El activista, expresidente de Gamá e investigador de memoria democrática del colectivo LGTBIQA+ explica en qué consistió la represión a las disidencias sexogenéricas durante la Dictadura, qué papel jugó la colonia de Tefía y en qué medida ve signos preocupantes de involución en la actualidad

Las Palmas de Gran Canaria
Socio fundador y presidente entre 2012 y 2015 de Gamá, la asociación que representa al colectivo LGTBIQA+ en Canarias, Víctor Ramírez se ha convertido en los últimos años en una referencia en materia de memoria democrática de la comunidad de la disidencia sexogenérica de las islas por sus investigaciones respecto a la represión franquista y, particularmente, respecto a lo que en ese contexto supuso Tefía. Es licenciado en Derecho por la UNED y especialista en derechos humanos por la Universidad del País Vasco. Además, es funcionario del Diputado del Común.
- ¿Cómo vivía un miembro del colectivo LGTBIQA+ en la dictadura? ¿Cómo era la vida en aquella época para una persona de este colectivo?
- Podemos diferenciar según incluso la clase social. La persecución hacia a los homosexuales durante el franquismo fue una persecución fundamentalmente clasista. Y afectó sobre todo a homosexuales de clases populares, de clases trabajadoras, incluso de clases más marginalizadas.
Si eras un homosexual de clase media o alta, sobre todo si eras de clase alta y mantenías cierta discreción, probablemente no te pasara nada. Pero si eras un homosexual de clase baja y, además, te exhibías o de alguna forma manifestabas tu identidad, probablemente ibas a ser perseguido, ibas a ser recluido en la prisión, juzgado en muchas ocasiones y acabar en un centro penitenciario como Tefía o cualquiera de las otras prisiones que había en las islas en aquel momento.
- ¿Cómo se les reprimía? Ha hablado ya de que se les podía recluir, pero puede poner ejemplos de cómo se les reprimía. ¿Había rechazo social, rechazo legal, qué tipo de rechazo había?
- Evidentemente había un espíritu general del sistema destinado a reprimir a todas estas disidencias sexogenéricas, con lo cual todos los estamentos sociales contribuían a ello. Primero, la familia, en muchísimas ocasiones, aunque no siempre, porque había familias que aceptaban, exactamente, arropaban a estas personas, pero había otras que las expulsaban y salen, por ejemplo, en los expedientes de vagos y maleantes, claramente.
Había también un rechazo en el ámbito educativo, muchas de estas personas se sentían rechazadas y dejaban de estudiar. Había un rechazo también en el ámbito laboral: ser afeminado, expresarse de forma inadecuada para los cánones de la época, implicaba en muchas ocasiones no poder acceder a un trabajo estable, seguro y normal, por así decirlo. Y evidentemente, aparte de toda esta represión o este control social, había un control institucional a través de la policía y los mecanismos gubernativos.
El gobernador civil de las provincias, a cuyo mando estaba la policía, era el que se encargaba de vigilar y de controlar a la sociedad en general, y en este caso, también a las disidencias sexogenéricas. De hecho, en Las Palmas y Gran Canaria se creó incluso un archivo de invertidos entre el año 1954 y 1955, después de la modificación de la Ley de Vagos y Maleantes, que incluyó a la homosexualidad como una categoría de peligrosidad social, y en el año 1955 se crearon hasta casi 100 fichas de personas consideradas homosexuales. Se decía: se rumorea a que es homosexual, se conoce que es homosexual, según dicen los vecinos, o es homosexual por estos u otros motivos para haber sido detenido.
Es decir, el control que existía era importante, y parte de esas personas fueron juzgadas, procesadas, consideradas peligrosas sociales y recluidas en centros como la colonia agrícola penitenciaria de Tefía.
- ¿Contó Canarias entonces con instrumentos específicos para esa represión, instrumentos legales específicos, como, por ejemplo, el archivo del que me acaba de hablar?
- Bueno, los instrumentos institucionales eran comunes a todo el Estado. La Ley de Vagos y Maleantes se aplica, evidentemente, en toda España, y los mecanismos de represión, por ejemplo, la persecución en las calles y por parte de las policías, son muy similares. Pero evidentemente la colonia sí significó una diferencia con respecto a otros lugares, a otras comunidades o a otras regiones españolas, porque no existió una similar. Desde luego, fue la primera que se construyó en aplicación de la Ley de Vagos y Maleantes.
- ¿Y en qué consistió exactamente la colonia penitenciaria agrícola de Tefía?
- Las colonias agrícolas estaban previstas en la ley del año 1933. Hay que tener en cuenta que la Ley de Vagos es una ley de la Segunda República. En esa ley no se establecían a los homosexuales como peligrosos sociales. Los añadió el franquismo en el año 1954. Y, en virtud de esa modificación, se decide crear una colonia agrícola en Canarias para recluir a los peligrosos sociales.
No solamente homosexuales, sino también otras categorías. El proceso requería un control policial, una detención, un juicio en el Juzgado Especial de Vagos y Maleantes del archipiélago canario y una sentencia que declarara su peligrosidad por homosexualidad. Y, a partir de ahí, ya eran derivados a las prisiones correspondientes.
En un principio, casi todos los homosexuales fueron remitidos a Tefía, aunque posteriormente fueron repartidos en otras prisiones de la isla, como las de Gran Canaria, de La Palma y las de Tenerife. Fueron, digamos, los centros más importantes. Tefia fue un espacio singular por el trato que recibieron durante su estancia allí, un trato tan duro como el que contaron dos de los que lo sufrieron, Octavio García y Juan Curbelo, que casi parecía un campo de concentración.
De alguna manera, las personas que recluyeron allí fueron personas ejemplarizantes: sirvió para que el resto de la comunidad LGTB supiera que mostrarse como eran podía ser objeto de una sanción tan terrible como aquella.
- ¿Y por qué se les consideraba peligrosos sociales? ¿De qué se les culpaba?
- Era la moral de la época. La consideración, por un lado, de que la homosexualidad era, psiquiátricamente, una perversión. Luego, moralmente, o en virtud de los criterios de la iglesia católica, que era la que establecía la moral, era una perversión moral también, un pecado. Y, además, había la consideración de que las personas homosexuales podían contagiar su homosexualismo al resto.
Ese concepto de contagio social, la capacidad de convertir del homosexual o de facilitar las prácticas homosexuales con heterosexuales y, por tanto, que eso iba, de alguna forma, a pervertir el resto de la sociedad. Entonces, había que separarlo.
De hecho, la propia ley dice que los homosexuales debían ser recluidos en centros penitenciarios con la debida separación de los demás presos, con lo cual no podían estar mezclados. En Tefía eso era más complicado, porque no había una celda diferenciada. Pero, por ejemplo, hay testimonios que hablan de que en Tenerife y en La Palma los homosexuales estaban presos en una celda y cuando el resto de los presos salían del patio, a esa hora podían salir ellos. Pero el resto del tiempo estaban recluidos exclusivamente dentro de esa celda sin poder salir. Con lo cual había una especie de doble reclusión: la reclusión en un centro penitenciario y la reclusión dentro de una única celda dentro del propio centro.
- Y todo eso, ¿cómo se legitimaba?
- Los intentaban llevar también al terreno supuestamente científico. Había informes forenses que justificaban esos patrones por los que ellos entendían que la persona era homosexual. Por un lado, había una percepción de la psiquiatría de la época de que la homosexualidad era una perversión que había que corregir de alguna manera.
Y luego estaban los procesos de determinar la homosexualidad o las prácticas sexuales en los presos. Para eso estaba el médico, que lo que hacía era un análisis físico, un análisis forense, en el que en muchas ocasiones veía la configuración corporal, si tenía más grasa, por ejemplo, en las caderas, si el vello del cuerpo era más acentuado o menos. Y sobre todo, lo que más molestaba y lo que más humillaba a los presos era el análisis rectal, del ano, para ver si tenía forma de embudo infundibuliforme, de tal manera que implicaba eso prácticas sexuales pasivas.
Y eso se determinaba en los informes forenses y se indicaba, de acuerdo con la inspección realizada de este sujeto, pues se confirma que es un homosexual o ellos decían pederasta, para utilizar una palabra pederasta, pero como sinónimo de homosexual, un pederasta pasivo. Y, por ejemplo, cuando no había ningún otro signo podían decir incluso puede ser un pederasta activo, pero en estos casos no existen signos, no existen señales de esa práctica, porque físicamente no se encuentran.
Es decir, siempre era una especie de búsqueda de aquellos signos que implicaran o que demostraran la homosexualidad del sujeto, más allá de que muchos de ellos, simplemente por su gestualidad, por su forma de vestir, incluso algunos se maquillaban en aquella época en la que ya sabían lo que podía significar, pues eso ya eran signos externos claros.
- Pero eso es terriblemente humillante...
- Claro, obviamente. Era humillante para el propio preso y luego la humillación de estar encerrado por la propia identidad. Es decir, muchos de ellos, y lo tengo constatado, no tenían ningún antecedente más que haber sido detenidos por homosexualidad.
Había otros que tenían otro tipo de antecedentes, también es cierto. Muchos de ellos vivían en la marginalidad. Era un ciclo en el que por la discriminación acababan en la marginación y, por ser marginados y homosexuales, acababan en presos.
Era un círculo vicioso del que casi no podían salir. He visto expedientes en los que a la misma persona se la detenía, se le condenaba, salía de la prisión y volvía a detenérsele. ¿Por qué? Volvía a salir a la calle como era y en tres ocasiones sucesivas eran detenidos y condenados por ser como eran.
- ¿Cuántos condenados por homosexualidad estuvieron recluidos en Tefía?
- En Tefía, concretamente, yo calculo unos 20. Aunque hay 24 homosexuales, pero cuatro de ellos, al menos, fueron antes de la modificación de la ley y por tanto no lo fueron por homosexualidad, sino por otras circunstancias, por otras categorías. Pero 20 por ser homosexuales.
Y unos 70 en todas las islas a lo largo de la aplicación de la ley de Vagos y Maleantes, con lo cual, no fue una represión, digamos, de alguna forma absoluta a todos los homosexuales. Fue una aplicación muy ejemplarizante, muy de cogemos a los más pobres, cogemos a los más visibles para que el resto sepa lo que le puede pasar en el caso de que sean detenidos, en el caso de que sean pillados en unas prácticas sexuales o con actitudes disidentes, en este sentido.
- Usted ha tenido la oportunidad de hablar con algunas de las personas que sufrieron esa represión, pero que desgraciadamente ya no están aquí. ¿En qué consistía ese castigo? ¿Cómo era la vida en Tefía?
- Sí, aquí los testimonios son fundamentalmente los de Juan Curbelo y de Octavio García, al que pude entrevistar en un proyecto junto con la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Y bueno, ellos contaban un poco las dificultades vitales que tuvieron en su estancia, la agresividad del sistema, cómo los mataban casi de hambre porque les daban muy poca comida. Cualquier pequeña falta significaba una agresión o incluso a veces una paliza, el miedo constante de ser agredido. La experiencia que siempre cuenta, sobre todo Octavio, que fue el que más pudo hablar, tuvo más tiempo, por así decirlo, y el que mejor se expresaba, es que para él parecía que había vivido en un campo de concentración.
Cuando él después salió y leyó sobre los campos de concentración de los nazis, se identificó mucho con esa experiencia. La colonia no era un campo de concentración en un sentido riguroso, pero las vivencias de Octavio durante, sobre todo, los primeros años fueron muy cercanas en ese sentido. El hambre, las palizas, el miedo, los trabajos forzados, picando piedra en una cantera de piedra, construyendo muros, una instrucción religiosa también... es decir, son todos los elementos que configuran un espacio de represión y de control físico y psíquico de la persona.
- Llama la atención, Víctor, que Tefía estuvo abierto desde 1954 a 1966, y sin embargo, no sale a la luz todo esto hasta los años 2000. ¿A qué se debe tantos años de silencio, de ostracismo?
-Yo creo que fue, fundamentalmente, porque las personas que sufrieron esta realidad no quisieron hablar, no quisieron recordar. Hay una mezcla de miedo, de vergüenza, de querer olvidar un trauma.
Yo creo que se unen varios elementos. Gracias a que Octavio y Juan hablaron, hemos podido rescatar la memoria de Tefía y a partir de ahí hemos tirado del hilo y empezar a hablar con otras personas que no estuvieron en Tefía, pero que sí estuvieron en la prisión de Las Palmas, en la de Tenerife, en la de La Palma, y se han atrevido a hablar posteriormente. Y gracias a todos ellos hemos podido recopilar un poco la historia de aquella época.
- Pero si ellos no hubieran hablado, quizás ese episodio no habría salido a la luz nunca. ¿En qué medida fue diferente la represión en Canarias respecto al resto de España?
- Después de haber leído mucho, porque afortunadamente en los últimos años se han escrito muchos trabajos, sobre todo los expedientes de Vagos y Maleantes del País Vasco, de Madrid, algunos de Cataluña, y también por experiencias en Sevilla, podría decir un poco que había un canon o unas pautas más o menos marcadas de persecución, sobre todo una persecución en las calles. La visibilidad de la disidencia molestaba mucho al régimen.
Normalmente estas personas eran detenidas y se les ponía una multa por la falta de escándalo público, una falta gubernativa, una falta administrativa, que si no podían pagar se convertía en quince días de reclusión en comisaría. Y luego, cuando se modifica la ley en el año 1954, lo que se hace es que a estas personas que son detenidas en las calles, a veces por prostitución, a veces por exhibirse impúdicamente, según el régimen, se les remitía a juzgar como vagos y maleantes y eran condenadas o no, según las circunstancias. Pero los mecanismos eran bastante parecidos en casi todos los lugares en los que se ha investigado.
- ¿Y por qué es importante que se haya declarado Lugar de Memoria Democrática la colonia agrícola penitenciaria de Tefía?
-Fundamentalmente por una razón de justicia, de justicia histórica. Por un lado, un mecanismo de reparación de aquellas personas que sufrieron represión no solamente en Tefía, sino en cualquier otro lugar de Canarias. Y una cuestión de reparación, una cuestión de justicia, una cuestión de mantener y preservar la historia que se ha recuperado y que no se olvide de la existencia de estos mecanismos tan duros de represión.
Y también como lugar de aprendizaje, un lugar en el que se enseñe también a las próximas generaciones y las actuales qué es lo que pasó allí, que el franquismo no fue ninguna tontería, todo lo contrario, que hubo muchísima gente represaliada, no solamente por su identidad, sino por sus ideas políticas, por su género, por su carácter intelectual.
Y hubo muchísimos mecanismos de represión durante la dictadura, y establecimientos como el de Tefía tienen que ser significados precisamente por ese motivo, para recordar lo que pasó y para que se sepa y se evite que eso vuelva a pasar.
- En ese proceso de reparación, ¿qué recorrido le queda a Tejía? Creo que está en proceso de escribir un libro... ¿Hay algo también previsto en las propias instalaciones?
- En las instalaciones hay ya una exposición bastante amplia sobre lo que fue Tefía, con los testimonios de Octavio y de Juan Curbelo y creo que, en principio, la idea es convertirlo en un centro de interpretación. La idea, más allá de la propia exposición, es que sea un lugar donde se pueda ir a investigar o se realicen actividades en relación con el tema de la memoria histórica en general y específicas sobre la comunidad LGTBIQA+.
Y después, efectivamente, en este momento estoy escribiendo un libro específico, una monografía sobre Tefía que espero que se publique a lo largo de este año o quizás a principios del año que viene, financiado por el Cabildo de Fuerteventura y con subvención del Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática. Son instituciones que se han esforzado en los últimos años por que Tefía sea un espacio de memoria como efectivamente así lo está siendo.
- Tefía, supuestamente, se ideó para rehabilitar a homosexuales. Usted ha sido un activista importante del colectivo. ¿Qué sensación tiene cuando recientemente, 50 o 60 años después de Tefía, no se haya conseguido unanimidad en el Parlamento, en el Congreso de Diputados, para aprobar una proposición que pretendía modificar el Código Penal y penalizar las terapias de conversión? ¿Qué siente cuando ve eso?
- Pues siento frustración y un poquito de rabia también. A estas alturas, pensar que la identidad o la orientación sexual se pueden cambiar a través de alguna terapia reparativa es fundamentalmente acientífico. Los que realmente han estudiado el tema, pero también los propios homosexuales o las personas LGTBIQ+, sabemos que nuestra identidad es nuestra identidad y nadie puede cambiarla de ninguna manera.
Y sobre todo, mucha rabia, porque hay gente que todavía piensa que nosotros debemos estar en centros de reclusión como ese, lo veo en muchos de los comentarios que hay en redes sociales. Hemos avanzado afortunadamente muchísimo en los últimos años en legislación, pero todavía falta mucha concienciación. Hay mucha mentira, mucha exageración, mucho bulo en relación con el franquismo que hay que romper y hace falta mucha didáctica social para que las nuevas generaciones sepan realmente lo que es aquello y cómo nos afectó a las comunidades LGTBIQ+.
- ¿Hay motivos para temer una involución o esto es producto de una coyuntura política X que deriva en esta situación?
- Hay miedo y hay motivos de preocupación, creo yo. Ya en ciertas comunidades autónomas se han intentado eliminar las leyes trans. En otros países, no digamos. En los Estados Unidos está siendo horroroso en relación sobre todo con las personas trans. Ya ha habido censura de obras de teatro o de libros. Y se están intentando que la educación en valores en relación con la diversidad se elimine de las escuelas.
Por ejemplo, aquí, en Canarias, el consejero de Educación ha dicho que en las escuelas, en los colegios, no se puede impartir ningún tipo de cuestión de carácter ideológico. No sabemos qué significa eso cuando todo está impregnado de ideología. Eso implica querer limitar que se hable de la disidencia sexogenérica, de la diversidad, del racismo. Todo es ideología. Por tanto, eso es decirlo todo y no decir prácticamente nada. Pero es un elemento de preocupación también.
Es decir, que va calando ese discurso intolerante. También hay sectores en los que, de alguna forma, hasta cierto punto y hasta ahora, habían sido un poquito más abiertos, sobre todo en Canarias. En Canarias aprobamos hace unos años la ley trans por unanimidad del Parlamento de Canarias que no se ha puesto en práctica todo lo que debía. De izquierda a derecha. Y me temo que esos consensos se pueden ir perdiendo por los discursos de odio de los últimos años.
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