dijous, 19 de juliol de 2018

El festín de la victoria


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miércoles, 18 de julio de 2018


 Barman con sublevados, Louis Deschamps, 1939.

Hay una conocida imagen, tomada nada más rendirse la Ciudad Universitaria, en la que se puede ver a Chicote sirviendo un cóctel al coronel Ríos Capapé, que estaba al mando de las tropas que sitiaban Madrid. Los datos arqueológicos sugieren que el coronel no fue el único que celebró el final de la guerra con alcohol. 

En el refugio antibombardeo que estamos excavando hemos encontrado varias botellas intactas. Una de ellas incluso está medio llena de agua, que se tuvo que introducir en su interior poco después de ser abandonada. Agua de 1939. La primera lluvia de la posguerra. Sorprende que las botellas no estén rotas, porque en la mayor parte del yacimiento solo encontramos trozos de vidrio. 

Botellas, munición y suelas de zapato en el fondo del refugio.


Pero la explicación es sencilla. Lo que descubrimos más habitualmente los arqueólogos es la basura cotidiana -el resultado de las actividades de limpieza y mantenimiento- que aparece en posición secundaria, es decir, separada de las áreas de habitación en zonas habilitadas para desechos (basureros). Esto es así en un sitio de la Guerra Civil y en un poblado neolítico. La gente no suele vivir entre detritos si lo puede evitar.

Pero cuando se abandona un lugar es más fácil que uno no tenga tanto en cuenta dónde y cómo arroja el desecho. Los restos que aparecen sobre el suelo del refugio antibombardeo solo pudieron llegar allí cuando ya no estaba en uso. Porque un refugio con botellas tiradas por el suelo no es muy práctico.
La estructura dejó de tener utilidad automáticamente cuando los republicanos resignaron el mando en la Ciudad Universitaria, el 28 de marzo de 1939. Todo indica que el depósito se formó en ese mismo momento o poco después. 

Prueba de ello sería que junto a las botellas aparece material bélico en perfecto estado: un montón de cargadores de Máuser y tres granadas de mortero intactas. Evidentemente, estos artefactos no pudieron dejarse a la vista mucho tiempo, especialmente los explosivos. Lo más probable es que los restos se abandonaran sobre el suelo del abrigo y que este se sellara inmediatamente después. Junto a las botellas, la munición y las granadas aparecen también restos de cordero. 

  Una botella de vino entre restos de cordero y un cartucho de Máuser alemán.

Una interpretación verosímil es que nos hallamos ante un festín de la victoria. Confirmaría este hecho el que una de las botellas sea de sidra, bebida poco habitual en el frente y muy adecuada para celebraciones. 

Detalle de la botella de sidra encontrada en el abrigo.

No es muy díficil imaginar la escena con unos restos tan elocuentes. Casi podemos ver a un grupo de soldados descorchando botellas, emborrachándose, riendo, comiéndose la última caldereta de cordero en las trincheras y tirando al fondo del abrigo donde tanto miedo han pasado, tanta ansiedad, no solo las botellas y los huesos, sino las botas, las granadas, la munición que ya nunca más van a tener que utilizar (o eso pensarían entonces, porque no se fusila a la gente sin balas). Podemos imaginarnos la euforia de estos militares que dejan por fin el frente. Y que han ganado.

Como hemos excavado también las trincheras republicanas podemos imaginarnos otra escena. La de la derrota. No hay botellas enteras en las fortificaciones del Ejército Popular en la Ciudad Universitaria, ni huesos, de hecho. Prácticamente ninguno, porque el rancho a estas alturas sería ya solo una sopa o unos garbanzos. No hay casi trozos de vidrio ni casquillos, porque en los últimos meses de la guerra se reciclaba todo. Son unas trincheras que están tristemente limpias. La limpieza de quien no tiene nada.