dimarts, 13 de gener de 2015

CASAS VIEJAS, 82 AÑOS DESPUÉS: LA ROSA EMPEÑADA EN SERLO.



Sonia Subirats ha compartido la foto de Ignacio Muniz.
CASAS VIEJAS, 82 AÑOS DESPUÉS: LA ROSA EMPEÑADA EN SERLO
“En aquel corralón de Seisdedos, en Casas Viejas, en donde fueron sacrificados muchos jornaleros andaluces en aras de una República macabra, fue arrancado de cuajo en la refriega un rosal anónimo, que rodaba por los suelos cubierto de lodo y sangre”.
Más tarde, como sigue recordándonos en sus memorias el gran médico libertario Pedro Vallina, un trozo de aquel rosal fue recogido por un Blas Infante conmovido al visitar días después el lugar del crimen, llevándolo consigo mustio a su casa de Coria del Río, donde rebrotó primero en rojo y pasados unos días, como guiño del destino, en blanco.
En el pueblo gaditano de Casas Viejas el sueño igualitario del comunismo libertario que llevaban en el corazón y en el pensamiento los campesinos anarquistas, tan hambrientos como conscientes y dignos, quedó por esa vez bajo los escombros de la choza incendiada del anciano Seisdedos.
Fue el 11 de Enero de 1933 cuando comenzó la insurrección al abrigo de las de Madrid, Barcelona, Valencia. La II República había nacido como esperanza proletaria pero la lentitud de las reformas, como la ansiada reforma agraria, el poder intocable de los caciques latifundistas, la carestía, las hambrunas…pero sobre todo la CONCIENCIA y la DIGNIDAD (las revoluciones no salen del hambre…sino de la toma de conciencia y de la dignidad) llevaron entonces al sindicato mayoritario, la anarcosindicalista Confederación Nacional del Trabajo, y a la Federación Anarquista Ibérica, a promover la insurrección.
Aunque la hoguera en la torre abandonada del castillo de Medina Sidonia, que debía servir de señal para los revolucionarios, no prendió, en Casas Viejas, desde el Ateneo Libertario (donde muchos habían aprendido a leer, escribir y luchar) el corazón ya no les cabía en el pecho a esos jornaleros...y proclamaron el comunismo libertario estableciendo la posesión comunal de la tierra, quemando los títulos de propiedad del Archivo Municipal, repartiendo comida y enfrentándose a la Guardia Civil de la localidad.
La República, que con la inercia política de la Restauración consideraba la conflictividad social (fruto de las tremendas y escandalosas desigualdades) dentro de la esfera del Orden Público, no tardó en iniciar la represión (al igual que en otros episodios coetáneos como los Sucesos de Bujalance, Arnendo, Castilblanco, Sevilla…). Primero, 12 Guardias de Asalto y 4 Guardias Civiles con una ametralladora, al mando del teniente Gregorio Fernández Artal, entraron en el pueblo matando a un campesino y torturando a varias personas para tomarles declaración antes de dirigirse a la choza de Seisdedos, donde se propuso resistir el anciano de 73 años con sus dos hijos Pedro y Paco Cruz, su nuera Josefa Franco con sus hijos Francisco y Manuel García, su yerno Jerónimo Silva, su nieta Maria Silva con su amiga Manuela Lago...y después Manuel Quijada que llegó maltrecho de las torturas para intentar interceder.
No pudiendo acabar con su resistencia, el Director General de Seguridad, Arturo Menéndez, ordenó al capitán Manuel Rojas Freijespán, al mando de 90 Guardias de Asalto, acabar expeditivamente con los sublevados...quemando la choza. Allí murieron todos salvo la nieta de Seisdedos, Maria Silva, y el niño Manuel García, que consiguieron escapar poco antes de la matanza.
Después las tropas iniciaron una cacería inmisericorde por el pueblo, al estilo de las razzias legionarias sobre las cábilas rifeñas (inaugurando lo que poco después sería la práctica habitual fascista durante la represión a los revolucionarios asturianos en 1934 y durante el Golpe de Estado de 1936) matando en su casa al anciano de 74 años Antonio Barberán, y llevando junto a los escombros de la choza a Fernando Lago, Juan Grimaldi, Andrés Montiano, Manuel García, Juan García, José Utrera, Balbino Zumaquero, Manuel Pinto, Juan Galindo, Cristóbal Fernández, Rafael Matero y Juan Silva (gravemente enfermo) para fusilarles allí mismo...junto a los cuerpos calcinados.
De no haber sido por los periodistas: Ramón J. Sender, Miguel Pérez Cordón y Eduardo de Guzmán, el crimen apenas se hubiera conocido. Pero se conoció, y el Parlamento creó una Comisión de Investigación de la que salió el Gobierno republicano-socialista de Azaña indemne judicialmente (a pesar de la implicación indirecta de Casares Quiroga, ministro de Gobernación), no así políticamente, ya que fue una de las causas fundamentales por las que perdieron las elecciones, al promover la abstención la mayoritaria CNT.
La represión en Casas Viejas no terminó aquí...continuó en 1934 con los encarcelamientos de 26 campesinos de la localidad.
La causa abierta a Arturo Menéndez quedó sobreseída, condenando a Manuel Rojas a 21 años de prisión de los cuales no llegó a cumplir ni uno solo, ya que salió de la cárcel en la misma amnistía que se concedió al golpista Sanjurjo...beneficio que años más tarde, durante el Golpe de Estado fascista de julio de 1936, lo emplearía para hacerse jefe de las milicias de Falange en Granada y poder continuar así su estela de represor criminal.
Maria Silva, llamada La Libertaria, durante las primeras semanas de ese Golpe de Estado fue asesinada por los fascistas y su cuerpo desaparecido en una fosa común aún sin localizar. Su compañero, el periodista anarquista Miguel Pérez Cordón, también murió durante la guerra (en unos hechos oscuros relacionados con la represión ejercida por el Partido Comunista en Cartagena).
El hijo de Miguel y María: Juan Pérez Silva (recientemente fallecido ) al tiempo que denunció en la Audiencia Nacional la desaparición de su madre (denuncia realizada el 18 de julio de 2007) hizo lo propio con el uso frívolo e indignante que un hotel de lujo construido en la localidad de Casas Viejas (ahora Benalup) quería realizar sobre la figura de ella (al quererse llamar La Libertaria, quedando después de las protestas en Utopía, y tener como reclamo los “felices años 20”).
Pero, como si de otro guiño de la Historia se tratara, Juan (sin conocer la historia del esqueje del rosal de su abuelo Seisdedos que recuperó y replantó Blas Infante) fue un experto durante toda su vida en el cultivo e injertos de rosales, y hasta su muerte anduvo cultivando rosas y donando sus más de 30.000 rosales al Ayuntamiento de San José del Valle, localidad donde residía.
Murió sin poder localizar y rescatar los huesos de sus padres...aunque dicen que consiguió, en uno de sus injertos, hacer brotar la rosa negra.
Ignacio Muñiz