dissabte, 22 d’abril de 2017

El día en que un ministro de Franco planteó matar a Serrano Suñer

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Una carta secreta del embajador británico hallada en un archivo británico revela la voluntad del titular de Comercio, Demetrio Carceller, de “liquidar” en 1941 al cuñado del dictador


Serrano Suñer jura su cargo de ministro de Exteriores junto a otros compañeros de Gabinete. A la derecha, cabizbajo, está Demetrio Carceller.
Serrano Suñer jura su cargo de ministro de Exteriores junto a otros compañeros de Gabinete. A la derecha, cabizbajo, está Demetrio Carceller. VIDAL. (EFE)
El Madrid de principios de los años cuarenta era un sitio peligroso. También para los vencedores de la Guerra Civil, que se movían dentro de una complejísima madeja de intereses cruzados en la que nadie podía estar del todo seguro de qué pie cojeaba el vecino. Había generales sobornados por los británicos para asegurar la neutralidad española en la Segunda Guerra Mundial, pactos secretos con la Alemania nazi, complots falangistas o monárquicos para ganar poder e, incluso, para quitar de en medio al dictador... El pulso soterrado entre unos y otros emergía, de cuando en cuando, con picos de tensión que amenazaban con hacer saltar todo por los aires. Uno de ellos se vivió en el verano de 1941, tras la entrada de Rusia en la guerra, cuando la presión alemana para que España hiciera lo mismo del lado del Eje tenía a su mejor aliado, al menos aparentemente, en el ministro de Exteriores y cuñado del dictador, Ramón Serrano Suñer.
Aquel 9 de julio, el embajador británico en Madrid, Samuel Hoare, envió una carta al secretario de Estado de Asuntos Exteriores, Anthony Eden, para explicarle que no podía ausentarse de España porque aquello era una olla a presión. Y le ponía como ejemplo una “sorprendente conversación” que acababa de tener David Eccles, agregado económico británico en Lisboa de paso por Madrid, con el ministro español de Industria y Comercio, Demetrio Carceller, y el principal asesor de este. “Los dos declararon que Suñer es tan insoportable que debe ser liquidado, y con esa horrible expresión obviamente quieren decir asesinado”. Añadía que Carceller, sin embargo, veía dos objeciones: “La primera, el efecto sobre las tropas alemanas en la frontera [con Francia, permanente amenaza de una invasión nazi de la península] y la segunda, el resentimiento que provocaría un asesinato en la familia de Franco”. En todo caso, añade Hoare en la carta, “esta es en sí misma una sorprendente declaración procediendo de uno de los principales ministros y su segundo”.


Esta carta, que el Gobierno británico desclasificó junto a centenares de papeles de la Segunda Guerra Mundial en 2013, es parte de los documentos digitalizados que se pueden consultar a través de Internet en los Archivos Nacionales Británicos. En este caso, bajo el sugerente título de ‘Planes para liquidar a Suñer’.
El historiador Ángel Viñas ha sido el primer especialista que la ha recogido; lo hizo en su libro Sobornospublicado en la editorial Crítica el año pasado, en el que hace una minuciosa descripción y analiza las consecuencias de la estrategia británica para mantener a España fuera de la contienda comprando las voluntades de generales franquistas como Nicolás Franco, el hermano del dictador, Kindelán, Orgaz o Aranda. Para Viñas, lo que hace Carceller en esta carta es expresar un mero deseo. “Este fue un episodio más, muy significativo porque demuestra hasta qué punto el cuñadísimo exasperaba a los propios franquistas. Ni que decir tiene que Churchillnunca dio luz verde a la eliminación de Serrano”.
Pero la carta de Hoare, además, hace referencia a un plan concreto, presuntamente urdido por distintos generales, para asesinar a Serrano Suñer, una amenaza a la que ya se había referido, quizá de forma más ambigua, en otras comunicaciones con Londres apenas un mes antes. En este caso, Hoare dice que una fuente, “al menos de la misma importancia”, asegura que el asesinato era inminente y que, para aplacar las iras alemanas, preveían “la firma inmediata de la Triple Alianza con el Eje”.
“De lo que la diplomacia británica se hace eco es únicamente de rumores sobre un golpe dirigido contra Serrano Suñer y su política de alineamiento incondicional respecto del Tercer Reich”, opina Carlos Collado Seidel, profesor de la Universidad de Marburg (Alemania) y experto en la materia. Además, pone precauciones tanto a las palabras del embajador como a las del ministro de Comercio. “Carceller perseguía intenciones determinadas y particulares en todo lo que les decía a los ingleses y Hoare también pretendía rehabilitarse dentro del partido conservador británico”, explica.

Una hambruna gigantesca

La postura de Carceller, empresario, falangista cercano a José Antonio y al propio Serrano (al que acompañó durante su visita al Berlín nazi en 1940), podría parecer realmente pasmosa. Sin embargo, Viñas dibuja un contexto en el que el ministro tenía que llevarse bien con los británicos porque de su bloqueo naval dependía la llegada de suministros a un país que estaba “sufriendo una hambruna como nadie puede imaginarse hoy”. Además, Carceller “hizo durante aquellos años una inmensa fortuna” como responsable de todos los permisos sobre los productos que entraban o salían del país, añade.
“Tal vez el vanidoso e incompetente Hoare estaba sondeando a Eden sobre su parecer en caso de ‘liquidar’ a Serrano. Que los militares desearan su muerte es una cosa; que la planearan, en pleno favor del caudillo, otra muy distinta”, aporta el escritor Ignacio Merino, autor de Serrano Suñer. Valido a su pesar (La Esfera, 2013). Y añade: “Don Ramón hizo algún vago comentario sobre el tema, pero yo no lo tomé en serio y creo que él tampoco, al menos jamás lo consideró un complot auténtico. O no se enteró”.
Sea como fuere, el propio Hoare también se pregunta en la carta de julio de 1941 si el cuñado del caudillo sería consciente de su delicadísima situación. La duda le surge porque solo un día antes Serrano Suñer se había mostrado, “por primera vez” en todos sus encuentros con él, “educado”. “Escuchó mejor que de costumbre mis reiteradas quejas”, añade, e incluso “se disculpó” por no haberle podido recibir una semana antes.
El hecho es que Serrano Suñer no sufrió ningún sospechoso accidente aquel verano, pero sí fue perdiendo poco a poco el favor de Franco hasta ser definitivamente defenestrado un año después, entre fuertes luchas internas de las distintas facciones del régimen. Terminada la Guerra Mundial, el cuñado mantuvo hasta su muerte en 2003 que ni su cercanía a la Alemania nazi fue tanta, ni fue tal su interés por que España entrara a toda costa en la contienda. Sin embargo, Viñas está convencido de que solo fue un intento de “reescribir su historia”. “Franco y Serrano iban a por el Imperio”, zanja el historiador.

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Un gesto de diplomacia económica

La pretensión del ministro franquista Demetrio Carceller de matar al cuñado del dictador la guiaba una estrategia comercial


Que un ministro español dijera a un representante de otro país que quería ver asesinado a un compañero del mismo Gobierno no deja de ser una bomba. Y esto es lo que sugirió en julio de 1941 Demetrio Carceller, ministro de Industria y Comercio, respecto del todopoderoso ministro de Asuntos Exteriores Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco. Para el gran público será una revelación sensacional la carta del embajador británico sir Samuel Hoare a su ministro de Asuntos Exteriores, Anthony Eden, en la cual cuenta la conversación de Carceller con David Eccles, representante del británico Ministerio de Guerra Económica. De hecho, los especialistas ya habrán visto el análisis pertinente que hizo Ángel Viñas en su magnífico libro reciente Sobornos. El exabrupto del ministro español quizás no era tan espontáneo como parecía. Por supuesto que, al decir que Serrano era tan intolerable que había que liquidarle, Carceller reflejaba una corriente importante dentro de la coalición franquista. Serrano Suñer era un admirador de la Italia fascista. En los círculos militares españoles y entre la comunidad diplomática de Madrid se suponía que sentía la misma devoción por la Alemania nazi. A muchos generales anglófilos les habría gustado que Serrano fuese, como mínimo, destituido, porque sabían que la entrada de España en la guerra al lado del Eje sería desastrosa. Sin embargo, explicó a Eccles que un proyecto de matar a Serrano tendría consecuencias peligrosas ya que la Alemania nazi disponía de poderosas unidades militares en la frontera francoespañola. Además, difícilmente se podría prever el impacto dentro de la política española del asesinato del cuñado del Caudillo.
Dada la imposibilidad de implementar su probablemente sincero deseo, el significado de la declaración de Carceller era seguramente un gesto dentro de la diplomacia económica. Como demostró hace tiempo Denis Smyth, el gran experto en las relaciones hispanobritánicas durante la II Guerra Mundial, Carceller era consciente de la necesidad de mantener los lazos comerciales con el bloque anglosajón en un momento en que parecía que la política pro-Eje de Franco y Serrano Suñer podría impedir las necesitadas entregas de trigo y petróleo que dependían del beneplácito de Londres y Washington. Que este fuera el caso se revelaba menos de un mes después en una conversación con el consejero económico de la embajada estadounidense, Willard Beaulac. Sin abundar en sus inclinaciones homicidas, le dijo que Serrano era “un hombre malo de ambición sin límite” y le pidió encarecidamente que el comercio con EE UU se reanudara. Dos meses después, Carceller le explicaba a Emiil Karl Josef Wiehl, director de política económica en el Ministerio de Exteriores alemán, que la inmediata supervivencia económica del régimen franquista necesitaba un acercamiento al bloque angloamericano. En cada una de estas conversaciones, Carceller se presentaba como entusiasta del país de su interlocutor. Este es el contexto en el que interpretar su intercambio con Eccles.
Paul Preston es historiador británico, autor, entre otros, de Franco, caudillo de España.

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