante hizo pueblo, historia y, a día de hoy, el reto por su recuerdo no se somete. William Blake, filósofo del siglo dieciocho, denominado el “artista total”, enterrado anónimamente en una tumba londinense, frasearía: “Todo lo que vive, no vive solo, no para sí mismo”,

¿Cómo permitir que se utilice demagógicamente la trágica y vil lacra de las fosas para discursear cerrilmente? ¿A tal punto de indignidad y cobardía ha llegado la derecha política española acorralada por su alter ego baratero?

¿Cómo poder ser democracia cuando los diferentes gobiernos en España han consolidado el “paso sucesivo de regímenes de olvido social sobre los cadáveres amontonados de las personas que tenían una vida personal, un trayectoria profesional, política, institucional, tenían familia, anhelos”? “¡Todo esto hay que recuperarlo!”.

“Autopsia politicosocial de les víctimes del franquisme des del subtierro del cementeri d´Alacant”, (“Una autopsia político social de las víctimas del franquismo desde el subtierro del cementerio municipal de Alicante”), es la obra conjunta de Wilson Ferrús Peris y Manuel Quilis Moya, presentada en la Casa Mediterráneo alicantina –antigua estación de Benalúa- el diecinueve de septiembre y retrasmitida online. Ferrús, catedrático de Instituto y profesor asociado de Historia de la Educación de la UV (Universidad de València) y Quilis, mediante exhaustiva investigación acercan al pueblo la crueldad represora autócrata del franquismo, de esas iniquidades tan honradas ¡siempre! por “sillones” mantenidos y vividores oportunistas. A una década de la revolución industrial 6.0 España exige enaltecer a sus víctimas del franquismo, identificarlas, restaurar su memoria.

“Porque tras los hechos hay personas que los han sufrido, vidas perdidas, ilusiones frustradas, dolores irreparables que no pueden quedar fuera de estudio y reflexión”, destaca Ferrús.

La presentación del libro cuenta con la participación del alicantino doctor en Historia Carlos Salinas Salinas, del editor Salvador Raga y de María Jesús Pérez Galán de la Asociación de Familiares de los Represaliados por el Franquismo del Cementerio de Alicante”,-último escenario de la Guerra Civil española-.

“Abuelo esto es un homenaje a ti también, porque sé que estás en todos y en cada uno de nosotros”. (Tributo y entrega de restos mortales el pasado uno de junio en el cementerio de Alicante).

¿Cuestión de justicia? ¿de dignidad? ¿de sanidad democrática? ¿de pedagogía de la memoria? ¡Basta ya de injustos olvidos, de desmemorias! Hay que mostrar los horrores, “los horrores que son capaces de construir los seres humanos”.

La obra publicada por la Fundación Vinatea Editorial en sus trescientas cuarenta y seis páginas evidencia una minuciosa revisión histórica, y como dice una antigua máxima: “Saber es poder”.

Es hora de embriagar el corazón colectivo con la verdad ante los insospechados tiempos robóticos de algoritmos tendenciosos posicionados tiránicamente en sociedades ilusas.

“En este trabajo nos hemos querido centrar de manera especial en esas cuatrocientas veintitrés víctimas que fueron lanzadas y enterradas en fosas comunes sin nombre, castigadas doblemente más allá de la vida, ¡castigadas a la desmemoria y al olvido!”, exclama Ferrús.

¡Irrebatible es saber la verdad! Inundar redes sociales, sistemas virtuales y comunicación en línea con pedagogía docente sobre la realidad de los asesinatos franquistas, de los juicios sumarísimos ilegales y las farsas perpetradas. España exige verdad y memoria democrática. El oscarizado director de cine español Pedro Almodóvar en su película “Madres paralelas” recuerda: “que la guerra no ha terminado hasta que no se abran las fosas, hay más de cien mil desparecidos enterrados por ahí, en cunetas, en cementerios”.

¡Ya es hora de honrar a las víctimas! “Conocerlas, identificarlas, más allá de su nombre y apellido, tratar de contextualizar y determinar los hechos y las razones que provocaron sus asesinatos”.

¿Por qué en Cantabria, Murcia y Madrid el montante de las exhumaciones es “muy reducido”?

En el prólogo del libro la magistrada de la Audiencia Provincial de València, Pura Martorell Zulueta, señala: “Tras los hechos, hay personas que los han sufrido, vidas perdidas, ilusiones frustradas, dolores irreparables. La justicia transicional (contra las violaciones de derechos humanos en conflictos) se conecta con la obligación de los Estados de responder a la verdad (también en los relatos históricos de los hechos y en la enseñanza en las aulas), a la justicia frente a los crímenes masivos y las masacres siempre contrarias a los derechos humanos evitando la impunidad, y a la reparación de las víctimas junto a las garantías de no repetición”.

“Una reparación, pero en el sentido amplio, que incluye el deber de sacar a las víctimas de la fosa del olvido”, dictamina.

Ferrús sabe que “los datos no dejan lugar a dudas”. “Los fusilamientos, finalizada la guerra civil, -en periodo de paz-, se intensificaron en las últimas zonas ocupadas”. ¡No se dejó de matar! ni en los territorios donde había triunfado el golpe militar desde un principio, ni en aquellos ocupados a lo largo del periodo bélico, “territorios donde el exterminio y la purga ya se había llevado a término”.

Todo valía para represores acusadores: ser propagandista, votar, simpatizar con el Frente Popular de Izquierda, participar en mítines, manifestaciones, ejercer de rectores, colaborar con los comités locales, militar en una organización sindical, ser afín a la República, “pertenecer a organizaciones como Mujeres Antifascistas, la Alianza Intelectual Antifascista, o el Socorro Rojo”, tal es el caso de Natividad Hernández García, domiciliada en otra provincia, a la cual por pertenecer al Socorro Rojo encargado de alimentar a la infancia, crear hospitales y bibliotecas y apoyar humanitariamente a la población en zona republicana, la sentenciaron a doce años y un día, -reducida a seis años-, entrando en prisión el once de mayo de mil novecientos treinta y nueve. Criaría a su hijo encarcelada y una vez cumplida la sentencia tuvo que reclamar al director de la Prisión Central de Mujeres el documento acreditativo de su libertad definitiva y así poder “quedar exenta de la obligación de presentaciones” mensuales en la Inspección del Cuerpo General de Policía. “Ha sido dolorosísimo”, “no es lo mismo saberlo que confirmarlo”.

Julián Casanova, historiador español estima en cincuenta mil las personas ejecutadas ¡en la década posterior al final de la guerra! “Una cifra escandalosa que pone los pelos de punta”, declara Ferrús. Por su parte Javier Rodrigo, catedrático en la Universitat Atónoma de Barcelona, cuantifica “en cerca de ¡ochenta mil personas!”.

Vicent Gabarda, licenciado en Geografía e Historia por la Universitat de València, investigador sobre las fosas comunes del cementerio de Paterna (Valencia), apunta como cifra de “los muertos que produjo la represión franquista hasta mil novecientos cincuenta y seis” la de cinco mil doscientas sesenta y cinco personas.

“De las víctimas en la provincia de Alicante se ha identificado un total de setecientas cuarenta y dos personas fusiladas” amplía Ferrús. “Asesinados legales en tiempos de paz”. A los que sumar las víctimas no registradas, sobre todo en la primavera de mil novecientos treinta y nueve.

Alfonso Sastre, dramaturgo y militante del Partido Comunista español (PCE), encarcelado por antifranquista, refiriéndose al líder comunista, torturado y fusilado en mil novecientos sesenta y tres, Julián Grimau, escribiría irónicamente: “Que haya un cadáver más, ¡qué importa al mundo?”. Luis Carlos Rejón portavoz de Izquierda Unida (IU), en dos mil dos, afirmó, refiriéndose a Manuel Fraga (Alianza Popular-PP), que “sería duro que, cuando tenemos democracia, uno de los verdugos esté rehabilitado y la víctima no”.

A los fusilamientos hay que sumar los millares de prisioneros que murieron en centros penitenciarios, -también silenciados-. Maltratos, palizas, hambre, insalubridad, torturas físicas y psicológicas, enfermedades, epidemias causaron una gran mortandad encubierta.

“Solamente en el conjunto de las trece provincias de las que se dispone de datos”, a nivel nacional, “la cifra de las personas que murieron durante la posguerra de hambre y epidemias llega a las cuatro mil seiscientas sesenta y tres”, de las que mil ciento sesenta y cinco lo fueron en la País Valencià. “Entre ellas cuarenta niños menores de quince años”. “Solamente en el reformatorio de Alicante murieron ochenta y ocho presos y tres niños” entre el año mil novecientos treinta y nueve y mil novecientos cuarenta y cinco, -año en el que la España franquista fue aislada internacionalmente por su alianza nazi-fascista-.

¡Menos panfletos y más datos!

Medio millón de prisioneros, en mil novecientos treinta y nueve abarrotaron las prisiones y campos de concentración españoles “en situaciones realmente inhumanas”. Según fuentes oficiales franquistas, a finales de ese mismo año, la población represaliada reclusa era de “doscientas setenta mil setecientas y nueve personas”. Cuatro años después, cuando se convocan las Cortes franquistas, “todavía había más de cien mil personas en cárceles y otras quince mil novecientos cuarenta y siete realizaban trabajos forzados utilizados en régimen de semiesclavitud” para latifundistas, en presas, plazas de toros, redes ferroviarias.

El citado John Hooper quien ejerció de corresponsal en Madrid tras la muerte de Franco, rememoraría: “Cuando los Borbones llegaron al trono español, no invitados, sino por un guerra. Un número apreciable de españoles -en especial catalanes, valencianos y aragoneses- apoyaban a los contrincantes de la casa de Borbón y, una vez terminada la guerra, sufrieron castigo por haberse plegado al bando vencido”.

Noticias y Actividades de Memoria Democrática. 290925. ARMHA Memoria Historica Aragon

 

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Más de 100 entidades piden a los grupos parlamentarios medidas urgentes para poner fin a 50 años de impunidad


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diumenge, 28 de setembre del 2025

Al alba: aquel 27 de septiembre de 1975

 https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/alba-27-septiembre-1975_129_2070353.html


Alfons Cervera

… Y pregunto también / los nombres de los asesinos, / aunque los sepa bien, sílaba a sílaba, / pero los quiero dichos en voz alta, / a gritos… (1)

Angelina Gatell

Final

Esta vez empiezo a escribir por el final. Al fin y al cabo, como decía Eliot, el principio y el final son casi lo mismo. O lo mismo. Los versos que Angelina Gatell había escrito y leyó en un acto celebrado en Madrid, en la Biblioteca Nacional, el 27 de septiembre de 2008. Ahí la fecha. Día 27 de septiembre, pero esta vez, echando la vista atrás, de 1975. ¿Cuánta gente sabe lo que pasó ese día en Barcelona, en Burgos, en el pueblo madrileño de Hoyo de Manzanares? ¿Dónde, cuándo y cómo se ha contado desde entonces lo que pasó? Al ritmo que va la vida, cincuenta años no son nada. Apenas treinta más que los del tango de Gardel y Alfredo Le Pera. Apenas treinta años más. Algo insignificante para un país que fue morirse Franco y apostar por el silencio y el olvido. De hecho, estamos “celebrando” los cincuenta años de democracia, ¿no? Empezó con mucha publicidad institucional sin que supiéramos muy bien en qué consistía esa celebración. ¿Íbamos a buscarle las cosquillas a Martín Villa? Vaya rima tonta me ha salido. Ni a Martín Villa ni a nadie. Se han ido muriendo los verdugos franquistas sin que les pasara nada. Al revés. Cuando llegó la democracia y casi hasta ahora mismo se los ha condecorado, se les han concedido pensiones “por los servicios prestados”, les han lavado la cara de fanáticos de la violencia y las manos con las que golpeaban a sus víctimas en las comisarías, bastantes veces hasta la muerte.

La España de los años sesenta y setenta no era la plaza tranquila que algunas miradas complacientes han querido ver. El desarrollismo y la aparente apertura que quisieron adjudicarle intentaban tapar las cicatrices de un régimen que no dejó de perseguir ni condenar la disidencia hasta el último momento, ese momento en que el dictador se murió en la cama, entubado por todos los huecos, ridículamente convertido en un despojo que no tenía nada de humano. El déspota que tanto aman los del PP y Vox, la piel pegada a los huesos como si lo que quedaba de él fuera sólo un infame pellejo endurecido por su nunca abandonada condición de matarife. Si repasamos la lista de detenciones y torturas en esos años a manos de lo que se llamaban y se llaman eufemísticamente fuerzas de seguridad (¿de seguridad para quién?) el recuento se haría interminable. Todos tenemos una víctima cercana de la que apenas se ha dicho nada, que ha sido escondida en el rincón donde se guardan las vergüenzas de un tiempo corrupto hasta las cachas. El último franquismo no fue una calma chicha. Como tampoco lo fue, y bien que lo dijo el historiador Pierre Vilar con esas palabras, la transición política a la democracia. La historia no se inventa. Tampoco la verdad. Aquí se hablaba de la reconciliación sin tener en cuenta que antes de la reconciliación se tenía que haber contado la verdad. ¿Qué verdad? Pues la verdad. ¿Que cada cual tiene la suya? Eso es lo que dicen quienes apuestan claramente por la mentira.

En marzo de 1974 un joven anarquista llamado Salvador Puig Antich fue asesinado a garrote vil en Barcelona. Un policía muerto en una refriega. El asesino no podía ser otro para un tribunal militar franquista: Salvador, como familiarmente lo llama Loquillo en una de sus canciones más conmovedoras, una canción que forma parte de la banda sonora de un excelente documental de Susana Koska titulado Mujeres en pie de guerra. Con ellos dos y Carmen, una de las hermanas de Puig Antich, anduve un tiempo rodando por algunos sitios para exigir lo que finalmente, no hace mucho, ha conseguido la familia: la nulidad del juicio que condenó al hermano porque no había contado con ninguna garantía de defensa. La farsa de los juicios franquistas desde que dieron el golpe de Estado contra la República en julio de 1936. “¡Vamos a volver a 1936!”, grita desde el escenario el grupo musical fascista Los Meconios en los mítines de Vox y en una fiesta organizada por el Ayuntamiento de València, gobernado por el PP y Vox, hace unas semanas. La farsa que denunció el 11 de septiembre de 1975 Fernando Sierra cuando se enfrentó al tribunal que lo juzgaba en el acuartelamiento madrileño de El Goloso: “Las declaraciones de la policía han sido obtenidas mediante torturas y amenazas. Este juicio es una farsa, las condenas están dictadas de antemano”.

Estábamos en septiembre de 1975. Dos meses después moriría el dictador. Y como se ha dicho y escrito tantas veces: un dictador que nació y murió matando. Ahora se cumplen cincuenta años desde aquel 27 de septiembre de 1975. Y hay un libro que cuenta la historia de ese día, de lo que pasó y de sus protagonistas. De un tiempo que si no se cuenta será como si no hubiera existido.

Dictadura es terrorismo

Así empieza el primer capítulo del libro 27 de septiembre 1975. Los últimos fusilamientos del franquismo. La generosidad de la resistencia, recién editado en El Garaje Editores por la Plataforma Abierta Al Alba. La ausencia de libertad hace que su búsqueda se articule desde diferentes militancias y puntos de vista políticos e ideológicos. Entre los grupos que defendían la lucha armada contra la dictadura estaban ETA y en los años setenta el FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriota). Los últimos estertores del franquismo llevaban tiempo resonando en el ambiente. En 1974 el dictador hubo de tomarse unos días de hospital porque ningún traje militar o civil se ajustaba a un cuerpo cada vez más flaco, pero con las mismas ganas de demostrar su crueldad que cuando abanderó el golpe de Estado de 1936 contra la legitimidad republicana. 

Pocas cosas se les escapan a las páginas de este libro necesario. Desde el contexto político de aquel año a los testimonios de ahora en las voces de algunos de sus protagonistas principales. Conozco a algunos de ellos y me siento a ratos -al leerlos ahora en papel- profundamente conmovido. También con la rabia que te entra cuando ves -aunque ya lo supiéramos desde la operación exterminio que montaron Mola, Queipo, Yagüe y compañía- que los juicios franquistas de todas las épocas fueron una pantomima, que nunca hubo desde aquel lejano año de 1936 la más mínima posibilidad de defensa con garantías de quienes sufrieron detenciones y torturas porque el fascismo no ha de dejar un cabo suelto que le pueda hacer daño: unos juicios celebrados “sin pruebas, sin testigos, sin posibilidad de defensa, imponiendo el silencio a los abogados o expulsándolos de la sala, imponiendo silencio a los acusados, incluso con amenazas policiales directas”.

Hubo en aquel septiembre de 1975 cuatro Consejos de Guerra. El primero, en Burgos, contra los miembros de ETA José Antonio Garmendia y Ángel Otaegi. Pena de muerte para los dos, aunque Garmendia vería conmutada su pena por el estado físico y mental en que quedó al ser tiroteado por la policía y luego torturado. En el acuartelamiento madrileño de El Goloso tendría lugar el segundo y, de los doce militantes del FRAP detenidos, cinco pasarían a juicio: Vladimiro Fernández Tovar, Xosé Humberto Baena Alonso, Fernando Sierra Marco, Pablo Mayoral Rueda y Manuel Blanco Chivite. Penas de muerte que finalmente vería cumplida Baena Alonso. Su familia y la de Sánchez-Bravo han conseguido la nulidad del juicio que lo condenó a muerte. Las torturas corrieron a cargo de una de las estrellas policiales de la represión franquista, condecorado luego por la democracia: el comisario Roberto Conesa. El tercer Consejo de Guerra, igualmente en El Goloso, sentó en el banquillo a los también miembros del FRAP José Luis Sánchez-Bravo, Ramón García Sanz, Manuel Cañaveras, José Fonfría, María Jesús Dasca y Concha Tristán. Penas de muerte que alcanzarían finalmente a los dos primeros. En esta ocasión se lucieron con su arte para la crueldad el omnipresente Conesa y su ayudante predilecto para estos quehaceres: Antonio González Pacheco, alias Billy el Niño. Por último, en Barcelona, se celebraría el cuarto Consejo de Guerra: condena a muerte para el miembro de ETA Jon Paredes Manot, Txiki. En el fondo de las acusaciones -sin que esas acusaciones fueran corroboradas por testigos fiables- los atentados que costaron la vida a los miembros de la policía y la Guardia Civil Gregorio Posadas Zurrón, Antonio Pose Rodríguez, Lucio Rodríguez y Ovidio Díaz López. 

Aquí se hablaba de la reconciliación sin tener en cuenta que antes de la reconciliación se tenía que haber contado la verdad. ¿Qué verdad? Pues la verdad. ¿Que cada cual tiene la suya? Eso es lo que dicen quienes apuestan claramente por la mentira

Siguiendo el hilo de los hechos, el 27 de septiembre de 1975 tendría lugar el desenlace de esos cinco Consejos de Guerra. En Burgos. En Hoyo de Manzanares. En Barcelona. Los últimos crímenes del franquismo. Nacer matando y morir matando. Las presiones internacionales no sirvieron de nada. Bueno, sí que sirvieron: al menos la dictadura franquista ocupó el escenario mundial de la indignidad y la vergüenza. Fue larga la nómina de países que se manifestaron contra esos crímenes. Algunos de eso países retiraron a sus representantes en España. Reconocidas figuras de la política, de la filosofía, del mundo obrero, del cine… se comprometieron en la contestación a las ejecuciones. Hasta al Papa Pablo VI hicieron oídos sordos el dictador y sus ministros. Los nombres de la infamia en el poema de Angelina Gatell. Salen muchos en este libro que no deja nada suelto de lo que fueron aquellos días, aquellos meses, aquellos años en que la dictadura no aflojó en su crueldad y su vileza sino todo lo contrario. En estos momentos, Pablo Mayoral, Manuel Blanco Chivite, Vladimiro Fernández Tovar y Fernando Sierra Marco han solicitado al Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática “la declaración de Reconocimiento y Reparación Personal del Gobierno de España”, lo que como decía antes ya ha sido concedido por ese Ministerio a sus compañeros Baena Alonso y Sánchez-Bravo. A esa solicitud se ha adherido Gerardo Viana Fernández-Valilla, abogado de García Sanz, sin familia que lo haga en su nombre. Especialmente emotiva resulta la correspondencia del letrado con Santiago, hermano de García Sanz, que sufría una enfermedad degenerativa y estaba ingresado en el Hospital de Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza: “A tu hermano Ramón sólo pudimos verle cuatro veces… pero fueron suficientes para darnos cuenta de su categoría humana. Fueron entrevistas intensas, cargadas de emoción, donde Ramón nos dio un auténtico ejemplo de serenidad, valentía y honradez”.

Cincuenta años y una canción

Nada es medio siglo dentro y fuera de los tangos. Si la memoria no muere, el tiempo acabará estando de nuestro lado. A pesar de lo difícil, de que el fascismo de viejo o nuevo cuño esté haciendo estragos por el mundo, de que las redes y los medios que corrompen la verdad ocupen el espacio que antes era el de la libertad de expresión sin ninguna concesión a las mentiras. Ese día sonará por todas partes la voz de Luis Eduardo Aute. No fue compuesta Al alba para cantar los últimos crímenes del franquismo. La escribió antes y la dio a conocer Rosa León en los primeros meses de ese mismo año. Poco después esos cinco crímenes confirmarían una vez más la villanía del franquismo. Una canción de amor. O de desamor. Una canción que nos habla de la oscuridad pero también de esa luz que la ilumina en los tiempos difíciles.

Si tienen ocasión, lean este libro. Repito, en esta última línea, el título: 27 de septiembre 1975. Los últimos fusilamientos del franquismo. La generosidad de la resistencia. Habla de la memoria. De lo que no puede ni debe ser olvidado. De un tiempo en que gritábamos los sueños aunque a veces esos sueños se convirtieran en una insoportable pesadilla. Cincuenta años que caben en una sola canción. La larga noche, sí. Pero también la seguridad de que será larga la esperanza en que el fascismo de viejo o nuevo cuño no lo convierta todo en una mierda. En esa luminosa claridad nos vemos, ¿vale? En esa claridad.


(1) https://memoriarepressiofranquista.blogspot.com/2017/01/a-quien-corresponda-angelina-gatell.html

A quien corresponda. Angelina Gatell.

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La escritora catalana afincada en Madrid desde hace 50 años Angelina Gatell, siempre comprometida en la lucha contra el franquismo, nos ha hecho llegar este poema:
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A QUIEN CORRESPONDA



devuélvenos
también
nuestros cadáveres,
enséñanos
también
los asesinos.

Ángel González


Una vez más quiero volver al tiempo
del que siempre hablaré
porque le pertenezco
como el azul al mar,
como la luz al alba.

Y quiero
bajar a su memoria
como quien baja
al sótano que guarda
objetos, actos, versos, actitudes,
días, que con frecuencia hojeo
como páginas,
y con ellas pegadas a los dedos
salgo a la calle, aparto con denuedo
la oscuridad y pregunto,
-por si alguien lo supiera-
dónde están los cadáveres,
desde dónde nos mira
la ausencia de sus ojos,
en qué lugar esperan
la cercanía de una rosa,
su fragancia vedada por la ira,
el aire
que disipe el silencio.

Y pregunto también
los nombres de los asesinos,
aunque los sepa bien, sílaba a sílaba,
pero los quiero dichos en voz alta,
a gritos,
no guardados con celo en sus estuches
de dorada penumbra
desde el instante mismo en que el invierno
dejó caer su frío sobre el suelo
que ya nunca fue patria,
sino desgarradura.

Muy pocos saben de qué hablo.

Sin embargo, no falta quien se aleje
obviamente molesto.

Y están los que, confusos,
se llevan a los labios
el índice gastado por el miedo
y se alejan también
aunque más lentamente,
no sé, quizá afligidos.

Otros, susurran evasivos: hace
ya tanto tiempo
... Y vuelven la cabeza,
como si alguien de pronto los llamara.

También los hay que opinan sin sonrojo,
como haciendo equilibrios
sobre el filo de la conciencia,
que sería mejor dejarlo todo
dormido en el sosiego,
cubierto de benignos crisantemos
y así nadie podría
dañarse con su roce.

Después se van a Roma y, conmovidos,
debajo de los pórticos
donde Bernini,
hace ya más de cuatro siglos
guardó la luz del mármol,
recogen, con unción, sin miedo a herirse,
los nombres trémulos de gracia
de otros cadáveres,
los guardan en sus dijes con cuidado
y sonríen en paz.

No consigo entenderlo. Escucho. Miro.
Me quedan ya muy lejos las palabras
que con el tiempo cambian de sentido,
y acomodan sus dúctiles metales
a la oscilante
valoración de los conceptos.
Y más lejos aún, mucho más lejos,
perdida entre la niebla,
la luz que fue habitada por la idea,
o el aroma, no sé, tal vez por nada.

No consigo entenderlo.
Reúno amargamente mis preguntas
y releo las páginas
donde mi tiempo amarillea y sufre.
Como yo está cansado. Y como yo no entiende.
Y como yo, se niega a ser destruido
por esa desmemoria
más grave que el olvido porque en ella
crece y se ramifica,
estercolada por la indiferencia,
la planta obscena
de la conformidad y el beneplácito.

Angelina Gatell
(Poema leído en la Biblioteca Nacional, Madrid, 27 de septiembre 2008)