dilluns, 29 d’agost de 2016

Yo soy el niño 'adoptado' en Mauthausen por el futbolista español.

http://www.elmundo.es/cronica/2016/02/22/56c8a78fe2704e215d8b4573.html





Saturnino Navazo con el pequeño Luis poco después de ser liberados ÁLBUM PERSONAL DE SIEGFRIED MEIR / CRÓNICA
El niño judío que se hizo Luis, el español, tras ser rescatado por el burgalés Saturnino, cuenta a 'Crónica' los recuerdos con el hombre al que siempre llamó padre.
Comenta su autobiografía que presenta esta semana: la supervivencia, su rebeldía... Y el dolor cuando murió su héroe, "la luz"

Era la liberación. Excepto para él. Significaba separarse de su padre, del salvador que tuvo desde que llegó al campo de concentración de Mauthausen. El 5 de mayo de 1945 el Ejército Aliado los dejaba libres. A él le tocaba ir a un orfelinato. A Saturnino, buscarse un destino. Y le suplicó. Hizo todo para convencer a un hombre sin fortuna, sin nadie, para que, tras la Segunda Guerra Mundial, lo llevara con él. Saturnino Navazo le dijo sin titubear: "Di que te llamas Luis Navazo, que eres español y que has nacido en Madrid, en la calle Don Quijote, 43, en Cuatro Caminos". Así continuaron sus vidas cruzadas. Vidas de tristezas, de pérdidas, de torturas, de cámaras de gas. Y de amor.
"Yo acepté inmediatamente ese cambio de nombre... Mi nombre, Siegfried, ya no existía; decidí que sería otra persona, Luis Navazo... Quería quedarme con [Saturnino] Navazo, pero no podía hacerlo como Siegfried Meir porque era menor de edad y tendría que haber sido acogido por alguna organización de ayuda". Lo cuenta en su autobiografía, Mi resiliencia . Lo recuerda hoy cuando conversa conCrónica. A veces su voz vibra, conmovida. A veces, con sus 82 años, suelta risitas como el infante que fue. Es un repaso por una existencia que sólo se entiende con la de un padre. Uno que no lo era por la ley, lo fue por cariño, que es más fuerte. Dos almas de diamante.

Vidas en paralelo

El padrazo Saturnino Navazo Tapia, número de prisionero 5.656, nació en Hinojar del Rey, Burgos, el 6 de febrero de 1914. A los siete años se trasladó a Madrid. Desde niño le gustó darle al balón. Su posición: centrocampista, creador de juego y goleador. Su equipo era el Club Deportivo Nacional, cinco temporadas en tercera división y dos en primera. Saturnino logra su mayor título con los suyos cuando obtiene la Copa de Castilla en 1934. Vencen al Athletic de Madrid (hoy Atlético de Madrid) por 4 a 3. Saturnino tenía sólo 20 años.
Ese mismo año nace su Luis, entonces un ser lejano. Nacido Siegfried Meir, número de prisionero 117.943 tatuado en el brazo, nació en Frankfurt, Alemania, el 4 de mayo de 1934. Nació judío, con ascendencia germana y rumana. En la ruleta de la vida, el color negro había caído sobre él. Un año y tres meses antes, Adolf Hitler fue nombrado canciller. El 19 de agosto le nombraron Führer, líder del III Reich; Siegfried tenía 107 días de vida. Vivió la opresión. El pequeño Siegfried no podía jugar en los parques libremente. A pesar de que su familia había decidido huir a Bélgica, Suiza, Estados Unidos... Max, su padre biológico, no quería partir. "Toda mi vida le he culpado... por no irse de Alemania".
Dos años después de su máximo fulgor deportivo, Saturnino se vio en plenaGuerra Civil, cuando ya el Betis Balompié, el primer club andaluz en llegar a primera división, estaba por ficharle. Era 1936 y se alistó en el ejército republicano. Peleó en trincheras levantinas y catalanas. "Finalizada la Guerra Civil se exilió en Francia, residiendo en Toulouse hasta que tras la ocupación alemana fue detenido en 1940 y trasladado al campo de concentración de Fallingbostel (Alemania). En 1941 fue trasladado al de Mauthausen (Austria)", rememoran en un perfil elaborado por la Fundación Pablo Iglesias. ¿Y el pequeño? Cuesta hablar actualmente con Luis Navazo o Siegfried Meir de fechas. Los tiempos se mezclan. El pequeño Meir junto con su madre fue enviado de Alemania a Auschwitz . Comenzó su periplo en un convoy que inició su ruta el 19 de abril de 1942. Su destino: la sucursal del averno en la Tierra.
Coincidió su llegada al campo de exterminio nazi [ubicado en Polonia] con unaoportuna avería. Rememora Meir: "No fue sólo el hecho de entrar en el campo sin que me enviaran a la cámara de gas. Fue que las mujeres de la barraca aceptaran esconderme hasta la muerte de mi madre; fue que las dos jefas de la barraca se hicieran cargo de mí tras la muerte de mi madre... Cuando salí a la luz en el primer recuento, todos pensaban que me iban a llevar directamente al crematorio... La jefa de las SS era una mujer muy hombruna. Me tocó el pelo, me habló y yo lecontesté en alemán, le dije mi nombre... y me dejó quedarme. Es el destino".
"¿Cómo se puede llamar de otra manera? Más tarde, cuando enfermé de tifus, ¿por qué no me enviaron a la cámara de gas, como hacían con todos los que estaban enfermos? ¿Por qué me curaron? Y no sólo me curaron, sino que lo hizo el peor de los SS, Mengele". El ángel de la muerte, quien experimentaba con humanos vivos, se compadeció del niño rubio de ojos azules. Discriminación positiva, lo llaman.
Un balón de piel curtida salvó a Saturnino. A los nazis del campo les gustaba el fútbol. Y al ver las habilidades del mediocampista español le nombraron capitán. Dejó las penurias. "Al principio trabajaba como los demás, en la cantera, recogiendo piedras, arrastrando vagones... Era un trabajo extenuante. Uno de los vagones le cortó un dedo". Cercenado de una mano, se concentró en sus funciones en Mauthausen: jugar lo mejor posible y la cocina. Uno de sus principales roles como pinche era cortar patatas. Con hechos simples se forja cierta clase de héroes. Con los restos de ese tubérculo, que robaba para sus compañeros de barraca, salvó de morir de hambre a los suyos. A él no le tatuaron. Pero en Auschwitz, el infierno era otro.

Tatuando a un pequeño

"Número 117.943. No sé por qué he recordado el dolor de las agujas al clavarse en la piel. No era un sistema sofisticado... Eran tres agujas que trabajaban a un tiempo. Sé que grité, porque me hacía daño. Y la mujer que me tatuaba trataba de calmarme como se calma a los niños, diciéndome que mi tatuaje sería el más bonito de todos, que me lo iba a hacer muy bien, y que además me pondría un triángulo". Mas no había nada bello en ese universo de olor a cenizas humanas. Aprendió a esconderse para salvarse. "Había un alemán alcohólico que era un homosexual reconocido, y cuando se emborrachaba venía a buscarme". Esa fue su infancia: si perdía al escondite, el juego se acababa. "Para evitar ser descubierto, me escondía en la última litera, al final de la barraca".
Entre 1944 y 1945 lo trasladaron a otro campo. Y dos vidas se reunieron para convertirse en una. "No tengo demasiados recuerdos de cómo llegué allí, pero sé lo duro que fue, hasta donde puedo recordar; en trenes sin techo, con nieve, con gente muerta a mi lado... Pensaba que era el final, pero no lo fue. Llegamos aMauthausen y allí, de repente, estaba vivo, era yo mismo, ya no estaba cansado".
-Cuente sobre ese encuentro. Usted asegura que Saturnino Navazo fue "la luz"...
-Es un momento muy poderoso. Inesperado. Las circunstancias son muy curiosas. Llegué a Mauthausen haciendo un escándalo. ¡Me querían cortar el pelo! Estaba furioso y, como hablaba perfectamente el alemán, gritaba en su idioma. Divertí con mi cabreo al comandante del campo. Sentí una emoción que yo no esperaba de un jefe de campo. "Te voy a confiar a la barraca de los españoles", me dijo. Como los nazis siempre engañaban, no le creí.
-El oficial le presentó a su padre. ¿Para usted Navazo realmente lo era?
-Siempre. Navazo es mi padre.
-¿Cumplió su palabra el nazi?
-Hizo llamar a Navazo. Nos vimos frente a frente. Tenía una sonrisa serena. Me tranquilizó. El jefe le dijo: "Este niño es tu responsabilidad". Él no entendía muy bien su misión. "Vas a ir con él", me dijo. Navazo tenía ya un estatus por ser futbolista, pero yo no sabía quién era. El encuentro me ha marcado mucho. No dejé de estar a su lado. Lo seguía como un perrito.

Esto era la libertad

Según sus palabras, pasó allí un año. "Hasta la liberación del campo el 5 de mayo de 1945, el día siguiente de mi undécimo cumpleaños". Tuvieron que irse de Polonia. En la ruta ayudó que el pequeño Luis, tras su paso por tantas barracas, por sobrevivir, se había vuelto políglota. "Hablaba en español con Navazo". También sabía polaco, ruso, checo... Y el alemán, que quería olvidar. Eso les ayudó a llegar. Padre e hijo fueron con rumbo a Toulouse. Se asentaron en Revel, a 50 kilómetros al este de esta ciudad. Uno tenía 31 años, el chico ya 11. Ya era Luis Navazo. "Él me llamaba siempre Luis, siempre me llamó Luis. En Francia, en Revel, para sus hijos y para las personas de esa generación que me han conocido, soy Luis. En la escuela de Revel nunca existió ningún Siegfried, era Luis Navazo. Obtuve mi certificado de estudios primarios como Luis".
Recibió mucho apoyo de su padre ante las crueldades. "Iba a clase con niños de seis años. A esa edad los niños son crueles, y se burlaban de mi ignorancia. Y para mí era... un mundo que no comprendía. De todo ello me quedó un rechazo absoluto de cualquier forma de enseñanza". Era rebelde, indomable. Pero ni siquiera por eso lograba irritar a Saturnino. "Muchas veces, cuando me ponía imposible, me amenazaba extendiendo la mano: "Te voy a dar con estos cuatro" [le enseñaba la mano mutilada en Mauthausen]. Nunca lo hizo, pero siempre repetía esa frase cuando le sacaba de quicio".
Se dejaba llevar por la rabia. "Estaba siempre furioso, pero no sé muy bien por qué. No puedo analizarlo. Esa es una de las razones por las que, cuando pienso en todo ello, en todo ese periodo, estoy tan agradecido a Navazo. Porque sin él yo hubierasido un delincuente, un delincuente violento. Estoy seguro. Porque no tenía leyes, no tenía normas ni límites. Todo lo que me pudieron inculcar en mi infanciadesapareció en Auschwitz. En Auschwitz aprendí otras normas, que no eran las de la vida normal; eran las normas de la supervivencia, que a veces es violenta e insolidaria".
Nunca hablaban de Mauthausen. "Hablábamos de los demás, de cómo se iban adaptando a su nueva vida. Hablábamos mucho de un amigo de Navazo, Pascual, que murió... por haber comido demasiado".
Eran uno hasta que el buen Saturnino se enamoró. Su nueva pareja no quería a Luis. "Navazo trabajaba en un taller de muebles en Revel; era barnizador, especializado en piezas de época. Conoció a su mujer en ese taller. Hasta en eso fue íntegro; se enamoró de la primera mujer que conoció... Y fue feliz con ella.Nunca fue mujeriego...".
-Ella no le quería...
-Navazo se casó. Tuvo cuatro hijos. Y sí, no me quería. Para ella, yo era un impedimento a su felicidad. Me odió. Decidí ganarme la vida solo. Lo mejor era irme. Vería a mi padre los fines de semana. Tenía 14 años.
El hoy octogenario se quiebra. Padre e hijo se separaron. Nunca más volverían a vivir juntos. "En cuanto obtuve mi certificado de estudios primarios busqué un trabajo en Toulouse, como aprendiz de confección con la familia Frydmann; y más tarde, cuando me trasladé a París, continué trabajando con un confeccionista llamado Stem". Lo único malo es que tuvo que volver a ser Siegfried. "Hubo que pedir mi certificado de nacimiento y solicitar un documento de identidad con mi verdadero nombre, y me molestó. Me fastidió tener que volver a llamarme como antes".

Tres veces campeón

El otro era prisionero 5.656, a la par que se ganaba la vida como ebanista, mantenía activa su militancia política. Formó parte del PSOE, representó a su área en los congresos que realizaba el entonces ilegalizado partido en el exilio; consta su participación en 1958 y 1964. Siguió jugando al fútbol, en el equipo del pueblo, la Union Sportive Revenoise. Ganó la copa regional tres años seguidos. Una hazaña. Otra. "Se integró muy bien en la sociedad francesa. Aprendió rápidamente el idioma y se adaptó enseguida a la vida francesa. Era muy popular, porque era futbolista, y consiguió que el equipo local pasara del anonimato a ser campeón... La gente le adoraba y él disfrutaba".
La vida de los dos fue a dos ritmos. Saturnino siguió viviendo en la misma zona. Visitaba a su Luis año a año. Su hijo cambió de nombre de nuevo en su juventud. Fue Jean Siegfried, por 12 años, cuando se convirtió en cantante de éxito. Después le apodaron el Rey de Ibiza por ser el amo de las fiestas en las islas Pitiusas. Otro de sus yo es Siegfried M. Bacharach, artista plástico que expuso por primera vez en 2010, cuando ya superaba los 75 años... Pero aún se gira cuando escucha un Luis. Aún llora cuando recuerda a papá. Feneció en Revel, su pueblo adoptivo, el 27 de noviembre de 1986...
"Su cadáver no me impresionó. No sentí ninguna emoción al encontrarme en esa habitación con su cadáver. Sólo era un cadáver. No era realmente Navazo. Sentí emoción cuando me llamaron diciendo que había muerto, y más tarde sentí su pérdida y lo echaba de menos. Pero en el momento mismo de la muerte... Estaba entristecido, pero no hasta un punto de estar desesperado. El sentimiento depérdida vino después. No sé cómo explicarlo, fue un sentimiento que nació casi sin querer...".

"Estamos aquí"

Ruido de fondo. "Me has preguntado por toda mi vida". Queda poco. Lo que no ha contado antes...
-¿Llegó a visitar "Don Quijote 43, Cuatro Caminos, Madrid"?
-Una vez. El destino. Unos americanos me propusieron un negocio, un local de pizzas. Ya habían pasado décadas. Y el obrador quedaba en esa calle, en ladirección de la familia de Navazo. Busqué si aún había alguien. Nadie quedaba.
-¿Qué nacionalidad adoptó cuando se fue a vivir solo?
-No quería ser alemán. Y fui apátrida hasta el año 1980, cuando me hice español.Pude elegir tener la nacionalidad francesa. Al saber que tenía que hacer el servicio militar desistí. No podía.
-¿Le criticó alguna vez Navazo por ser cantante?
-No. La primera vez que iba a cantar en la televisión francesa le avisé. Reunió a todos sus amigos para ver el programa.
-Hay un momento inolvidable en su autobiografía. Cuando se miran a solas y Saturnino le lanza: "¿Te das cuenta? Estamos aquí". Era como mirarse el cuerpo y ser conscientes de todo...
-Para mí eran momentos fantásticos cuando nos volvíamos a encontrar. No teníamos grandes conversaciones. Nos mirábamos. "Te das cuenta. Estamos aquí", decía a veces. Y olvidábamos todo diálogo. No lo necesitábamos.
-Hasta ese punto llegaba su admiración...
-Era veneración. Imitaba hasta su manera de andar. Tenía una manera de caminar especial. Con cierta dificultad. Como alguien que ha sido herido hace tiempo y le queda una cicatriz. La pierna derecha la tenía algo tocada. Imperceptible, excepto para mí.
-¿Cuándo dejaron de verse?
-Hasta su muerte siempre nos hemos reunido... Para la final de la Copa de Francia. Yo vivía en Ibiza y el venía a casa. Yo era su hijo.
-Si lo volviera a ver, ¿qué le diría?
-Me vas a hacer llorar. ¿Qué le diría? ¡¿Qué le diría?! Ojalá pudiera pasar...
Y la voz tiembla. Y susurra. Y calla. O el silencio más doloroso, el de un hijo de 82 años que echa de menos a papá.