En Cantabria, los reclusos hicieron muchas obras públicas. La presa de La Cohilla, en un entorno alucinante y salvaje, es un buen ejemplo de un sistema cruel que algunos pretenden olvidar.

Por Marcos Pereda
Escritor y periodista.
Hace calor. Hace calor y el mundo se abisma en sí. Porque las paredes cada vez están más cerca, y las rocas cada vez más inestables, y hay tuberías, y túneles, y hoces como porciones golosas en un pastel.
Hace calor, y aparece. El muro. Inmenso, ciclópeo. La Cohilla. Cuentan que allí, en la presa, trabajó el mi güelu.
En 1940 toda España era una cárcel. De manera metafórica, sí, pero también real. Recién termina la guerra civil, y el volumen de presos era tan enorme, tan inmenso, que cualquier prisión dejaba de ser útil. Cuenta Jorge Montes, en un manual universitario para la carrera de Criminología, que por ese año había más de 270.000 presos en el país. 270.000 sobre una población de 26 millones. Así que hacinamientos, doce personas en celdas pensadas para dos, alimentación insuficiente, epidemias, sacas que se hacían casi por liberar espacio. Situación insostenible para un régimen indefendible. Alguien tuvo la idea. Tenemos un país devastado, tenemos que reconstruir ese país, necesitamos mano de obra, hay muchísimos presos... ¿Por qué no juntar todos esos factores?
Se recupera, así, el sistema de redención por trabajo, que ya fue modelo histórico. Galeotes, picapedreros en caminos reales borbónicos. Aquí se incorpora, oficialmente, allá por el Código Criminal de 1944. Ya antes, mayo de 1937, hubo un Decreto 281 que imponía el derecho, y también la obligación, de trabajo para los presidiarios. Un día de laburo equivale a un día menos de pena, pudiendo salvar, de ese modo, hasta un tercio de todo. Tenían contraprestación económica, techo, tenían incluso una labor noble.
Muchas mentiras, tenían, muchas.
Pasas debajo de dos tuberías color verde y musgo, chorretones negros que desflecan como rímel a medio llorar. Tienen diámetro de una luna en octubre, cuando vienen mareas vivas. Luego asciendes siseante bosques y brañas, pasas un pueblo, otro, un caserío, una aldea, siempre subiendo junto al río Nansa. Después se alza, ante ti, un tobogán gigantesco que cae casi vertical desde el monte, uno que pareciera rámila tomando el sol. Hay seis buitres dando vueltas en círculo, oteando al potrillo débil.
Entras en lo que llaman la hoz, la Hoz de Bejo, espacio agorafóbico donde sufrió, tarde de tormenta y brumas, el mismísimo Unamuno. Son muros verticales, muros con rocas color marrón que empenacha en verde que empenacha en niebla. Muros con aspecto, seguro que saben, de esos corchos que pones en el Belén. A tu izquierda hay parelelepípedos grises de casi dos metros por cincuenta centímetros a modo de quitamiedos, como piezas de tente que algún niño gigante hubiese ido colocando para marcar curvas imposibles. Surgen de cunetas entre helechos grandes como dinosaurios amansaos, brezos en flor que tachonan de fucsia el monte, chorretones de agua que los oteros no pueden contener. Lees, allí, eras geológicas como en una porción de tarta. Trías, se les dice, y aquí ves la facies buntsandstein con sus areniscas y sus lutitas. Todo lo narra, amable, un cartel cuando coronas, cuando estés sobre la cresta, más arriba del hormigón.
Porque tienes, frente a ti, la presa de la Cohilla.
Desmemoriados es un colectivo que surge en Cantabria y cuyos proyectos se centran “en la recuperación de la memoria de los colectivos sociales de Cantabria y sus luchas”. Entre esas memorias, claro, están la posguerra y la represión. Hablo con Tino, uno de los miembros de Desmemoriados, sobre qué son los batallones de trabajo. “Primero partimos de los campos de concentración, que son prisioneros, no presos, porque no están juzgados aún, y ahí empiezan los batallones de trabajadores. A partir del año 42 aparecen los destacamentos penales, que ya son presos juzgados. Uno de ellos estuvo en el embalse de La Cohilla”. Me cuenta Tino, también, sobre remuneraciones, sobre ese mantra de negacionistas y olvidadizos de “si cobraban algo, estarían allí por gusto”. Él aclara: “La remuneración iba de la siguiente manera: teóricamente la empresa paga al Estado lo que costaba el obrero... teóricamente, insisto. De este precio se descontaba el mantenimiento del obrero —comida, manutención, alojamiento— y de todo esto que quedaba solo una pequeña parte iba a las familias con hijos. Así que no se les pagaba, tampoco nadie tenía capacidad para decidir si quería trabajar allí o no. Y lo que llegaba a las familias era una miseria con lo que no se podía vivir”. Pongamos números. Dos pesetas diarias, de las que el Estado se quedaba con una y media, así que el preso reúne cincuenta céntimos. Ideal para las empresas que tienen mano de obra a bajo coste, ideal para propagandistas y chisgarabises.
“No se les pagaba, tampoco nadie tenía capacidad para decidir si quería trabajar allí o no. Y lo que llegaba a las familias era una miseria con lo que no se podía vivir
Todos ganan, menos los que perdieron.
Hubo en Cantabria muchos de esos trabajos forzados. Espacios inclementes, naturaleza salvaje. Recuerdos borrosos, los más. Hubo presos republicanos en Saltos del Nansa, en La Cohilla. Arreglando ese camino de herradura que remonta desde la mar. Levantando la presa imposible. Excavando tierras fértiles para convertirlas en lechos marrones, álveos artificiales que se resisten al trabajo. Llegaron allí, los primeros, en 1943. Los cálculos dicen más de cien personas, habitualmente, en esos años oscuros por aquel lugar oscuro. Por 1949 aún penaban cincuenta.
Entre medias está, por La Cohilla, Bartolomé Pereda Cacho. Casado con María Revilla Ruíz. Padre de José María, Ángel y Gervasio.
Abuelo, también, mío.
Suena el murmullo del agua allí al fondo, y suenan los salcis a medio esnugar por sures y sol. La presa, ciclópea, imponente, se alza. La presa, que te asfixia con mirar, que crestea en gris y va derivando, morosa, a todos los colores del fango, de la humedad, del invierno y la nieve y la cellisca. Esa presa, en este sitio. Imposibles, los dos.
La presa de La Cohilla se construye entre 1943 y 1950. Es, entonces, la única de bóveda en muchos años, por escaseces y miseria. Y se construye a lo grande, en la cabecera de la Hoz de Bejo. Tiene 116 metrucos de altura desde cimientos, tiene una longitud arriba, de lado a lado, de 288. Tiene 26 metros de espesor en la base, un par de ellos por la corona. El aliviadero gasta 180 de longitud y desagua 350 metros cúbicos por segundo. El cemento provenía de Mataporquera, lo llevaban a Cervera con el ferrocarril de La Robla, luego bajaba veinte kilómetros (veinte kilómetros de torturas, pendientes y neveros) desde Piedrasluengas hasta Bejo. Hicieron un blondín (un teleférico de carga) de 250 metros para transportar materiales de un extremo a otro del abismo. El ingeniero que pergeñó todo fue Santiago Corral Pérez.
Era, sí, lugar perfecto para tal obra. Aun con las nieves, las ventiscas, las dificultades. En todo el cauce del Nansa aparecen, por esos años, un total de cuatro centrales hidroeléctricas, entre La Cohilla y Camijanes. Setecientos metros de altitud de primera hasta última en treinta y cinco kilómetros de distancia. Cadena para producir energía, negocio perfecto. Dos saltos. Uno más pequeñuco en Rozadío. El de Cohilla, gigante. La sociedad impulsora fue Saltos del Nansa S. A., creada en Madrid, año 1941. Toda esa energía va para usos industriales.
Fueron, estos pantanos, santo y seña de la propaganda franquista, símbolo que caló hasta tal punto que aún hoy los hay que, nostálgicos, pintan inexactitudes con recuerdos. Exhibición patriótica, emblema fácil de vender. Recogiendo planificaciones previas (de la Restauración, de la Segunda República), el régimen inicia una política de aprovechamiento hidráulico con fines fundamentalmente agrícolas. El relato era diáfano: paz, prosperidad, orden, buenas cosechas, fin de la sed.
Lo que pasó es un poco distinto. Más de quinientos pueblos bajo las aguas, miles de personas arrancadas de sus raíces. Mano de obra, presos que no escogen, que no pueden escoger. Un osario gigante.
Aún hoy impresiona, dije. Ves las golondrinas paseando por sobre sus muros, diminutas, minúsculas. Caminas hasta estar bajo la sombra y pareciera que observas una pirámide. Casi en la base hay una construcción rectangular, una con diez ventanas en cima, cuatro más abajo en parejas de dos, escalera en lateral, dos tapones muy grandes. Por allí desaguan, supongo. Arriba se distingue un anemómetro enorme que se mueve con su estilo de naranjas a medio exprimir. A pie de presa las piedras (rugosas, como escamas de durdo) conservan aún el frescor mañanero y están recubiertas con líquenes oscuros y huellas de corazas verdes. Cómo sería hacer esto a mano, pienso, cómo sería a barreno y aire, a pala y pico, a sudor y rechinar de dientes.
Arriba, justo donde cierran el paso a la cresta, hay unos barrotes color gris, unos barrotes gélidos de historias a medio contar y pintura descascarillando. Forman sonidos que no se cuentan, mil nieves, mil inviernos, tempestades y cellisca, dos soles, cien silencios. Al sur asoma Peña Labra.
Mi abuelo vivía en San Mamés. San Mamés está a siete kilómetros de La Cohilla. Siete kilómetros de escarcha y bruma, de cagiga y bardales. Tienes que bajar, primero, de San Mamés hasta la vega, hasta Pejanda, porque está el pueblo en un alto. Después bordeas los huertos más fértiles, las tierras más esponjosas. Esas que van a quedar, para siempre, espejeando bajo aguas. Por el monte bajaba, el mi güelu, antes del alba, cuando iba a trabajar. Por el monte bajaba, las botas hasta media caña en barro, los pasos que no sabes donde pisan entre neveros de invierno. Por el monte bajaba, a cumplir condena.
Era lugar perfecto para tal obra. Aun con las nieves, las ventiscas, las dificultades. En todo el cauce del Nansa aparecen, por esos años, un total de cuatro centrales hidroeléctricas, entre La Cohilla y Camijanes
Por el monte bajaba, también, mi tío para ir a ver al padre. Llevar algo de comida, saludar entre correrías de chavaluco. Diez añines tenía, mi tío. Siempre contaba, siempre, que un día se le cruzó el lobo, y que le miró con sus pupilas de cuento. Luego tiraron, los dos. El uno al batir de las bestias. El otro al contar de mitos.
Hubo, también, otras prisiones. Por el valle, por los barrios. En las escuelas de Pejanda, dicen, en los barracones de dormir. “En realidad no había mucha vigilancia. De hecho, en la fábrica de SNIACE esa escasa vigilancia permitió que se reorganizara el Socorro Rojo Internacional, imagínate, una organización de apoyo a los presos republicanos. E incluso parte de ellos terminaron en la guerrilla”, dice Tino. Entonces, ¿por qué no se fugaban? “Pues porque las condiciones materiales y las condiciones de trato eran mejores en los destacamentos penales de lo que pudieran ser en prisión”. ¿Y con el resto de los trabajadores, los libres? “No solía haber problemas de convivencia. Lo que sí había es distinciones... En el pantano del Ebro a los presos republicanos les metían las tareas más difíciles y peligrosas, concretamente allí trabajaron en la construcción del túnel de desagüe. E imagino que en La Cohilla pasaría lo mismo”, concluye.
Hubo barracones de presos en el cercano pueblo de La Lastra. Otros vivían en casas particulares de pueblines. Muchos de esos barracones, muchos de esos remembrares, se arrasan después hasta la última piedra. Para que nadie, nadie, pueda recordar demasiado.
Allí, en la presa, el trabajo es duro. Poca maquinaria, ninguna atención. Solo manos como pedernales, riñones que rugen, frentes perlando gotas. Imágenes antiguas, blanco y negro que chilla. Una treintena de hombres tirando de pico y pala, excavando lechos, rematando pedrolos grandes como sandías. Camisas abiertas bajo el pecho, arremangás. Boinas, albarcas, telas deshilachando. A una figura le asoman, por el bolsillo del chaquetón, unos papeles, y es fácil preguntarte qué serán, igual cartas, seguro que cartas, cartas de la familia, qué tal, mi hijo, qué tal, José, qué tal, qué tal. Hay, al fondo, dos paisanucos barrenando a viento (barrenar a viento, explicaba mi abuelo, era meter la barrena de un buen golpe en piedra, girarla un cuarto rompiendo el mineral, luego sacarla, luego repetir. Se hace para cascar terrenos incascables. Se hace, también, entre dos, porque es tan duro que apenas aguantas unos golpes). Hay, por último, un señor en la parte derecha, valga la redundancia. Calvo, cintura gordinflas, botas de cuero, buen abrigo de quien sabe no viene al sudor. Vigila los trabajos y a quienes trabajan. Duele mirar.
Hay, según el trabajo del profesor universitario Ángel Armendáriz, al menos ciento cincuenta lugares con inhumaciones irregulares durante la guerra y la posguerra. Ciento cincuenta lugares solo en Cantabria, decimos, ciento cincuenta silencios de eso que llaman fosas comunes. Tienen, la mayoría, un solo cuerpo, a veces dos o tres, casi ajuste, casi olvido. Pero también está la carretera del Saja, con cuarenta y tres cadáveres. O el cementerio de Torrelavega, con no menos de 129 personas. O los, estremece escribirlo, 1.207 represaliados entre las seis fosas de Ciriego, cementerio santanderino. Dicen que allá, por La Cohilla, también hubo. Cuenta Armendáriz que cuentan los informantes que era práctica común arrojar a la obra los cuerpos sin vida, o agonizando, de los presos que caían en labor. Observo la magnitud de ese monstruo. Me fijo en la sima profunda, hádica, que espera abajo. Los salces foscos, las piedras de fauces filosas. Negro de un bosque que no alcanza el verde.
E imagino.
Luce con poca agua. Allí, tras tantos trabajos, luce con poca agua. Caen las orillas cual morrenas de piedras gordas, despeñando como si fuesen granitos de arroz gigantes, como lapilli de incógnito. Caen sobre el légamo profundo, color ocre, y miras al sur, y parece un fiordo bajando directo desde Peña Sagra o Peña Labra. Ves, esta tarde, recuerdos de construcciones ahí, casi en el lecho, palos erguidos que se resisten a caer, que remembran invernales, cabañas y seles, el camino que fue y ya no puede usar, pues queda para renacuajos y memorias. También árboles color noche, árboles disfrazados de alquitranes, árboles que son solo troncos, que murieron y aún no saben que murieron, que sueñan bosques, que parecen, ahora, cartel que anuncia tierra de nadie. Lo que fue, aquí, nunca más será.
Escribo a la sombra del roble denso, majestuoso, que tiene, al lado, un ciruelo silvestre con frutos pequeños y encarnaos como pendientes de coquetería. Escribo sobre las aguas color verde pardusco, aguas mecidas por el aire, estelas siseando entre viento y rayitos de sol. Móviles y, aún así, durmientes sobre ese Nansa que es río de barro, que es río de lago, que es río rumoroso y mar, río que fluye con el silencio de quien vio, y mejor calla.
Luce bajo, el agua. Consulto datos. Recoge el 16% de su capacidad. La media en diez años de esta misma fecha es del 24%. Por eso las piedras, y la línea oscura que marca reboses tras deshielos. Por eso las ruinas y el barro.
Hay cinco patitos
jugueteando en la orilla.
Ese embalse triste muestra, hoy, las arrugas del tiempo.






