diumenge, 21 d’agost de 2016

Lorca: el poeta de la muerte que no tuvo su muerte.


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De las circunstancias de su asesinato solo se conocen detalles periféricos, anécdotas, duras chismografías


Estatua en memoria de García Lorca en la plaza Santa Ana, de Madrid.  AFP
Cuando, al término de la Guerra Civil, José María de Cossío intercedió personalmente ante Franco para que le conmutara la pena de muerte a Miguel Hernández, este fue el único argumento con el que, seguramente a su pesar, logró persuadir al dictador: "Si lo fusilan, crearán otro mito como el de Lorca...". El poeta de Orihuela le acompañaría pronto como referente de la causa republicana, tras su muerte prematura por enfermedad en la cárcel. Pero no hay, en efecto, un autor tan catapultado —y, al mismo tiempo, sepultado— por su propia leyenda, como Federico García Lorca: el poeta fusilado a los 38 años de edad en su Granada natal, sin que, hoy por hoy, nada se sepa, a ciencia cierta, de las circunstancias que rodearon aquella muerte absurda y, al parecer, evitable. Ni qué mano oculta arrojó la primera piedra para su apresamiento, ni cuál fue su sentencia, ni su testimonio, ni el lugar y la hora exactos en que fue ejecutado, junto a unos olivos de la colonia de Víznar, a las afueras de la capital, aquel ferragosto de 1936, ni, sobre todo, el paradero de sus restos mortales. Una nada que ha generado —y lo seguirá haciendo— ríos de tinta con especulaciones y conjeturas, y que, en su evocación, determina, muchas veces, el solapamiento de su obra bajo su figura.
Como en una macabra premonición con efecto retroactivo, o un sórdido mensaje destinado a cebarse finalmente sobre el propio mensajero, asiste a su muerte la misma oscuridad telúrica y esa tensión de inminencias acechantes e inconclusas que transpiran sus dramas y poemas. Federico convertido, por un birlibirloque de la necrofagia, en el más visible personaje de Lorca; y el hirsuto olivar de Granada donde —el autor de Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías— fue ejecutado junto a dos banderilleros, —¿para qué queremos más?— en un coto cerrado y tópico a su escenografía desbordante. Erigido en justo baluarte de "la memoria histórica", le asiste la paradoja de ser "el poeta de la muerte", como lo ha analizado Pedro Salinas, y, en cambio, "el poeta que no tuvo su muerte", como lo retrató Alberti.
Y es curioso que el funesto recordatorio se cumpla a 15 años —una horma de recambio generacional, según Ortega y Gasset— del derrumbe de las Torres Gemelas y en un contexto de crisis global, pues ningún otro documento testifica tan mórbidamente y de viva voz el epicentro del colapso del futuro como suPoeta en Nueva York: "¡Oh salvaje e impúdica Norteamérica!", dirá, en el momento exacto del crack del 29 y en el lugar exacto de Wall Street, donde data, con ruinosa profecía, "el hueco de la danza / sobre las últimas cenizas...".
"El poeta de la muerte", como lo llamó Pedro Salinas, fue, en cambio, "el poeta que no tuvo su muerte", como lo retrató Alberti
De las circunstancias de su asesinato solo se conocen, como tacones lejanos o disparos en lontananza ("una vitrina de espuelas", dijo de la tersa muerte) detalles periféricos, anécdotas,  duras chismografías. De atrás para adelante, se cuenta que el hombre que había escrito en aquel poemario El Rey de Harlem, con una cuchara, golpeaba el trasero de los monos recibió el tiro de gracia en el ano; tan acorde, por lo demás, con la saña postrera de su delator, el linotipista y exdiputado de Acción Católica Ramón Ruiz Alonso: "¿Qué más da? ¡Era rojo y marica!".
También, que, atípicamente, fue conducido dos días antes a las dependencias del Gobierno Civil (y no al campamento improvisado junto al campo de ejecución, como el resto); y que si allí, en la víspera, ni Manuel de Falla ni Luis Rosales ni, sobre todo, el hermano de este, el influyente líder de Falange de la JONS —en cuya casa se había refugiado— consiguieron disuadir al gobernador, J. Valdés Guzmán. Fue, tal vez, porque había que tomar —o ya estaba medio cumplida— la orden del alto mando de Sevilla, Queipo de Llano: "Que le den café, mucho café", y no era cosa de devolverles una piltrafa, un moribundo ampliamente torturado... De modo que "¡rojo y marica!", solo eso por sentencia de muerte, entre rencillas y envidias familiares, cebadas por donde más resonara: el heterodoxo escritor de fama, crítico con cualquier forma de poder y propiciatorio autor de "dramas rurales"... ¿Rojo Federico? Alberti siempre alucinaba, contrito, en este punto. La única adscripción política que se le conocía era la defensa a ultranza de un erotismo libertario. Amigo íntimo de gentes de ideología muy diversa —lo era, por ejemplo, de José Antonio Primo de Rivera—, cuando en una de sus últimas entrevistas le preguntaron por su identidad política, Lorca respondió con su habitual desparpajo: "Soy católico, comunista, anarquista, libertario, tradicionalista y monárquico".
"¿Qué más da? ¡Era rojo y marica!", señaló su delator, el exdiputado de Acción Católica Ramón Ruiz Alonso
En realidad, el móvil y la autoría más cabales de su asesinato nos la ofrece Cernuda en la elegía que le dedica, "A un poeta muerto": "Toda hiel sempiterna del español terrible / Que acecha lo cimero / Con su piedra en la mano". La misma tensión de inminencia reversible que contiene cada símbolo lorquiano, siempre en el doble filo de la navaja. "El tifón Federico", como lo llamó entrañablemente Aleixandre, por su vehemencia con la pluma y en la vida, forjó lo universal, abriéndole a lo local las compuertas. Lo único que le incumbe, dondequiera que fuese, es el Eros oprimido frente al imperio omnímodo de la muerte que, para él, es un temible ser vivo a combatir, personal, multíparo, mostrenco ("La muerte puso huevos en la herida"; "La muerte / entra y sale, / y sale y entra la muerte"...). Algo o alguien que anida, por eso mismo, en cualquier larva del poder opresor. Llámese Bernarda Alba aniquilando la libertad de sus cinco hijas, o la Guardia Civil frente al recurrente símbolo del jinete o el gitano, en El Romancero, o "arquitectura inhumana" o "cadenas" frente a judíos y negros de Harlem... Muy por encima de la anécdota, todo es, según su propio cuño, "geometría y angustia".

POETA EN LA HABANA

"¿Por qué no hay muchachos?", recuerda en sus memorias Luis Cardoza y Aragón que le preguntaba Lorca, arrebujado en su sillón, embelesados ambos con el suntuoso espectáculo de aquel burdel habanero, en marzo de 1930. El poeta acababa de llegar de su estancia en Nueva York y, durante unas semanas, permaneció invitado en la isla, dando conferencias y lecturas poéticas. Cardoza, que le hizo de cicerone, lo llevaba al Teatro Alhambra, donde se representaban astracanadas y comedias bufas para las clases populares, con arquetipos como el Gallego, el Negrito, la Mulata, el Guajiro, el Policía, el Maricón, en las que aparecía, de pronto, "Carlos V bailando conga" y se hacía mofa del entonces no tan lejano dominio español... Se bebían juntos algunas botellas de ron de las partidas que le eran confiadas a Cardoza para que, en plena ley seca, se las hiciera llegar de contrabando a diplomáticos latinoamericanos en Estados Unidos y lo acompañaba a antros frecuentados por marineros... "Me hablaba de que se había bañado en el mar con un grupo de muchachos negros desnudos", relata Cardoza. "Su homosexualidad era patente, sin que los ademanes fuesen afeminados; no se le caía la mano. De acuerdo con la división que señala Andrè Gide en su Diario, no sé si fue pederasta, sodomita o invertido. Diría que su consumo abarcó las tres categorías". De aquel caldo cultivo habanero surgiría la pieza teatral El público, cuajada de referencias homoeróticas. Cardoza le pedía a Lorca que lo acompañara a un célebre burdel, con "los muros cubiertos de espejos; un acuario encendido de muchachas de antracita apenas cubiertas o desnudas". Lo evoca el poeta guatemalteco como una suerte de Capilla Sixtina, cuajada de "cuerpos astringentes y elásticos, firmes de lozanía y destreza". Las más cotizadas eran las muchachas de mezcolanza mulata y china; "de firme pulpa nocturna, ácida y dulce, como el tamarindo o un remordimiento". Dice que Federico permanecía arrebujado en su sillón, petrificado por el asombro, y que cuando vio pasar a un muchachote con el torso desnudo, un cliente, de la mano de una prostituta, exclamó: "Es como el San Mauricio de El Escorial", y volvía a preguntarle a Cardoza: "¿Dónde me has traído?, ¿Por qué no hay muchachos?...".

LA MUERTE EN WALL STREET

De su viaje a Nueva York, en el epicentro del crack del 29, Lorca subraya: "Lo salvaje y frenético no es Harlem. Hay vaho humano, gritos infantiles, y hay hogares y hay hierbas y dolor que tiene consuelo y herida que tiene dulce vendaje. Lo impresionante, por frío, por cruel, es Wall Street. Llega el oro en ríos de todas partes de la Tierra y la muerte llega con él. En ningún sitio se siente como allí la ausencia del espíritu; manadas de hombres que no pueden pasar del tres y manadas de hombres que no pueden pasar del seis, desprecio de la ciencia pura y valor demoníaco del presente. Y lo terrible es que toda la multitud que lo llena cree que el mundo será siempre igual y que su deber consiste en mover aquella gran máquina noche y día siempre". Y agrega: "Yo tuve la suerte de ver por mis ojos el último crack en que se perdieron varios millones de dólares, un verdadero tumulto de dinero muerto que se precipitaba al mar, y jamás, entre varios suicidas, gentes histéricas y grupos de desmayados, he sentido la impresión de muerte real, la muerte sin esperanza, la muerte que es podredumbre y nada más, como en aquel instante, porque era un espectáculo terrible pero sin grandeza. Y yo que soy de un país donde, como dice el gran poeta Unamuno sube por la noche la tierra al cielo, sentía como una ansia divina de bombardear todo aquel desfile de sombra por donde las ambulancias se llevaban a los suicidas con las manos llenas de anillos".