dimarts, 17 de gener de 2017

Más poemas. Angelina Gatell.

http://www.jesusfelipe.es/angelina_gatell.htm



A QUIEN CORRESPONDA                                                                                                       devuélvenos
                                                                                               también
                                                                                                                   nuestros cadáveres,
                                                                                                   enséñanos
                                                                                             también
                                                                                                      los  asesinos.
                                                   
                               Ángel González

 Una vez más quiero volver al tiempo
del que siempre hablaré
porque le pertenezco
como el azul al mar,
como la luz al alba.

Y quiero
bajar a su memoria
como quien baja
al sótano que guarda
objetos, actos, versos, actitudes,
días, que con frecuencia hojeo
como páginas,
y con ellas pegadas a los dedos
salgo a la calle, aparto con denuedo
la oscuridad y pregunto,
_por si alguien lo supiera_
dónde están los cadáveres,
desde dónde nos mira
la ausencia de sus ojos,
en qué lugar esperan
la cercanía de una rosa,
su fragancia vedada por la ira,
el aire
que disipe el silencio.

Y pregunto también
los nombres de los asesinos,
aunque los sepa bien, sílaba a sílaba,
pero los quiero dichos en voz alta,
a gritos,
no guardados con celo en sus estuches
de dorada penumbra
desde el instante mismo en que el invierno
dejó caer su frío sobre el suelo
que ya nunca fue patria,
sino desgarradura.

Muy pocos saben de qué hablo.
Sin embargo, no falta quien se aleje
obviamente molesto.

Y están los que, confusos,
se llevan a los labios
el índice gastado por el miedo
y se alejan también
aunque más lentamente,
no sé, quizá afligidos.

Otros, susurran evasivos: hace
ya tanto tiempo
... Y vuelven la cabeza,
como si alguien de pronto los llamara.

También los hay que opinan sin sonrojo,
como haciendo equilibrios
sobre el filo de la conciencia,
que sería mejor dejarlo todo
dormido en el sosiego,
cubierto de benignos crisantemos
y así nadie podría
dañarse con su roce.

Después se van a Roma y, conmovidos,
debajo de los pórticos
donde Bernini,
hace ya más de cuatro siglos
guardó la luz del mármol,
recogen, con unción, sin miedo a herirse,
los nombres trémulos de gracia
de otros cadáveres,
los guardan en sus dijes con cuidado
y sonríen en paz.

No consigo entenderlo. 
Escucho. Miro.
Me quedan ya muy lejos las palabras
que con el tiempo cambian de sentido,
y acomodan sus dúctiles metales
a la oscilante
valoración de los conceptos.
Y más lejos aún, mucho más lejos,
perdida entre la niebla,
la luz que fue habitada por la idea,
o el aroma, no sé, tal vez por nada.

No consigo entenderlo.
Reúno amargamente mis preguntas
y releo las páginas
donde mi tiempo amarillea y sufre.
Como yo está cansado. 

Y como yo no entiende.
Y como yo, se niega a ser destruido
por esa desmemoria
más grave que el olvido porque en ella
crece y se ramifica,
estercolada por la indiferencia,
la planta obscena
de la conformidad y el beneplácito.

Mujer en la esquina

Ya no tienes siquiera un borbotón de llanto
para llenar tus ojos...

Mujer rota en la esquina, esqueje silencioso
de un arbusto que fue tronco lozano,
¿qué celeste criatura se te apagó de golpe
para que tú te alzaras en medio de tu ruina
como un sórdido canto?
El hombre te transita, socava tu amargura
y abreva entre tus aguas su sed interminable;
pero nunca detiene sus ojos en los tuyos,
ni piensa que tú fuiste una dulce muchacha
de trenzados cabellos...
o una niña que amaba su muñeca,
a un hermano, a un árbol, a una rosa...

Mujer rota en la esquina, 
pregón que nos delata
otros mundos siniestros
donde el alma es tan sólo una palabra triste;
y la sangre un charco sin transcurso;
donde los ojos son torpes caminos
para llegar al lodo;
donde los labios son gritos en pugna
y las bocas cavernas infranqueables
con un manar de voz como impacientes
marejadas de fuego, turbio, impuro...
Mujer rota en la esquina, desgajada
de los días hermosos, de los campos floridos,
cuando te encuentras sola con tu antigua criatura,
cuando sientes tus ojos arrasados de lluvia
y no puedes llorarla,
¿qué rencor se te enciende como hermosa bandera
para azotar el signo de tu vida?
¿Qué palabra pronuncias? ¿Con qué voz nos golpeas
a todos los que fuimos, tal vez, fariseos?
¿Y que desdén te cubre la mirada?
¿Y qué odio voraz te quema el pecho?
¿Y qué mano levantas vengativa?
¿Y qué risa nos tiras a la cara
como lluvia pequeña



Primer recuerdo
                                                                                                                                         A la memoria de mi padre


Había tantas palomas festoneando
ventanas y cornisas...
Y aquel olor a mar que se enredaba
a la tarde suntuosa;
y el aire, celebrando su invisible
fulgor en los cabellos
que alegremente ondeaban en sus manos.

En este espacio fue.
En esta esquina bella y sabia donde
ahora me detengo
y toco con cuidado las imágenes,
su sombra clandestina
pegada en la memoria, defendiendo
con lealtad un instante
que aventuró su luz como un relámpago
más allá de la noche.

Con desorden recuerdo aquella tarde,
su tiempo aconteciendo
bajo un claror como recién nacido
que sé que aún me concierne,
y advierto que aquel día tan lejano
se abre como una página
con bullicio de cantos y banderas,
y un lugar transparente
donde esta escrito mi primer recuerdo.
Fue un catorce de abril.

Obstinada me acude su fragancia,
la rosa conmovida
que iba a ser devorada por los buitres.

Mi padre había dicho:
“Es necesario que mis hijos vean
y guarden la memoria
de lo que hoy sucede y lo mediten”.
Algo así dijo, creo.
Y caminando entre la multitud
vinimos hasta aquí.
A hombros de mi padre mis cinco años
recibían la llama
que irradiaban los rostros, las miradas,
la humildad de las ropas,
las canciones...
Y nunca olvidaré
la humedad que de pronto
resbaló de sus ojos a mis manos
asidas a su cuello,
ni aquel extraño asombro de sentirme
por vez primera inscrita,
anudada a mi entorno y a mi gente.

Tan sólo percepción o sobresalto
debió de ser entonces
el estruendo que se quedó en mi pecho,
entendido mucho tiempo después...
El mismo estruendo que acarrea con júbilo,
aún con esperanza,
el corazón cansado.

 

Otoño 1974

Tan hermosa es la tarde,
tan de cristal el cielo,
que en mi frente se aniña
la tristeza que llevo. 

Raya un pájaro al aire
con su pico de fuego...
en mis manos, sus alas
me derrama un momento. 

Los árboles, al fondo
de la luz, mudos, quietos,
dejan caer sus últimas
alhajas en silencio. 

Es otoño el motivo
de la hermosura. 
Siento
su pulso rumoroso
señoreando el viento. 

Si yo pudiera ahora
ser como fui otro tiempo...
latido del paisaje,
total advenimiento 

de la tarde que cruzo
¿hacia dónde? No tengo
ni siquiera caminos...
Los ha borrado el miedo.
Angelina Gatell: Cenizas en los labios.