divendres, 14 d’agost del 2026

Tres relatos cortos sobre Antonio del Campo Megías, un 'republicano sano'

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LO QUE EL 18 DE JULIO SE LLEVÓ: RELATOS ÍNTIMOS

En la serie de artículos 'Lo que el 18 de julio se llevó: relatos íntimos', las socias y socios de infoLibre comparten sus historias más personales


Foto familiar de Antonio del Campo Megías.

Luis Carlos Vidal

La Pasionaria y la honestidad

Durante una visita de Dolores Ibárruri (La Pasionaria) a Almuradiel, mi abuelo, Antonio del Campo Megías, militante del Partido Comunista, la alojó en su casa. Él mismo le preparó unos huevos fritos para cenar, mientras mi abuela, ajena a la política, prefirió acostarse temprano. Más adelante, el partido lo obligó a asumir la tesorería del ayuntamiento. Cuando las tropas sublevadas tomaron el poder, Antonio entregó los libros de cuentas y los fondos: todo cuadraba al céntimo. Además de honesto, fue un feminista adelantado a su tiempo: asumía la mitad de las tareas del hogar y, cada vez que cobraba, entregaba el sueldo íntegro a mi abuela para que ella lo administrara.

El valor de las convicciones

Al entrar las tropas franquistas en Almuradiel, ordenaron a todos los hombres del pueblo concentrarse en la plaza central. Una vez allí, les exigieron levantar el brazo con el saludo fascista y cantar el Cara al sol. Mi abuelo permaneció inmóvil: ni saludó ni cantó. Debido a su firme resistencia, fue arrestado y encarcelado en ese mismo instante.

El precio de la concordia

Recuerdos de mi madre, una niña de la guerra

Recuerdos de mi madre, una niña de la guerra

Durante la guerra, Almuradiel no registró muertes de vecinos de derechas. Cada vez que las milicias planeaban ir a por alguien, mi abuelo lograba que le avisaran para que pudiera esconderse a tiempo. Gracias a ello, los perseguidores se marchaban con las manos vacías. Al finalizar el conflicto, durante su juicio militar, los propios vecinos de derechas testificaron a su favor, logrando que su condena fuera mínima. Lo más doloroso llegó al regresar a casa: algunos de sus antiguos compañeros de izquierdas lo tildaron de traidor. Él jamás aceptó la idea de que se debiera fusilar a alguien por el simple hecho de ser terrateniente o de derechas; siempre prefirió definirse como un "republicano sano". Su rectitud dejó tal huella que, incluso durante la dictadura, los vecinos del pueblo acudían a él de forma habitual para que mediara en disputas locales de lindes, arriendos y tierras.