dissabte, 12 de setembre de 2015

Sobre la consideración de quién es un asesino. José Luis Gutiérrez Molina.


http://www.lavozdelsur.es/sobre-la-consideracion-de-quien-es-un-asesino


10-09-2015 / 20:05 h.
No pueden soportar la verdad. No pueden soportar que, a pesar de décadas de desinformación y silencios, se vaya terminando con la impunidad con la que vivieron y murieron los principales responsables del golpe de estado de julio de 1936 cuyo fracaso generó una de las mayores matanzas de civiles del siglo XX europeo. No me puedo imaginar qué ocurriría si, además, llegara la justicia y la reparación. Un día sí, y otro también resuenan los exabruptos de quienes no olvidan su victoria, mantienen incólume el rencor contra quienes pensaron que otra sociedad era posible, se sienten más a gusto con las heridas abiertas y proyectan sus sentimientos y deseos contra quienes buscan la verdad histórica de lo ocurrido y desean recuperar los restos, la identidad y la dignidad de sus desaparecidos.
Que esto ocurra sólo es posible en el único régimen fascista europeo no derrotado durante la Segunda Guerra Mundial y cuyos miembros no tuvieron que pagar peaje alguno para convertirse en demócratas. En ningún momento han sentido que se dudara de su victoria. En los años setenta y ochenta por el pacto de olvido de la Transición y en la última década por la dubitativa política pública de las administraciones centrales y regionales. En consecuencia, cuando se recuerda quienes fueron en realidad y el papel que tuvieron en la implantación por el terror del régimen franquista, se revuelven y recurren a todos los medios a su alcance para mantener la imagen edulcorada de personajes que tuvieron un destacado y triste papel. Es el caso del político de extrema derecha, monárquico y escritor José María Pemán Pemartín. Su familia ha demandado a la concejala jerezana Ana Fernández por llamarle asesino. Le acusan de un delito de calumniasy desean restaurar públicamente su honor y dignidad tan gravemente mancillados.
Parece que la consideración como asesino de Pemán ha sido interpretada por los querellantes en el sentido de que la concejala le atribuye la comisión personal de la muerte de una o más personas. Sin embargo, cualquier persona sabe, que la definición de asesino es mucho más amplia. No sólo se refiere a un hecho concreto sino que también forma parte la forma de actuar, la actitud y la consideración del hecho. Es decir, que no sólo es un término que se refiere a la persona que comete un asesinato. Baste un par de ejemplos. Cuando la oposición venezolana tacha al presidente Maduro de asesino por la muerte de un estudiante, todo el mundo entiende que no se refiere a que el mandatario venezolano le ha descerrajado un tiro con su propia mano. Sino a la responsabilidad que tiene en la política que realiza, que provoca protestas, y por la actuación policial que origina víctimas. Otro, cuando en 2003 las calles de las ciudades españolas se llenaron de centenares de miles de personas, protestando por la participación del Estado en la guerra contra Irak, llamando al presidente Aznar asesino tampoco se referían a que éste fuera a matar con sus propias manos a alguno del más de millón de iraquíes que terminaron muriendo. Se referían a la intervención que, usando justificaciones falsas, como hoy sabemos, terminaría ocasionando esas muertes.
Pues bien, es lo que ocurre con José María Pemán. Nadie quiere decir, y pienso que Ana Fernández tampoco, que el autor de El poema de la Bestia y el Ángel, cometiera directamente ningún asesinato. Todo nos referimos a su extrema implicación y comprensión con las políticas terroristas –es decir el uso sistemático como arma política del terror– llevadas a cabo por los sublevados desde julio de 1936. Unas prácticas que, como ya se ha escrito, contaron con la complacencia y adhesión de quien escribió: “¡Paradoja de la muerte-que tanta vida produce! /Movimiento de gusanos-sobre las frías quietudes./ Espumas de margaritas-abierta una boca escupe./ Macetas de jaramago-son unos ojos sin luces”. Una justificación de la guerra y la muerte. Pemán fue, desde julio de 1936, un decidido defensor de las prácticas exterminadores desencadenadas. No por citadas está demás recordar las palabras que pronunció desde los micrófonos de Radio Jerez: “La idea de turno o juego político ha sido sustituida para siempre por la idea de exterminio y expulsión, única salida válida frente a un enemigo…”.
Por si alguien tuviera alguna duda quedaron recogidas en la recopilación de sus arengas y crónicas de guerra publicada en 1937. Si miramos la definición de extermino vemos que para la Academia Española de la Lengua significa “desaparición del todo de algo o alguien”. ¿Cómo interpretar esa “desaparición del todo”? ¿No se estájustificando los asesinatos de los adversarios que por esos días se estaban produciendo en la zona ocupada por los golpistas y que, por tanto, es perfectamente legítimo utilizar el término asesino para una persona que, de forma pública, llamaba a la desaparición física de personas? ¿Se puede asegurar que Pemán desconocía lo que ocurría o que fue un “calentón” producido por la abundancia de correajes y pistolas que le rodeaban? No parece creíble que fuera así. Estamos hablando no sólo de alguien que se dedicaba a la agitación y propaganda, sino que era uno de los siete “ministros” de la Junta Técnica del Estado. El organismo gubernativo asesor de Francisco Franco creado el 1 de octubre de 1936 en sustitución de la Junta de Defensa Nacional creada por los militares golpistas en julio.
La Junta Técnica era el más alto organismo de gobierno de la zona ocupada por los golpistas y, por tanto, como ejerciente de su administración, era el máximo responsable de lo que ocurría en ella. José María Pemán ocupó en ella el puesto de presidente de la Comisión de Cultura y Educación. No por ilegítima e ilegal dejó de actuar en la práctica. Así que Pemán, hasta su disolución el 31 de enero de 1938, no sólo fue el responsable directo de las políticas de depuración del profesorado español sino también co-responsable del conjunto de las actuaciones del organismo presidido por Fidel Dávila Arrondo y de las consecuencias que sus actuaciones tuvieron. Las comisiones depuradoras provinciales, bajo el mandato supremo de Pemán se dedicaron a sancionar a los profesores considerados antinacionales, masones, judíos, marxistas o que, por sus enseñanzas, fueran considerados responsables de la revolución. Una misión no sólo punitiva sino también preventiva, para la que no debían existir reprobables reservas mentales ni sentimentalismos extemporáneos.
José María Pemán fue algo más que el “juglar de la cruzada”, “poeta del régimen” o “intelectual orgánico”. Incluso, una vez pasados los tiempos de la matanza, su consideración de ella no pasará de rebajar el número de asesinados necesarios para el escarmiento que se buscaba. Con sus palabras justificó y alentó los asesinatos, con su pertenencia a la Junta Técnica del Estado fue corresponsable de lo que ocurrió en la zona ocupada por los golpistas. Como cuando se gritaba ¡Franco asesino! o ahora gritan ¡Maduro Asesino!, ¡Aznar asesino! calificarlo como tal no es sino poner de manifiesto su participación en el extermino.
Se puede entender el pesar de la familia Pemán en conocer estas circunstancias. Pero ellos no tienen por qué asumir la conducta de su antepasado. Es más, puede servirle para intentar comprender las razones que tienen miles de familias españolas para buscar y dar digna sepultura a sus deudos, reivindicar la memoria y la personalidad de sus familiares, en estas ocasiones, sí injuriados y difamados. Injurias y difamaciones que han tenido que soportar durante décadas sin poder recurrir a los tribunales. Podrá así comprender que no quieren reabrir heridas, sino todo lo contrario, que no tienen ni ánimo de venganza ni expresan odio, sino todo lo contrario, que sólo buscan la verdad, la justicia y la reparación. Porque su falta duele ¿verdad? Aunque no sea el caso de José María Pemán para el que el calificativo que tanto ha molestado le pueda ser aplicado en ese sentido más amplio que el restringido a quien lo comete con su propia mano. No por ocultar la historia, termina borrándose. Siempre está ahí a la espera de quienes quieran encontrarla.