dilluns, 16 de març de 2015

Presentación de "La Guerra Civil como moda literaria" en la AV Cuatro Caminos-Tetuán


http://memoriarepressiofranquista.blogspot.com.es/2015/03/encajado-un-nuevo-puzle-grafico-ahora.html


lunes, 2 de marzo de 2015


LA GUERRA CIVIL COMO MODA LITERARIA
por Alberto García-Teresa


En La Guerra Civil como moda literaria, David Becerra Mayor (que ya se adentró ligeramente en estas cuestiones en La novela de la no-ideología) analiza en profundidad el gran número de novelas publicadas en los últimos años que ubican su acción en la Guerra Civil, analizando la dimensión ideológica y las implicaciones políticas que dichos textos revelan. Tras apreciar el extraordinario auge de títulos con esa ambientación, la constitución de obras de referencia y la presencia de epígonos y su actual escasez, Becerra califica el fenómeno de moda y estudia su evolución, sus repercusiones y cómo se ha utilizado a nivel de mercadotecnia esa temática. 
Se trata de un libro sólido, bien argumentado y fluidamente hilvanado, que se apoya continuamente en ejemplos mostrando el proceso del análisis. Consiste en un trabajo exhaustivo, plasmado aun así de manera ágil, en el que destaca la mirada amplia y de largo alcance del autor, que atiende a las consecuencias de los sucesos y que supera la mera relación causal para contemplar las implicaciones sociológicas e ideológicas de cada hecho. David Becerra Mayor señala, subraya, baja al texto y aporta nombres, títulos y expone extractos ilustrativos. Al respecto, supone un ejercicio muy valiente en un momento de adormecimiento y de imposición de consensos acríticos como el presente. [...]

Leer más: Literaturas.com

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LA GUERRA CIVIL TODAVÍA NO HA SIDO NARRADA
Paula Corroto
  • El ensayista David Becerra Mayor señala en 'La Guerra Civil como moda literaria' que la narrativa española de los últimos años ha desideologizado y despolitizado el conflicto bélico por las tesis revisionistas y postmodernas.
  • El autor no se centra en las novelas de Pío Moa o César Vidal, sino que aborda las de escritores como Javier Cercas, Antonio Muñoz Molina, Almudena Grandes o Dulce Chacón, que al final "caen en el error de reproducir la propaganda del franquismo y el final feliz de la Historia"
La Guerra Civil todavía no ha sido narrada en la novela española. La afirmación es del doctor en Literatura Española, David Becerra Mayor, y más de un lector se llevará las manos a la cabeza. Los propios datos le rebaten: sólo entre 1989 y 2011 se publicaron 181 novelas con esta temática. Y cualquiera reconocerá como tales  El corazón helado y la saga de los Episodios Nacionales de Almudena Grandes, Soldados de Salamina, de Javier Cercas, La voz dormida, de Dulce Chacón, Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez, El tiempo entre costuras, de María Dueñas o La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina. [...] Leer más: eldiario es
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Booktrailer de "La Guerra Civil como moda literaria" de David Becerra Mayor (Clave Intelectual, 2015).
Dirigido por David Callahan Ruiz e interpretado por Marta Prieto Bayé. Con Pitu González en la cámara. Se registró en el Memorial Walter Benjamin de Portbou, obra del artista Dani Karavan, en febrero de 2015.
 

miércoles, 11 de marzo de 2015

Entrevista en Rebelión sobre "La Guerra Civil como moda literaria" (II)

Entrevista a David Becerra Mayor sobre "La guerra civil como moda literaria" (II)
“La memoria, en un sentido políticamente fuerte, tiene que ser un instrumento de oposición al presente”



Doctor en Literatura Española por la Universidad Autónoma de Madrid, documentado editor de La mina de López Salinas y La consagración de la primavera de Carpentier, responsable de la sección de Estética y Literatura de la FIM, colaborador de La Marea, Mundo Obrero, El telégrafo y El Confidencial, autor de numerosos estudios y artículos de crítica literaria, autor del ensayo La novela de la no-ideología, David Becerra Mayor ha publicado recientemente en la editorial Clave Intelectual La guerra civil como moda literaria. En su última obra de centra nuestra conversación

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Continuamos si te parece. Creo que habéis presentado el libro en Madrid. No estuviste mal acompañado -Julio Rodríguez Puértolas, Ángel Basanta, Noelia Adánez y Lourdes Lucía. ¿Qué tal fue?
Fue muy bien, gracias. La verdad es que sí, estuve y me sentí muy bien acompañado. Todo un privilegio poder conversar con Julio, Ángel, Noelia y Lourdes sobre el libro. Y también con el público que acudió al acto. Nos recibieron muy bien.
La presentación fue el 3 de marzo, 39 años después de los asesinatos de Vitoria. ¿Casualidad o fecha buscada? ¿Una forma de enlazar pasado y presente?
Fue casualidad. Fue la fecha que nos propuso la librería, La Central de Callao, y nosotros la aceptamos. Otro episodio histórico, otro más, sobre el que valdría la pena detenerse seriamente...
De acuerdo, tienes mucha razón. Una novela que estoy leyendo toma lo que pasó como eje central y enlaza con nuestro presente. Estábamos en el capítulo II del libro: “La vuelta al pasado: un fenómeno posmoderno”. Cuando hablas de posmodernismo, ¿a qué te refieres? ¿Qué es el posmodernismo para ti? Tú mismo citas a Harvey cuando afirma que nadie se pone de acuerdo con la definición de este término.
Es la primera advertencia que se hace en el libro. Hablar de posmodernidad es, desde el comienzo mismo, complicado. A pesar de ser un concepto que se difundió rápidamente, y que incluso ha pasado a formar parte de la lengua cotidiana, no está muy claro de qué hablamos cuando hablamos de posmodernidad. Por eso, antes de asumir el riesgo de hablar de posmodernidad, tuve la precaución de fijar el sentido que se le iba a dar a lo largo de las páginas del libro al término «posmodernidad». Y, en el ensayo, partimos de la definición que le dio Fredric Jameson, esto es, como la lógica cultural del capitalismo avanzado.
¿Y qué lógica cultural singular es esa? ¿Capitalismo avanzado? ¿Por qué avanzado?
Jameson se enfrenta a las teorías que sobre la posmodernidad circulaban a principios de los ochenta, que reducían el concepto a una modalidad estética, afirmando que la posmodernidad no era sino la cara más estrambótica de la modernidad. Jameson acierta en señalar que la posmodernidad no supone un cambio estético sin más, sino que es un cambio radical en la forma de concebir el mundo y de concebirnos en el mundo; una concepción que deriva directamente de la nueva fase en la que ha entrado el capitalismo. Ernest Mandel denominó esta nueva etapa capitalista como capitalismo tardío; y en Jameson lo encontramos referido como capitalismo avanzado. ¿Por qué avanzado?, me preguntas. Por la traducción. En realidad, Jameson hablaba–y así aparecía en su conferencia- de «late capitalism», que se ha traducido como «capitalismo avanzado», pero se podría haber traducido –quizá más exitosamente- como «capitalismo tardío», que es como en inglés se tradujo el ensayo de Mandel: Late capitalism(en castellano: Capitalismo tardío). Sea como fuere, y más allá del «traduttore, traditore», y yendo a la singularidad sobre la que preguntabas, el capitalismo –digámoslo así- avanzado se caracteriza por el hecho de que, a medida que va eliminando sus antinomias, se va totalizando, se va convirtiendo en sistema-mundo; a medida que esto ocurre, digo, se va constituyendo asimismo la idea de que se trata del mejor de los mundos posibles, de que no hay una alternativa mejor. El capitalismo se vuelve más hegemónico que nunca. El capitalismo alcanza el conjunto del planeta, llega donde nunca antes había llegado, y como dice Jameson –como así se lo atribuye Anderson- se satura cada poro del mundo por el suero del capital.
Pero, ¿no hay aquí una cierta contradicción? ¡Pues vaya saturación es esa! Bolivia, Ecuador, el zapatismo que sigue tan vivo como hace 20 años, Venezuela plantando cara, victoria popular en Grecia,… ¿No hay resistencias insumisas e invisibles que diría Luis Martín Cabrera?
Claro, las cosas están cambiando. Piensa que cuando se formula la teoría de la posmodernidad, la URSS está en vías de descomposición. Y, una vez caído el muro en 1989 y en 1991 cae la URSS definitivamente, el capitalismo ya se ha extendido a lo largo y ancho del planeta. Y satura todos sus poros. Ahora bien, que se hayan aniquilado las viejas antinomias, que se hayan deshecho de sus antiguos enemigos, no significa que no vayan a salir de nuevos. En 1989, cuando el neoliberalismo está descorchando botellas celebrando y proclamando el «Fin de la Historia», en Caracas la Historia seguía su curso; en Venezuela se estaba plantando la primera semilla de lo que después fue el proceso revolucionario bolivariano y el socialismo del siglo XXI. El neoliberalismo es hegemónico, sí, pero eso no significa que su política de ajustes y su condena a la pobreza y la exclusión social a buena parte de la población mundial no vaya a tener consecuencias políticas, respuestas articuladas en torno a la transformación y la emancipación social. Claro que hay resistencias insumisas e invisibles –por seguir con la terminología de Luis Martín Cabrera-, y en algún momento esas luchas tendrán que tensar y hacer estallar las contradicciones del capitalismo.
Hablas también de las tesis de Fukuyama sobre el fin de la Historia. Pero, ¿alguien se cree a estas alturas de la historia reciente que lo único que nos queda, que lo único a lo que podemos aspirar es al capitalismo liberal?
Parece mentira, pero sí, nuestros novelistas se lo creen. Y acaso también el grueso de la sociedad que todavía se resiste al cambio, que tiene miedo al cambio. Lo que el thatcherismo denominó TINA ( There is no alternative) es lo que cohesiona la sociedad; el pensar que vivimos en el mejor de los mundos posibles, que no hay una alternativa mejor porque, dentro de lo que cabe, no estamos tan mal. La resignación. Nos han convertido en ciudadanos resignados, sin esperanza, sin horizonte, apáticos en lo político. Este discurso inmovilizador está muy presente en estas novelas, que no se plantean ni una sola crítica –creo que ya hablamos de ello en nuestra conversación anterior- al presente que habitan, un presente apacible, «aburrido y democrático». Pero, quién sabe, quizá estamos ya cambiando y poco a poco vamos a dejar de asumir que no hay alternativa. Quizá la literatura también lo asuma y narrativice nuestro presente y nuestro pasado de otra manera.
Pero no generalizas en exceso... Nuestros novelistas, dices, se lo creen. Alberto Méndez, por ejemplo, te lo puedo asegurar, no se lo creía en absoluto.
Hay excepciones, claro. No muchas, pero las hay, y la de Alberto Méndez que mencionas es una de ellas. Pero te garantizo que en el libro no generalizo en absoluto, no establezco teorías generales; todas las conclusiones a las que se llegan están respaldadas en un análisis muy apegado al texto. Como te comenté en la entrevista anterior, hay mucho de comentario de texto en este libro.
Pero eso está muy bien. Citando a Navajas, comentas que con Tiempo de silencio de Martín Santos se inicia el arranque de la estética posmoderna española. ¿Y eso es bueno o es malo? En El cura y los mandarines, como sabes, Gregorio Morán habla maravillas de la novela.
Creo que Navajas se equivoca cuando señala que con Tiempo de silencio se inicia la posmodernidad. Navajas, en mi opinión, aplica ex ante el concepto posmodernidad. Y lo argumento de la siguiente manera: si la posmodernidad es la lógica cultural del capitalismo avanzado, ¿cómo va a ser posmoderna una novela producida en un capitalismo periférico, subdesarrollado, como era el español de la década de los sesenta? Creo que no se utiliza correctamente, cuando se define Tiempo de silencio como novela posmoderna, el término «posmodernidad». Luego, te diré que coincido con Gregorio Morán en que Tiempo de silencio es una excelente novela, aunque lamentablemente la crítica literaria hace un uso interesado de ella: se valoran sus recursos estéticos, su experimentación, su inteligencia, las reflexiones profundas de sus personajes, etc., solamente pare negar el valor –y expulsar del canon literario- a los novelistas que la precedieron, esto es, los novelistas sociales, los que escribían realismo social o socialista, como Armando López Salinas, López, Jesús López Pacheco, Antonio Ferres, etc. Y eso también hay que decirlo.

¿Y por qué crees que no se dice? ¿Por desconocimiento, por sectarismo, porque piensan que el realismo social está pasado moda, porque son novelas demasiado políticas, escritas además por novelistas socialistas o comunistas,...?
Porque molesta, porque el realismo social(ista) ensucia el relato de la Transición. El mito o relato de la Transición cuenta que la democracia en España se la debemos a grandes hombres que, con grandes gestos, de un día para otro decidieron sacar a este país de la dictadura y traerle, como un regalo, la democracia. Nos cuentan que le debemos al rey y a Suárez la democracia, que fue un mérito exclusivamente suyo. Los novelistas socialistas, en cambio, nos recuerdan quienes son los que lucharon, nos recuerdan que para que este país pueda vivir en democracia tuvieron que acumularse luchas y muertos, que la democracia no es una concesión de los poderosos, sino el resultado de muchos años de luchas. La democracia germina en esas luchas, en esas luchas que tienen lugar, por ejemplo, en los años cincuenta y sesenta que el realismo social o socialista retrata.
Tomando pie también en él, en Navajas, hablas de los narradores neomodernos. Elogias su línea de demarcación con los narradores de la fase anterior. ¿Cuál sería el aire de familia de los primeros?
He de decirte que no comparto esta clasificación que hace Navajas entre posmodernos y neomodernos. Entre los primeros cita a autores como Luis Martín-Santos o Juan Goytisolo, mientras que en el segundo bloque introduce a los autores que yo analizo en el ensayo. Creo que está bien diferenciar entre Martín-Santos y Muñoz Molina, evidentemente hay una diferencia sustancial; lo que no comparto son las etiquetas que Navajas propone. Creo que lo sencillo es llamar a las cosas con su nombre y no poner en circulación más terminología que nada aporta, como puede ser la de neomoderno. Luis Martín-Santos no es un posmoderno porque no existía la posmodernidad.
En todo caso, tú sitúas en 1989 la marca del inicio de la posmodernidad. ¿Por la caída del muro de Berlín? ¿Por qué entonces?
Por lo que te refería anteriormente: sólo podemos hablar, en sentido estricto, de la posmodernidad cuando el capitalismo ofrece su rostro más totalizador. Y eso sólo puede ocurrir cuando se deshace de sus contrarios. La caída del muro de Berlín es el primer síntoma que anuncia que el capitalismo se está totalizando.
Haces referencia a Mijail Bajtin. ¿Qué opinión te merece su obra?
Es un teórico de la literatura fundamental para entender en qué condiciones históricas «nace» la novela; o mejor dicho, se produce la novela; cómo se define históricamente la novela, por qué surge de pronto ese género nuevo que no se corresponde con los géneros clásicos –épica, lírica y dramático–, con el surgimiento de qué clase social se acompaña su aparición. Pero también en fundamental para estudiar Dostoievski o Rabelais. Sin duda, un autor de cabecera.
Pero no muy conocido en España incluso en estos momentos...
Puede que tengas razón, aunque yo no he tenido esa percepción. De Bajtin se habla mucho en mi Facultad (Filosofía y Letras de la UAM), es una referencia constante en las clases. Iris M. Zavala, una de las autoras deHistoria social de la literatura española, coordinada por Julio Rodríguez Puértolas y también firmada por Carlos Blanco Aguinaga, ha trabajado mucho sobre Bajtin en las dos últimas décadas y ha realizado una labor encomiable para su relectura y recuperación. Pero es muy posible que mi percepción sea errónea y, en verdad, no sea muy conocido en España en estos momentos.
Refiriéndote a una nota de Grandes sobre su Inés y la alegría, comentas que ha interiorizado y asumido el carácter aconflictivo de nuestro presente. Pero eso parece raro o imposible. Grandes no cesa de intervenir en nuestros conflictos. Escribe sobre ellos, da su opinión, se ha comprometido políticamente con fuerzas que no aspiran simplemente a continuar el sistema, etc.
A veces la vida y la literatura recorren caminos divergentes. Aunque lo peor que se le puede decir a un escritor es que su «voz» en realidad no es «su voz», sino que a través de ella habla la ideología que le imposta «su voz», lo cierto es que a veces –y esto ya lo teorizaron Macherey y Balibar- el proyecto literario de un autor dista mucho de parecerse a su resultado ideológico. Precisamente, porque no es el autor quien habla, sino su inconsciente ideológico, que diría Juan Carlos Rodríguez. También decían Balibar y Macherey que un autor no inventa ideologías, sino que se las encuentra, y que su texto funciona como un operador privilegiado de la reproducción y la legitimación ideológica. El autor no lo explica todo, es sólo una mediación más en el proceso de producción literaria. Por eso, un autor o una autora, como puede ser Almudena Grandes, puede reconocer los conflictos y tener un actitud crítica ante ellos –en sus intervenciones en la radio, en sus columnas en prensa- pero, cuando esto se transforma en literatura, puede ocurrir que el propio texto termine desbordando al autor y lo que era el proyecto inicial tenga un resultado ideológico muy distinto. En el caso de Inés y la alegría, su proyecto es encomiable, muy loable, pues persigue el objetivo de contarnos una historia que no sabemos, que ha estado sumida en el silencio, la llamada «Operación Reconquista», la frustrada invasión de Arán por parte del ejército de la UNE (Unión Nacional Española) que tuvo lugar en octubre de 1944. Pero, ¿cuál es su resultado? El texto reproduce, como has comentado en la pregunta, la idea de que nuestro presente es aconflictivo. ¿Por qué? Porque nos dice que se «permite el lujo» de contarnos esa historia del pasado porque vivimos en un presente «aburrido y democrático». ¿De verdad vivimos un presente aburrido y democrático? ¿Acudir al pasado es un lujo? De esta afirmación se extraen dos conclusiones que son cruciales, porque definen su novela: que se acude al pasado no por la urgencia y la necesidad de rescatar una historia del pasado (que era su proyecto), sino como un lujo, como algo accesorio y secundario; y segundo, que la vuelta al pasado no persigue cuestionar nuestro presente, porque este no necesita ser cambiado, ya que estamos tan bien en él, en esta aburrida y democrática España, que no es necesario luchar para su transformación. Si la memoria no sirve para cambiar el presente, ¿para qué recordamos? Esa pregunta habría que hacérsela a Inés y la alegría, y a muchas otras novelas que sobre la Guerra Civil se escriben en la actualidad.
Pero, si me permites insistir... En defensa de la obra literaria de Grandes se podría decir que eso que citas es un mero apunte, que es un paso poco meditado, un descuido, que de acuerdo, que cometió un error ahí, pero que su novela está lejos de ser coherente con eso mismo que ella enunció...
Puede que sea un descuido, pero acaso en los descuidos –en aquellos planteamientos que carecen de reflexión- es donde más transparente se muestra el inconsciente ideológico. Pero, insisto, en cualquier caso no me interesa tanto Almudena Grandes como la voz que habla a través de Almudena Grandes. La voz de su inconsciente ideológico que habla a través de su literatura. Eso es lo que a mí me interesa estudiar.
Sin embargo, permíteme, Salvador, que discrepe con esto último que señalas, que ese descuido no es coherente con lo que narra la propia novela. En mi opinión –en realidad, no es opinión, sino resultado de un análisis-, Inés y la alegría, con su final feliz, nos está hablando precisamente que vivimos en una España democrática y aburrida. La fotografía final de los personajes en la puerta de un cine, que regresan, ya en democracia, del exilio y se encuentran un Madrid moderno y muy iluminado, ciertamente está reforzando esa idea. Porque el final feliz es también una construcción ideológica.
Sin duda, sin duda, y gracias por el comentario crítico. En un número importante de las novelas que integran “nuestro corpus”, afirmas, pasado y presente conviven por medio del recurso literario de la analepsis narrativa. El mecanismo, afirmas, deja al descubierto la ideología y la complicidad con la que nos relacionamos con nuestro pasado. ¿Y eso cómo funciona? ¿No es un recurso admisible en ningún caso?
El recurso, por sí mismo, no es perverso. Creo que podría usarse la analepsis narrativa perfectamente sin establecer una relación de complicidad con el pasado. Pero estas novelas siempre –o casi siempre: matizo, que si no me dices que generalizo- se sirven de este recurso para desactivar el presente y el pasado. Se sale del presente para conocer el pasado, pero ese conocimiento del pasado nunca sirve para llenar de sentido el presente, para transformar el presente. El viaje al pasado es estéril. No visibiliza la relación que hay entre el pasado vencedor y el presente que es heredero de ese pasado. No se visibiliza la continuidad entre pasado y presente; si no se establece esa continuidad, es muy difícil tratar de establecer una ruptura, de romper esa relación de continuidad, si las novelas nos muestran que pasado y presente no tienen nada que ver, que son dos mundos distintos, discontinuos y desconectados.
La aproximación novelística al pasado debe servir para que ese pasado deje de intervenir en el presente. ¿Esa sería la característica común de la “ideología” que subyace a las novelas analizadas? ¿Ese es uno de los puntos fuertes de tu crítica?
Sí, esa es la función ideológica que cumplen estas novelas. Nos hacen creen, como estaba diciendo, que ese pasado no forma parte de nuestro presente. La memoria, en un sentido políticamente fuerte, tiene que ser un instrumento de oposición al presente; si se borra la línea continua que pone en relación el pasado vencedor y su presente heredero, difícilmente habrá ruptura. No podemos romper algo que no vemos. Y la función de la literatura debería ser visiblizar esa línea, no borrarla, mostrar la continuidad, descubrir que los que ayer vencieron siguen venciendo hoy, porque siguen ocupando una posición de clase dominante.
Sorprendentemente citas a Lukács, al olvidado Lukács. ¿Tienes interés en su obra estética?
Sí, pero no lo digamos muy alto, que nos van a tachar de «marxistas vulgares». Creo que, como todo, hay que saber leerlo en su contexto histórico. Para el estudio del realismo, Lukács es un autor que puede resultar muy útil, aportó muchas cosas; aunque quizá no tanto para el estudio de las llamadas vanguardias históricas. Es un buen instrumento teórico que hay que saber utilizar, sin prejuicios; si nos acercamos seriamente a su obra, descubriremos que en absoluto se corresponde con la caricatura que sobre él se ha realizado.
Lo de marxistas vulgares, depende de quien lo diga, puede ser incluso un elogio. ¿No te parece?
Sí, hay insultos que pueden ser elogios, ciertamente. Antes hablaba de la Historia social de la literatura españolade Julio Rodríguez Puértolas, Carlos Blanco Aguinaga e Iris M. Zavala. Cuando se publicó, El País la reseñó en dos artículos y la calificó de «inquisidora» y «estalinista». Un artículo lo firmaba Rafael Conte y el otro Federico Jiménez Losantos, ni más ni menos. Supongo que una calificación de este tipo, que provenía de donde provenía, debió suponer todo un honor para los autores.
Me da que sí. Te cito: “El capitalismo avanzado, después del café descafeinado, la cerveza sin alcohol y el helado sin grasa, que diría Zizek, nos presenta la novela histórica sin Historia”. ¿Te interesa la obra de Zizek? ¿No es él a veces, no digo siempre, un intelectual muy posmoderno, muy asumible por el sistema a pesar de su (aparente) radical heterodoxia?
Y ahora acaba de sacar un libro de chistes... Sí, y ya que hablábamos de caricaturas, con Zizek da la sensación de que antes de que alguien diseñe su caricatura, él mismo se ha encargado de hacerlo. Sin embargo, creo que, a pesar de sus contradicciones, es un autor que pone sobre la mesa reflexiones muy pertinentes sobre la posmodernidad, situándose incluso el mismo dentro -¿acaso alguien puede escapar de ella?- de la posmodernidad. Para entender a Z izek, a ese intelectual posmoderno de pose radical, resulta muy interesante leer el ensayo que le dedicó Antonio J. Antón, Zizek. Una introducción , un libro escrito desde la admiración al autor retratado, pero también desde el rigor. A través de ese libro, he extraído una visión de que Zizek, a pesar de todo, sí es un autor radical.
Pasamos a la segunda parte del libro si te parece. Antes de ello... En el mientras tanto electrónico de mes de marzo Juan-Ramón Capella habla maravillas de una novela sobre la guerra civil publicada en 1987 y poco conocida: Días de llamas, de Juan Iturralde, un pseudónimo de José María Pérez Prat fallecido en 1999. ¿La has leído? ¿Qué opinas de ella? Creo que Martín Gaite escribió el prólogo.
No entró en el corpus por cuestiones cronológicas. Aunque sí he tenido ocasión de leerla; creo que me referí a ella en nuestra anterior conversación.
Gracias, tienes razón, qué memoria la mía.
Por supuesto, Días de llamas es una obra muy distinta a estas otras que constituyen la moda literaria sobre la Guerra Civil. En ella la Guerra Civil es algo más que un telón de fondo. Además, seguramente como consecuencia de este fenómeno literario, en el año 2000 se reeditó en Debate, después de estar trece años sin editarse. A veces, las modas literarias, también traen buenas noticias. La reedición de Días de llamas es una prueba de ello.
Algo más que quieres añadir...
  No, por el momento. Simplemente agradecerte tus preguntas y confesarte que disfruto mucho respondiéndolas. Tal vez no haya mejor cosa en el mundo, en este mundo que tanto nos aísla a los unos de los otros, que tener buenos interlocutores. Así que mi más sincero agradecimiento.
¡Qué generoso eres conmigo! El honor es mío y el que tomo notas soy yo. Sin atisbo para ninguna duda que diría mi maestro Sacristán.


miércoles, 4 de marzo de 2015

Entrevista en Rebelión sobre "La Guerra Civil como moda literaria" (I)







Entrevista a David Becerra Mayor sobre "La guerra civil como moda literaria" (I)
“Son novelas donde la memoria no funciona como un instrumento de oposición al presente, sino de asimilación”



Doctor en Literatura Española por la Universidad Autónoma de Madrid, documentado editor de La mina de López Salinas y La consagración de la primavera de Carpentier, responsable de la sección de Estética y Literatura de la FIM, colaborador de La Marea, Mundo Obrero, El telégrafo y El Confidencial, autor de numerosos estudios y artículos de crítica literaria, autor del ensayo La novela de la no-ideología, David Becerra Mayor ha publicado recientemente en la editorial Clave Intelectual La guerra civil como moda literaria. En su última obra de centra nuestra conversación 
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-Felicidades por tu nuevo libro. Permíteme unas aclaraciones previas antes de entrar propiamente en materia. ¿Qué es una moda literaria?
-Podemos medir –y definir, que es de lo me preguntas– una moda literaria desde un criterio objetivo pero también subjetivo. Objetivamente, podemos hablar de «moda literaria» cuando llega al mercado literario un tema que funciona bien en ventas, que tiene buena acogida entre el público y la crítica, y, a raíz de su éxito, empiezan a surgir epígonos. Y se comprueba que el número de epígonos, una vez recogidos y cuantificados, no es nada desdeñable. Entendemos el epígono no solamente como un libro que trata el mismo tema que aquellos otros que inician el fenómeno, sino –y aquí está la clave, en mi opinión– libros que lo tratan de la misma manera, con idénticas o parecidas estratégicas literarias. En el caso de la Guerra Civil, se trata de novelas que suelen partir de nuestro presente, siempre apacible y tranquilo, están protagonizadas por un investigador o un nieto de un combatiente de la guerra que de pronto y por casualidad descubre un asunto turbio de su pasado familiar que le obliga a remontarse a la Guerra Civil, y desde allí descubre su verdadera historia personal, etc. Si existieran muchas novelas sobre un mismo tema pero donde no fuera posible reconocer un punto en común en la forma de abordarlo en todas ellas, difícilmente podríamos hablar de «moda literaria», ya que difícilmente podríamos comprobar que estamos en efecto ante epígonos.
Hay que añadir también que, a su vez, las modas literarias vienen acompañadas de reediciones de novelas clásicas –y no tan clásicas– que tratan el mismo tema para satisfacer un mercado literario ávido de novelas sobre el tema en cuestión. En nuestro caso, hemos podido comprobar que, cuando se constituye esta moda literaria sobre la Guerra Civil, empiezan a reeditarse textos que hacía tiempo que habían dejado de editarse. En estos años se vuelve a editar a Max Aub, a Chaves Nogales o a Juan Iturralde, entre otros, pero también se produce unrevival fascista que vuelve a poner de actualidad autores que provienen del bando de los vencedores como Foxá o Sánchez Mazas, verdadero protagonista de Soldados de Salamina de Javier Cercas, dicho sea de paso.
Pero decía que también hay un criterio subjetivo para medir una moda literaria. Y se reconoce en el hartazgo que llega a generar un tema, cuando la moda empieza a agotarse. Es muy sintomático que algunos de los autores que escriben novelas sobre la Guerra Civil y, en consecuencia, han contribuido a la existencia de este fenómeno, han empezado a afirmar, en entrevistas que concedieron cuando publicaron sus novelas sobre la Guerra Civil, que en realidad las suyas no eran novelas sobre la Guerra Civil sino sobre dilemas morales, porque estaban hartos de la guerra, un tema agotador, en su opinión. Este intento de desvincularse de «la novela sobre la Guerra Civil» constata dos cosas: que ha existido una moda y que ha llegado, o está llegando, a su agotamiento.
-Me salgo un poco de tema. Hablabas de Max Aub. En El cura y los mandarines Gregorio Morán habla maravillas de su obra. ¿Esa es también tu opinión?
-Me interesa mucho Max Aub. Trabajé a fondo su obra hace unos años y una de las conclusiones a las que pude llegar fue que no podemos analizar la obra de Max Aub –en estricto la de ningún autor, pero en el caso de Aub es evidente– como si fuera homogénea, porque poco tiene que ver el Max Aub que vive y escribe bajo una guerra, que el que lo hace durante los primeros años en el exilio, que además entiende como una situación transitoria (no es casualidad que la revista que funda y dirige en México se titule Sala de espera), que el Max Aub que observa cómo España se incorpora al bloque capitalista, entrando a formar parte de sus organismos internacionales, y desde entonces no puede sino concebir que su exilio ya no es transitorio, sino que va de durar mucho tiempo. La obra de Aub se va transformando a medida que va cambiando su situación personal, que a su vez cambia a medida que se va modificando la situación política española e internacional. Entre todos esos Max Aub hay algunos que me interesan más y otros menos. Pero, a grandes rasgos, coincido con Morán. Aub es un autor que conviene leerlo, analizarlo, trabajarlo. Creo, además, que hay que destacar la labor de recuperación de su obra que ha emprendido la fundación que lleva su nombre; pero queda mucho por hacer, ya que hay mucha memoria literaria pendiente todavía de rescatar.
-A la llamada guerra civil, ¿debemos seguir llamándola guerra civil?
-Convendría llamarla de otra manera, sin duda. Por dos razones: una social y otra nacional. La primera, porque el adjetivo «civil» desplaza otro concepto que seguramente es más apropiado para describir lo que ocurrió en España entre 1936 y 1939, como es «guerra de clases». La Guerra Civil –lo que denominamos «Guerra Civil»– no fue sino la consecuencia de un golpe de Estado que dio el bloque histórico dominante para poner fin a una «República democrática de trabajadores de toda clase» (como se dice en la Constitución republicana), democráticamente electa por el pueblo español. Por miedo a perder sus privilegios de clase, se levanta en armas contra la República para recuperar una posición social e ideológica dominante que empezaba a estar en retroceso. La Guerra Civil y el franquismo fue su instrumento para contener su pérdida de hegemonía.
El segundo motivo por el cual no deberíamos seguir llamado «Guerra Civil» a la Guerra Civil es porque en ella no sólo participan como fuerzas beligerantes ejércitos de un mismo país con intereses contrapuestos. En la Guerra de España participan, a pesar del Pacto de No Intervención, fuerzas extranjeras desde el inicio mismo de la guerra. El nazi-fascismo europeo, Alemana e Italia, no respetan el pacto firmado y entran en escena para dar apoyo militar al bando franquista; después, como consecuencia, la URSS también decide participar en defensa de la República, como respuesta a la pasividad de las potencias democráticas burguesas que, a pesar de la intervención de nazis y fascistas, decidieron mantenerse en un segundo plano. En este sentido –y hay historiadores que así lo apuntan- la Guerra Civil no sería tanto una guerra civil como una primera batalla de la posterior Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, el concepto «Guerra Civil» está tan fijado que, aunque no describe con exactitud las dimensiones de la guerra, seguramente resulta muy difícil poner en circulación un concepto más adecuado para definir este momento histórico.
-¿Y por qué la guerra civil, a la que no deberíamos llamar “guerra civil”, se ha convertido en una moda literaria? ¿Quién inauguró esa moda?
-¿Quién inauguró la moda? No me atrevería a señalar a alguien en concreto, porque realmente no lo hay: no creo en la idea de que hay un genio que inventa algo que funciona y el resto lo imita. Creo que es más importante acudir al contexto histórico y ver qué estaba pasando en España en esos años, que favoreciera este fenómeno literario. Sin embargo, si tuviéramos que buscar al «dogmatizador de una secta tan mala», como se dice en el escrutinio del capítulo VI de El Quijote, creo que lo encontraríamos entre los autores que publican entre 2001 y 2004. Entre esos años se publican las novelas más celebradas –y también vendidas– sobre la Guerra Civil: La voz dormida, Soldados de Salamina Los girasoles ciegos. El hecho de que esas tres novelas funcionen, y funcionen tan bien, hace que los epígonos lleguen poco después (aunque el fenómeno venía arrancando desde algunos años antes).
Pero, insisto, hay que acudir al contexto y comprobar el modo en que intervienen varios factores en la constitución del fenómeno. El primero ya lo hemos dicho: la fórmula funciona comercialmente hablando y el modelo se imita. Pero para que funcione tiene que existir un receptor que demande esos productos. Y de ahí que la pregunta sea tan pertinente: ¿qué sucede en España, después del cacareado estribillo de la Transición, con su pacto de olvido y de silencio, para que de pronto empiecen a ocupar las estanterías de las librerías novelas sobre la Guerra Civil? Que este fenómeno exista –y funcione– significa que en la sociedad española tienen que haber ocurrido cosas, que no es sólo por seguir una moda el motivo por el cual los lectores empiezan a demandar novelas sobre la Guerra Civil. Significa que lo que funcionó en la transición ya no funciona en nuestros días. Una sociedad no puede vivir eternamente en la amnesia, en el silencio, siempre mirando al futuro, hacia delante. Una sociedad no puede vivir con el miedo de Lot, pensando que si mira hacia atrás se convertirá en estatua de sal. La sociedad española ha empezado a mirar al pasado porque quiere entender su Historia. Un síntoma del cambio de mentalidad de la sociedad se localiza en la fundación, en el año 2000, de la Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), y en su labor realizada, y en su lucha. Que siete años más tarde surja una Ley de la Memoria Histórica, aunque claramente insuficiente, significa que la Historia vuelve a formar parte de la agenda política. Y, en consecuencia, la sociedad empieza a demandar información sobre el pasado, y acaso pretende encontrarla en las novelas.
-Te preguntaré por alguna de las novelas que has citado más tarde. ¿Y es malo que sea así, que haya irrumpido esa moda? Añado otra pregunta: ¿desde qué punto de vista, en qué coordenadas estético-políticas te sitúas en tu análisis?
-No, por sí mismo no es malo. De hecho, el fenómeno anuncia que la sociedad se ha interesado por su pasado e, incluso, que la sociedad quiere comprometerse con su pasado. El problema es que estas novelas no pueden satisfacer al lector que quiera relacionarse activamente con su pasado, porque estas novelas no resuelven nada. O mejor dicho: resuelven imaginaria o simbólicamente la forma que tiene la sociedad de relacionarse con el pasado. Porque son novelas donde la memoria no funciona como un instrumento de oposición al presente, sino de asimilación. Con estas novelas no se trata de traer al presente el pasado para que, una vez conocido el pasado, podamos cuestionar el presente (que es heredero de ese pasado); con estas novelas sólo se busca normalizar o asimilar que aquello ocurrió, pero nunca cuestionar el modo en que nuestro presente está construido desde las cenizas de aquella guerra.
En el libro utilizo dos metáforas para explicar cómo se reconstruye el pasado en estas novelas: una de Walter Benjamin y otra de Fredric Jameson. La primera tiene que ver con el ángel de la Historia que protagoniza la tesis VI de las Tesis sobre la Historia de Benjamin. Un ángel sobrevuela la Historia y la observa; cuando quiere detenerse en las ruinas para observarlas de cerca, un viento huracanado le impide detenerse y le empuja hacia delante. A nuestros novelistas les sucede un poco lo mismo que le sucede al ángel.
-¿Qué les sucede?
-La clase dominante no quiere que su posición de clase se explique desde los muertos que provocó su asalto al poder. Por eso es mejor no detenerse a mirar las ruinas, porque allí se encontrarán los muertos que la clase dominante dejó por el camino para ascender al poder. Comprometerse con el pasado significa tener voluntad de detenerse en las ruinas para entender cómo nuestro presente no es sino la versión de un pasado victorioso. Las novelas que analizo en el libro nunca cuestionan este continuum entre el pasado de la Guerra Civil y nuestro presente, en cómo nuestro hoy es heredero de aquel pasado.
La segunda metáfora la tomo, como decía, de Jameson. Estas novelas son como el espejo reluciente del que hablaba el crítico estadounidense en La posmodernidad o la lógica del capitalismo avanzado, un espejo al que nos miramos para vernos reflejados, pero cuando nos vamos a mirar sale del espejo un destello de luz cegadora que no sólo nos impide reconocer nuestro rostro sino que además nos hechiza. Como nos hechizan estas historias de aventuras de pasión y muerte, de vidas heroicas, de ideales y de un futuro todavía por escribir. Estas novelas le impiden al lector reconocerse en su pasado, experimentar la Historia de forma activa, al concebir el pasado como algo que le es ajeno, que es atractivo, sugerente para una trama, pero no el lugar donde se encuentran los muertos sobre los que edifica el presente.
Creo que con estas dos referencias respondo, al menos sucintamente, en qué coordenadas me sitúo y sitúo mi punto de partida para llevar a cabo la investigación.
-Y no generalizas, apresuradamente por decirlo en términos clásicos, cuando hablas de novelistas, de las novelas. No sería mejor hablar de algunas novelas, de muchas novelistas, etc.
-Ahora lo estoy haciendo, tienes razón. Pero en el libro no generalizo ni compongo un discurso abstracto, sino que hago descender la teoría a la práctica, analizo obras muy concretas y hago un análisis muy apegado al texto, precisamente para no caer en una suerte de impugnación teórica que luego habría que ver si en la lectura real funciona. Uno de mis objetivos, al redactar el libro, era no caer en la elucubración teórica sin más. Por ello, todo lo que digo queda demostrado mediante una confrontación de la teoría con textos extraídos de novelas concretas. Hay mucho de comentario de texto –bien entendido– en este libro.
-Por lo demás, tu nuevo libro, que ya sé que no es una novela, ¿no sería un ejemplo más que, paradójicamente, abonaría esa moda literaria-ensayística?
-Si así fuera, me habría salido el tiro por la culata. Porque lo que se propone este libro es cuestionar cómo se nos está contando la Guerra Civil, no seguir reproduciendo el mismo esquema estético e ideológico que nos hace creer que 1) vivimos en el mejor de los mundos posibles y que, en consecuencia, 2) acudimos a la Guerra Civil para armar una trama atractiva, en un pasado que, a diferencia del presente, hay conflictos que pueden alimentar muy bien una trama, servir como un interesante material novelístico. Frente a la noción débil de memoria que plantean estas novelas, en el libro se reivindica la necesidad de concebir la memoria como un arma política –valga decir: revolucionaria– para hacer añicos el presente. La memoria como oposición, no como asimilación; no para resolver simbólicamente las contradicciones, sino para hacerlas estallar. Solamente mediante una utilización revolucionaria (benjaminiana) de la memoria será posible una ruptura radical con el pasado del cual nuestro presente sigue siendo heredero. Creo que, como decía Walter Benjamin, tenemos que disparar contra los relojes para detener elcontinuum histórico que solamente privilegia a la clase dominante. Este era mi objetivo cuando redacté La Guerra Civil como moda literaria. Sin embargo, las novelas que en el libro analizo, más que disparar contra los relojes, parece que les dan cuerda.
-No te pregunto por el prólogo pero sí por el prologuista. ¿Por qué tu elección por Isaac Rosa?
-Creo que tiene mucho sentido que Isaac Rosa escriba el prólogo de este ensayo, porque muchas de las cuestiones que se plantean en mi libro, Isaac Rosa las había trabajado novelísticamente; y muchas de las estrategias, tanto estética como ideológicas, que se ponen en funcionamiento en muchas de las novelas sobre la Guerra Civil y que en este ensayo se cuestionan, Isaac Rosa las había cuestionado también desde el género desde el que trabaja: la novela. Tanto El vano ayer como ¡Otra maldita novela sobre la Guerra Civil! comparten con mi ensayo –o mi ensayo comparte con ellas– una idéntica voluntad de exigir otro tipo de memoria, menos blanda que la que proponen las novelas que sobre la Guerra Civil se escriben en la actualidad, una memoria que de verdad busque convocar a los muertos a este presente para transformarlo.
-Insisto en esto que señalas. Y ese menos blanda, esa mayor dureza que pareces pedir-exigir, ¿en qué podría consistir? ¿No hay ninguna novela escrita con esa no blandura que demandas?
-No hay ninguna novela que plantee la necesidad de la ruptura a través de la memoria, pero, y agradezco mucho esta pregunta, pues me permite matizar mis palabras, hay distintos niveles entre las novelas que forman parte delcorpus. Evidentemente, no es igual el modo en que, por ejemplo, se reconstruye la Guerra Civil en las obras de Josefina Aldecoa, Almudena Grandes, Dulce Chacón o Alberto Méndez, donde hay una voluntad de rescatar del olvido ciertos episodios de nuestra Historia, silenciados, con la de otros como Manuel Maristany, Antonio Muñoz Molina o Andrés Trapiello que, consciente o inconscientemente, reproducen lo que Southworth denominó el mito de la cruzada de Franco; o Javier Cercas que, desde una posición teórica posestructuralista y por medio de un elogio de la opacidad, duda de todo testimonio, de toda memoria, porque considera que el testimonio, más que producir un discurso histórico, produce un discurso narrativo y, por consiguiente, se acerca más a la ficción que a la verdad. Hay memorias más blandas y otras más fuertes, pero difícilmente podemos encontrar una memoria de oposición en estas novelas.
-Aparte de la bibliografía (¡25 páginas!), tu libro está estructurado en tres partes, una coda más un anexo. Empiezo si te parece por la primera parte: “El boom de la memoria”. Comentas que al margen de la literatura escrita en catalán, euskera o gallego, se han publicado 181 novelas sobre la guerra civil española entre 1989 y 2011, es decir, durante 22 años, 8,2 novelas por año, unas 2 por trimestre, no llega a una por mes. ¿Son muchas en tu opinión?
-El problema es que cuando se hacen medias no se aprecia bien cuál es la tendencia, y se hace imposible ver el recorrido y los altibajos que tiene el fenómeno. Dicho así, 2 por trimestre, menos de una al mes, parece poco, sin duda; pero hay que tener en cuenta que es un fenómeno que se va construyendo poco a poco y que los números de libros publicados, cuando el fenómeno todavía es incipiente, hace bajar mucho la media. Observemos que solamente en 2010 he podido recoger 17 novelas publicadas (es el punto más álgido), o en 2004, fecha que antes señalábamos, son 14 las novelas que se publican. Son más de una al mes en ambos casos. No obstante, podemos entrar a valorar si son muchas novelas, o no, pero como sé que los adjetivos «muchas» o «pocas» carecen de valor científico, por su indeterminación, lo que me interesaba era observar la tendencia in crescendo de novelas que sobre la Guerra Civil se publicaban, y cómo a partir de cierto momento empieza a crecer el número de novelas que se editan, en comparación con los años anteriores. Soy consciente –y así lo reconozco en el libro– de que es probable que, aunque era mi intención inicial recoger el mayor número de novelas –incluso todas– que trataban sobre la Guerra Civil, e incluso la búsqueda en algunas fases del trabajo de investigación fue obsesiva, elcorpus (como cualquier corpus) es seguramente incompleto y seguramente habrá novelas que no habrán sido recogidas; no obstante, la recopilación es abundante y nos permite al menos inferir cuál es la tendencia.
-De hecho, lo señalas en la página 32, entre 1975 y 1995 se publicaron 1.848 libros sobre la Guerra Civil. No sé cuántos de estos libros fueron novelas, pero parece que el tema interesó aún más en aquellos primeros 20 años tras la muerte del dictador golpista. ¿No es un pelín sorprendente teniendo en cuenta el pacto de silencio del que suele hablarse, con razón y con frecuencia?
-El dato lo extraigo, como así aparece referido en el libro, de un artículo de María del Rosario Ruiz Franco y de Sergio Riesco Roche («Veinte años de producción histórica sobre la guerra civil española (1975-1995): una aproximación bibliométrica», Revista española de documentación científica, vol. 22, nº 2 (1999), pp. 174-197). En este artículo se recogen no sólo libros ensayísticos sobre la Guerra Civil, sino también artículos publicados en revistas académicas y en otras publicaciones periódicas. En ningún caso se recogen novelas.
-Lo siento. Perdona mi torpeza
-Y no son sólo libros publicados en España, también en el extranjero. En cualquier caso, esta información es relevante porque nos permite observar que el fenómeno no sólo es literario, también hay un interés por la Guerra Civil desde otros ámbitos, como es el ensayo o el cine. Tengo la sensación de que la novela llega un poco tarde, que el interés que suscita la Guerra Civil dentro del ámbito académico es mucho anterior al que despierta al conjunto de la sociedad y, más tarde, a nuestros novelistas.
-Y en cuanto a poemarios, ¿se han publicado muchos poemarios centrados en nuestra llamada guerra civil?
-La poesía no formaba parte de mi objeto de estudio. No lo he estudiado en profundidad y por ello no me siento autorizado para sacar conclusiones ni para darte una respuesta definitiva. Gracias a conversaciones que tengo habitualmente con Alberto García Teresa, poeta y crítico literario, autor de un ensayo imprescindible tituladoPoesía de la conciencia crítica, sé que existen poemas concretos, escritos en la actualidad, donde se habla de la Guerra Civil, pero no tengo constancia –lo cual no quiere decir que no exista– de la existencia de poemarios cuyo núcleo temático sea exclusivamente la Guerra Civil. Evidentemente, hubo mucha poesía escrita en el frente, pero no creo que, en la actualidad, existan poemarios que se retrotraigan a la Guerra Civil. Sí se han recopilado en un solo volumen, en una magnífica edición de César de Vicente Hernando para la colección «Nuestros clásicos» de Akal, la poesía producida durante la contienda, pero no sé si la Guerra Civil nutre la poesía actual en la misma medida en que ha nutrido la literatura y el cine.
-¿Hay algún novelista que tú consideres importante que no haya publicado su novela sobre nuestra guerra?
-Curiosamente, a excepción de Isaac Rosa, los novelistas que podemos denominar críticos o disidentes en la actualidad, no han escrito sobre la Guerra Civil española. Y quizá este hecho sea significativo. Estamos dejando que el relato sobre la Guerra Civil lo escriban aquellos escritores que en otro lugar he denominado novelistas de la no-ideología, autores cuyas novelas interpretan todo conflicto desde lo individual y nunca desde lo político. En consecuencia, tenemos estas novelas tan despolitizadas sobre un episodio histórico tan politizado como fue la Guerra Civil. Dice Isaac Rosa en el prólogo que, a pesar de tantas novelas que se han escrito, todavía seguimos esperando la gran novela sobre la Guerra Civil. Estoy seguro que si alguno de nuestros autores disidentes, como puede ser, por ejemplo, Belén Gopegui –que además en su ensayo Rompiendo algo tiene reflexiones muy acertadas y pertinentes sobre la Guerra Civil y su literatura– se pusiera a escribir una novela sobre la Guerra Civil, seguramente sería capaz de escribir por fin una novela que haga de la Guerra Civil no un escenario o telón de fondo –que es lo que hacen las novelas que analizo– sino un lugar histórico de enormes conflictos sociales y políticos que no pueden sino resolverse desde lo político y lo social.
-¿Y en otros países? ¿Ha habido autores importantes que hayan escrito sobre nuestra guerra?
-Sí, y no sólo novelas. Pensemos por ejemplo en la película de Ken Loach, Tierra y libertad. En el corpus, para delimitar el objeto de estudio, sólo introduje novelas escritas por escritores españoles (de lo contrario, temía que se me fuera de las manos y, de inabarcable, se me volviera resbaladizo). Pero añadí una excepción: la del mexicano Jordi Soler, autor de Los rojos de ultramar. De entre todas las novelas leídas y analizadas, es una de las que más me interesó, sobre todo porque en ella, si bien tampoco se pone en funcionamiento una noción revolucionaria (rupturista) de memoria, sí se denuncia claramente la amnesia de la sociedad española (y también europea). Hay dos escenas en la novela que son sumamente interesantes. En la primera tenemos al protagonista, homónimo de su autor, impartiendo una conferencia sobre Teotihuacán en la Universidad Complutense de Madrid. Al poco de iniciar la conferencia, un estudiante alza la mano y le pregunta por qué siendo mexicano tiene un nombre tan catalán. Entonces, les habla de la guerra y el exilio y observa cómo el silencio que se impuso en la Transición ha convertido la Guerra Civil en un episodio lejano que en nada se relaciona con el presente. La segunda escena se produce en la playa de Argelès-sur-Mer, donde descubre que la huella de los refugiados españoles –entre ellos, su padre– ha sido borrada de la localidad francesa, que el mismo lugar donde ahora se broncean los turistas fue un campo de refugiados donde murieron muchos españoles republicanos que iniciaron el exilio tras la derrota de la República en la Guerra Civil. La amnesia no es, pues, algo exclusivo de la sociedad española.
-Allí, en Argelès, nació un amigo mío, Eduard Rodríguez Farré, un gran científico republicano e internacionalista. No me voy. Las novelas que has analizado, las muchas novelas que has estudiado, ¿están bien documentadas históricamente?
-Hay errores en muchas de ellas, algunos de bulto, otros menores, y señalo algunos en el libro. Aunque tampoco era ese el objetivo. Creo que más interesante que señalar algunas inexactitudes era analizar cómo se nos cuenta la guerra, cómo se despolitiza, cómo siguen perpetuándose algunos mitos de la cruzada de Franco en la novela española actual, etc. No obstante, si el lector curioso quiere ver los errores históricos de algunas novelas, le remito a un artículo que publiqué con Julio Rodríguez Puértolas en República de las Letras (nº 120, págs. 37-70), donde nos aproximamos críticamente a La noche de los tiempos de Antonio Muñoz Molina, y señalamos algunas de sus inexactitudes: el protagonista pasa por hoteles que todavía no se habían construido, lee novelas que todavía no se habían traducido, se citan frases célebres que todavía no se habían pronunciado, etc.
-Una curiosidad, ¿algunas de ellas toma la figura de Juan Negrín como eje central?
-Precisamente en La noche de los tiempos de Muñoz Molina Juan Negrín aparece constantemente, representando un papel de actor secundario en la trama novelística. Pero, como sucede en el grueso de estas novelas, se elimina su dimensión histórica. Negrín aparece en la novela de Muñoz Molina como un republicano burgués que cree en una tercera España y que, igual que Ignacio Abel, el protagonista, y que el propio Muñoz Molina, señala el potencial golpista tanto de fascistas como de comunistas, situándolos en una simétrica posición de responsabilidad respecto a la guerra que habría de venir. Y, no sé si por esta razón, que acaso tampoco se ajuste mucho al personaje histórico, la novela describe a Negrín como un gordo que siempre anda comiendo gambas y jamón por las terrazas de Madrid.
Debe ser por eso porque Negrín fue otra cosa muy distinta.
-Estas novelas, te cito textualmente (página 36), “legitiman la concepción de que nuestro presente, por oposición al mundo al que la narración nos retrotrae, es un presente en el que no existen conflictos y en el que, en definitiva, la Historia ha alcanzado su fin”. ¿Nos das algún ejemplo? ¿Todas esas novelas abonan esa cosmovisión? ¿No hay excepciones?
-Sí, así es. Me explico: Almudena Grandes en su Inés y la alegría, una novela que persigue el loable objetivo de rescatar del olvido la hazaña de quienes combatieron en la llamada «Operación Reconquista» (la frustrada invasión de Arán por parte del ejército de la UNE durante el mes de octubre de 1944), nos dice en el epílogo de la novela que se ha «permitido el lujo de evocarla [esta historia]» ya que vive en un presente «aburrido y democrático». ¡Qué transparente es a veces el inconsciente ideológico! La autora nos está diciendo aquí que habla del pasado no como una urgencia para cambiar el presente, sino como un privilegio, ya que escribe desde un presente que no es preciso ser cambiado. Lo mismo ocurre, por ejemplo, en otra novela de Muñoz Molina, El jinete polaco, que después de que los protagonistas descubran su pasado, cómo fue la guerra en su pueblo, Mágina, vuelven a vivir plácidamente en un presente apacible, acostándose de nuevo en su pacífica habitación de hotel de la ciudad de Nueva York. Hay más ejemplo, pero creo que estos dos son muy significativos.
Al leer estas novelas, no sólo estas referidas, sino muchas otras, no se puede tener sino la sensación de que estos autores han asumido que vivimos en el mejor de los mundos posibles, que han interiorizado que, como dicta la ideología dominante, nuestra sociedad es aconflictiva y si, como decía Bajtin, sin conflicto no hay novela, estos autores necesitan acudir a un pasado conflictivo, como es la Guerra Civil, para poder armar una trama. Nuestro presente es aconflicto por oposición a lo narrado.
-Hablas también de novelas pretendidamente progresistas, ancladas en la falsa izquierda, que reproducen la lógica ahistoricista y despolitizada de la ley de 2007. ¿Falsa izquierda a quién refiere? ¿No hay, por lo demás, en esa tesis o comentario una relación demasiado mecánica entre el espacio político y la creación artística?
-El concepto de «falsa izquierda» lo tomo del ensayo de José Antonio Fortes, La guerra literaria (literatura y falsa izquierda), donde el profesor de la Universidad de Granada pasa revista a los autores que, aparentemente progresistas, no reproducen sino ideología dominante en sus textos. Los dos autores citados en la respuesta anterior pueden ser un ejemplo de ello. Por lo demás, como señalas, sus planteamientos son muy parecidos a los que planteaba la, a todas luces insuficiente, Ley de Memoria Histórica que propuso Zapatero en 2007, que en ningún caso pretendía cuestionar un presente que es heredero de un pasado vencedor, sino que se conformaba con reconocer y asimilar a los vencidos sin cuestionar a quienes ostentan hoy el poder, un poder labrado en la guerra y la dictadura, un poder que está manchado de sangre. La conversión del Valle de los Caídos en lugar de culto religioso donde « honrar la memoria de todas las personas fallecidas a consecuencia de la Guerra Civil de 1936-1939 y de la represión política que la siguió con objeto de profundizar el conocimiento de ese período histórico y en la exaltación de la paz y de los valores democráticos» es un objetivo muy poco ambicioso y, sobre todo, nada rupturista. Por varias razones: ¿todas las personas fallecidas? ¿fallecidas? ¿no sería mejor hablar de asesinadas? Y, ¿tienen que ser todas: víctimas y verdugos por igual? ¿El lugar de la represión puede convertirse en exaltación de la paz y los valores democráticos? ¿No debería serlo del horror? Esta despolitización está también presente en muchas novelas, que no buscan cuestionar el presente, sino más bien apuntalarlo, cerrar definitivamente las heridas, pero sin reconocer quién abrió esas heridas.
¿Establecer esta relación es mecanicista? He tratado de rehuir el mecanicismo constantemente a lo largo del ensayo; sin embargo, a veces, cuando se señalan fechas, cuando se observa que lo que plantean las novelas también está planteado políticamente, puede parecer mecanicista, pero no creo que lo sea. Creo que estas novelas en realidad trasladan lo que Elizabeth Jalin denominó «conflicto de memorias»: el mismo conflicto que se da en la sociedad se pone en marcha en las novelas.
-Hablas de novelas que contribuyen a reforzar una concepción homogénea y lineal de la Historia. ¿Qué concepción es esa? ¿Cuándo abonamos una concepción con estos atributos?
-Creo que esta pregunta te la he ido respondiendo a lo largo de la entrevista. Se trata de romper el continuumhistórico, de disparar contra los relojes, de permitir que el ángel se detenga en el lugar donde se encuentran las ruinas, los muertos en las cunetas, para convocarlos a este aquí ahora para hacer añicos el presente. Esta es la reivindicación de una memoria revolucionaria que persigo con el libro, una concepción que entra en oposición con una noción dominante de memoria, que es la que se pone en juego en estas novelas, que no tienen la más mínima intención de cuestionar nuestro presente, porque han asumido que es perfecto, aconflictivo y por ende no conviene cambiarlo; y porque son incapaces de ver –o de mostrar- que este presente no es sino resultado de una derrota, la derrota republicana en la Guerra Civil y, en consecuencia, de una victoria, la victoria del fascismo que sirvió como «Estado de sitio» del capitalismo, que necesitó acudir al fascismo para poder implantarse con todas las garantías en España. Estas novelas refuerzan la concepción homogénea y lineal porque no nos recuerdan que nuestro hoy carga con muchos muertos, porque no se detienen en los momentos de ruptura.
-Mil gracias. ¿Abuso de ti si sigo preguntándote sobre otras aristas y nudos de tu libro?
Muchas gracias a ti por la lectura tan atenta que has realizado del libro. Es un placer conversar contigo, Salvador. Quedo a la orden, y a tu entera disposición para seguir con el diálogo.
-De acuerdo y muchas gracias de nuevo por tus más que generosas posibles. Y, desde luego, nos ordenaremos obedeciéndonos.

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=195853

Enfoque HispanTV: relaciones diplomática Cuba-EEUU

El 27 de febrero se inició la segunda ronda de conversaciones entre USA y Cuba para restablecer sus relaciones diplomáticas. En "Enfoque" de HispanTV lo analizamos:


jueves, 26 de febrero de 2015

Booktrailer "La Guerra Civil como moda literaria"

Dirigido por David Callahan Ruiz e interpretado por Marta Prieto Bayé. Con Pitu González en la cámara.
Se registró en el Memorial Walter Benjamin de Portbou, obra del artista Dani Karavan, en febrero de 2015. Producción: Factoria Corman