divendres, 30 de desembre de 2016

En la campiña verde, de la finca de “La Boticaria”, debajo de sus olivos, quedó grabada una mancha con sangre republicana.

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La memoria es “topófila”: se vincula a territorios, itinerarios, espacios públicos, fronteras, etc.[1] La noción de “lugar de memoria” fue popularizada por Pierre Nora. Este autor ha tratado de dotarla de un sentido referido al locus memoriae de la retórica romana, artificio con el que el orador se fija una idea o un lugar, un punto de apoyo, para hilvanar su discurso. Los lugares de memoria nacen y viven del sentimiento de que no hay una memoria espontánea, y que es necesario mantener aniversarios, celebraciones, archivos para que la memoria no se pierda.
Con la crisis de la memoria tradicional y espontánea surge un nuevo tipo de memoria “moderna”, que ya no es espontánea, sino indirecta: es múltiple, descentralizada y democrática, y ya no está controlada por la familia, la Iglesia o el Estado; se basa más en la rememoración que en la repetición; tiene componentes más psicológicos, individuales y subjetivos que colectivos y se experimenta más como un deber que como una rutina.[2]
Hablar de lugares de memoria en la España contemporánea en relación a la guerra civil, implica dirigir la atención a una clase especialmente controvertida de lieux, aquellos referidos al pasado traumático y a la sucesión histórica de políticas públicas de memoria y movimientos memorialistas de diversa índole relacionados con él.[3]
Fosas abiertas en el olivar del cortijo "Casa de la Boticaria".
Fosas abiertas en el olivar del cortijo “Casa de la Boticaria”.
Nosotros vamos a fijar el foco de atención en un punto de apoyo, un lugar, alrededor de un hecho trágico, un asesinato en masa, que podríamos tipificar como genocidio, acaecido en el olivar de un cortijo denominado “Casa de la Boticaria”.
Al acabar la guerra, una unidad militar republicana que estaba luchando en el frente extremeño, la 109ª Brigada Mixta, se encontraba en las cercanías de la localidad de Talarrubias (Badajoz). El día 27 de marzo de 1939, sus hombres, se entregaron en masa a las fuerzas militares de Franco, en el vado del río Guadiana denominado Barca. De allí los trasladaron al pueblo de Casas de Don Pedro (Badajoz), donde fueron encerrados y pasaron la primera noche en un salón de actos destartalado.
Al día siguiente, los 2.000 o 3.000 prisioneros, fueron conducidos caminando, durante tres kilómetros, a un cortijo llamado Casa de Zaldívar, acondicionado como Campo de Concentración.
 Los detenidos en la finca "La Boticaria", fueron ejecutados en el olivar el 15 de mayo de 1939.
Los detenidos en la finca “La Boticaria”, fueron ejecutados en el olivar el 15 de mayo de 1939.
Oficialmente el Campo de Concentración de Zaldívar (y con él el de La Boticaria que formaban un complejo concentracionario), se clausuró como tal el 26 de abril de 1939,[4] y la mayoría de los 2.284 prisioneros que continuaban todavía allí, fueron trasladados al Campo de Concentración de Castuera (Badajoz), y, otro grupo más reducido, al cercano cortijo Casa de La Boticaria (como lugar de detención), donde se unieron con el resto de los que ya se encontraban en él, en total unos 200 cautivos, mientras “se llevan a cabo el cumplimiento de misiones que no admiten demora”.[5] Permanecieron bajo la custodia de las fuerzas militares de una bandera falangista, que seleccionó a una parte de ellos, mientras al resto los enviaron a Castuera. Los que continuaron en aquel lugar, fueron ejecutados en el olivar el 15 de mayo de 1939, y allí quedaron en medio del sembrado, hasta que la memoria popular, inagotable, los exhumó para “darles un entierro como a seres humanos”[6], con gran acompañamiento de familiares, durante los días 13 y 14 de mayo de 1978, reuniéndolos en varios féretros y trasladándolos al cementerio, tras el debido luto que exige la dignidad humana, el 15 de mayo.[7]
Seguiremos el término, “lugares de la memoria”, acuñado por Nora, para explicar cómo se transforma la relación entre los grupos sociales, la memoria y la historia bajo el impacto de la globalización y el desanclaje de los procesos locales con su pasado[8].
Las fosas comunes de los derrotados, como en este caso, las generadas ya en la retaguardia sublevada durante la inmediata posguerra en cualquier punto del país, han pasado de estar consideradas como desechos políticos, emocionales y simbólicos, factores perturbadores del mecanismo expeditivo franquista, a convertirse en lugares de memoria, con una fuerte e inquietante carga de movilización del debate público.
Puerta de entrada del cortijo "Casa de Zaldívar".
Puerta de entrada del cortijo “Casa de Zaldívar”.
Cuando ocurrieron los trágicos hechos descritos más arriba, en realidad había dos campos de concentración cercanos a la localidad de Casas de Don Pedro; uno era el que daba nombre al complejo concentracionario, “el cortijo o casa Zaldívar […] pertenece al término municipal de Puebla de Alcocer [Badajoz], […] polígono 7, parcela 336”[9], y el otro contiguo al primero, “[la casa o cortijo] La Boticaria, polígono 7, parcela 432”[10]. Ambos cortijos, sitos a escasos tres kilómetros de la localidad de Casas de Don Pedro, estaban orientados a la explotación y transformación de los recursos agropecuarios, función con la que continúan en la actualidad. Cuando las autoridades militares decidieron que, para dar un escarmiento ejemplarizante, había que ejecutar una cantidad indeterminada de prisioneros, necesitaron un lugar apropiado para llevar a cabo la salvaje acción. El dueño de la finca Casa de Zaldívar, aunque inicialmente concedió que fuera empleado el cortijo como lugar de reclusión, más tarde se negó a que en sus campos fueran asesinadas y enterradas un considerable número de personas. Pero Doña ‘Natis’, la registradora, propietaria de la ‘Casa de la Boticaria’ no era del mismo parecer. “Le dijo a la Guardia Civil: «Traigan aquí a todos los rojos de España para matarlos»”[11].
Tras conseguir acometer con éxito todos los pasos previos del día de la exhumación de 1978, solo quedaba obtener el permiso de la dueña de la finca La Boticaria, una descendiente de la terrateniente contemporánea de los hechos, la cual no puso objeción, imponiendo como única condición que, tras finalizar los trabajos, los terrenos quedasen repuestos[12].
La primera jornada bastó para realizar la exhumación, y emplearon los otros dos días hasta la fecha del traslado al cementerio, para velar en la misma finca, durante el día y la noche, los restos encontrados. Una trovadora analfabeta, Inés Mansilla Espinosa[13], hija de uno de los represaliados, Angelillo Mansilla, compuso una serie de romances y coplas, que repentizó durante los desenterramientos en el mismo olivar[14].
img_0070El cortijo Casa de La Boticaria y su olivar, era una finca privada que continúa siéndolo. Durante el desenterramiento llevado a cabo el año 1978, fue suficiente la localización y exhumación de los restos donde se sabía que se había perpetrado una acción ejemplarizante, una atrocidad humana, un hecho genocida en la actualidad. Estos sucesos ya se habían contemplado que ocurrirían desde la publicación, en 1936, de la “Instrucción reservada número 1” del general Mola, que recogía en una de sus bases que “se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta, para reducir lo antes posible al enemigo”.[15] Este término “acción”, evoca los acontecimientos que acaecieron más tarde por toda Europa, durante la ocupación nazi de los territorios invadidos, cuando bajo un plan sistematizado, entraban en los pueblos y ciudades para llevar a cabo una “Aktion”, contra parte de sus habitantes.
Panteón del cementerio municipal de Casas de Don Pedro donde reposan los restos. Mayo de 1978.
Panteón del cementerio municipal de Casas de Don Pedro donde reposan los restos. Mayo de 1978.
Tampoco, en plena Transición como nos encontrábamos, se contemplaban políticas de memoria que pudieran recoger los valores que los Derechos Humanos universales, preconizaban ya por aquel entonces de verdad, justicia y reparación. Además, aquel lugar de memoria y recuerdo, de culto, se trasladó desde su origen, las fosas del olivar, hasta el panteón del cementerio municipal de Casas de Don Pedro, donde se habían depositado los restos encontrados. Había sido colocada una lápida colectiva, sencilla, con un frente en mármol blanco y flanqueada por unas columnas con capitales y un escalón, con unos cincuenta nombres, adornada con claveles rojos. El párroco de Casas de Don Pedro, en representación de los familiares, solicitó al Arzobispado de Toledo la concesión de la sepultura perpetua en el cementerio parroquial, “a favor de los muertos en acción de guerra en dicha localidad”[16]. Le fue concedida la propiedad del panteón nº 220, compuesto de cuatro nichos, el 7 de noviembre de 1978 “en favor de las personas cuyos restos mortales están sepultados en el mencionado panteón”[17]. Allí, desde entonces, cada 1 de noviembre, día de “Todos los Santos” y cada 15 de mayo, fecha de la terrible tragedia, podían visitar a sus familiares desaparecidos, y hacer uso de la memoria, recordarles. Eso quien conocía lo que había sucedido, principalmente se trataba de personas de los pueblos de los alrededores, o que habían visto publicado el reportaje en la revista “Interviú” y lo relacionaron con la última referencia del lugar donde sabían que había estado su ancestro, que fueron muy pocas. Para muchas otras, el hecho permaneció y permanece ignorado. Ha sido investigando, entrando en los foros que las nuevas tecnologías han posibilitado, cómo se han ido conociendo nuevos familiares de aquellas personas asesinadas.
Anverso de una de las dos últimas cartas que envió desde el Campo de Concentración de Zaldívar. 1 de abril de 1939.
Anverso de una de las dos últimas cartas que envió desde el Campo de Concentración de Zaldívar. 1 de abril de 1939.
Mi propio ejemplo, como nieto de uno de aquellos militares republicanos desaparecidos, tal vez, sirva de ejemplo paradigmático. Tratando de apoyar y ayudar en el esclarecimiento de lo sucedido a su padre desaparecido, para que su madre, como viuda de un comisario del Ejército Popular de la República, tuviese derecho a su pensión, nuestro padre y dos hijos varones, nos dirigimos durante la primavera de 1979, desde la localidad guipuzcoana de Renteria, hasta el municipio vizcaíno de Zaldíbar. Todo porque los últimos indicios que tenía la familia de su paradero, eran las dos últimas cartas que había enviado desde el campo de concentración donde estaba recluido, que indicaba: “109ª Brigada, 434º Batallón Ametralladoras. Campo de concentración Zaldívar, Estafeta 43”.[18] Allí nos entrevistamos con el alcalde, Juan Mª Garitonandia, nacionalista vasco, que nos explicó que allí no había existido nunca ningún campo de concentración franquista, lo más que había llegado a haber fue un destacamento de prisioneros penados, dedicados a obras de reconstrucción.
Reverso de la carta que envió desde el Campo de Concentración de Zaldívar, Andrés Barrero. 1 de abril de 1939.
Reverso de la carta que envió desde el Campo de Concentración de Zaldívar, Andrés Barrero. 1 de abril de 1939.
En los años 1940, Petra Calvo, la viuda del desaparecido Andrés Barrero, al ver que no regresaba, tuvo que inscribir la defunción de su marido, instada, seguramente, por el Decreto número 67 de 10 de noviembre de 1936, que argumentaba la inscripción de ausencias, desapariciones o fallecimientos, donde los desaparecidos pasarían a la categoría de “presunción de muerte”[19] a los cinco años de su inscripción. Lo hizo con fecha de 28 de noviembre de 1945, es decir, bajo el tipo de inscripción “diferida”. Pero además no dijo o no pudo decir la verdad, porque, aunque sabía que hasta el día 26 de abril de 1939, su marido, había permanecido con vida, declaró que “falleció en el mes de enero de mil novecientos treinta y nueve, según resulta del testimonio del auto dictado con fecha veintiséis del actual [noviembre 1945], por el Juzgado de Primera Instancia número nueve de esta capital [Madrid]”[20].
Pasaron los años, y, como el trámite administrativo de 1945, garantizó que ella era una viuda y sus hijos huérfanos, pudieron subsistir en el Madrid de la posguerra. Pero, como ya se ha comentado más arriba, se posibilitó, que las viudas de los miembros del Ejército republicano pudiesen beneficiarse de la “ley de pensiones” de septiembre de 1979.[21]
Supuestamente, sus beneficiarios[22] más numerosos fueron los familiares de las personas asesinadas por los sublevados, a los que se aludía como desaparecidos en el frente o en otro lugar, cuando pueda esclarecerse una presunción de fallecimiento, que se encontraron con el problema, que como sus difuntos no habían sido registrados en ningún juzgado, no poseían la documentación probatoria, por lo que la administración obligó a las familias a realizar las inscripciones fuera de plazo, para lo cual tenían que demostrar su muerte en circunstancias violentas o desaparición.
Lo que se hizo, fue obligar a la gente que carecía de inscripción, a que consiguiese testigos del fallecimiento y lo declarasen ante un juzgado o notario, como hizo mi abuela el año 1980, que tuvo que cambiar la declaración realizada en 1945, por otra en la que hacía constar: ”Que su esposo Andrés Barrero fue Comisario Político (Partido Comunista), que al terminar la Guerra, fue ingresado en el Campo de Concentración de Zaldívar, con el que mantuvo correspondencia hasta abril de 1939 […]”.[23] Además, la Ley dejaba al capricho del funcionario la aprobación o denegación de la pensión. Como, además, tanto en los ayuntamientos, que fueron los que gestionaron estas solicitudes, como en los juzgados, quedaban, en aquellos años, suficientes funcionarios afines al régimen franquista, no se facilitó para nada el procedimiento.
Artículo de José Catalán Deus. "El pueblo desentierra a sus muertos. Casas de Don Pedro, 39 años después de la matanza", en la revista “Interviú” nº.109 (15/21-VI-1978).
Artículo de José Catalán Deus. “El pueblo desentierra a sus muertos. Casas de Don Pedro, 39 años después de la matanza”, en la revista “Interviú” nº.109 (15/21-VI-1978).
Ocupada como estuvo mi familia, entre los años 1978 y 1980, para que, la “viuda de guerra del comisario republicano”, tuviese acceso a su pensión, pasó desapercibida para toda ella, la información que apareció en una publicación periódica durante junio de 1978.[24] A pesar de que una de las hijas del represaliado, disponía de una librería donde se vendía la revista mensual Interviú, no pudo relacionar el contenido de un reportaje de una exhumación, aparecida en ella, titulado “El pueblo desentierra a sus muertos. Casas de Don Pedro, 39 años después de la matanza”, con la desaparición de su ancestro. Entre otras cosas porque en él, no aparecía ninguna referencia al Campo de concentración “Zaldívar”, sino a la finca de “Los Boticarios”, ni que, en el pueblo de Casas de Don Pedro, se encontrase el cortijo “Zaldívar”.
Pero la familia, a través de la constancia investigadora de sus nietos, durante el otoño del año 2001, tuvo ocasión de entrevistarse por primera vez, en el pueblo extremeño donde habían tenido lugar los trágicos sucesos de 1939, con una de las protagonistas que participaron durante la exhumación de 1978[25].
Esta le puso al corriente de todas las vicisitudes atravesadas hasta conseguir el objetivo de dignificar a parte de todas aquellas víctimas asesinadas.
Veinticinco años después, una vez descubierta la trama del suceso, el 15 de mayo de 2003, se desplazaron diez miembros de la familia de Andrés Barrero, hasta el olivar, para dignificar el lugar de memoria, donde otro 15 de mayo de 1939, quedaron los cuerpos inertes de decenas de personas.
Veinticinco años después, una vez descubierta la trama del suceso, el 15 de mayo de 2003, se desplazaron diez miembros de la familia de Andrés Barrero, hasta el olivar, para dignificar el lugar de memoria, donde otro 15 de mayo de 1939, quedaron los cuerpos inertes de decenas de personas.
La familia del soldado Andrés Barrero, no pudo dignificar su memoria aquel año de 1978, porque la desaparición de su cuerpo impidió localizar su rastro. Fue veinticinco años más tarde, una vez descubierta la trama del suceso, cuando el 15 de mayo de 2003, se desplazaron diez miembros de la misma hasta la localidad, para visitar el panteón del cementerio, donde reposan sus restos y, en cuyo lugar, inscrito en la lápida, se hallaba su nombre que se había mandado grabar. Con ellos, se encontraba Felisa Casatejada, una de las activistas que propició la exhumación, ya anciana, igual que los hijos de Andrés, quien les explicó los hechos y les acompañó para mostrarles los “lugares de la memoria”.

          CAMPO  DE  DESOLACIÓN[26]
(Octava  acróstica)
             Z arandeados por la guerra,
         A llá por la Extremadura,
                   L os soldados  -cuerpo a tierra-
    D errota digieren dura.
                 I  ndigna y cruel, la posguerra
V aciará su galanura.
   A llí  -olivos y matojos-
       R eposaron sus despojos.

[1] Candau, Joel. Antropología de la memoria, Buenos Aires, Nueva Visión, 2002.
[2] Ferrándiz, Francisco (2011), “Lugares de memoria”, en Rafael Escudero (coord.), Diccionario de la memoria histórica, Madrid, Catarata, pág. 27.
[3] Ibid. P. 28.
[4] Archivo General Militar de Ávila, DN, “Información. Prisioneros.- Estados del movimiento de prisioneros en los Campos de Concentración dependientes de esta Agrupación, en los días 13 al 30.- Abril 1939”.A.23/L.1/C.36, D.1.
5 Barrero Arzac, Fernando (2009), Historia y tragedia de la 109ª BM en el Campo de Zaldívar (Badajoz)http://www.todoslosnombres.org/content/materiales/historia-tragedia-la-109a-bm-en-el-campo-zaldivar-badajoz
[6] Catalán Deus, José. El pueblo desentierra a sus muertos. Casas de Don Pedro, 39 años después de la matanza, en “Interviú” n.109 (15/21-VI-1978), pp. 86-88.
[7] Barrero Arzac, Fernando (2009), Historia y tragedia de la 109ª BM en el Campo de Zaldívar (Badajoz)http://www.todoslosnombres.org/content/materiales/historia-tragedia-la-109a-bm-en-el-campo-zaldivar-badajoz
[8] Ferrándiz, Francisco (2011), “Lugares de memoria”, en Rafael Escudero (coord.), Diccionario de la memoria histórica, Madrid, Catarata, pág. 29.
[9] Comunicación mediante correo electrónico. Archivo Histórico Municipal de Puebla de Alcocer. 4 de marzo de 2016. Sigpac.gobex.es
[10] Ibid.
[11] López, Olga. Felisa Casatejada: dos de sus hermanos fueron fusilados en Casas de Don Pedro, en “Hoy digital” (15-VII-2005).
[12] Fernández Sánchez, A.M.; López Ruiz, J.L.; Orellana Arroba, M. y Fernández Sánchez, R.C. (2012). Pioneros de la memoria: Excavación de la fosa de represaliados republicanos en la finca “Las Boticarias” en Casas de Don Pedro (Badajoz) en la primavera de 1978. Seminario Internacional “Memoria y derecho. Reparación de víctimas e investigación histórica”. Proyecto de la Recuperación de la Memoria Histórica en Extremadura; Departamento de Derecho Constitucional de la Universidad de Extremadura. Cáceres el 7 y 8 de noviembre de 2012.
[13] Testimonio de Rakel Barroso Morilla, nieta Inés Mansilla Espinosa. Entrevista realizada a través de las redes sociales (Facebook). 4 de octubre de 2016.
[14] Versos que insertamos en el anexo nº 1, y que forman parte de la colección de romances y coplas recitados por Inés Mansilla Espinosa, una trovadora de setenta y cuatro años en 1978, durante los desenterramientos en el olivar de las Boticarias y en otros lugares de Casas de Don Pedro, durante la primavera-verano de 1978. Romances y coplas cedidas por Felisa Casatejada. Transcripción de Fernando Barrero Arzac. Adaptación y arreglos de Paco Buj Vallés.
[15] Beltrán Güell, Felipe (1939). Preparación y desarrollo del Alzamiento Nacional. Ensayo histórico, Librería Santarén, Valladolid, p. 119.
[16] Documentación generada durante la construcción del Panteón para depositar los restos de los fusilados en la localidad durante el año 1939. Octubre-noviembre de 1978.
[17] Ibid
[18] Correspondencia enviada por Andrés Barrero desde el Campo de concentración de Zaldívar. 26 de abril de 1939.
[19] Decreto núm. 67/1936, de 10 de noviembre. (BOE núm. 27, 11 de noviembre de 1936).
[20] Inscripción de defunción de Andrés Barrero. Juzgado de Primera Instancia núm. 9 de Madrid. 28 de noviembre de 1945.
[21] Ley 5/1979, de 18 de septiembre, sobre reconocimientos de pensiones, asistencia médico-farmacéutica y asistencia social a favor de las viudas, hijos y demás familiares de los españoles fallecidos como consecuencia de la Guerra Civil. (BOE núm. 233, de 28 de septiembre de 1979).
[22] Archivo del Ministerio de Hacienda. Delegación de Madrid. Dirección General de Costes de Personal y Pensiones Públicas. Expediente 5005. Madrid. Febrero de 1980.
[23] Ayuntamiento de Madrid. Dirección General de Política Interior. Expediente de Petra Calvo. Marzo de 1979.
[24] Catalán Deus, José. El pueblo desentierra a sus muertos. Casas de Don Pedro, 39 años después de la matanza, en “Interviú”, n.109 (15/21-VI-1978), pp. 86-88.
[25] Testimonio recogido a Felisa Casatejada en Casas de Don Pedro (Badajoz). Noviembre de 2001.
[26] Poema acróstico realizado exprofeso para la memoria del tristemente conocido Campo de Concentración de Zaldívar. Paco Buj Vallés. Mayo de 2009.

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