dimarts, 3 de gener de 2017

El viaje de Eugenio Sánchez a la cámara de gas nazi.

http://www.eldiario.es/sociedad/viaje-Eugenio-Sanchez-camara-nazi_0_562044146.html



Se cumplen 75 años del exterminio de centenares de prisioneros españoles de Mauthausen en la cámara de gas del castillo de Hartheim
De los 5.500 españoles asesinados en los campos nazis, al menos 449 fueron gaseados en este lugar
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Prisioneros de Mauthausen transportan piedras para la construcción del campo
Prisioneros de Mauthausen transportan piedras para la construcción del campo © MHC (FONS AMICAL DE MAUTHAUSEN)

La suerte de Eugenio Sánchez Rivera parecía haber cambiado por primera vez en los últimos cinco años. Después de dos guerras perdidas y de pasar siete meses en el infierno de Mauthausen, los nazis le habían enviado junto a otros 29 españoles y a 15 deportados holandeses, polacos y alemanes a un lugar conocido como el "Sanatorio para prisioneros de Dachau".
Todos ellos estaban demasiado débiles o enfermos como para seguir soportando el infernal ritmo de trabajo al que eran sometidos en el campo de concentración. Los SS les habían informado de que, por esa razón, serían trasladados a una clínica para fortalecerse, recuperarse de sus dolencias y poder así volver al tajo lo antes posible. En el listado que los nazis elaboraron con los 45 nombres, se detalla que el cargamento humano estaba formado, exclusivamente, por Häftlinge-Invaliden, prisioneros inválidos.


El corto viaje, de apenas una hora desde Mauthausen, había resultado agradable. Para todos los pasajeros fue una sorpresa comprobar que los alemanes les transportaban en autocar y no hacinados en los habituales camiones militares. En el cómodo asiento, Eugenio no habló con sus compañeros acerca del pasado sino que prefirió especular sobre un futuro que, sin duda alguna, tenía que ser infinitamente mejor. Todo habría sido perfecto si no llega a ser por la densa pintura negra que cubría los cristales del vehículo. A Eugenio le habría gustado contemplar el verde paisaje coronado por las espigadas montañas de este Tirol austriaco que había sido anexionado por el Reich en 1938.

Eugenio Sánchez Rivera con su uniforme del Ejército republicano
Eugenio Sánchez Rivera con su uniforme del Ejército republicano
El autocar se detuvo súbitamente junto a un edificio. El conductor se acercó tanto a la puerta que se abría en el grueso muro que los prisioneros apenas pudieron percatarse de cuál era su verdadero destino: el imponente castillo renacentista de Hartheim. Un pequeño grupo de enfermeras y doctores les recibieron con amabilidad y les acompañaron a una sala en la que cotejaron sus datos, les fotografiaron y les hicieron desnudarse. Mientras esperaba que el resto de sus compañeros terminaran todo este proceso para pasar a la ducha, Eugenio repasó su vida y, especialmente, los últimos cinco años en los que no había conocido otra cosa que guerra, hambre, sufrimiento y cautiverio.

Rebelde con causa

Eugenio nació en Cuenca, una de las aldeas que pertenecen a la población cordobesa de Fuente Obejuna. Fiel al espíritu indómito de aquellos antepasados que se enfrentaron a la tiranía del Comendador, Eugenio se negó a someterse a la sublevación golpista liderada por un grupo de generales fascistas en 1936. Durante tres años peleó por defender la democracia republicana hasta que, en febrero de 1939, tuvo que escapar a Francia del ya imparable avance franquista.
Tras pasar por varios campos de concentración en el país vecino, el joven cordobés se alistó en una de las compañías de trabajadores españoles que servían en el Ejército francés. En ella trabajó para tratar, inútilmente, de frenar la ya inminente invasión alemana. Las tropas de Adolf Hitler le capturaron en el mes de junio de 1940. Eugenio fue recluido, junto a otros 750 españoles, en el stalag VIII-C, el campo de prisioneros de guerra de Sagan, situado en la actual Polonia. Allí no eran maltratados, trabajaban en tareas agrícolas y compartían cautiverio con soldados franceses, británicos y holandeses. Todo cambió en el mes de octubre, cuando la Gestapo se presentó en el recinto e interrogó a todos los españoles.

Listado elaborado por los SS de los 45 prisioneros que fueron trasladados a Hartheim el 14 de agosto de 1941
Listado elaborado por los SS de los 45 prisioneros que fueron trasladados a Hartheim el 14 de agosto de 1941
Eugenio, desnudo en la antesala de las duchas de Hartheim, aún siente escalofríos cuando recuerda el rostro inquisitorial de aquel nazi que hablaba fluidamente el español. Fue ese día cuando comenzó realmente su viaje hacia el averno. La Gestapo se limitaba a cumplir la orden dictada por Himmler y por Heydrich tras reunirse en Berlín con Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco y ministro de la Gobernación de "la nueva España". Los españoles y solo los españoles debían ser deportados a campos de concentración para ser exterminados. Eugenio y sus compañeros fueron apartados del resto de prisioneros; unos días más tarde les subieron a un tren y les enviaron a otro stalag ubicado junto a la localidad alemana de Trier. Allí permanecieron casi dos meses esperando el convoy que les llevó a su destino definitivo: Mauthausen.

Entre las alambradas nazis

Nada más entrar en el campo de concentración fue humillado, golpeado, rapado, desnudado… Los SS le dieron el tristemente célebre traje rayado y le robaron hasta su nombre; Eugenio dejó de existir y se convirtió en el prisionero 3.507. De su estancia en Mauthausen no guarda ni un solo recuerdo agradable. Llegó a finales de enero de 1941 y seis meses después estaba tan débil, tan hambriento, tan enfermo que los SS le trasladaron a Gusen, un subcampo situado a 5 kilómetros en el que las condiciones de vida eran aún más duras e inhumanas.
Solo habían pasado dos semanas desde aquel día pero a Eugenio le pareció toda una vida. En esas pocas jornadas vio morir desfallecidos, apaleados y torturados a varios españoles. Ahora, quiere olvidar todo aquello y pensar en el presente; tiene que recuperarse, ganar peso y estar preparado para soportar la dureza de Mauthausen a donde, sin duda, le volverán a enviar cuando abandone este sanatorio.

Hartheim es hoy un memorial dedicado a la memoria de las más de 18.000  hombres, mujeres y niños asesinados entre sus muros
Hartheim es hoy un memorial dedicado a la memoria de las más de 18.000 hombres, mujeres y niños asesinados entre sus muros
El primer paso de su nueva vida ha llegado: es el momento de entrar en la ducha con todos los compañeros. Allí está Víctor Alcojor, del pueblo toledano de Mohedas de la Jara; Bernardo Ruiz, de Alhama de Granada; Jesús Melero, albaceteño de Villarrobledo; el madrileño Manuel Castañeda; el aviador barcelonés Romá Busquets; el coruñés Clemente García; los hermanos Agapito y Crescencio Cuesta, que habían logrado permanecer juntos desde que abandonaron la localidad abulense de Lanzahíta… En total 30 españoles y otros 15 judíos holandeses, "antisociales" alemanes y presos polacos.
Todos ellos solo fueron conscientes de su verdadero destino cuando en lugar de agua, la supuesta sala de duchas comenzó a llenarse de gas. El monóxido de carbono no les provocó una muerte rápida ni indolora. Los gritos y los lamentos en español se prolongaron durante más de media hora. Después, el silencio volvió a reinar entre los muros de Hartheim. Un grupo de prisioneros se encargó de sacar los cadáveres así como de limpiar los vómitos y excrementos que salpicaban el suelo y las paredes de la cámara de gas.
Un Oberscharführer de Mauthausen firmó el falso certificado de defunción de los 45 prisioneros. En él Eugenio fue registrado como fallecido a las 4:41 horas del 29 de septiembre de 1941. El suboficial de las SS consignó a continuación el nombre completo y la dirección de Agustina, la esposa que durante años siguió esperando, día tras día, que su marido regresara a Fuente Obejuna.
**Todos los datos y hechos que se narran en este relato se basan en documentos oficiales, testimonios de los escasos supervivientes y, especialmente, en las declaraciones de los militares, doctores, enfermeras y demás personal que trabajó en el castillo de Hartheim.


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El viaje de Eugenio Sánchez a la cámara de gas nazi
"Una persona solo es olvidada cuando su nombre es olvidado". Esta cita es la que inspira al artista alemán Gunter Demnig desde 1993. Fue entonces cuando comenzó a idear un proyecto para recordar a las víctimas del nazismo. Bajo el nombre stolpersteine (en alemán, piedra en el camino), empezó a fabricar unos pequeños adoquines cuadrados de cemento, coronados por una placa de latón. En ella inscribía el nombre de la víctima, su año de nacimiento, la fecha de su deportación y de su muerte.
Hoy su iniciativa se ha convertido en el mayor monumento global a las víctimas del nazismo del planeta. En más de 1.800 localidades repartidas por una veintena de países europeos se han instalado más de 60.000 piedras de memoria, que se instalan en el pavimento de la calle, como un adoquín más, frente al lugar en que vivió o murió el homenajeado.
Unos 9.300 españoles y españolas fueron deportados a campos de concentración nazis, pero aquí solo se han colocado cinco, todas en el municipio barcelonés de Navàs. A finales de enero se instalarán tres más también en distintas localidades de la provincia catalana.
Pero el aterrizaje masivo de stolpersteine en España puede venir de la mano de un grupo de historiadores y activistas que se ha conjurado para importar el proyecto a nuestro país a gran escala. El objetivo más inmediato es llenar Madrid. De hecho, a principios del año que viene presentarán el proyecto a los grupos municipales del ayuntamiento.
Lo harán coincidiendo con el 20 aniversario de la instalación de la primera stolperstein en Alemania a manos de su creador Gunter Demnig. La colocó en 1997, sin permiso municipal, en el distrito berlinés de Kreuzberg.

550 madrileños en los campos nazis
" Sería una buena forma de hacer pedagogía y de conseguir que la gente se entere, de una vez por todas, de nuestra verdadera Historia " , afirma Jesús Rodríguez, uno de los activistas que lideran la iniciativa. Junto a él están embarcados en el proyecto, entre otros, el historiador y periodista Ingo Niebel y el historiador alemán especializado en la resistencia contra el nazismo Ulrich Eumann.
Cuentan ya con el apoyo del creador de las stolpersteine, Gunter Demnig, que en conversación con eldiario resume desde Berlín la importancia de que su proyecto se extienda a toda España: " Estos hombres y mujeres a los que los SS llamaban Rotspanier (rojos españoles) fueron víctimas directas de los nazis " y por ello merecen este homenaje. Este comprometido artista alemán es hijo de uno de los aviadores de la Legión Cóndor, enviada por Hitler para apoyar la sublevación franquista.
La primera opción que barajan los promotores de la iniciativa para materializarla es la búsqueda de apoyo institucional en el consistorio madrileño. "Doy por hecho que los cuatro grupos municipales aplaudirían la iniciativa. Se trata de una acción a nivel europea y que ya es una realidad en naciones tan diversas como Bielorrusia, Francia, Noruega, Alemania, Austria, Italia o Grecia. ¿Cómo podría alguien negarse a formar parte de un memorial paneuropeo?", señala Rodríguez.
Aún así el apoyo que más buscarán es el de los familiares de los cerca de 550 madrileños que fueron enviados a campos de concentración nazis por decisión consensuada entre Franco y Adolf Hitler: "Sin duda, eso será lo más bonito, que los descendientes hagan suya esta iniciativa y participen en la colocación de la stolperstein frente a la casa en la que vivió el deportado o la deportada", concluye.
La memoria de las víctimas
"Tienen que reconocerles de una vez, no pueden seguir permaneciendo en el olvido". Quien así habla es Josefa Fontanet, hija de un madrileño asesinado en el campo de concentración nazi de Mauthausen. "No me acuerdo de él porque yo era muy pequeña cuando se fue a la guerra. Sin embargo siempre ha estado muy presente en mi vida. No le he olvidado ni le olvidaré jamás".
José Fontanet vivió con su esposa e hija en el madrileño Paseo de Extremadura y en un humilde piso del barrio del Carabanchel. Su historia es similar a la del resto de deportados españoles: defendió la democracia durante la Guerra Civil, huyó a Francia tras el triunfo franquista, se alistó en las filas del ejército francés, fue capturado por los nazis y enviado a morir en el infierno de Mauthausen.
Josefa creció pensando que su padre estaba vivo, había rehecho su vida en Francia y la había abandonado. El Estado español no se preocupó ni siquiera de informarle sobre el verdadero destino que había sufrido José. No fue hasta marzo de 2014, a través de un periodista, cuando supo la verdad.
"Al principio, cuando recibí la noticia, me sentí muy mal. Se me puso la piel de gallina. Sin embargo, muy pronto me invadió una sensación de paz. Después de 70 años supe que mi padre no nos había abandonado. No volvió no porque no nos quisiera, no regresó porque no le dejaron, nos lo mataron. Para mí sería una gran alegría que se le recordara con una de estas piedras".
Jesús Rodríguez, que también encabeza la lucha para crear un museo de la Memoria en el recinto donde se erigió la cárcel de Carabanchel, se topó con la primera stolperstein en Freiburg: "Al principio pensé que la iniciativa estaba encaminada solo a recordar a víctimas judías. Luego descubrí que no era así, que había placas dedicadas a represaliados de todo tipo, desde víctimas de experimentos clínicos y eutanasia a homosexuales y pacifistas. Fue entonces cuando pensé: ¿Por qué no en España? ¿Por qué no en Madrid?".