dissabte, 14 de febrer de 2015

La fiesta de la democracia ensangrentada. Francisco González Tejera.


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sábado, 14 de febrero de 2015


El alcalde recibió varias llamadas esa mañana de varios constructores y millonarios empresarios isleños, su secretaria y la jefa de prensa no daban abasto, aquellas familias de fusilados por el franquismo, junto a varias organizaciones de la izquierda, habían movilizado a varias decenas de medios de comunicación en la rueda de prensa, pedían exhumar, hacer pruebas de ADN, sepultura digna, para que más de ochenta antifascistas asesinados por el golpe fascista del 36 fueran exhumados de la fosa común del cementerio municipal.

Esa jornada no resultaba nada agradable para el presidente de la corporación municipal, la cuarta llamada era de uno de los mayores donantes de su partido, estaba en los papeles del procesado contable, había donado más de un millón de euros, que fueron repartidos en sobres entre varios dirigentes, el mismo había recibido una importante cantidad en su reciente viaje a Madrid.

Un tal Fuentes y otro apellidado Del Castillo le increparon nada más coger el teléfono, el poderoso constructor, miembro de la nobleza nacional, le dijo: “No permitas que esta gentuza de familiares de fusilados consiga su objetivo, esa fosa no debe abrirse bajo ningún concepto, ya le pagamos a la jueza y le dictamos su Auto Judicial desde nuestro prestigioso equipo jurídico, si se abre te va a costar muy caro”. 

El alcalde muy afectado, preocupado, con el estomago revuelto por el miedo, le prometió al especulador y corrupto empresario que “ni de coña”, que “ese suelo sagrado mientras yo sea alcalde no será excavado y aún menos investigado por esos perroflautas, nostálgicos y rencorosos”.

El empresario del sur de la isla le confesó que su padre había participado directamente  en las torturas y fusilamientos, que "si esos restos fueran estudiados se verían claramente las evidentes huellas del maltrato, de los tiros en la nuca", que "la opinión pública no debe enterarse nunca de lo que hay dentro de ese agujero”.

Preocupado el regidor convocó a su Junta de Gobierno, se reunieron por la vía de urgencia, una de las ediles de muy bajo nivel intelectual, con la tensión muy alta, casi llorando, le confesó su particular miedo, que ella misma había bloqueado cualquier homenaje en el distrito que regentaba, que había tratado de que las calles en tributo a los asesinados aprobadas por el anterior alcalde no salieran, que bloqueó todo lo que pudo los rótulos con los nombres de los fusilados en su concejalía, pero que la presión mediática de las familias había hecho imposible que no se colocaran en cinco calles del antiguo municipio.

La reunión se desarrolló con el ambiente muy cargado, las llamadas no cesaban y el iPhone del alcalde no paraba de sonar, tenía que ponerse, era gente demasiado importante, los que le iban a pagar la próxima campaña electoral de mayo de 2015. Les habló de su "infiltrado" en el tema de la memoria histórica, que la estrategia era dilatar, que cualquier acuerdo plenario sería paralizado, que el grupo mayoritario de la oposición ya estaba advertido, que no harían nada, que también recibían financiación de parte de los mismos constructores, que sería imposible esa exhumación que: “mi hombre se vio ayer conmigo en la terraza junto a la playa, estoy seguro que esos radicales izquierdistas no conseguirán su objetivo”.

Al rato dieron por terminada la tensa sesión después de casi tres horas, no levantaron acta, nada quedó escrito, la jueza en persona les esperaba en su despacho acompañada de la delegada gubernativa, todo estaba controlado, la fosa no se abriría: “Puedes estar tranquilo hombre”, dijo su buena amiga representante del gobierno, se relajaron hablando del acaudalado negocio de las prospecciones, de las inversiones que llegarían con el nuevo zoológico marino, del proyecto multinacional africano, los millones en una ciudad donde “la memoria sobraba”, "los muertos eran un problema", “los crímenes del franquismo no podían enturbiar un tiempo tan provechoso”.

Se fueron a comer juntos al lujoso hotel municipal, en aquel restaurante de cinco tenedores les esperaba el empresario Fuentes, acompañado del jefe provincial de la guardia civil, una buena comilona regada con vino español, todo pagado con dinero del ayuntamiento, tomaron licores al final, embriagados celebraron que “todo estaba atado y bien atado”, que “esta democracia no podía jamás verse truncada por la voces del rencor”, que “la reconciliación entre españoles era evidente” “¿Qué más daba que esas familias no pudieran recuperar los restos de sus muertos?”

Entre risas se despidieron, “la normalidad de un país libre y europeo debía continuar, el pasado ya es historia”, las más de cinco mil personas asesinadas en Canarias por los franquistas no podían aguar aquella juerga millonaria, la “fiesta de la democracia”.

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