dissabte, 20 de juny del 2026

Cómo 'protegió' el franquismo a la mujer

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El franquismo no inventó el control sobre las mujeres, pero sí “lo sistematizó y lo convirtió en política de Estado”.

 

José Luis Ibáñez Salas | @ibanezsalas

He quedado verdaderamente impresionado tras la lectura del libro Redimir y adoctrinar. El Patronato de Protección a la Mujer (1941-1985), escrito por la historiadora española Carmen Guillén y publicado en 2026. Impresionado por su calidad historiográfica, por tanto, por su magnífica literatura (sin una correcta expresividad literaria la Historia no sirve para gran cosa), y por su valor, su indudable valía, social, civil. Estamos ante una obra perdurable, imprescindible para apuntalar cuanto sabemos sobre el franquismo y cuanto sabemos sobre el desprecio y maltrato con que se ha tratado en líneas generales a las mujeres que no cumplían los requisitos inmarcesibles marcados por el poder y las convenciones sociales dominadas por él.

El franquismo no inventó el control sobre las mujeres, pero sí “lo sistematizó y lo convirtió en política de Estado”.

Que hasta hace relativamente poco el Patronato de Protección a la Mujer estuviera fuera del foco de cuantos estudiábamos el franquismo es muy llamativo.

“Había algo en aquella falta de información que parecía deliberado, una especie de borrado institucional que había conseguido dejar fuera de la narrativa oficial a miles de mujeres”.

Guillén nos muestra a lo largo de su libro que el Patronato “encarna con claridad esa producción de ignorancia estructural: una institución que funcionó durante más de cuarenta años y, sin embargo, desapareció casi por completo del relato histórico y de la memoria colectiva”. Y que esa no fue “una ausencia inocente, sino una consecuencia directa de la forma en que se construyó el discurso sobre franquismo y de la Transición”.

Conviene dejar claro desde el principio que aquella institución fue “un entramado de represión, adoctrinamiento, encierro, trabajos forzados y robo de bebés, vigente hasta 1985”.

Surgió en “una sociedad forjada por el miedo, la culpa y la vigilancia mutua”, la del primer franquismo; “una sociedad donde la represión estaba incrustada en la vida cotidiana, […] donde ser mujer significaba caminar sobre un suelo minado de normas invisibles”.

Esto con Franco sí pasaba: violencia, fusilamientos, penas de cárcel, incautaciones, exilio forzado, depuración de funcionarios y niños arrancados de sus madres. Estas fueron solo algunas de las muchas formas que adoptó la represión franquista para perpetuarse en el poder y eliminar cualquier disidencia. Y fue en ese caldo de cultivo, de miedo y obediencia, donde germinó una institución como el Patronato de Protección a la Mujer”.

La represión franquista. Normalmente, si de ella se habla lo que aparece primeramente sino en exclusiva “son las formas más contundentes que adoptó: ejecuciones públicas, cárceles llenas, exilio forzoso y torturas”. Aquello fue en los primeros años de la dictadura “una realidad cotidiana”. Recordemos que aún hoy hay más de mil fosas sin abrir, escribe Guillén. Todo eso “fue esencial para imponer el miedo como forma de control social”. Pero…

“también hubo quienes vivieron una represión que no siempre respondía a motivos ideológicos, sino que tenía como único fundamento su condición de mujeres”.

Aquella represión ejercida por la dictadura franquista “supo deslizarse también en la esfera de lo íntimo, regular las emociones, los afectos e incluso el deseo y el placer”. Algunas de las estructuras para ejercer la represión específica contra las mujeres “se centraron en el adoctrinamiento”, así, la Sección Femenina o la rama de mujeres de Acción Católica, o Auxilio Social, que “desplegó una red de ayuda asistencial profundamente ideologizada que ofrecía amparo material bajo estrictas exigencias de conducta moral”. Pero el Patronato representó “la parte más dura del sistema: la del castigo y el encierro. Educar y castigar. Conseguir la fidelidad al régimen de quienes criaban a los hijos fue una pieza clave en su perpetuación. La mujer como “objetivo prioritario de la represión” y a la vez como “vector de trasmisión de esa misma represión”. 

Ahora asistimos a la reinvención del modelo tradicional femenino, pues bien, durante la dictadura del general Franco, “la tradwife hacía mucho tiempo que existía, estaba arraigada en la realidad social y profundamente ligada a la moral católica, que dictaba el lugar natural de la mujer en el hogar, al abrigo de los suyos y a la sombra de su marido. Lo que hizo el nuevo régimen fue blindar ese modelo y devolverlo con fuerza justo cuando empezaba a resquebrajarse”. Lo que hizo la educación franquistafue diseñar “generaciones de mujeres convencidas de que su destino natural era el hogar”: fue “una herramienta de ingeniería moral que inoculó en las niñas las ideas de servicio y resignación como virtudes femeninas”. Mientras, el ordenamiento jurídico lo que hizo fue plasmar la desigualdad entre sexos al regular de una manera muy precisa “la posición subordinada de las mujeres en todos los ámbitos de la vida”. Se trataba de una legislación que buscaba “devolver a las mujeres al hogar, retirándolas del espacio público y del mundo laboral”, para colocarlas en una posición de absoluta dependencia.

¿Qué era ser mujer en la España franquista? Guillén nos lo explica. Era ser educada en la culpa, en la moral sexual definida por la Iglesia católica, en la represión del deseo “avalada por la ciencia” y sufrir “la maternidad como mandato y la desigualdad consagrada por ley”.

El interesante recorrido histórico que la autora hace por aquella institución nacida en 1941 (aunque ya existía con ese nombre desde 1931, con la Segunda República ya establecida) vertebra buena parte del libro y es esencial, por supuesto, pero siendo lo esencial no es verdaderamente lo más importante de este obra pues lo que destaca en ella poderosamente es esa muestra de cómo el sometimiento de la mujer fue un eje vertebrador del franquismo en tanto que voluntarioso heredero del dominio ejercido por quienes se amparaban en el poder, en la violencia, en definitiva, para someter a toda una población amordazada, anestesiada.

“Cualquier mujer podía enfrentarse al encierro, a la reeducación forzosa y a la anulación de su identidad como castigo por desafiar las normas establecidas. Lo que comenzó como un sistema de vigilancia sobre un grupo concreto terminó por convertirse en una compleja red de instituciones en la que la población femenina estuvo sometida a un sistema completamente arbitrario de encierro”.

Pecado y crimen. Se fusionaron a manos con la moral como estandarte. La moral de lo que había aupado a Franco a su dictadura, que “hizo posible un entramado de persecuciones sin necesidad de pruebas, detenciones sin delitos y reclusiones sin juicio”. Sin acusaciones concretas, todo justificado por esa característica amplitud del concepto inmoralidad que permite que cualquier actitud sea interpretada como peligrosa. 

“¿Era un delito asistir a un baile? ¿O maquillarse demasiado? ¿Caminar sola de noche? ¿Suspirar mucho por los hombres? No en los términos legales tradicionales, pero sí en el código moral que el franquismo impuso: lo que no podía juzgarse en un tribunal, podía condenarse en nombre del orden público”.

La inmoralidad “fue el elemento que dio sentido al Patronato de Protección a la Mujer, la pieza que desencadenaba la denuncia de una joven, el factor que determinaba su ingreso en el centro y la clave para decidir el tiempo y las condiciones de su internamiento”. Semejante proceso, a la par que “transformaba la moralidad en delito”, le facilitaba al régimen “una herramienta poderosa para intervenir en la esfera íntima de la población femenina”. Semejante arbitrariedad “permitió que el criterio de unos pocos definiera el destino de miles de mujeres: bastaba con un gesto malinterpretado o un rumor infundado para alterar el curso de una vida”. 

Hay un párrafo en el que Carmen Guillén sintetiza perfectamente el contenido de su libro en tanto que historia del Patronato (presidido de forma honorífica por Carmen Polo de Franco, la esposa del dictador, y de manera efectiva por el ministro de Justicia de turno). Es éste:

“El Patronato de Protección a la Mujer fue una de las instituciones represivas más longevas y, al mismo tiempo, menos conocidas del franquismo. Bajo la apariencia de una organización de caridad, el régimen articuló un complejo sistema de control dirigido específicamente a las mujeres. La idea de «protección» encubría en realidad un sistema carcelario que combinaba trabajo forzado y oración como medios para redimir, y disciplina y castigo como herramientas para adoctrinar. Miles de mujeres –prostitutas, madres solteras, huérfanas o simplemente jóvenes consideradas rebeldes– fueron detenidas y recluidas en un sistema que, lejos de protegerlas, las condenaba a una vida marcada por la humillación y el sometimiento”.

Atención, es muy importante esta matización respecto de sobre qué o quiénes recaía el éxito del Patronato, pues éste no se debía únicamente a su estructura institucional o al poder que le daba el régimen franquista: “el verdadero motor de su eficacia fue la complicidad social, que permitió que el control sobre la vida de las mujeres se ejerciera de manera continua y omnipresente”.

Ese poder que le otorgaba la dictadura de Franco “quedaba reflejado en su capacidad para retener a las internas incluso en contra de su voluntad o de la de sus tutores legales”. Resulta espeluznante que un régimen de por sí ajeno a las normas de cualquier Estado de Derecho además se permitiera estos secuestros extrajudiciales que solamente cesaban cuando el propio Patronato (su junta, a instancia o no de las religiosas custodias) lo considerara oportuno. Las garantías procesales brillaban por su ausencia.

En realidad, esa práctica de “apartar a las mujeres del vicio y reconducirlas al camino de la virtud” era algo que ya desde el siglo XVII venían haciendo distintas comunidades católicas. En el XIX fueron creadas “las dos grandes congregaciones que, décadas después, marcarían la línea de actuación del Patronato: las Adoratrices del Santísimo Sacramento y de la Caridad y las Oblatas del Santísimo Redentor”. 

“A medida que el patronato fue creciendo en medios y competencias, las congregaciones religiosas se consolidaron como el verdadero motor de su estructura asistencial. No se limitaron a ofrecer apoyo logístico o espiritual y asumieron también el control directo de la mayoría de los centros –especialmente, reformatorios y maternidades–, marcando profundamente el modelo de intervención. En esta alianza entre Estado e Iglesia, se articuló una profunda distorsión del concepto de protección, que fue desplazándose hacia una lógica de encierro y disciplina”.

Las congregaciones religiosas fueron la pieza central “que sostenía y daba sentido a toda la arquitectura institucional” del Patronato.

¿Cuándo desapareció el Patronato de Protección a la Mujer? Malas noticias, no cesó con la muerte de Franco… Las monjas siguieron siendo durante años, sí, según la costumbre, “las guardianas de la moral femenina”.

“La misma arquitectura de control que había gobernado los cuerpos y las conductas de las mujeres españolas desde 1941 continuó ajena al paso del tiempo. En aquel momento, la institución gestionaba cerca de 140 centros repartidos por todo el país y solo en Madrid mantenía a 424 mujeres internadas en régimen de privación de libertad”.

De hecho, por el Patronato habían pasado como si nada aquellos “vientos de cambio que, a partir de los años sesenta, habían comenzado a soplar en el país” y seguía “anclado en sus esquemas morales, ajeno a la modernización que poco a poco empezaba a transformar” España.

Ya finalizada la mismísima Transición, la paulatina acumulación de “presiones sociales, políticas y mediáticas acabó precipitando su caída”. Entre los años 1983 y 1986 las recién creadas comunidades autónomas fueron progresivamente recibiendo entre las transferencias administrativas las del Patronato. Y…

“El golpe definitivo llegó con la Ley de Presupuestos Generales del Estado de 1984. En su Título VII, dedicado a la reordenación del sector público, se incluía la supresión de varios organismos autónomos; entre ellos, en el artículo 85.2, se mencionaba expresamente al Patronato de Protección a la Mujer. La desaparición formal se haría efectiva poco después, mediante el Real Decreto firmado el 1 de agosto de 1985, que cumplía con lo dispuesto en la ley presupuestaria del año anterior”.

Las mujeres internas del Patronato respondían, en esencia, a “dos perfiles recurrentes”, a decir de Guillén: “por un lado, jóvenes marcadas por la pobreza o la exclusión social y, por otro, chicas consideradas rebeldes, ya fuera por razones políticas, por cuestionar las normas morales impuestas o por vivir su sexualidad al margen de lo aceptado. Aunque se ha tendido a diferenciar entre etapas, las primeras dominadas por la pobreza, las últimas por la disidencia, lo cierto es que ambos perfiles convivieron a lo largo de toda la historia del Patronato”.

Tenemos que saber, y no deberíamos olvidar, que el Patronato del Protección a la Mujer “destruyó la vida de muchas internas al mantenerlas aisladas del mundo exterior durante años, impidiéndoles desarrollarse personal, social y profesionalmente. El régimen de reclusión no solo limitaba sus libertades, sino que también las desconectaba por completo de la sociedad, privándolas de la posibilidad de formarse académica y laboralmente”. Por eso resulta llamativo que a día de hoy esas mujeres maltratadas estén excluidas de las políticas públicas de memoria. No, no aparecen en la Ley de Memoria Democrática, en vigor desde 2022. No se ha cerrado por tanto la deuda que la democracia tiene con su pasado, como dice de sí misma la propia ley cm objeto de su promulgación. Ojalá el libro de Carmen Guillén ayude a poner fin a semejante injusticia.

La historia no es solo el registro del pasado a través de fechas y nombres, es el marco que permite interpretar lo que somos. Nos ayuda a identificar las estructuras que nos conforman y a reconocer los procesos que nos han traído hasta donde estamos”.