divendres, 20 de novembre de 2015

Las últimas balas del franquismo.

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El Archivo Histórico benedictino custodia los casquillos del fusilamiento de Txiki

 San Sebastián 20 NOV 2015 - 13:30 CET

Casquillos de bala del fusilamiento en 1975 de Juan Paredes Txiki. / JAVIER HERNÁNDEZ
El casquillo más pequeño que se muestra en la fotografía corresponde al tiro de gracia que recibió Juan Paredes Txiki justo después de ser fusilado. En la imagen se aprecian también otras cinco fundas de bala de mayor calibre (nueve milímetros) que un pelotón de seis fusileros disparó sobre él hasta dejarle agonizando. Txiki ha quedado para la historia, junto al también militante de ETAÁngel Otaegi y los activistas del FRAP José Luis Sánchez Bravo, Ramón García Sanz y Humberto Baena, como los últimos ajusticiados del franquismo.
Mikel Paredes, hermano del ajusticiado, y Magda Oranich, abogada del reo, presentes en el trance del fusilamiento, recogieron del suelo aquellos casquillos. “Yo los guardé en mi casa durante 35 años y hace cinco le entregué a la madre de Txiki cinco casquillos y el de gracia”, rememora la letrada. “Esas balas, al igual que Txiki, pertenecen a la historia del pueblo vasco”, asegura Mikel. A comienzos de 2011, la familia Paredes entregó los casquillos al Archivo Histórico de los monjes benedictinos de Lazkao (Gipuzkoa), que almacena gran parte del patrimonio documental político y sindical de la postguerra del País Vasco.
"Franco empezó con sangre y terminó igual", dice Oranich ahora. Cuando se cumplen cuatro décadas de la muerte del dictador,la abogada catalana asegura que no olvidará “jamás” el proceso seguido contra Txiki y “las 12 horas más largas y peores” de su vida cuando estuvo “en capilla” junto a Mikel durante toda la noche hasta el momento en que seis guardias civiles le aplicaron la pena capital: “A Txiki le sacaron de la cárcel y le trasladaron en un furgón atravesando toda la Meridiana de Barcelona hasta Cerdanyola. Llegamos a un terreno militar que hay junto al cementerio y en un montículo habían sujetado a un trípode a Txiki, atado de pies y manos”, recuerda la abogada. Su hermano le hizo la señal de la victoria con los dedos y Txiki comenzó a cantar el Eusko gudariak (himno del soldado vasco): “Cuando iba por la segunda estrofa comenzaron a dispararle”.
“Fue una venganza de Franco y cuesta mucho superarlo”, afirma Mikel Paredes al referirse a las cinco últimos fusilamientos del franquismo. En realidad, un consejo de guerra sumarísimo condenó a Txiki a ser ajusticiado por garrote vil, pero sus abogados, Oranich y Marc Palmés, lograron que no lo agarrotaran y fuera fusilado, porque “el deseo de Txiki era morir como un gudari vasco”.
Al parecer, el cuerpo del militante de ETA, que entonces tenía 21 años, recibió 11 impactos de bala y uno se perdió en el vacío. Seis de los casquillos y un pin con la ikurriña, los que se ven en la foto, permanecen custodiados por el fraile archivero Juan José Agirre; otros tres los entregó Oranich al Museo de Historia de Cataluña en 2012, y dos los conserva aún la abogada en su casa “guardados en una caja de cerámica”.
A finales de 2012, el Gobierno vasco reconoció a Txiki y Otaegi como víctimas de violencia política tras analizar sus casos una comisión de valoración de la que formó parte, entre otros, la exjuez y actual alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena. El decreto gubernamental contamplaba una indemnización de 135.000 eurospara sus deudos. “Si los dos vascos han sido reconocidos como víctimas, ¿por qué no hace lo mismo el Gobierno español con los otros tres que mataron?”, se pregunta el hermano de Txiki, quien en todo momento se expresa "muy descontento con la justicia de este país". Destaca la “labor importante” que están realizando las víctimas en Euskadi y confía en la investigación abierta por la juez argentina María Servini, con la que colabora la familia, para el esclarecimiento de crímenes del franquismo.
De aquella época, Oranich guarda con especial cariño el recuerdo de una fotografía de los hermanos pequeños de Txiki vestidos con el traje de la comunión. La abogada se la dio en una de sus visitas a la cárcel y el condenado escribió en su dorso el verso del Che Guevara "mañana, cuando yo muera, no me vengáis a llorar. Nunca estaré bajo tierra, soy viento de libertad", que después quedó como epitafio en su tumba.