dimarts, 27 de desembre de 2016

Jorge M. Reverte publica ‘De Madrid al Ebro’, donde recoge con precisión de orfebre las batallas y las bajas de la Guerra Civil.

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“Franco no traía la paz, sino la victoria sin paliativos”

Soldados republicanos huyendo a Francia en 1939.  AFP/GETTY IMAGES
Contada desde todos los puntos de vista en miles de libros, aún quedan tópicos por aclarar sobre la Guerra Civil desatada en España por el sangriento golpe de Estado del 18 de julio de 1936. Duró apenas tres años, pero fue, de todas las guerras de la época contemporánea, la que más pasiones despertó, algunas todavía en carne viva por la destrucción, las atrocidades y los sufrimientos causados, además de por los abusos de la larga dictadura a la que dio lugar.
Jorge M. Reverte ha dedicado varios libros al tema, desde La batalla del Ebro(Crítica, 2003), hasta El arte de matar (RBA, 2009). Ahora se muestra como un gran estratega militar, de asombrosa meticulosidad en datos y mapas, en De Madrid al Ebro. Las grandes batallas de la guerra civil, que firma para Galaxia Gutenberg con Mario Martínez Zauner.
Para entender tantas batallas, a veces absurdas, Reverte hace una advertencia previa: “La Guerra Civil se explica si se parte de este hecho: ninguno de sus protagonistas sabía con anterioridad que estaba embarcándose en un conflicto de tanta envergadura, para el que no tenían los medios humanos ni financieros necesarios, ni los conocimientos técnicos imprescindibles. La guerra se produce porque fracasa el golpe, que Mola había previsto que sería de una gran violencia. La represión sobre el enemigo tendría por tanto un carácter sistemático en el bando sublevado (el ejemplo más salvaje es el de Badajoz); mientras que en el bando republicano no fue planeada, sino resultado del descontrol por parte del Estado, aunque hubo algunas complicidades gubernamentales (García Oliver) y partidistas (JSU y el movimiento libertario) en Paracuellos del Jarama”.
Se ha escrito que Franco nunca perdió una batalla y que, si no tomó Madrid desde el principio, fue porque no quiso. Reverte desmonta esas afirmaciones. “Franco siempre quiso tomar Madrid. En el libro documentó hasta cinco intentos, incluyendo las ofensivas de Jarama y Guadalajara. También es falso que alargara la guerra para reprimir mejor al enemigo. Franco reprimió igualmente una vez acabada la guerra”. Lo declaró a un periodista estadounidense apenas iniciada la contienda: fusilaría a media España “si fuera necesario para pacificarla”. Mola fue más brutal: “Veo a mi padre en las filas contrarias y lo fusilo”. Reverte concluye el libro preguntándose si había algo que impidiera a Franco proseguir la matanza de españoles “cuando las armas enemigas ya estaban en silencio”. Dice: “Ya no. Franco no traía la paz, sino la victoria. Creo que fue De Gaulle el que definió la diferencia enorme entre la paz y la victoria. Franco escogió la victoria sin paliativos”.
Una poco cristiana Carta colectiva del episcopado español animaba en 1937 a los militares golpistas a exterminar de raíz al enemigo por “ateo y extranjero”. Fue la teoría de la Cruzada, en defensa de la civilización cristiana según gran parte de la jerarquía del catolicismo. Cruzada sí, pero gamada, por los apoyos de Hitler y Mussolini. Afirma Reverte: “La definición de la guerra como cruzada buscaba un impacto simbólico y tuvo grandes propagandistas, como Pemán, que hacía versos celebrando que los bombarderos alemanes e italianos mataran niños en Madrid. Las damas de la alta sociedad sevillana regalaban estampitas de la Virgen a los moros reclutados para matar cristianos. Pero la contribución de Alemania, Italia y de los combatientes marroquíes, sin duda muy importante, no fue decisiva”.
Reverte no descarta culminar este recuento de batallas con una historia de la guerra desde todos los puntos de vista. “En lo estrictamente militar no queda ningún aspecto sustancial por investigar, pero cabe hacer un trabajo de síntesis mayor”, sostiene. En sus anteriores libros ofrece cifras de víctimas y verdugos. También lo hace ahora, con precisión, por ejemplo, sobre el asesinato en 24 horas de 2.000 personas en Badajoz por orden del coronel falangista Yagüe; la orgía de sangre del general Queipo de Llano en Málaga (4.000 muertos) en venganza por las salvajadas de los milicianos que mataron antes a cuantos creían complicados con la sublevación, o el terrible balance de muertos y heridos (casi cien mil) en los combates por una ciudad, Teruel, sin ninguna importancia estratégica.

EL RECUENTO DE VÍCTIMAS

El recuento de víctimas en la guerra y represaliados en la posguerra se va cerrando y es solvente, según Reverte. También “las referidas a la Iglesia, que sufrió un auténtico genocidio, sobre todo en Cataluña y Castilla-La Mancha” (6.818 eclesiásticos asesinados, entre ellos 12 obispos). En las batallas murieron 95.000 soldados y la represión en la retaguardia suma 50.000 asesinatos en zona republicana y 94.669 fusilados por los golpistas durante la guerra y la postguerra.
Asociaciones para la recuperación de la memoria histórica completan el listado de asesinados por el franquismo a medida que abren nuevas fosas comunes (133.708 muertos ya). Hay que añadir los civiles fallecidos por los bombardeos (10.000), por hambre o enfermedad en campos de concentración y prisiones (50.000), o los españoles arrojados al exilio. Suman medio millón, sobre un censo que en 1931 ascendía a 23 millones de españoles.