dimecres, 3 de desembre de 2014

“Venía el camión de la basura, abría el seguro y los echaba”


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VANESSA PERONDI / 2 Dic 2014
La fosa común del cementerio de Puerto Real. //AYUNTAMIENTO DE PUERTO REALLa fosa común del cementerio de Puerto Real. //AYUNTAMIENTO DE PUERTO REAL
Aún se pueden ver las suelas de goma de las ruedas con las que se hacían las alpargatas, algún que otro zapato y lo que parece una bota.Treinta y tres cadáveres se amontonan uno encima de otro en un espacio de ocho metros de largo y dos y medio de ancho. Han encontrado hasta ocho más, que ya han exhumado, y todavía tienen que seguir excavando más abajo. Donde la tierra casi se funde con el hueso.
Es la fosa común del cementerio de San Roque, en Puerto Real (Cádiz), donde la primera fase de la excavación ha devuelto la dignidad a 41 personas que murieron asesinadas por los fascistas entre los meses de agosto y septiembre de 1936.
La Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica Social y Política de Puerto Real lleva desde 2008 luchando para poder abrir la fosa del cementerio local y poder rescatar a todos los fusilados. Francisco Aragón, su presidente, calcula que puede haber entre 175 y 200 cuerpos en los 21 metros que puede medir la zanja, que está siendo excavada gracias a una subvención de la Dirección General de la Memoria Democrática.
FUERON MALTRATADOS
Y la violencia es manifiesta. Lo cuenta el coordinador del equipo de arqueólogos, Jesús Román, cuando explica que “el 80 por ciento de los cuerpos presenta indicios de violencia”. “Todos murieron con un tiro de gracia”, insiste Aragón. Como el número 16, que presenta un tiro en el lateral del cráneo o el 11, en el que han encontrado incluso restos de plomo. Lo que se ve es el orificio de salida; “la entrada está en la frente”, aclara Aragón. Además, de que los cuerpos presentaban extremidades rotas y algunos fueron maniatados. “Fueron maltratados”.
La forma de apilarlos es otra de esas evidencias. “Están colocados sin ningún respeto”, señala Román, mientras que Aragón detalla cómo era el procedimiento: “Venía el camión de la basura, abría el seguro y los echaba”. Cuando la montaña de cadáveres era ya demasiado alta, “los cogían de brazos y piernas y los tiraban entre los huecos para buscar el espacio”. Y así quedaron, con los brazos levantados como si anhelaran salir de ahí.
La fosa mide 21 metros.
La fosa mide 21 metros.
Ahora comienzan la extracción y continuarán fase por fase, pero antes de retomar de nuevo el proceso, han querido organizar una jornada de puertas abiertas. Para que todo el mundo viera el horror. “Estos son crímenes de lesa humanidad. Esto es un genocidio, un holocausto”, insiste Román, al tiempo que se pregunta “por qué todos los países sacan a sus ciudadanos, tengan la bandera que tengan, y España no”. Especialmente, “cuando aquí no hubo un frente estabilizado que luchara contra un ejército; fueron a por la población civil”.
Pero todavía queda mucho por hacer: sólo han excavado una tercera parte de la fosa. “La población de Puerto Real fue diezmada pero aquí también yacen ciudadanos de San Fernando, Chiclana o El Puerto de Santa María”. Incluso, continúa Aragón, de Rota, “que estuvieron presos en el Penal de El Puerto y, una vez muertos, los trajeron aquí que estaba más cerca”.
La segunda fase del proyecto es la que se antoja más complicada porque se trata de identificar los cuerpos con las pruebas de ADN de los familiares. Y ni quedan tantos, ni tienen el registro de todos los fallecidos al ser naturales de otros municipios.
UN ALCALDE Y SUS TRES HIJOS, ASESINADOS
Como es el caso de la familia de Cayetano Roldán: el último alcalde republicano de San Fernando que fue asesinado. A él lo mataron en el cementerio local pero sus tres hijos –también fusilados- pueden estar en la fosa común del camposanto porterrealeño. Y, de hecho, uno de los familiares ya se ha puesto en contacto con ellos para verificar si están allí.
El que sí va todos los días en busca de un indicio de encontrar a sus familiares es Francisco Lebrón. Natural del municipio, sabe que allí están enterrados su bisabuela, su abuelo y su tío abuelo. Su familia no sólo tuvo que hacer frente a tanta muerte sino que tuvo que apañárselas para sobrevivir los casi dos años que duró la ocupación de su casa. “Mi abuela tenía una tienda de antigüedades. Tenía algo de dinero y los falangistas echaron al resto de la familia y confiscaron la casa”. Volvieron pero Paco no ha dejado de luchar para cumplir el anhelo de su abuela: “Ya que nos los habéis matado, dádnoslos para poder darles sepultura y llevarles unas flores”, rememora.